close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
No desearás la ubre de tu prójimo
Como adultos ya no necesitamos la leche. Lejos de las creencias populares respecto a lo nutritivo e indispensable que resulta beber leche de vaca, existe información que indica que tomarla no es tan benéfico y que incluso tiene riesgos potenciales para la salud.
Por PUB UNAM
25 de mayo, 2016
Comparte

Por: Rebeca Pérez, Ángeles Cancino y Ricardo Noguera

Recientemente la agencia de investigación de mercado EuroMonitor reportó que cada año la leche de vaca pierde mercado a nivel mundial, frente a los alimentos líquidos alternativos elaborados a base de vegetales tales como almendra, soya, arroz, coco, entre otros. En los últimos cinco años la demanda de leche bajó 14.5 %, mientras que el consumo de las fórmulas no lácteas antes mencionadas creció 22.5% en el mismo periodo (El financiero), aun cuando su precio está muy por encima del de la leche de vaca. ¿A qué se debe este aparente cambio en las preferencias de algunos consumidores?

Algunas razones están ligadas a la salud, otras implican reflexiones éticas, y algunas más implican cuestiones sobre la naturaleza biológica de nuestra especie. En el terreno de esas reflexiones es válido preguntarse ¿qué relación tiene el consumo de la leche materna con la edad de la descendencia? ¿Por qué un ser humano adulto se bebe la leche de un becerro? ¿Tiene alguna implicación ética consumir leche de otra especie?

Sabemos lo relevante y primordial que es el amamantamiento para las crías de cuaquiera de las cerca de 5000 especies de mamífero existentes, sin embargo en el caso de la especie humana (Homo sapiens) resulta un sin sentido “alimentarse” de la leche de las vacas (Bos primigenius taurus). En adición, resulta altamente cuestionable tomar leche proveniente de animales explotados en un sistema de producción mecanizada y masiva, lo cual ha alterado profundamente la relación cría-madre en los ciclos reproductivos de la vaca y cuya selección artificial ha alterado los tamaños de las ubres de estos animales haciéndoles padecer alteraciones fisiológicas.

La gran importancia de que las crías de mamífero tomen la leche generada por las células secretoras de las glándulas mamarias de las hembras lactantes se debe a que dicho alimento materno les provee de los nutrientes esenciales mientras son capaces de digerir y metabolizar otros alimentos, además de que este período es el único en la vida de los mamíferos en los que tendrán una fuente de nutrición exclusiva. Para que dicha fuente pueda ser aprovechada, la enzima clave es la lactasa, cuya función es convertir al disacárido lactosa (principal carbohidrato de la leche) en sus dos componentes monosacáridos: glucosa y galactosa. En el momento que se realiza el destete los cachorros dejan de producir la lactasa y no vuelven a ingerir leche durante su infancia ni en su vida adulta.

Por otra parte, la composición de la leche materna varía dependiendo de cada especie y tiene características particulares que la hacen adecuada para las crías de la especie, por ejemplo: mientras la leche de foca contiene gran cantidad de grasa que le permite a la cría tener protección contra el frío, la leche de vaca contiene altas cantidades de proteína que le permiten al becerro un desarrollo muscular rápido, necesario para ponerse a salvo de los depredadores.

Asimismo, la leche materna humana contiene todo lo necesario en cantidades adecuadas para la crías de nuestra especie, de hecho los bebés humanos consiguen la máxima inmunidad y desarrollo cuando son alimentados exclusivamente con leche materna durante los primeros seis meses de vida y hasta los dos años alternando con comidas complementarias adecuadas. Después de esta edad, ya no es necesario seguir consumiendo leche para nutrirnos sanamente, y mucho menos ingerir la leche de otra especie.

En el transcurso de nuestra historia como especie (que tiene alrededor de 200 mil años) y antes de la domesticación de algunas especies como las reses, las crías de nuestra especie se alimentaron exclusivamente de la leche de sus propias madres (con excepción de algunos personajes míticos como Rómulo y Remo que se dice, fueron alimentados por una loba). Después de dicha domesticación, algo diferente ocurrió hace 7000 años aproximadamente, algunas poblaciones de seres humanos (principalmente ancestros de holandeses y suecos, cuyo porcentaje poblacional tolerante a la lactosa es alrededor de 90%) empezaron a alimentarse con leche de vaca, favoreciendo en esas poblaciones la mutación que mantiene activa la síntesis de lactasa en la etapa adulta (Tishkoff, et al., 2006). Algo similar ocurrió con algunos grupos africanos, entre los que se encuentra el grupo Tutsi, que tiene un porcentaje poblacional de tolerancia a la lactosa cercano al 90% (Deng, et al., 2015).

