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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Todos para uno y uno para todos: la solidaridad al poder
Para construir una sociedad ética y pacífica será necesario rescatar algunas virtudes olvidadas, entre ellas la solidaridad: salvar a la humanidad y al planeta depende también de que la “aldea global”, en un sentido auténtico y además inclusivo de la naturaleza, sea una aldea solidaria.
Por Rodrigo Ruiz Spitalier
27 de octubre, 2021
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Los mercados no generan automáticamente confianza, cooperación u acción colectiva para el bien común. Todo lo contrario: la naturaleza de la competencia económica implica que el participante que rompe las leyes triunfa –al menos a corto plazo– sobre sus competidores con más sensibilidad ética.

Tony Judt, Algo va mal

 

La “solidaridad” puede entenderse, filosóficamente, como una especie de alianza entre personas que persiguen un mismo interés, que al ser compartido por varios individuos se funda como objetivo común 1. Es, en resumen, un amalgamiento de los intereses de muchos, una virtud social y política relacionada con la empatía y la generosidad, virtudes éticas 2. Atendiendo a esta definición, la solidaridad que se da dentro de una sociedad, en vez de dentro de un sector determinado, surge de reconocer que todos los ciudadanos compartimos ciertos objetivos; en última instancia, compartimos el deseo de vivir satisfactoriamente y con cierta libertad.

En los años ochentas, la ola global del neoliberalismo deificó el concepto de competencia y, por las mismas razones, desterró los de cooperación y solidaridad. La moral económica de nuestro tiempo se puede resumir en la frase coloquial “que cada quien se rasque con sus propias uñas” (noción errada y caricaturizada del individualismo). Dicha ideología percibe a la compasión y la generosidad como debilidades, y a la solidaridad como una pésima estrategia. Sostiene que la prosperidad, tanto individual como colectiva, empieza por que cada quien actúe en aras de su propio y exclusivo beneficio económico, recordando a Adam Smith y la doctrina del “egoísmo racional” como motor del mercado 3. Así, el neoliberalismo no calza con la noción de intereses comunes: prefiere promover la competencia y los intereses enfrentados.

Muchos se han encargado de analizar este fenómeno, entre ellos Tony Judt, quien en su libro Algo va mal meditaba sobre cómo recuperar la cooperación y la solidaridad que distinguió a los Estados del Bienestar. Judt insinúa que entre más heterogénea es una sociedad, más difícil es que sus integrantes cooperen: “¿Sería de esperar que un residente de Omaha, Nebraska, estuviera dispuesto a pagar impuestos para la construcción de puentes y autopistas en Kuala Lumpur sobre el supuesto implícito de que su equivalente malayo haría lo mismo por él?”) 4. Es decir, la solidaridad aparece más fácilmente entre quienes se perciben mutuamente como “los míos”, en contraste con “los ajenos”.

Es fácil imaginar que este fenómeno deriva del más primigenio instinto de preservación, que privilegia la preocupación por los miembros del propio grupo (manada o tribu). El individuo es propenso a sentir compasión por quienes asume sus semejantes. Probablemente, dentro del mundo meramente natural, con su “Ley de la selva”, estos límites para la cooperación tienen sentido, funcionan dentro de un rango necesario y cumplen una función. En el caso humano, sin embargo, tienen otros matices: por un lado, nos hemos propuesto construir una sociedad donde ya no impere la famosa “Ley de la selva”; por el otro, dado que ya no estamos insertados en las mismas dinámicas naturales, dicho instinto pierde su funcionalidad e incluso es contraproducente.

Los ejemplos y versiones de este atavismo corrompido se ven antes que nada en las formas de discriminación e intolerancia, la cosificación del diferente: la insistencia en sentir ajenos a todos a la menor provocación causa conflictos que escalan hacia la violencia, la opresión y el exterminio. Un segundo campo es el social, donde la consecuencia es (como se señaló más arriba) la pérdida de la solidaridad, surgida de promover una confrontación supuestamente inevitable entre los intereses individuales y desechar la cooperación, lo cual nos ha llevado a una aparatosa desigualdad devenida pobreza y, eventualmente, enemistad social. Finalmente, la última esfera de la inclemencia se conecta con el antropocentrismo, que no se aleja mucho de los casos anteriores en tanto inspira al ser humano a creerse algo separado y superior al resto del planeta (y el capitalismo también ha jugado su papel en ello). En el fondo, todo acaba en una conclusión similar: “los otros no importan”.

Un enfoque solidario rechaza lo anterior: en él se ve a los demás no como enemigos sino como aliados, actuando “en conjunto y no unos contra otros” 5, o todos contra todos. La solidaridad nace cuando accedemos a que se procure con generalidad algo que conviene a cada individuo: damos para recibir, o para tener derecho a recibir (pues ¿con qué cara aceptar lo que yo mismo me he negado a dar?). Un neoliberal pensaría, por ejemplo: “si los de la otra calle tienen baches, que ellos mismos paguen la reparación”. Lo opuesto a una visión solidaria donde, a través de los impuestos, todos pagamos por tal reparación, basándonos en que a ninguno nos convendría tener baches en nuestra calle, y sí nos convendría mucho contar con ayuda si llegáramos a tenerlos.

Eso es la solidaridad en el terreno económico, pero pienso que se puede expandir a los otros ámbitos mencionados si se mezcla con una contemplación reflexiva y empática de cuanto nos rodea. Puede considerarse solidario apoyar la equidad de derechos y oportunidades, pues todos los necesitamos por igual, independientemente de qué tan predispuesta esté la sociedad a cedérnoslos. Tal vez hasta el necesario cambio en nuestra relación con la biósfera tenga algo de solidario: por un lado, reconocemos que los miembros de otras especies tienen, a su modo, el mismo objetivo de vivir satisfactoriamente; por el otro, se admite que, dado que todo en el plantea está interconectado, proteger a (el resto de) la naturaleza nos protege de nuestra propia extinción. Podemos lograr la solidaridad mediante la compasión o la empatía 6 o por simple sentido común.

Para construir una sociedad ética y pacífica será necesario rescatar algunas virtudes olvidadas, entre ellas la solidaridad: salvar a la humanidad y al planeta depende también de que la “aldea global”, en un sentido auténtico y además inclusivo de la naturaleza, sea una aldea solidaria. Y puesto que la Bioética se dedica, entre otras cosas, a los derechos humanos, la autonomía individual, la relación humana con la biósfera y la resolución de conflictos complejos, debería interesarse también por el rescate de esta “virtud social”.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran Traidor.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

 

1 Cfr. André Comte-Sponville, Diccionario filosófico, Trad. de Jordi Torré, Paidós, Barcelona, 2005, pp. 496-501.

2 Ibid.

3 Cfr. Adam Smith, The wealth of nations, Random House Inc., Nueva York, 1965. Hay que reconocer que Smith no desdeñaba la cooperación. Para un análisis crítico del egoísmo racional y la supuesta amoralidad de la economía, pueden consultarse La economía del bien y del mal, de Tomas Sedlacek, y 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, de Ha-Joon Chang.

4 Tony Judt, Algo va mal, Trad. de Belén Urrutia, Taurus, México, 2010, p. 72.

5 Cfr. André Comte-Sponville, Diccionario filosófico, Trad. de Jordi Torré, Paidós, Barcelona, 2005, pp. 496-501.

6 Cfr. Diego Sánchez Cárdenas, Dignidad “Humana”: ¿Se opone a los derechos de los animales?, PUB/UNAM, México, 2020, pp. 36-40.

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