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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Por qué comer carne no puede ser una decisión personal
Si conocemos las implicaciones de la producción de alimentos de origen animal, sería moralmente reprobable negarse a modificar nuestras acciones al respecto, ya sea desestimando o ignorando la situación, dado que afectan a otros que se encuentran vulnerables.
Por Ricardo Vega
19 de agosto, 2020
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En la actualidad existe una industria alimentaria que nos ofrece una amplia gama de productos que van de no procesados a procesados, de rápidos a elaborados, de baratos a caros y de vegetales a animales. Al comprarlos, dependiendo de nuestras posibilidades y requerimientos, influirán factores económicos, dietéticos, regionales, temporales o personales, entre otros; sin embargo, aun bajo estas limitaciones, quedará una variedad entre la cual escoger, y lo que comamos será en gran parte decisión nuestra.

Pero, dentro del total de productos a los que podemos acceder ¿deberíamos ser libres de elegir lo que comemos? Es necesario repensar lo que consumimos y el peso que damos al gusto personal por encima de los aspectos éticos y ecológicos que implica dicha elección.

Todo alimento tiene una historia de producción que muchos consumidores se niegan a considerar. En la actualidad, un factor preocupante es la huella ecológica que genera la producción de cada alimento. Recientemente se ha publicado un gran número de artículos que muestran los daños ecológicos causados por la producción industrial de ciertos alimentos básicos, como los agrícolas y los de la ganadería. Para los primeros se requiere la deforestación de un área natural para sustituirla con plantíos, los cuales necesitan siembra, agua, fertilizantes y fuerza de recolección, entre otros recursos. Por el otro lado se encuentran los “productos” de origen animal, para los que, además de los requerimientos básicos –como la mencionada deforestación, agua, etcétera–, se necesita alimento para los animales, cuidados veterinarios y espacios de crianza. Estos son los más costosos, tanto económica como ecológicamente, en relación a los que genera la agricultura, debido a que para mantener a los animales se requiere un suministro de productos agrícolas que bien podrían alimentar directamente a la población humana, ahorrando una gran cantidad de recursos. También hay que recordar que hay otros productos de origen animal que no son carne, como lácteos y huevo, que de igual forma generan una huella ecológica similar a la producción cárnica.

Por lo anterior, la producción de carne requiere de una mayor inversión de recursos, sin contar la monstruosa cantidad de desechos altamente contaminantes que produce (heces animales y gases de efecto invernadero). Solo en los Estados Unidos de América se producen 7 millones de libras (aproximadamente 3 mil 175 toneladas) de excremento por minuto, provenientes de animales destinados a la alimentación humana (sin contar los desechos producidos por la acuicultura), según el Agricultural Waste Management Field Handbook del departamento de Agricultura de ese país. Más allá de ello, para satisfacer la demanda mundial de carne esta producción seguirá en aumento junto a la tendencia de crecimiento de la población mundial. Para poner un ejemplo de la cantidad de recursos naturales que se necesitan, se calcula que para producir una libra de carne de res (453 gramos) son necesarios 2 mil 500 galones de agua (aproximadamente 11 mil 365 litros). Teniendo en cuenta la crisis ambiental actual, resulta insostenible seguir generando estos productos. El contraste es mayor si comparamos la necesidad que tenemos del vital líquido contra la de la comida rápida.

Al mismo tiempo, debemos reconocer que la industria cárnica está generando sus ganancias a costa de seres sintientes, emocionales, conscientes, inteligentes y sociales, que no son tan diferentes de nosotros ya que entre animales compartimos una historia evolutiva estrecha que nos dotó de características similares, como poseer un sistema nervioso. También habrá que recordar que los humanos no somos seres privilegiados o divinos, sino que somos igualmente animales. Por lo anterior, a todos los daños ambientales que la industria de la explotación animal está causando debemos sumar el sufrimiento y la explotación a la que son sometidas sus víctimas (como lo cuenta la filósofa estadounidense Lori Gruen en el capítulo “Eating animals” en su libro Ethics and animals).

Muchas veces, cuando se dan a conocer estos argumentos para que las personas reconsideren y cambien sus hábitos alimenticios, se suele contestar diciendo que “cada quién es libre de comer lo que quiera”. Esto no puede ser así; si conocemos las implicaciones de la producción de alimentos de origen animal, sería moralmente reprobable negarse a modificar nuestras acciones al respecto, ya sea desestimando o ignorando la situación, dado que afectan a otros que se encuentran vulnerables.

Para dimensionar dicha preocupación podemos señalar que según una estimación realizada por la Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO), en 2012, a nivel mundial, se mataron 28 mil 890 millones de animales no humanos (cerdos, bovinos, aves y ovinos). Un número abrumador, equivalente aproximadamente a cuatro veces la población humana mundial y a 916 animales muertos cada segundo (hay que recordar que hace falta incluir otros animales terrestres y acuáticos que no se consideran y que incrementarán inmensamente este número).

Desgraciadamente, dado que hemos crecido bajo el paradigma especista, que ve a los animales no humanos como una propiedad a la que compramos, vendemos, criamos o matamos a nuestro antojo, no nos damos cuenta del terrible grado de sufrimiento y explotación al cual están sometidos, considerándolos como meros medios para nuestros fines. Por ello terminamos creyendo que nosotros deberíamos tener la última palabra respecto a qué decidimos comer o a qué otro uso darles a los animales no humanos.

Siempre han existido opciones vegetales para alimentarse, desde la combinación de leguminosas-cereales hasta los recientes productos veganos a base de soya o seitán; además, la creciente preocupación ambientalista y animalista están causando que se generen nutritivos productos sustitutos para la carne, el huevo, la leche y sus derivados. Por lo que no podemos decir que no hay alternativas.

Decidir qué comer no debe ser solo un asunto de sabor o costumbre por ingerir ciertos productos, especialmente si estos provienen de fuentes éticamente objetables. Los factores ambientales y éticos deben tener más peso que el gusto personal.

Debemos ser conscientes de lo que implica la explotación de los animales para satisfacer cualquier demanda humana, reconociéndoles un mayor estatus moral y dejando de considerar que están a nuestra disposición. Lo mejor que podemos hacer respecto a nuestra alimentación, para el bien humano y no humano, es consumir alimentos locales, frescos, de temporada y, por supuesto, libres de explotación animal.

* Ricardo Vega es biólogo y actualmente estudia la Maestría en Filosofía de la UNAM. Preocupado por el trato que los humanos le dan a los animales no humanos y al ambiente, le interesa la ética animal y ambiental, pensando que debe de ser prioridad erradicar el especismo antropocentrista.

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