En contraste con esos grupos humanos, alrededor del 75% de la población mundial es intolerante a la lactosa a partir de los tres años; la razón, dejamos de producir lactasa (incluido el 10% de holandeses y suecos). Lo anterior se debe a que ha pasado de manera natural el período de amamantamiento. Por razones poco claras en términos históricos, se ha creído que lo normal es la tolerancia a la lactosa y se ha considerado dicha intolerancia como una “anormalidad”. En forma paralela a esa normalización, al reemplazar con formulas lácteas de proteína de vaca la leche materna humana en los primeros dos años, se ha contribuido a criar individuos con mayor propensión a ciertas enfermedades. En el último siglo, a nivel mundial, ha disminuido cada vez más el numero de niños que son amamantados de manera adecuada por sus madres, “menos del 40% de los lactantes menores de seis meses reciben leche materna como alimentación exclusiva” (UNESCO), generado con ello serios problemas de salud, desnutrición infantil (Black, et al., 2013), bajas defensas del sistema inmunológico, anemia, entre otros padecimientos. De acuerdo a la misma información de la UNESCO, cada año se salvarían 800 000 infantes si recibieran a partir de las dos horas de nacido la leche materna.

No existe ninguna razón para dudar de los beneficios de la lactancia, pero en lugar de que esa práctica aumente o por lo menos se haya mantenido constante, a partir de la segunda mitad del siglo XX ha ido disminuyendo, a pesar de las continuas recomendaciones sobre los beneficios para la infancia.

Como adultos ya no necesitamos la leche. Lejos de las creencias populares respecto a lo nutritivo e indispensable que resulta beber leche de vaca, existe información que indica que tomarla no es tan benéfico y que incluso tiene riesgos potenciales para la salud. Como menciona Raquel Pérez de León: “Siempre nos han dicho que tomar leche es indispensable para crecer y mantener saludables nuestros huesos y dientes. […] la industria de los lácteos nos ha vendido ese mensaje por años” (Pérez, 2013). Sin embargo hay autores que sugieren que su consumo no contribuye a fortalecer los huesos ni reduce el riesgo de osteoporosis (Feskanich, et al., 1997), y que la ingesta de leche de vaca desde la infancia humana, en muchos casos, está relacionada con el desarrollo de diabetes tipo 1 (Scott, 1997; Birgisdottir, et al., 2006).

De acuerdo a lo mencionado anteriormente y apelando a las capacidades racionales y éticas de nuestra especie, deberíamos reconsiderar el consumo de leche y sus derivados, ya que en la mayoría de los casos es innecesario en la dieta, en algunos otros, representa un excedente energético y en otros incluso es potencialmente perjudicial para la salud. Además debemos ser conscientes de que su obtención implica la explotación de una especie, cuyos individuos, al igual que nosotros, son capaces de experimentar dolor y sufrimiento.

Desde luego, la reflexión ética sobre la explotación animal ya se ha dado desde tiempo atrás, sin embargo, ha sido bajo una lógica bienestarista, que sólo se enfoca en mejorar las condiciones de explotación de los animales para “minimizar” su sufrimiento y maximizar la producción; pero en realidad ¿qué tanto necesitamos de una gran producción de lácteos? ¿Por qué consumimos leche de vaca? ¿Por sabor? ¿Por costumbre? ¿Porque podemos hacerlo? Probablemente nuestras respuestas como consumidores y como seres morales -además de considerar los aspectos biológicos, médicos y éticos- deben replantear un cambio profundo sobre las costumbres universalmente aceptadas, que nos permita actuar de forma menos injusta, especista y violenta frente a otros animales, y que de alguna manera ayude a frenar nuestro apetito voraz por la leche de las ubres de las vacas.

 

@bioeticaunam

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.