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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Más de un virus
La temida pandemia de COVID-19 no viene sola; con ella surgen también otras enfermedades, de tipo anímico pero no menos contagiosas ni peligrosas: la paranoia, la desinformación y el pánico.
Por Rodrigo Ruiz Spitalier
29 de junio, 2020
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Hace un par de meses me contaron una breve fábula, cuya autoría no he podido averiguar pero que a continuación transcribo: Un día un campesino vio pasar a la Peste y le preguntó a dónde iba; “Voy a la ciudad, a matar a 500 personas”, contestó ella, y siguió su camino. Tiempo después el campesino volvió a verla y le dijo: “Oye, tú me dijiste que ibas a matar a 500 personas, pero yo escuché que en la ciudad murieron 5 mil”. La Peste respondió: “Yo maté a 500 personas; todos los demás se murieron del miedo”.

Esta narración ejemplifica algo importante: la temida pandemia de COVID-19 no viene sola; con ella surgen también otras enfermedades, de tipo anímico pero no menos contagiosas ni peligrosas: la paranoia, la desinformación y el pánico. Estos otros virus se dan cuerda entre sí, al tiempo que guardan una relación simbiótica muy efectiva con el virus literal, potenciando sus catastróficas consecuencias. Hay más de un virus del que cuidarse en estos momentos.

El primero es la paranoia. Aunque en Psiquiatría el término “Paranoia” tiene un significado clínico técnico, también es una palabra cotidiana, que comúnmente usamos para designar un miedo que, aun si tiene una causa racional, te lleva a conclusiones y actitudes irracionales, a imaginar amenazas donde no las hay o a sacar las cosas de proporción. En eventos como una pandemia, la paranoia llega a generalizarse, creando lo que se conoce como “psicosis colectiva”. Dicho fenómeno facilita la credulidad ante rumores y el surgimiento de la violencia: las consecuencias de la paranoia van desde meros ridículos, como (en el tema que nos ocupa) creer que es posible contagiarse de coronavirus por comer comida china, hasta extremos lamentables como sacar a relucir la xenofobia y el racismo de la población (la ultraderecha europea incluso está tratando de añadir el virus a sus argumentos políticos). En México, como de costumbre, la situación raya en el surrealismo: es vergonzoso que se discrimine y agreda nada menos que a los profesionales de la salud, que son quienes están al pie del cañón salvando vidas.

Otro integrante de este trío es la desinformación. Actualmente vivimos en la era de la post-verdad y las famosas fake news, en la que iniciar mitos y rumores es más fácil que nunca. Todo el tiempo vemos circular por nuestros chats fotos digitales, videos editados o afirmaciones sin pruebas, que muchos dan por ciertas por el simple hecho de recibirlas, o bien porque coinciden con sus opiniones previas (un breve estudio de la UNAM descubrió que la mayoría juzga la veracidad de una noticia basándose en su encabezado). Y es un hecho comprobable que tener información equivocada es tanto o más peligroso que no tener ninguna. Aquí un caso casi paródico, en el que ni siquiera se requirió propagación: al parecer, algunos estadounidenses decidieron llevar a la práctica la ocurrencia de Donald Trump de inyectarse desinfectante en las venas.

Para agravar las cosas, en México la desinformación tiene tintes partidistas: en los últimos años se ha utilizado como herramienta de combate y/o sabotaje político, especialmente dentro de sectores que profesan un aborrecimiento visceral hacia el actual presidente y creen automáticamente cualquier cosa negativa que oigan sobre él o su gobierno (la visceralidad suele anular el discernimiento). En el caso de la pandemia, se empezó creando una ilusión de inoperancia y desinterés gubernamental, provocando que la gente asumiera a priori un mal manejo de la situación; hoy por hoy tenemos un boom de rumores politizados, a cuál el más surrealista, como “la marina va a rociar COVID en Ecatepec” o “el gobierno está escondiendo 900 mil cadáveres”. Otro ejemplo de los absurdos que ocurren cuando las rivalidades políticas se inmiscuyen se vio cuando gobiernos estatales de oposición rechazaron los apoyos enviados por el Federal alegando “baja calidad” (en circunstancias de emergencia en las que, aunque siga siendo válido criticar, una administración no puede darse el lujo de rechazar nada).

Por último, tenemos el factor del pánico, el estado extremo de terror que puede llevarnos a actuar de manera impulsiva e irracional. Lo primero que produce son, justamente, las compras de pánico: artículos y recursos indispensables se agotan innecesariamente y a una velocidad insostenible, creando una escasez prematura y muchas veces evitable. Un grupo de aterrados acaparan más de la cuenta, reduciendo la oferta de productos que los demás necesitan e incluso de los que podrían hacer falta tras la crisis. El pánico también anula el discernimiento.

Ya hemos visto antes las consecuencias de esta tríada y de su unión. El año pasado, como recordarán los lectores, en medio del combate al huachicol se corrió el rumor de que había desabasto de gasolina, con tanto éxito que la gente hizo compras de pánico y vació las gasolineras, provocando un verdadero desabasto. Así, un mero rumor se convirtió en una profecía auto-realizada, al estilo de Edipo Rey.

Así las cosas, como ciudadanos tenemos, además de la obvia obligación de obedecer las instrucciones dadas sobre higiene y distanciamiento, una serie de responsabilidades muy claras: 1) manejarnos con prudencia, lo cual incluye no dejarse llevar por el pánico, la paranoia o noticias sin confirmar; 2) recurrir a fuentes oficiales, confiables, neutrales y, si se puede, primarias; 3) frenar cualquier “noticia” que no cumpla con estas características y no difundir nada sin antes corroborarlo; 4) recordar que, pese a todo, NO es el apocalipsis, y no debemos agotar de un golpe lo que también otros necesitan o lo que todos podríamos necesitar más tarde. Adicionalmente, hay que tener presente (sin entrar en pánico) que, independientemente de cómo se desenvuelvan las cosas en cada país, habrá repercusiones económicas globales.

A estas alturas, el daño ya se está dando, pero no es demasiado tarde para actuar con prudencia. Afortunadamente, los tres “virus” aquí tratados tienen una ventaja sobre el SARS CoV-2: es más fácil evitar el contagio. Lo único que se necesita es sensatez.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas digitales.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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