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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
¿Por qué valoramos más las vidas humanas?
Creer que la vida humana tiene un valor supremo ignora la interrelación que existe con nuestro entorno; cuidar de otras especies y cada elemento de los ecosistemas será la única manera de continuar en este planeta.
Por Bianca Anahí Cristino Sicairos
18 de noviembre, 2020
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Lo que estamos atravesando actualmente nos ha obligado a vivir de manera distinta, y podríamos esperar que los cambios nos hicieran cuestionar cómo vivimos y cómo valoramos la vida. Sin embargo, uno de los hechos que parecen contradecir dicho planteamiento es que las personas, tras el confinamiento, retomaron rápidamente sus prácticas comunes, como abarrotar los centros comerciales y organizar eventos masivos.

En este sentido, se habían adelantado hipótesis sobre los efectos de la disminución de la movilidad humana, considerando que podría tener un impacto benéfico para los ecosistemas (por ejemplo, los cisnes regresaron a Venecia y las playas de México mostraron bioluminiscencia). Es decir, se planteó que el confinamiento generaría un impacto tal que se darían las condiciones para disminuir o incluso revertir algunos de los problemas generados por la actividad humana; pero se hizo sin vislumbrar el efecto que tendría el retorno a las mismas, que desencadenó una carrera por la recuperación de la economía que nuevamente puso en la cima los intereses materiales, dejando fuera la potencial “recuperación de los ecosistemas”.

Así, en China, la caída de las emisiones de CO2 hasta el 25% durante las seis semanas posteriores al confinamiento tuvo un rápido repunte al regreso a las actividades, en mayo, con un aumento de entre el 4 y el 5%; ello provocado por la generación de energía térmica (principalmente carbón). Este regreso al uso de los combustibles fósiles resulta preocupante, ya que al ser China el mayor productor y consumidor de carbón (así como el mayor contaminador del mundo, al aportar 30% de las emisiones anuales de CO2), amenaza las metas del Acuerdo de París sobre cambio climático, que buscaba reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en, al menos, 40% para 2030.

Cuando se analizan los costos de la pandemia, resulta abrumador el énfasis que se hace en las pérdidas humanas y materiales que, sin dejar de ser importantes, parecen no ceder espacio a otras pérdidas. Es así que, desde la perspectiva humana, o desde una visión antropocéntrica, se asume que la “catástrofe” de la pandemia ha atentado contra el progreso de la humanidad, en una postura victimizante que intenta eludir el origen zoonótico de la pandemia, en gran medida relacionado con la explotación animal; por ello, no se consideran los miles de animales explotados para el consumo humano o aquellos que se han sometido a experimentación debido al desarrollo acelerado de vacunas y tratamientos, sin mencionar el asesinato de muchos otros considerados los “causantes”, como los murciélagos quemados en Perú. Por ello habría que preguntarnos si “la supervivencia humana” es un argumento válido para justificar la degradación de los ecosistemas y si seguiremos ignorando las muertes de otros seres sintientes, las cuales representan grandes pérdidas para el equilibrio del planeta.

Hemos olvidado que vivimos en un sistema interrelacionado, ya que desde una postura antropocéntrica creemos que, como especie dominante, podemos invadir ecosistemas y desplazar especies, así como consumir recursos naturales no renovables hasta producir una cantidad catastrófica de residuos que han transformado por completo al planeta, generando una huella ecológica asociada a la era geológica del Antropoceno. Es decir, al asumirnos superiores, tomamos todo cuanto nos rodea, lo transformamos y lo desechamos sin reflexionar sobre el impacto que tendrá, y sólo hasta que llega a afectarnos directamente consideramos que se requiere un cambio, como si anteriormente nuestras prácticas no hubiesen ya generando daños irreversibles. Reconocer la responsabilidad de la especie humana ante la actual pandemia, así como ante el cambio climático, nos llevará a comprender que todas las formas de vida tienen derecho a ser respetadas.

Es por ello que ha llegado el momento de asumir que cada aspecto de la vida humana tiene un impacto, debido a la interrelación con la naturaleza de la que formamos parte, y que por lo tanto debemos reestablecer la conexión y retornar al uso de prácticas sostenibles. Además, se debe ir más allá y comprender que no basta con que unos cuantos individuos generen consciencia y cambien sus hábitos, sino que se requieren medidas masivas. Ejemplo de ello fue la prohibición de bolsas plásticas de un solo uso en los supermercados, que inicialmente apelaba a la consciencia individual dejando a la elección del consumidor el empleo de bolsas reutilizables pero no comenzó a ser una medida efectiva hasta que se combinaron factores regulatorios (sanciones) y de mercado (disponibilidad de producto).

Debemos cuestionarnos sobre el origen de cada una de las cosas que conforman nuestra vida y nuestras prácticas cotidianas para generar un cambio de perspectiva, que nos permita dimensionar los costos desde una visión amplia que incluya no sólo el valor monetario, sino toda la información pertinente en torno al costo en recursos naturales, el tiempo que se invierte y el impacto en cada uno de los procesos, con el objetivo de desmitificar (por ejemplo) que una hamburguesa de carne de res es más “económica” que una ensalada, omitiendo la cantidad de agua que se requiere para producirla, la tala de bosques y selvas y el gasto de combustible fósil para traslado.

La conclusión de la pandemia no ha llegado (algunos países incluso han regresado al confinamiento) y no existe certeza sobre el saldo que dejará; así que debemos construir desde nuestra ineludible interconexión con la naturaleza y empezar a tomar acciones que mejoren nuestra relación con otros animales; es decir, abandonar nuestro antropocentrismo y generar un cambio de perspectiva hacia una ética ambiental para que la vida humana se deje de asumir superior a la de cualquier otro ser vivo del planeta.

* Bianca Anahí Cristino Sicairos es alumna de Maestría del Programa de Maestría y Doctorado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud de la Universidad Nacional Autónoma de México, y Estomatóloga Pediatra por el Instituto Nacional de Pediatría.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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