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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Memento mori, pensar la finitud ante la pandemia
La mortalidad a la que nos hemos expuesto por la COVID-19 no debería quedarse solamente en una visión fatalista; podría darnos la posibilidad de repensar la manera como habitamos el mundo.
Por Jonathan Caudillo Lozano
24 de noviembre, 2021
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Durante la pandemia, la posibilidad de guardar el confinamiento no fue general, dadas las condiciones de desigualdad social y económica. Sin embargo, la inquietud sobre la muerte fue un fenómeno que nos tocó a todos y nos llevó a repensar nuestra manera de comprenderla.

Recientemente pasaron los festejos de Día de Muertos y tuvieron un sabor amargo, pues ya no solamente recordamos la partida de nuestros seres queridos: la experiencia de la mortalidad durante la pandemia fue una oportunidad de pensar en la muerte como realidad ineludible, a nivel existencial. Y es que, en este momento en el que las normas sanitarias parecen irse relajando cada vez más a pesar de los pronósticos de una cuarta ola de COVID, la muerte se hacía sentir no sólo por la memoria de los que se fueron, sino como una especie de recordatorio y posibilidad.

Apelando al pensamiento del filósofo Epicuro de Samos, pareciera que durante la pandemia llegaron dos tipos de comprensiones sobre la muerte. La primera es la que se mueve en la dimensión cuantitativa, la muerte como una posibilidad inherente a la vida. La mortalidad, desde el punto de vista biomédico de la COVID-19, nos mostró que si bien es cierto que la muerte es una realidad ineludible, las formas en las que se presenta dependen de condiciones sociopolíticas. Como lo dice Raúl Martínez en su artículo “Mortalidad y factores de inequidad en la pandemia”, se evidenciaron diferencias económicas y culturales que jugaron como factores relevantes en los índices de la mortalidad, tales como el nivel educativo, el cual determinó la posibilidad de guardar o no el confinamiento y definió el tipo de uso del transporte público, aumentando el riesgo de contagio; o las marcadas diferencias en los ingresos, que determinaron el acceso a la salud. Sobra decir que estas condiciones ya existían antes de la pandemia y que, a pesar de que cada vez se puede ver más gente en la calle, la Secretaría de Salud dio a conocer que hay un exceso de mortalidad en el periodo de enero a septiembre de 2021, el cual llegó aproximadamente a 565 mil 263 muertes.

Sin embargo, la segunda aproximación, más filosófica (por así decirlo), también se removió con la pandemia. Siguiendo a Epicuro, podemos pensar en la muerte como una imposibilidad, en el sentido de que es un acontecimiento al que, si bien somos llamados, jamás experimentamos en estricto sentido. Está totalmente fuera de la experiencia sensible: para el filósofo de Samos, la muerte, en tanto cesación de la sensibilidad, es imposible por estar en el límite de lo experimentable por el cuerpo. Pero esto no quiere decir que no tenga efectos, ya que otros filósofos como Martin Heidegger piensan que, al comprender nuestra propia finitud y pasar por la angustia, acontece una transformación ontológico-existencial que nos lleva a habitar el mundo de manera diferente.

La muerte nunca ha retirado su sombra de nosotros, pero esto no debe orillarnos a un pesimismo simplista, sino a reevaluar la manera como nos relacionamos con la vida; si negamos nuestra mortalidad nos encerramos en una trampa espiritual, pues negar la muerte es negar la vida. Este año, el Día de Muertos fue una buena oportunidad para elaborar un tipo de duelo que tenía un pie en lo personal y otro en lo social, ya que la cercanía de estos últimos dos años con nuestra mortalidad no sólo removió nuestra comprensión de la muerte como una posibilidad, que a veces parece abstracta, sino que nos obligó a hacer escucha de la muerte como posibilidad que nos acompaña en tanto realidad antropológica, y nos interpela reevaluarnos a nivel social.

Memento mori era la frase latina que, en la antigua Roma (y posteriormente en el Renacimiento y el Barroco), se utilizaba en el arte, la Filosofía y la Literatura para recordarnos la fugacidad de la vida. Pareciera que, al menos en occidente, nos vemos seducidos por la idea de lo eterno y lo permanente. Tal vez en resonancia de la Filosofía platónica, que consideraba como criterio de verdad la permanencia e inmutabilidad de las ideas, solemos clausurar la realidad del devenir y, por tanto, temer al cambio. Por momentos, se diría que los grandes discursos occidentales que regulan la experiencia humana, individual y colectiva, olvidan el devenir; razonamos como si las cosas no fueran finitas, como si no pudieran cambiar. Pero el hecho es que la finitud es la presencia del ser como devenir al que estamos siempre expuestos y que, para los filósofos antes citados, no implica caer en un nihilismo reactivo, sino que debe orientarnos a una analítica de las maneras en las que construimos nuestras formas de vivir.

Memento mori es un recordatorio crítico de la fugacidad de la vida, y la pandemia nos ha mostrado que esta reflexión no es únicamente individual, sino también colectiva. La exigencia de no olvidar intenta contener el impulso de evadir lo inquietante y desviar la mirada ante las desigualdades que la pandemia mostró, y que costaron vidas.

La conciencia de la finitud es también una manera critica de entender una serie de relaciones de poder que parecen comprender lo vivo como si durara para siempre. Y eso incluso en un país como el nuestro, donde podríamos hablar de una especie de necro-pornografía que normaliza la muerte, no porque se oculte sino por su sobreexposición. No me refiero únicamente a las portadas visibles en los puestos de periódicos, donde prolifera la competencia de quién muestra el mejor ángulo de los cadáveres, sino también a nuestra tendencia de hacer de las estadísticas, a pesar de su verdad, una abstracción que despoja de toda singularidad al caer en las garras de la cotidianidad.

La mortalidad a la que nos hemos expuesto por la COVID-19, cuyo fantasma volvió a aparecer en los altares del Día de Muertos, no debería quedarse solamente en una visión fatalista, sino que podría ser la condición de posibilidad de repensar la manera como habitamos el mundo, y como participamos en los engranajes de los grandes discursos, que ejercen múltiples formas de violencias que vemos como normales. ¿Será posible que de la muerte pandémica puedan germinar nuevas maneras de relacionarnos con la vida?

* Jonathan Caudillo Lozano es maestro en Saberes sobre Subjetividad y Violencia por parte del Colegio de Saberes y doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. Realiza investigación sobre temas centrados en la relación entre el cuerpo y la animalidad en la Filosofía y las artes escénicas. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas de Filosofía, y es autor del libro Cuerpo, crueldad y diferencia en la danza butoh, una mirada filosófica, editado por Plaza y Valdez. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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