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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
“Sólo un león”
Desde la ética, no existe justificación alguna para la “caza deportiva”. No hay manera alguna de aceptar que el sádico placer de algunos esté por encima de la supervivencia de otros. Se estima que al año 600 leones mueren para decorar paredes y servir como razón de presumir “hombría” y riqueza.
Por PUB UNAM
5 de agosto, 2015
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El primer día de julio, Walter Palmer -un dentista de Minnesota- asesinó a Cecil, el león más famoso de Zimbawe y ahora del mundo.

La respuesta internacional no se hizo esperar: en redes sociales la historia se volvió viral en cuestión de horas y los medios masivos hicieron lo propio. Celebridades expresaron su disgusto y asociaciones de defensa de los animales pidieron –y piden- justicia. Por ejemplo, Jimmy Kimmel, un comediante estadounidense conocido por su sátira social y política, habló sobre el tema con la voz quebrada por la impotencia y llamó a sus televidentes a donar dinero a asociaciones en pro de la defensa de los animales.

Walter Palmer –antes de cerrar su consultorio, sitio web incluido- emitió un comunicado donde afirma que no sabía que se trataba de un animal protegido y que “confió en sus guías” para que fuera una caza legal. Uno podría preguntarse si mientras atraían a Cecil hacia fuera de la reserva donde vivía valiéndose de carnada amarrada a un auto –como lo hacen con Alex, el león de Madagascar- el Dr. Palmer pensaba que todo era muy legítimo, y si al notar el collar GPS no pensó en reportarlo a las autoridades y no tratar de destruirlo. Por lo menos podría sospecharse que sabía que actuaba fuera de la ley e, incluso, no sería descabellado pensar que ese león en particular –famoso por acercarse a los humanos y sujeto de miles de fotografías, era su blanco desde el principio.

Consultorio del Dr. Palmer en Bloomington, Minnesota. // Foto: AFP

Consultorio del Dr. Palmer en Bloomington, Minnesota. // Foto: AFP

Y aun si aceptamos que el cazador no notó nada raro en su cacería, ¿el que algo sea legal lo hace aceptable? Esto sin mencionar que, por lo menos según las autoridades de Zimbawe, no tenía nada de legal: el “guía” está en juicio y podría pasar hasta 10 años en la cárcel y su gobierno ha solicitado la extradición del dentista.

Pero aun si el guía fuera declarado inocente –por la razón que se quiera- y que Palmer no sea extraditado (y obviamente no puede ser juzgado en su país por lo que no ocurrió ahí) ¿tendríamos entonces que aceptar que actuó bien? Por supuesto que no. El que algo sea legal no necesariamente lo hace bueno –basta recordar la infinidad de leyes injustas que han existido y existen- y el que algo sea ilegal tampoco lo torna necesariamente malo, lo que es la base de los cambios a las legislaciones.

Desde la ética, no existe justificación alguna para la “caza deportiva”. No hay manera alguna de aceptar que el sádico placer de algunos esté por encima de la supervivencia de otros. Se estima que al año 600 leones mueren para decorar paredes y servir como razón de presumir “hombría” y riqueza. 600 animales que suelen ser los machos alfa de sus manadas, responsables de proteger a las crías, y cuya falta deriva muy frecuentemente en la muerte de más leones. Esto sin mencionar otras especies que de igual manera son cazadas sin razón.

Sin embargo, ante esta explosión en contra de la cacería que vemos ahora –y que muchos festejamos- hay quienes intentan justificarla o quizás sostener que se exagera o que “no es para tanto”.

Por ejemplo, hay muchas voces que afirman que la “industria” de la caza deportiva es importante para las economías africanas, y que gracias a los 50,000 dólares de Palmer o los 350,000 dólares que el Club de Safari de Dallas ganó en subasta para cazar un rinoceronte negro –casi extinto ya- niños de Zimbawe podrán mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, ese dinero no llega más allá de las cuentas de banco de unos cuantos empresarios, ya de por sí ricos –en el mejor de los casos- o a los recursos con que se financian guerras raciales, religiosas, etc… en el peor, cuando hablamos del mercado ilegal.

Por otro lado, hay quienes sostienen que ese dinero ayuda a la conservación de las especies, aludiendo al viejo dicho del Sr. Spock de “las necesidades de muchos están por encima de las necesidades de pocos o de uno”. Esto tampoco se sostiene. Según diversos estudios, no más del 3-5% de las ganancias de la caza deportiva se destinan a la conservación. Y esto sin ahondar en la incongruencia de “matar para proteger”, que da para otra columna.

Kenia, por ejemplo, prohíbe la caza deportiva y se enfoca en generar opciones de ecoturismo. Claramente es mucho más rentable: no destruyes tu fuente de ingresos y es por muchas razones, una opción éticamente sustentable si se realiza a conciencia. Ni siquiera desde la más fría economía podemos justificar estas prácticas destructivas.

Ahora bien, otras voces sugieren que el caso de Cecil es una exageración.

“Es sólo un león” –tanto en su connotación numérica como jerárquica, dicen algunos. En primer lugar, cuando hay –en los estimados más optimistas- 32,000 leones en libertad, cada uno cuenta. Un león muerto es una posibilidad menos de que la especie recupere números estables, especialmente si hablamos de un macho alfa. Por otro lado, Cecil llama la atención sobre el problema en general y quizás nos haga dejar de ignorarlo. Para ilustrar esto, basta ver dos ejemplos: 1) las tres aerolíneas estadounidenses –United Airlines, Delta y American Airlines- han cambiado sus políticas y no permitirán transportar en sus aviones “trofeos” de leones, rinocerontes, elefantes, leopardos y búfalos y 2) Estados Unidos está explorando incluir a los leones en la lista de especies protegidas por este país, lo que convertiría en delito la venta, posesión y transporte de los “trofeos” obtenidos de ellos.

En el otro sentido de “sólo un león”, hay quienes insisten en que hay otros problemas que merecen nuestra atención. Que si los niños de la calle, la situación política y social de nuestro país, el crimen organizado, etc… Todos serios problemas que deben ser atendidos, sin duda. El punto es que uno no excluye al otro. Lo que debe importarnos es evitar el sufrimiento y el dolor sin sentido –cualquiera que sea su origen o quien sea el que sufra. No podemos sostener que uno importa y el otro no. Si somos sensibles ante el otro, no nos detendremos a ver su condición social, el color de su piel o el número de sus patas. Hacerlo sería arbitrario y discriminatorio y de eso ya tenemos bastante.

Cecil el león no fue un “sacrificio” para que su especie perdure o para que los más vulnerables de su país tengan algo de comer. Su grupo social lo extraña y la gente demanda justicia porque vemos la realidad como es: una muerte sin sentido, una muerte para satisfacer la banalidad de un pobre hombre, algo que no debió suceder y que no debe ocurrir de nuevo.

 

* Santiago Outón G. es Filósofo, miembro del Programa Universitario de Bioética (@bioeticaunam).

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinón de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentrio, réplica o crítica es bienvenido.

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