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Verdad, justicia y reparación
Por CMDPDH
La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil,... La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil, secular, autónoma e independiente fundada en 1989. Busca contribuir a la consolidación de un Estado democrático de derecho que reconozca y garantice, en particular, los derechos de las víctimas de violaciones a derechos humanos; en especial el derecho a la asistencia, protección, verdad, justicia, reparación integral, debida diligencia, y demás derechos consagrados. Este blog es un espacio de análisis e investigación que invita a un debate informado sobre el estado de los derechos humanos en México. Síguenos en Facebook/CMDPDH. (Leer más)
Datos y otros datos: COVID-19 y derecho a la salud
El debate sobre cómo deben contarse los casos está sustituyendo otro debate: el de qué medidas adicionales, nuevas, o lecciones aprendidas nos permiten identificar que el Estado ha hecho todo lo posible para garantizar nuestro derecho a la salud.
Por Rodolfo Franco Franco
21 de abril, 2020
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Uno de los efectos de las conferencias nocturnas sobre COVID-19 ha sido focalizar el debate, y los ataques, en las cifras de casos. Es recurrente la explicación del modelo Centinela para estimar el número de personas infectadas. Entre el 8 y el 16 de abril la estimación pasó de 26 mil infectados a 56 mil. El debate sobre cómo deben contarse los casos ha sido muy intenso, pero se ha puesto menos atención en la pertinencia política de este debate para asegurar los derechos de las personas. ¿Cuál es la utilidad del modelo para asegurar que, de acuerdo con el derecho internacional de derechos humanos, el gobierno mexicano garantice el estándar más alto posible de atención en salud?

Verificado ha reportado que el 59% de las cosas que dice el presidente son falsas o engañosas. Incluso en su último informe (trimestral) tuvo el atrevimiento de señalar que se ha erradicado la tortura en México y que el Estado ha dejado de ser violador de derechos humanos. Ambas afirmaciones sin sustento e improbables. En un contexto así, es posible que exista presión para que las autoridades sanitarias hagan coincidir la realidad con los dichos del presidente. Sorprende que, a pesar de la experiencia —el evento sobre la inmunidad moral del presidente, por ejemplo— exista aún la tendencia a celebrar la comunicación gubernamental sobre COVID-19 como una innovación democrática libre de todo sesgo.

En 1971, Hanna Arendt reflexionaba en una reseña para el New York Times sobre el papel de la mentira y el autoengaño en política. En su análisis de los Archivos del Pentágono, Arendt destaca las extravagantes maneras en que la irrealidad permeaba los más altos niveles del gobierno. Señala cómo los técnicos ignoraban información sobre la situación en Vietnam en un esfuerzo por hacer cuadrar sus modelos matemáticos y servir a los intereses de sus patrones políticos. No es indignación moral lo que llama la atención de Arendt, sino los efectos del engaño y el autoengaño para la praxis política. Para ella, la capacidad política de transformar el mundo requiere el mismo ingrediente que fabricar una mentira: imaginación humana. Sin embargo, a diferencia de la mentira, la acción política, para ser efectiva, requiere enfrentar la realidad, no molinos de viento, ni satisfacer opiniones poderosas pero infundadas.

El debate inicial sobre las cifras pareció resolverse en explicaciones sobre estadística para la población en general. Los técnicos entendidos vinieron a explicarnos estadística, pero no para qué sirve el modelo Centinela. El modelo Centinela sí funciona para hacer estimaciones confiables. Sin embargo, está diseñado para facilitar la vigilancia nacional intensificada de infecciones respiratorias agudas graves (IRAG), y debe complementar los sistemas nacionales de vigilancia y alerta temprana de cada país. Es decir, según la Organización Panamericana de la Salud, lo que está haciendo el gobierno mexicano sirve para estimar el número de personas con una IRAG a nivel nacional, sólo eso. El problema de cómo ofrecer el mejor estándar de atención y observar la obligación de garantizar el derecho a la salud de la población no figura en el modelo.

