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Verdad, Justicia y Reparación
Por CMDPDH
La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil,... La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil, secular, autónoma e independiente fundada en 1989. Busca contribuir a la consolidación de un Estado democrático de derecho que reconozca y garantice, en particular, los derechos de las víctimas de violaciones a derechos humanos; en especial el derecho a la asistencia, protección, verdad, justicia, reparación integral, debida diligencia, y demás derechos consagrados. Este blog es un espacio de análisis e investigación que invita a un debate informado sobre el estado de los derechos humanos en México. Síguenos en Facebook/CMDPDH. (Leer más)
45 años de impunidad (y mientras, ya nos chingamos todos)
Aquel día de agosto de 1974, en el retén militar, Rosendo Radilla preguntó –“¿de qué se me acusa?" – a lo que el militar respondió –“de componer corridos”. Rosendo lo cuestionó –“¿y eso es delito?”– y el militar dijo –“no, pero mientras ya te chingaste”.
Por CMDPDH
26 de agosto, 2019
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Por: Rodolfo Franco Franco (@francopolis)

El caso Rosendo Radilla Pacheco vs. México representó un hito en la lucha por los derechos humanos en este país: fue punta de lanza de decisiones judiciales determinantes que contribuyeron a lograr una reforma constitucional (2011) que elevó a rango constitucional todos los derechos humanos contenidos en tratados internacionales de los que México forma parte. Lo anterior implicó reformar la jurisdicción militar, así como establecer criterios para la aplicación de la jurisprudencia interamericana en el ámbito nacional. No obstante la grandilocuencia legal, la desaparición forzada de Rosendo Radilla Pacheco un 25 de agosto de 1974 permanece, como un crimen continuo y en completa impunidad.

Este México en el que tanto ha cambiado desde 1968; el México de la transición democrática, de la alternancia política, de la reforma constitucional y del fortalecimiento del sistema de justicia; este México transformado que, sin embargo, no ha podido dejar atrás ni combatir la nube de arbitrariedad y abuso que marcaron la desaparición de Don Rosendo Radilla. Entre tanto cambio, es sólo lógico preguntar cuál es la constante que une al México de 1974 con el país de más de 40,000 personas desaparecidas, 22,302 investigaciones por tortura, más de 204,000 personas asesinadas y 24,292 quejas por violaciones a derechos humanos contra las fuerzas de seguridad entre 2006 y 2017.

Aunque parezcan contundentes, los datos son frívolos, porque no pueden mostrarnos el rostro del abuso y la arbitrariedad con que operan estas fuerzas de seguridad. Hoy, al igual que en el día de su desaparición, el último diálogo que conocemos de Rosendo Radilla resuena con miles de nombres distintos y debería de indignar hasta a los más fervientes apologetas de la militarización del país. Aquel día de agosto de 1974, en el retén militar, Rosendo preguntó –“¿de qué se me acusa? – a lo que el militar respondió –“de componer corridos”. Rosendo lo cuestionó –“¿y eso es delito?”– y el militar dijo –“no, pero mientras ya te chingaste”.

La constante en este mundo del abuso —porque eso es chingar— es que el ejército ha mantenido y acrecentado su poder y discrecionalidad, a pesar de la retórica de transformación democrática y reforma. Sin soslayar las prácticas rapaces de la clase política y los escándalos de corrupción, se advierte que toda esta ignominia ha sucedido a la sombra de un poder militar “siempre fiel” a sus patrones políticos. Como muestra de la acumulación de poder del ejército tenemos que, entre 1985 y 2016, el número de militares en activo aumentó un 260%, pasando de 129,000 efectivos a 336,050.

La conclusión se vislumbra claramente: la clase política ha gobernado México a través del engrosamiento de su brazo armado y, quien quiera gobernar este país, tendrá que expandir el poder y privilegios del ejército. Por eso, aunque nos indigne, no debería de sorprendernos la posición de un Presidente intransigente que no tiene empacho en abrir frentes de confrontación con diferentes grupos de poder, excepto con uno; un Poder Ejecutivo que no vacila en trastocar la separación de poderes o el orden jurídico, pero que se muestra reacio a ejercer sus facultades para limitar los abusos de sus subordinados militares. Lo anterior nos obliga a preguntar: ¿dónde reside realmente el poder en este país? y ¿cuál es su naturaleza?

La primera pregunta puede resolverse con referencia a los hechos de gobierno. Mientras que el presidente no duda en enfrentar a sus adversarios políticos con todos los recursos de poder a su disposición –desde la retórica hasta la cancelación de proyectos–, y se jacta de tener mano firme y no ceder ante presiones, poco dice sobre su viraje de 180 grados respecto al papel de los militares en tareas de seguridad. A la fecha, el único grupo en México capaz de imponer su voluntad por encima de las promesas de campaña de AMLO ha sido el de los militares. La respuesta a la segunda pregunta es aterradora: a pesar de todas las transformaciones, seguimos sumergidos en la impunidad normalizada, donde siempre es mejor chingar que ser chingado.

Al final nos chingamos todos. Se chingan quienes, con esperanza, creyeron que la arbitrariedad y el abuso terminarían en esta elección; también quienes pensaron que existiría una oportunidad para combatir la impunidad de los crímenes de Estado cometidos por militares en el pasado (durante la época del terrorismo de Estado o Guerra Sucia, o en el conflicto zapatista) y, más recientemente, en el contexto de la guerra contra las drogas. Basta con verificar cómo el Presidente faltó a su palabra de ofrecer disculpas a las víctimas de violaciones a derechos humanos el pasado 10 de diciembre de 2018, o cómo las disculpas públicas que organiza la Secretaría de Gobernación por atrocidades cometidas por militares no incluyen un reconocimiento de responsabilidad por parte de la propia SEDENA o la SEMAR. Uno termina por preguntarse si realmente los militares están al servicio del mando civil.

Ojalá que AMLO, en su calidad de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, pueda mostrarnos que tiene el poder de ejercer sus facultades y limpiar la cloaca en la que se han convertido las fuerzas armadas, quienes han mantenido entre sus filas a los responsables de crímenes atroces. Independientemente de la buena fe que pregone el Presidente, hacer que su ejército rinda cuentas sería un acto de poder y voluntad política para permitirle cumplir con sus obligaciones y ejercer sus facultades.

Una verdadera muestra de poder político por parte del Presidente sería averiguar dónde está Rosendo Radilla Pacheco y nombrar a los responsables de su desaparición forzada. Este es el único camino para romper con la continuidad del militarismo de los gobiernos anteriores. Todo lo demás, como dice el poema de Carlos Rivas Larrauri, son tiorías, o “muchas cosas que se dicen y aluego no se practican”. Aunque este gobierno crea que es diferente, mientras haga lo mismo que sus predecesores nos seguirán chingando a todos. Me imagino a Andrés Manuel diciendo –“pero, YO soy el presidente”– y a un militar respondiendo –“sí, pero mientras ya te chingaste”.

* Rodolfo Franco Franco es Coordinador de Desarrollo Institucional de @CMDPDH.

 

Conoce más del caso Rosendo Radilla Pacheco aquí.

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