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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Una mirada zooética a la migración
Dentro del análisis (bio)ético de la migración valdría la pena descentrar al humano como el único ente migratorio y empezar a considerar también las necesidades territoriales y de movilidad de las otras especies.
Por Patricio Mercado Ostos y Gino Jafet Quintero Venegas
7 de abril, 2021
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La migración es una acción esencial que muchos animales realizamos. Dos de las principales razones para migrar son encontrar alimento y aparearse. Así, insectos, peces, aves y mamíferos están en constante movimiento; entre ellos, el Homo sapiens. No obstante, sea una migración temporal o definitiva, las actividades de los Homo sapiens han perjudicado la territorialidad y afectado el bienestar de las otras especies.

En algunas ocasiones hemos mercantilizado la migración con fines recreativos, como cuando se invaden los espacios de tránsito de las ballenas. En otras, hemos fragmentado los espacios de tránsito y les hemos ocasionado problemas de movilidad y adaptación espacial. El muro fronterizo entre el sur de Estados Unidos y el norte de México era una obra de infraestructura que, de haber sido construida, hubiera destruido hábitats naturales para satisfacer un capricho humano: impediría el paso de especies migratorias que transitan entre ambos países, para las cuales no existe ni el constructo ni la noción de país o de entidad federativa. El territorio simplemente es. En Brasil sucede algo similar: el crecimiento urbano de algunos asentamientos en la Amazonía ha ocasionado la tala y la quema de la Selva más grande del mundo. La necesidad de proveer vivienda e infraestructura a migrantes, principalmente venezolanos, ha generado -para la urbanización y construcción de carreteras- la fragmentación de los paisajes y, con ello, de los hábitats. Así, dentro del análisis (bio)ético de la migración valdría la pena descentrar al humano como el único ente migratorio y empezar a considerar también las necesidades territoriales y de movilidad de las otras especies.

Los animales no humanos también migran porque huyen de sus depredadores: las cebras huyen de los leones de la misma forma que casi cualquier especie del reino animalia huiría de los Homo sapiens. Sin embargo, esta no es la única razón que explica este tipo de desplazamientos. En África, por ejemplo, una gran cantidad de animales no humanos migran constantemente debido a las variaciones climáticas que se evidencian en cambios de temperatura, humedad y precipitación. Parece ser que el Homo sapiens es el responsable de esas transformaciones, y que las otras especies están lejos de generar procesos inminentes de adaptación. ¿Qué tan fácil es que un ave, un pequeño mamífero o un reptil se adapten, en el corto plazo, a días aceleradamente más calientes o a inviernos cada vez más fríos? ¿Esto no generaría problemas ecosistémicos, dado que varias de las especies migratorias sostienen toda la vida en la Tierra al ser polinizadores y dispersores de semillas y proporcionar alimento a otros animales?

Desgraciadamente, el derecho a la movilidad territorial de los otros animales se ha visto cooptado por ciertas acciones humanas. Los conflictos armados, los golpes de Estado, las guerrillas, las revoluciones y las guerras civiles ─fenómenos que han ocurrido con frecuencia en el continente africano en los últimos años─ son claros ejemplos de esto. Estos fenómenos políticos han obligado a los humanos a desplazarse y a ocupar los espacios de vida y de tránsito de las otras especies. Además, la movilidad “multiespecie” en los territorios genera un espacio de conflicto donde los recursos hídricos, por ejemplo, son utilizados de forma unilateral ─y a menudo contaminante─ para satisfacer exclusivamente las necesidades de una sola especie.

En el Antropoceno, las migraciones de los animales pueden dejar de ser benéficas y terminar siendo la causa de su muerte. Un ejemplo de esto es cuando se promociona la caza de ciertas aves justo en su temporada migratoria. La ambición infinita del Homo sapiens permite destruir cualquier cosa que se interponga en su camino, privar de la vida a cualquier ser y modificar el entorno desmesuradamente para satisfacer exclusivamente sus necesidades. Así, los caminos de los animales migrantes se han vuelto inseguros porque son clasificados como puntos estratégicos para masacrarlos. A los animales no humanos se los percibe como “recursos” que existen para satisfacer los deseos humanos y ser aprovechados económicamente; sus cuerpos han sido cosificados para venderse como objetos ornamentales, ya sea en partes o completos.

Es bien sabido, e incluso se ha legitimado históricamente, que los humanos hemos ocupado los hábitats naturales de los animales; los hemos invadido, alterado y hasta destruido. A los animales no humanos los hemos cosificado y, bajo una lógica comercial, mercantilizado. Nuestro estilo de vida “occidental” (antropocéntrico, capitalista, industrializado, extractivista) les ha hecho la vida más difícil a las otras especies, y hemos llegado a un punto sin regreso donde varias se han extinguido completas. Ante esto, surge el planteamiento: ¿qué se puede y debe hacer para que la alteridad animal recupere sus espacios y para que sus derechos territoriales y migratorios no se vean comprometidos?

Primero, el reto más difícil es la deconstrucción del pensamiento antropocéntrico y la generación de uno más zoocéntrico. Es necesario replantear, desde la zooética, soluciones a los problemas asociados con el Cambio Climático y la pérdida de espacios animales que aseguren el bienestar y los intereses básicos ─a la vida y a no sufrir─ de todas las especies. La praxis del intervencionismo de la naturaleza, cuyo fin es prevenir los sufrimientos de animales salvajes en ese mundo “no culturizado”, percibido como idílico, podría ser una buena alternativa. Una práctica así llevaría a otorgarles condiciones óptimas de vida a los otros animales; sin embargo, eso implica responsabilidades que muchos humanos no estarían dispuestos a asumir.

También urge que, desde el ámbito académico, se transforme el paradigma epistémico dominante hacia uno menos antropocéntrico. La zoogeografía ─disciplina que analiza la distribución territorial y las rutas de movilidad de los otros animales─, por ejemplo, necesita evolucionar hacia una nueva geografía de los animales que evidencie cómo las territorialidades humanas y no humanas se sobreponen y contraponen entre sí. También se necesita que los planes de conservación deconstruyan el valor ecológico ─extrínseco─ de las otras especies, para que los animales no humanos sean vistos como individuos con procesos cognitivos y espaciales tan complejos como los de los humanos, y no sólo piezas del continuum ecológico.

Finalmente, se requiere que este discurso se transmita hacia las instancias gubernamentales y se tomen decisiones a partir de él. Los planes de gestión territorial deberían facilitar que los otros animales desarrollen plenamente sus territorialidades y movilidades, y que las actividades antrópicas no se sobrepongan a su bienestar. Si no se trabaja para atender los problemas asociados con la migración animal, podremos destruir ecosistemas completos, y condenaremos al planeta, a millones de especies animales, y a nosotros mismos.

* Patricio Mercado Ostos es alumno del cuarto año del bachillerato en la Escuela Moderna Americana. Ha participado en diversos concursos de debate público donde, entre otras cosas, ha discutido sobre el medio ambiente y la protección de los animales. También ha representado a su escuela en modelos de Naciones Unidas. Tiene un gran interés en la política, la Historia y la Geografía. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con especialidad en Geografía del Turismo, Geografía de los Animales y con posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” con la línea de descampesinización y turismo. Además, es profesor de Zoogeografía y de Geografía y Ética en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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