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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Nena, nunca voy a ser un súperhombre
Vivimos en una dualidad de ideas en las que buscamos desesperadamente encontrar la manera de tener los mismos derechos, y al mismo tiempo admiramos la gloria inalcanzable del atleta olímpico, las proezas de los súperhombres y súpermujeres, los humanos de acero.
Por PUB UNAM
10 de agosto, 2016
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Por: Zahuiti Fabiola Hernández

 

Nena, nunca voy a ser un súper-hombre…

El riesgo es el camino, es tan intenso
y sueles dejarme solo.
Afuera el río embiste
adentro el vértigo
y sueles dejarme solo”.

Soda Stereo

 

5:45 am. Ya están en la pista, piscina, gimnasio o lo que corresponda comenzar a entrenar, el primero de dos o tres entrenamientos diarios, mínimo 350 de los 365 días del año…

De cara a los Juegos Olímpicos Río 2016, nos encontramos con una competencia empezada hace ya más de 4 años que han pasado desde los últimos juegos. Los esfuerzos vienen de toda una vida de entrenamiento físico y mental; las competencias y la suma de puntos para estar en esa gran fiesta; la concentración exclusiva para la preparación del cuerpo y la mente, para el ansiado momento de gloria donde un solo descuido o menos de un segundo marcarán la diferencia entre la inmortalidad, el apoyo, la beca, la vida, el olvido y la frustración, la entrega para llegar a esa competencia de élite donde sólo estarán los mejores.

En un mundo que cada día se levanta por exigir derechos de equidad, de igualdad y de justicia distributiva y social, se siguen privilegiando y enalteciendo las cualidades de los súperatletas, de aquellos que se separan de la masa cotidiana para elevarse en el alto rendimiento. Vivimos en una dualidad de ideas en las que buscamos desesperadamente encontrar la manera de tener los mismos derechos, los mismos privilegios que el vecino más adinerado, que el que cuenta con una mejor posición (cualquiera que sea) con respecto a la que percibimos en nosotros mismos, y al mismo tiempo admiramos la gloria inalcanzable del atleta olímpico, las proezas de los súperhombres y súpermujeres, los humanos de acero.

El nadador estadounidense Michael Phelps, al frente, festeja con su compañero Caeleb Dressel tras ganar el oro en el relevo 4x100 de la natación olímpica el domingo 7 de agosto de 2016, en Río de Janeiro. (AP Photo / Lee Jin-man).

El nadador estadounidense Michael Phelps, al frente, festeja con su compañero Caeleb Dressel tras ganar el oro en el relevo 4×100 de la natación olímpica el domingo 7 de agosto de 2016, en Río de Janeiro. (AP Photo / Lee Jin-man).

En la gran mayoría de los países podemos encontrar programas e instalaciones en los que se fomenta la competitividad deportiva, con centros de alto rendimiento en los que los elegidos pueden desarrollar sus “dones” físicos para representar a su país desde la infancia, pero no hay centros en los que se incentive el desarrollo de la ciencia y la tecnología como una rama de otro “alto rendimiento”. El pensar también desgasta, el pensar y el crear también tienen sus méritos, pero la lucha no es tan alentadora.

Ya en 1925, Georges Hébert criticaba la transformación de la educación física al “Sport” y manifestaba que el deporte proyectaba una imagen de decadencia moral debido al producto de la desviación de sus propósitos, convirtiéndose en un espectáculo social alejado de sus objetivos educativos y saludables. Al parecer nos hemos alejado tanto de los fines de la educación física y del conocimiento en general, que ya está impreso en la naturaleza del hombre aspirar a más. Nos vamos orillando al camino donde impera la fantasía, el alarde; buscamos desesperadamente la competencia y la exhibición exaltando el individualismo en una frenética búsqueda del máximo rendimiento y reconocimiento, sin importar el peligro a la salud que pueda conllevar alcanzar la victoria.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por sobresalir de los demás? Las exigencias son cada vez mayores y lo que comenzaba como un juego de descubrimiento en la infancia se convierte en una necesidad de reconocimiento.

El grueso de la población que no pertenecemos al mundo de élite deportiva quedamos fascinados ante las proezas y las comparaciones; vitoreamos al más rápido, al más ágil, al más fuerte; gritamos frente al televisor diciéndoles en qué se equivocaron, y exigimos a la distancia un mayor esfuerzo porque a final de cuentas, son profesionales y a eso se dedican. Para eso les pagan y para eso se entrenan. Y aquí es cuando surgen las mayores injusticias: exteriorizamos nuestras idealizaciones esperando verlas compensadas en el otro, en el que a eso se dedica, Queremos súperhombres o súpermujeres, pero criticamos los medios y los resultados.

La búsqueda de un ganador, de la conquista del podio, del premio, de los reflectores, de la atención, conlleva una competencia encarnizada con dos grandes rivales: el resto del mundo y uno mismo, el individuo que debe luchar y entrenar, leer, prepararse por más de 12 horas diarias para vencer al tiempo, por ser el primero en su especialidad.

