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Verdad, justicia y reparación
Por CMDPDH
La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil,... La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil, secular, autónoma e independiente fundada en 1989. Busca contribuir a la consolidación de un Estado democrático de derecho que reconozca y garantice, en particular, los derechos de las víctimas de violaciones a derechos humanos; en especial el derecho a la asistencia, protección, verdad, justicia, reparación integral, debida diligencia, y demás derechos consagrados. Este blog es un espacio de análisis e investigación que invita a un debate informado sobre el estado de los derechos humanos en México. Síguenos en Facebook/CMDPDH. (Leer más)
30 de agosto, día internacional de las víctimas de desaparición forzada
Pese a que la desaparición es considerada un acto ilegal, de 1964 al día de hoy más de 75 mil personas están desaparecidas por acción de las fuerzas militares, policiales, y grupos de particulares.
Por Daniel Mata
1 de septiembre, 2020
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La muerte de un ser querido es uno de los eventos más difíciles que podemos experimentar. A menudo implica un proceso de duelo que varía dependiendo de cada persona y las circunstancias en las que ocurre la pérdida. ¿Tuvimos oportunidad de despedirnos? ¿Se fue sin sufrir? ¿Teníamos asuntos pendientes? En cierto modo una parte de nosotros se va con esa persona. Se pierde la posibilidad de recordar juntos vivencias compartidas, los chistes internos, el parloteo sobre cosas que solo tratábamos con ella. Sólo queda aceptar que, en adelante, no formará parte de nuestra vida cotidiana.

A grandes rasgos, el duelo “es un proceso de adaptación que sigue a las pérdidas simbólicas o físicas”.1 En el caso de una muerte, implica asimilar que todo aquello que suele acompañar a una relación de cercanía se ha perdido. Pero con una persona desaparecida, sucede algo distinto. El proceso se ve interrumpido por lo que investigadoras como Pauline Boss han denominado pérdida ambigua. La falta de información sobre el paradero/estado de un ser querido bloquea la posibilidad de un cierre. Sin suficientes elementos para aclarar la pérdida, las familias viven la paradoja —y angustia— de una presencia ausente.2 Subsiste la expectativa de volverles a ver y es que, si un día alguien cercano a ti sale de casa pero no vuelve, o te dicen que se la(o) llevó un grupo de personas, ¿estarías realmente dispuesta(o) a renunciar a la compañía de tu ser querido? ¿Qué harías si desapareciera la mitad de tu familia? Muchas personas, en su gran mayoría mujeres, lo dejan todo. Unas abandonan sus empleos o se enfrentan a la carencia económica que deja la pérdida del sostén familiar, otras descuidan o venden su negocio, todo con tal de buscar en campos militares, bares, gasolineras, montes, prisiones y lugares en donde ninguna persona —incluidos policías y ministerios públicos— se atreve a ir.

En el contexto latinoamericano de los años setenta, la desaparición de una persona hacía referencia principalmente a su detención por miembros de una fuerza armada o policial y la negación de su paradero o cualquier tipo de información. De acuerdo con testimonios de familiares de desaparecidos, durante la dictadura cívico-militar uruguaya a principios de los setenta ni siquiera se empleaba la palabra ‘desaparecido’ porque la experiencia se asemejaba más bien a una situación de incomunicación prolongada. La incomunicación era interrumpida posteriormente por una notificación del cuartel militar solicitando llevar ropa o artículos personales para sus familiares detenidos. Era algo usual que las personas detenidas permanecieran en los cuarteles por días, semanas e incluso meses. No fue hasta cuando la incomunicación se volvió una constante, que la noción de ‘desaparecido’ adquirió carácter de condición o estado y la desaparición el de recurso represivo.3 Esta noción no sólo permeó en el imaginario colectivo de Uruguay, en la medida en que fue una experiencia común durante el periodo en países de la región como Argentina, Chile, Colombia y México, entre otros, es posible que la palabra haya adquirido ese significado a través de las experiencias y comunicaciones entre los familiares durante esos años.

Hacia finales de los setenta, ya en 1978, la Asamblea General de Naciones Unidas se pronunció a través de la resolución 33/173, reconociendo la angustia y el pesar que una desaparición forzosa o involuntaria generaba en las familias. La resolución, en resumen, pedía a la Comisión de Derechos Humanos que indague en la cuestión y al Secretario General usar sus buenos oficios para intervenir en casos de desaparición y solicitar a los gobiernos, organizaciones regionales y organismos especializados atender la situación de las personas desaparecidas.4

Asi comenzó un proceso de varias décadas que involucró a colectivos de madres y familiares de desaparecidos (por ejemplo la FEDEFAM), mecanismos de justicia transicional como las Comisiones de la Verdad, instancias regionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, e internacionales como el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias, cuyos trabajos iniciaron a principios de los ochenta y continúan al día de hoy. Al final, la prohibición de esta práctica quedó asentada en diferentes instrumentos internacionales, entre ellos, la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas en 2006. Así como en el derecho doméstico de los países que la suscribieron.

Sin embargo, pese a que la desaparición es considerada un acto ilegal, un número importante de personas continúan desaparecidas y otras tantas desaparecen cada año. En el caso de México, la Comisión Nacional de Búsqueda registra, desde el 15 de marzo de 1964 y hasta el día de hoy, más de 75 mil personas desaparecidas5 por acción de las fuerzas militares y policiales, así como grupos de particulares. Es un número escandaloso por sí mismo, más si se tiene en cuenta que no vivimos en dictadura. Sin embargo, parece que en nuestro país esta cifra ya no alarma a muchos. Quizá porque la audiencia ha quedado adormecida por más de una década de violencia y noticias sobre masacres, fosas comunes, cuerpos desmembrados o ejecuciones.

Voltear a otro lado con la esperanza de que la violencia no nos alcanzará, o que no tendremos que buscar a algún ser querido porque ‘somos buenos ciudadanos’, no es una opción. No podemos seguir ignorando este problema. Después de todo, muchas personas desaparecieron por el simple hecho de pasar por lugares tan comunes como una carretera o calle en un mal momento, por parecerle sospechoso a alguien al salir de una tienda o incluso estando en la casa propia. Si me pasara a mi, si te pasara a ti, ¿No quisiéramos toda la ayuda disponible? ¿Acaso debemos esperar que esto le suceda a alguien conocido? Yo pienso que no. Es importante sumarnos a la exigencia de verdad y justicia que miles de familias en México llevan formulando a todos los gobiernos, porque las personas desaparecidas nos faltan a todas.

@CMDPDH

 

1 Faúndez, X.; Gatica, B. A.; Mo­rales, C. B. y Castro, M. C. (2018). La desaparición forza­da de personas a cuarenta años del Golpe de Estado en Chile: un acercamiento a la dimen­sión familiar”. Revista Colombiana de Psicología, 27(1), p.89.

2 Boss, P. (2007). Ambiguous Loss Theory: Challenges for Scho­lars and Practitioners. Fami­ly Relations, 56(2), 105-111.

3 Sobre esto ver Buchel, G. Curto, Va, Sanguinetti, V. Demasi, C. y Yaffé, J. (2005). Vivos los llevaron: historia de la lucha de Madres y Familiares de Uru­guayos Detenidos Desaparecidos (1976-2005). Uruguay, Trilce.

4 Asamblea General, RES/33/173. Disponible acá.

5 Según el portal de la CNB. Disponible acá.

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