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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Racismo, especismo y los animales cautivos
En la mayoría de las sociedades occidentales los animales son todavía bienes, objetos a nivel jurídico, sin calidad de vida ni intereses propios.
Por PUB UNAM
7 de junio, 2017
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Por: Paulina Bermúdez Landa

En las últimas décadas, los seres humanos nos hemos preguntado sobre nuestra relación con los demás animales; influidos por el estudio de la evolución cognitiva y los avances obtenidos en la materia, la arrogancia ontológica del ser humano ha sufrido una brutal sacudida. Hoy advertimos el error que cometimos viviendo en lo que el filósofo Baruch Spinoza llamaba “el asilo de la ignorancia”.

El movimiento de los animales, que pugna por su liberación, ha puesto en la mesa de debate la cuestión de si es ético o no tener animales en cautiverio. Entre las distintas instalaciones que mantienen animales en exhibición y en ambientes artificiales, se encuentran los zoológicos, espacios que existen desde hace siglos y que hace apenas 130 años contemplan la conservación de especies entre sus funciones.

Históricamente, estos lugares están enraizados en las prácticas coloniales, que incluían el rapto de grupos humanos para exhibirlos ante las sociedades europeas y asimilarlos al modelo de humanidad ideal. El México actual está basado en este proyecto colonizador, que, a través de la encomienda, esclavizó a las poblaciones indígenas como mano de obra barata y al mismo tiempo, los indígenas, negros, mujeres de otras latitudes, todos aquellos que no fueran blancos, hombres, heterosexuales, cristianos y europeos, fueron esclavizados y considerados inferiores.

La conquista del otro implicó el ejercicio del poder sobre aquellos “infieles”, los llamados “esclavos por naturaleza”, con la finalidad de justificar las guerras de conquista. La interpretación aristotélica de Juan Ginés de Sepúlveda de los indios, los colocó en el mismo nivel que los animales “salvajes”. Así, en ese estado salvaje, los indios “encomendados” a los hispanos fueron explotados hasta morir.

No obstante, esta explotación no era vista como tal, sino como un “cuidado de” que los colonizadores tenían el deber de ejercer. Dicha potestad sobre los infieles, ignorantes o enemigos del Evangelio, fue legitimada en las Bulas Alejandrinas del siglo XV que otorgaron a la Corona de Castilla el derecho a conquistar América.

El cautiverio de los animales, surgido hacia el siglo XVI, tuvo a la familia Hagenbeck como una figura fundamental para el desarrollo y abastecimiento de zoológicos humanos y no humanos. La compra de animales para abastecer casas de fieras, circos y exposiciones se convirtió en un pasatiempo de la familia, pero también hizo la diferencia para que los europeos pudieran conocer a los animales exóticos procedentes de África, Asia y América. Para Carl Hagenbeck, fue la exhibición de animales humanos lo que lo hizo famoso a nivel mundial.

En el siglo XIX, cuando el tráfico de animales se hizo cada vez más competitivo, Hagenbeck buscó una nueva atracción, que encontró en los grupos indígenas. Así, en 1875, un grupo de indígenas del pueblo sami fueron transportados junto con una manada de renos a Hamburgo. A partir de entonces, las exposiciones antropozoológicas causaron gran interés en la sociedad europea, ya que se consideraba que los grupos exhibidos eran la prueba de fases anteriores del desarrollo humano, mientras que los europeos eran la culminación de ese desarrollo, en el que la humanidad alcanzaba la plenitud del ser.

Estas exposiciones continuaron hasta bien entrado el siglo XX, cuando en 1931 la familia Hagenbeck dio el último espectáculo con seres humanos en Alemania. Pasada la Primera Guerra Mundial, el ideal de “salvaje” atribuido a los grupos humanos cautivos para su exhibición fue decayendo, por un lado, debido al escepticismo de los visitantes de estos espacios y por el otro, la poca cooperación de los “nativos” le dio al traste al realismo que Hagenbeck buscaba mostrar.