Barthes lo mencionaba en su libro “Del deporte y los hombres”, pero se puede aplicar tanto a la ciencia, las artes y al deporte, ya que se busca lo mismo por diferentes caminos:

“…pero como casi siempre en el deporte, este combate es una competición, no un conflicto. Lo cual significa que el hombre no sólo se enfrenta al hombre, sino a la resistencia de las cosas. Porque lo que está en juego en este combate no es saber quién se impondrá sobre el otro, sino quién dominará mejor ese tercer enemigo común que es la naturaleza.

No, no es el músculo lo que hace el deporte… El músculo por valioso que sea, no es más que materia prima: no es el músculo el que se alza con la victoria. La que se alza con la victoria es una cierta idea del hombre y del mundo, del hombre en el mundo. Esta idea es que el hombre se define plenamente por su acción, y la acción del hombre no consiste en dominar a los demás hombres, sino en dominar las cosas”.

A propósito de ello surge el tema del dopaje y del cognitive enhancement; se suele declarar que el uso de sustancias para mejorar el rendimiento físico de los atletas, además de perjudicar su salud, afecta la ética del deporte y tergiversa sus reglas, y es ahí donde se pone el énfasis. Por lo que resulta necesario recurrir a análisis rigurosos y constantes para realizar un buen control de esas prácticas. Lo mismo debiera aplicar para los que viven de su mente, pero ahí el camino es más elusivo. Indudablemente surgen temas de justicia, de distribución y accesibilidad. ¿Sería la misma discusión si todos tuviéramos la posibilidad de acceder a las “drogas milagrosas”?

¿Qué pasa cuando un atleta gana la esperada medalla de oro para su país y después se da a conocer que en el control antidoping resultó positivo? La idea de perfección y la imagen de ídolo caen. Esperamos que esos súperhumanos sean “naturales”, que la presión que se pone y las expectativas no afecten. La grandeza humana llevada al límite. La realidad es que la fragilidad humana y la necesidad de reconocimiento no son buenas compañeras. Existen casos como el de la heptatleta Bigitte Dressel, muerta por sobredosis; el conocido caso de Lance Armstrong al declarar que “es humanamente imposible ganar siete Tour de Francia sin doparse”, Ian Thorpe (por mencionar algunos), en los que la presión que se ejerce para cada vez ser mejores y no fallar resulta contraproducente. La crítica en general va hacia la “ética” del deporte, pero nunca en contra de lo que se les exige a los atletas o al lado de velar por su salud física y/o mental, o yendo más allá, de la vida después de su carrera deportiva y el vacío generado, pues no se pone mucha atención a la salud integral: física, moral, emocional y psicológica del atleta. Además están en juego las ganancias de los patrocinadores, que se consiguen cuando el atleta patrocinado obtiene el preciado oro o una posición privilegiada en el podio.

Al respecto, Barthes también menciona que:

Hay en el hombre unas fuerzas, unos conflictos, unas alegrías y unas angustias; el deporte las expresa, las libera, las quema sin dejar que nunca destruyan nada. En el deporte, el hombre vive el combate fatal de la vida, pero ese combate está distanciado por el espectáculo, reducido a sus formas, liberado de sus efectos, de sus peligros y sus vergüenzas: ha perdido su carácter nocivo, pero no su esplendor ni su sentido”.

Evidentemente, el problema viene después.

Los descubrimientos de Edison, o por ejemplo las teorías de Sagan en el caso de la ciencia, también han estado manchados por consumo de sustancias inspiradoras, pero no ha causado tanto revuelo; en dicho caso es más bien dato curioso. De cualquier forma, se busca que tanto los atletas como los grandes científicos o escritores sean excepcionales, esperando que se olviden de su humanidad; se les condena por sentir, por vivir. Como ejemplo de la esperanza de llevar al extremo la inteligencia humana está la película Limitless, que plantea la maravilla de una pastilla para lograr todo. En el mercado circulan diaria y fácilmente metilfenidato y modafinilo con miras más allá de las terapuéuticas, ¿en realidad funcionan? No podemos olvidar que en cualquier sentido, tanto del cognitive enhancement como del dopaje en el deporte, no hay fórmulas establecidas, y que quien realmente resulta perjudicado a la larga es quien lo consume, pues las vías metabólicas en las que puede actuar, las interacciones a nivel molecular de cada persona en particular aún no se conocen, o al menos aún está lejos de lograrse la perfección de la farmacogenómica. La ética debiera ser enfocada en proteger a los seres humanos de sí mismos y de las presiones a las que se les somete.

El caso del deporte por lo pronto es el más sonado y dañino, ya que se trata de gente joven que intenta hacerse de un nombre contundente, de pasar a la historia y abrirse un camino que se les promete estable, de vencer a la naturaleza; en ellos se desearía hasta cierto punto ingenuamente que sus proezas estén “limpias”, pero por otro lado se esperan con ansias los resultados de los controles antidopaje, porque tal vez en la mente humana hay algo de perversidad en la que se quiere enaltecer a los dotados a costa del agotamiento, su vida y sus sueños. Posiblemente se quiere tener la alegría interna de que son como cualquier otro que necesitó medios externos para llegar tan alto; tal vez el grueso de la población sólo se contente cuando termine no sólo con su medio ambiente, sino con sus prójimos: la alegría humana de ver caer a sus ídolos para sentirse mejor consigo mismos.

 

@bioeticaunam

 

 

* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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