Aquí está el problema político del desapego a la realidad en todo su esplendor. El énfasis en las gráficas y modelos de cada noche ha consolidado la impresión de que el gobierno está tomando decisiones (buenas y oportunas) basadas en hechos y modelos matemáticos. Llama la atención que la voluntad clarificadora de Hugo López Gatell no haya aún dicho algo como: “este modelo sólo nos sirve para estimar infectados y saber cuántos podría haber, no sirve para nada más”. Tan inútiles han sido los modelos y estimaciones que las medidas que se han adoptado son prescripciones que podían adoptarse en ausencia de las estimaciones; además del distanciamiento social, la otra medida que parece más razonable es la decisión de la CDMX sobre el uso de cubre bocas. Medidas que en algún momento fueron desestimadas por el presidente o la autoridad sanitaria.

Sorprendentemente, los datos sobre movilidad que se presentaron en la conferencia del 16 de abril pasado parecen mucho más relevantes para el objetivo de disminuir los contagios que las estimaciones de contagiados. El uso que se ha hecho de los números de movilidad basados en plataformas digitales es provocador y podría ser un buen signo. Sin embargo, el regaño innecesario a administraciones locales, incómodas para el gobierno federal, y el uso selectivo de datos de movilidad, sacaron a la luz las limitaciones de un científico al servicio de un político. La selección de datos de movilidad por tipo de transporte no permite identificar los retos específicos persistentes para aumentar la efectividad del distanciamiento social; según Google, la movilidad para el abasto de víveres se redujo sólo 26% y a lugares de trabajo sólo 49%. Convenientemente, los modelos y datos que sí se mostraron se ajustan al guion oficial: ‘todo va como esperábamos’.

En la medida que los modelos se ajustan a lo que se esperaba, también parece innecesario discutir otras experiencias relevantes de países como Corea y Alemania, con la aplicación de pruebas masivas, y las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para identificar (no estimar) casos y poder aislar efectivamente a las personas portadoras. Tampoco sobre los riesgos de una vuelta prematura a la normalidad, como en Canadá. La discusión sobre estimaciones está sustituyendo el debate sobre acciones de política pública que puedan garantizar ese estándar más alto del que habla el derecho internacional; ¿cuáles son las medidas adicionales, nuevas, o lecciones aprendidas que nos permitan identificar que el Estado ha hecho todo lo posible garantizar nuestro derecho a la salud?

La comunicación basada en las estimaciones y conteos sufre del mismo problema que el presidente les adjudica a los tecnócratas neoliberales: desapego de la realidad. Arendt decía que, en circunstancias normales la realidad derrota al engaño, porque se vuelve contraproducente. Espero que la realidad no derrote a este gobierno, esa derrota sería una tragedia. Sin embargo, espero que la realidad se imponga y les ayude a cambiar de rumbo. Tengo la esperanza, contra toda intuición, de que la misma capacidad de imaginar modelos y estimaciones les permita idear nuevas medidas para enfrentar la crisis.

La conferencia de prensa del 16 abril abrió la posibilidad de comenzar a ver medidas diferenciadas. Sin embargo, las medidas territoriales diferenciadas parecen más una forma de complacer al presidente en su deseo de apurar la vuelta a la normalidad que un esfuerzo por profundizar y ampliar el marco de atención. Si el objetivo, en verdad, es proveer el estándar más alto de atención para la salud, es necesario saber qué grandes cambios ha hecho el presidente en su programa de gobierno para atender la crisis. Pero para el presidente, ceteris paribus —como dicen los tecnócratas, la pandemia se acabará capturando la conversación, y preservando (o para preservar) el status quo de sus prioridades.

Sería alentador ver al presidente dejar la obsesión con sus megaproyectos, para liderar (sin titubeos) comunicación sobre locuras más pertinentes: como el uso obligatorio de tapabocas, la idea de una vacuna y tratamiento nacionales, o encontrar la forma para que el IMSS pague incapacidades a todo su padrón sólo para quedarnos en casa. Al final, achatar la curva y el estándar más alto de atención parecen más una función de este tipo de acciones y su efectividad que una función de cómo contamos.

* Rodolfo Franco Franco (@francopolis) es Subdirector de la @CMDPDH.

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