Hoy la misión civilizatoria para con los grupos humanos es una empresa abandonada en los zoológicos, sin embargo, el mismo discurso que enaltece el poder pastoral y el dominio de unos sobre otros permanece. En la actualidad, el racismo es un acto de discriminación penalizado, castigado y rechazado a pesar de que todavía hay quienes lo cometen todos los días. No obstante, hay un tipo de discriminación que la humanidad apenas se está tomando en serio, este es el especismo, que consiste en discriminar a los animales que no forman parte de nuestra especie y conlleva su esclavitud y explotación para nuestros fines, por muy superficiales o necesarios que nos parezcan.

En la mayoría de las sociedades occidentales los animales son todavía bienes, objetos a nivel jurídico, sin calidad de vida ni intereses propios. En México, por ejemplo, los animales son reconocidos como bienes muebles en el Art. 753 del Código Civil Federal. Mientras que la nueva Constitución Política de la Ciudad de México los reconoce en su Art. 13 inciso B como seres sintientes, es decir, como sujetos de consideración moral que deben recibir trato digno.

En ese mismo tenor, la Ciudad de México y en general, el mundo, experimenta una oleada de cuestionamientos respecto al funcionamiento de los zoológicos. Durante siglos se pensó que estos lugares son más seguros para los animales que la misma vida en libertad, que además les traen beneficios a las especies en términos de conservación y del conocimiento que a partir de los individuos cautivos es posible generar.

Lamentablemente, episodios como el sucedido en el 2016 con el gorila Harambe, quien muriera abatido a tiros luego de que un niño cayera a su exhibidor en el zoológico de Cincinnati en EUA, o el sucedido con el gorila Bantú, el único gorila macho de tierras bajas que sobrevivía cautivo en México, y quien murió en el 2016 durante un fracasado intento de traslado a Guadalajara para su reproducción, han sido algunos de los casos que nos han hecho replantearnos la necesidad de tener animales cautivos en zoológicos.

A menudo los debates consisten en sopesar los beneficios y los contras del cautiverio de animales silvestres, centrados en el tema de la conservación de las especies o la investigación científica. Empero, como ya mencioné antes, estos objetivos son muy recientes en la historia de los zoológicos y por lo mismo, muy pocos zoológicos lo hacen a cabalidad. Cuando se debate sobre el tema, muy pocos son los intentos de reflexionar sobre el origen plenamente discriminatorio de los individuos cautivos, humanos o no humanos, sobre las narrativas generadas en estos espacios para contar la vida de los cautivos y aquellas para contar el derecho que algunos se otorgan para “cuidar” a los animales en zoológicos.

Así como hubo un tiempo en el que fray Bartolomé de Las Casas retó la legitimidad del poder pastoral ejercido mediante la violencia sobre los indios, hoy es el movimiento por los derechos de los animales el que reta la legitimidad del encierro de los animales no humanos justificada desde la ciencia. A esto hay que acotar que este cuestionamiento no se realiza tanto desde el tema de la conservación, que en ciertos casos es evidente que se cumple en ciertos zoológicos y con ciertas especies, sino desde la ética, puesto que el origen del encierro de los animales está fundamentado en la idea de que unos son moralmente superiores a otros y que, además, unos son dueños de otros.

Finalmente, el curso de los debates no debe seguir ignorando el origen del encierro de los animales ni su estrecha relación con actitudes racistas, sexistas y xenófobas, pues pudiera estar pasando por alto el error de reproducir aquella idea que sostiene que los humanos lejos estamos de la animalidad y que, por lo mismo, tenemos todo el derecho de someterla como mejor nos convenga. Sólo de esta manera será posible el principal objetivo del movimiento por la liberación animal, que es liberar a los animales de su estatuto de propiedad, cambiar el rumbo de las instituciones que, de hallarse las condiciones, puedan beneficiar a los animales y de terminar con aquellas que sólo los explotan.

 

@bioeticaunam

 

* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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