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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Sobre la iniciativa de prohibir las corridas de toros en el municipio de Puebla
No sabemos qué sería más grave por parte de quienes apoyan la permanencia de estos espectáculos: si la negación de los hechos científicos, o que en algún momento acepten el sufrimiento de los toros, pero no lo consideren una justificación para suspender las corridas.
Por Beatriz Vanda Cantón y Adriana Cossío Bayúgar
2 de diciembre, 2020
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Hace unos días se realizó un foro en la Ciudad de Puebla de los Ángeles para abordar si se deben o no prohibir las corridas de toros en esta entidad. Desafortunadamente, las posturas son irreconciliables y los argumentos que se presentan de un lado y de otro no están al mismo nivel, pues aunque las opiniones, creencias y puntos de vista merecen ser escuchadas con respeto, no tienen el mismo peso que los argumentos basados en evidencias científicas demostrables, que podrán o no gustar pero se respaldan en la verdad y, por ello, deben tomarse en cuenta.

Es irrebatible que los toros están dotados de estructuras neuroanatómicas y neuroquímicas que les permiten sentir dolor, experimentar una serie de estados emocionales y mentales (como el miedo, la ansiedad y la ira, entre otros), y estar conscientes de lo que sucede a su alrededor, pero estas explicaciones son rechazadas o ignoradas sistemáticamente por quienes defienden los espectáculos taurinos, lo cual demuestra su desconocimiento de la fisiología de estos animales que dicen admirar.

Mientras que los argumentos presentados en contra de la tauromaquia se basan en disciplinas como la Etología, Neurofisiología, Patología, Bienestar animal y Biología de la conservación, además de argumentos éticos y legales, quienes defienden esta actividad recurren a argumentos falaces como el de apelación a la tradición (falacia ad antiquitatem), que consiste en creer que algo está bien sólo porque siempre se ha hecho o porque es una práctica muy antigua; también se apoyan en la falacia de petición de principio o de “circularidad”, que en este caso afirma que los toros deben seguirse lidiando porque para eso fueron criados y esa es su finalidad, cuando desde la biología, los animales no tienen asignada una finalidad o propósito, sino que los humanos se las hemos asignado. Otros argumentos que descolocan la discusión son aquellos ad hominem, en los que no se da una respuesta a lo que expone el contrario sino que se lo descalifica, como cuando se difama a quienes no están de acuerdo con las corridas de toros llamándolos “pseudoanimalistas pagados por organizaciones internacionales”.

Los protaurinos, al desconocer el significado de los términos etológicos sobre las capacidades de los animales, se confunden creyendo que se los está “humanizando”. Nada más lejos de la realidad: los animales deben ser respetados en su animalidad, la intención es humanizar a los humanos. Para desviar el tema de lo que le sucede al toro en el ruedo, suelen salirse de contexto comparándolo con el tema de los rastros, diciendo que ahí los animales mueren “sin dignidad” (habría que cuestionarse si eso de verdad los preocupa). Quienes apoyan la permanencia de estos espectáculos deberían tener la sinceridad de aceptar que su motivo principal es simplemente “porque les gusta”, así sin más, en vez de desviar la discusión atacando y descalificando sin elementos veraces a quienes están en contra.

Por otro lado, es necesario reflexionar: ¿Todas las tradiciones y expresiones culturales deben permanecer? ¿Por qué serían necesarias? ¿En qué radica el valor cultural de una práctica? Con el paso de los años y con la evolución moral de las sociedades, hay costumbres que han ido desapareciendo o cambiando (como la esclavitud, los sacrificios humanos o el circo romano ya sea con gladiadores o con animales), porque se ha tomado conciencia de que perjudican o dañan a otros; es el caso de las corridas de toros, en donde la finalidad es que el animal muera después de haber sido burlado y herido múltiples veces; es decir, sometido a dolor innecesario.

Cierto que el dolor es parte de la vida, que existe en la naturaleza al grado que se ha demostrado en todas las especies de animales vertebrados, pero el dolor innecesario es aquel que podría evitarse y del cual somos responsables, como en este caso, en donde no se tiene el propósito de satisfacer una necesidad vital de los humanos sino un deseo o un interés de segundo orden, el entretenimiento o el espectáculo, cuyo incumplimiento no acarrearía consecuencias negativas graves para la vida ni la salud de los aficionados, quienes, por cierto, como especie racional tienen muchas alternativas para encontrar disfrute, emoción, diversión o acceso a manifestaciones culturales en las que no se requieren sacrificios. Las tradiciones que merecen conservarse son aquellas que elevan nuestra condición humana, no aquellas que promueven lesiones y muerte de quienes están en situación de vulnerabilidad.

¿Los gobiernos o las leyes deben o no prohibir? Deben regular la convivencia pacífica para vivir en un Estado de Derecho y velar que las libertades de unos no vulneren los derechos de otros, y aunque en este texto no se discutirá si los animales tienen o no derechos, los humanos —cómo especie dominante— tenemos responsabilidades con el resto de la naturaleza, por lo que nuestro comportamiento hacia ella sí está sujeto a un análisis ético, y en este caso (las corridas de toros) se le está causando daño y muerte deliberada a un ser vivo sintiente, entendiendo este término como la capacidad de sentir y tener experiencias conscientes.

Otro problema en estas discusiones es el punto ciego de los taurinos para reconocer en el toro a un “otro”, a un ser que siente, y que como todos los animales lucha por conservar su vida. De esta manera se colocan en un escenario de doble moral: por un lado, admiten que los toros no son máquinas, pues los ven sangrar, sudar, gemir y morir, y cuando describen o narran el comportamiento de estos animales en el ruedo, parecieran admitir que tienen estados mentales emocionales (hablan de su bravura, su valor o su ímpetu, o de cuando se rehúsan a embestir), pero paralelamente niegan que esas mismas criaturas sean sintientes.

No sabemos qué sería más grave por parte de quienes apoyan la permanencia de estos espectáculos: si la negación de los hechos científicos, o que en algún momento acepten el sufrimiento de los toros, pero no lo consideren una justificación para suspender las corridas, con lo que estarían admitiendo que no está mal provocar deliberadamente dolor y estados mentales negativos a quienes sean susceptibles de experimentarlos.

Aunque el foro se llevó a cabo en un marco de respeto, no se podrá avanzar hasta que cada parte esté dispuesta a presentar y defender argumentos veraces en vez de denostar los motivos que exponen los del lado contrario. Y que los quienes apoyan las corridas de toros no olviden que lo que está en juego es la vida de otros seres sintientes.

Ojalá que el color, la música y el glamour de los espectáculos taurinos no obnubile la conciencia de quienes tienen el poder de decidir sobre la erradicación o disminución de la violencia no sólo en nuestras calles y plazas, sino también en nuestras festividades y espectáculos.

* Beatriz Vanda Cantón es médica veterinario zootecnista, con Maestría en Patología y Doctorado en Bioética, por la UNAM, donde labora como profesora de tiempo completo y tutora del Posgrado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud. Adriana Cossío Bayúgar (@adicoss), es médico veterinario zootecnista, con Maestría en Manejo de Fauna Silvestre y Doctorado en Conservación, por el Instituto de Ecología de Xalapa, Veracruz. Ambas autoras pertenecen al Comité de Bienestar Animal del Consejo Técnico Consultivo de Sanidad Animal de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, y al grupo de trabajo que elaboró el “Dictamen forense sobre la muerte del toro lidia”, que solicitó a la UNAM la Procuraduría del Ambiente y Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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