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Verdad, justicia y reparación
Por CMDPDH
La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil,... La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos es una organización civil, secular, autónoma e independiente fundada en 1989. Busca contribuir a la consolidación de un Estado democrático de derecho que reconozca y garantice, en particular, los derechos de las víctimas de violaciones a derechos humanos; en especial el derecho a la asistencia, protección, verdad, justicia, reparación integral, debida diligencia, y demás derechos consagrados. Este blog es un espacio de análisis e investigación que invita a un debate informado sobre el estado de los derechos humanos en México. Síguenos en Facebook/CMDPDH. (Leer más)
De sur a norte, ¡alto a la guerra contra las drogas!
La Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia recorrió Honduras, El Salvador, Guatemala, México y Estados Unidos, y pudo atestiguar la diversidad de violencias que son legitimadas e invisibilizadas por la guerra contra las drogas.
Por CMDPDH
16 de mayo, 2016
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Por: Andrés Hirsch (@hirsoler), Miguel Villegas y Amaya Ordorika (@Amaya903)

Después de haber recorrido alrededor de 6,000 kilómetros –desde Tegucigalpa, Honduras hasta Nueva York, Estados Unidos– la Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia llegó a la sede central de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para comprobar que los Estados miembro que la integran tienen oídos sordos dentro y fuera de sus fronteras. El 19 de abril de este año, como primer punto de la agenda, la Sesión Especial sobre drogas de la ONU (UNGASS por sus siglas en inglés) aprobó un documento de conclusiones que había sido ampliamente criticado por organizaciones de sociedad civil de todo el mundo durante las semanas anteriores, y después procedió a abrir el diálogo sobre la política internacional en materia de drogas. Con esto, las y los representantes de las naciones que participaron en la UNGASS perdieron una oportunidad clave para poner un alto a una absurda guerra contra plantas y sustancias psicoactivas que se libra en todo el mundo y que ha cobrado las vidas de cientos de miles de personas.

La Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia recorrió Honduras, El Salvador, Guatemala, México y Estados Unidos, y pudo atestiguar la diversidad de violencias que son legitimadas e invisibilizadas por la guerra contra las drogas. A pesar de las diversas experiencias de cada país y comunidad, en su camino la Caravana pudo comprobar la clara tendencia común que la guerra contra las drogas tiene en Centroamérica y México: la militarización de las estrategias de seguridad nacionales y de las fronteras con el fin de mantener un control sobre el territorio y sobre las poblaciones que en él habitan.

La Caravana fue compuesta por un grupo fluctuante que variaba entre 30 y 50 personas de 9 países distintos: Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Estados Unidos, Uruguay, Colombia, Italia y Canadá. En este espacio confluyeron representantes de pueblos indígenas, personas usuarias de plantas y sustancias ilícitas, familiares de personas desaparecidas, personas migrantes, representantes de organizaciones estudiantiles, periodistas, representantes de comunidades de fe e integrantes de organizaciones de la sociedad civil enfocadas a temas como migración, derechos humanos, libertad de expresión, derechos de personas jóvenes y política de drogas.

Este esfuerzo multinacional inició el 28 de marzo en Tegucigalpa, Honduras y continuó su camino en este país visitando La Ceiba, Progreso, La Esperanza y Santa Rosa de Copán. En esta parte del trayecto, las y los integrantes de la Caravana se reunieron con representantes de la sociedad civil, la comunidad académica y de grupos eclesiales, el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación de Radio Progreso, la Organización Fraternal Negra Hondureña (OFRANEH) y el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH).

COPINH es la organización del pueblo Lenca que dirigía Berta Cáceres, líder indígena que fue asesinada el 3 de marzo por la defensa de los ríos de Honduras. Berta formaba parte del grupo de personas que coordinaron la recepción de la Caravana en Honduras. A pesar de no poder acompañar físicamente a la Caravana, Berta estuvo presente desde Tegucigalpa hasta Nueva York y la Caravana asumió la demanda de justicia para Berta y el lema de COPINH: Berta no murió, se multiplicó.

Desde el principio de la Caravana se hizo evidente el fuerte estigma asociado al tema, simplemente hablar de la guerra contra las drogas constituyó un primer acto de valor. A pesar del estigma impuesto a las personas que se manifiestan críticas frente a esta guerra, en Honduras existen movimientos sociales con un análisis de la política prohibicionista que vincula claramente los apoyos internacionales al gobierno Hondureño para el combate a las drogas, en particular en forma de financiamiento a las fuerzas armadas, con la intromisión en territorio indígena con fines de despojo.

El pueblo Garífuna, organizado en la OFRANEH, se enfrenta a los intereses hoteleros y el pueblo Lenca, organizado en el COPINH, a los megaproyectos hidroeléctricos. En ambos casos identifican patrones claros de militarización del territorio y paramilitarismo justificado en lo que OFRANEH llama “la falsa guerra contra las drogas”. La presencia de bases militares estadounidenses en territorio hondureño fortalecen la sensación de un imperialismo similar a la época de la Guerra Fría, pero que ahora puede perseguir para detener o “abatir” a cualquiera acusándole de ser narcotraficante sin justificación alguna ni diálogo de por medio. Ejemplo claro son los casos Iriona y Ahuas, en los que agentes de las fuerzas armadas de Honduras y de la DEA atacaron a población indígena argumentando posteriormente su participación en el narcotráfico. La represión por parte del Estado está en aumento y la fuerza de oposición recae con gran peso en la fortaleza espiritual garífuna y lenca, que empuja a la sociedad civil y sus organizaciones.

El primer cruce fronterizo de la Caravana fue en su paso a El Salvador, donde hubo una recepción cálida que renovó las energías. El Salvador es un país que ha sido golpeado una y otra vez por guerras y violencia por décadas, especialmente por la Guerra Civil entre 1980 y 1992. En ese periodo una gran cantidad de jóvenes marginados huyó del país y al terminar la guerra fueron deportados de vuelta al Salvador sin existir un programa de reincorporación del éxodo migrante de la guerra o alguna opción de desarrollo para jóvenes. El abandono del Estado a la población en general, pero en particular a la juventud, la ha convertido en un gran caldo de cultivo para el crecimiento de las pandillas, que también surgieron por la necesidad de migrar. Hoy, uno de los grandes asuntos políticos a los que se enfrenta la sociedad Salvadoreña, son esas pandillas.

En El Salvador, la Caravana estuvo en Chalatenango, uno de los departamentos más afectados por la Guerra Civil, parando en Guarjila, un municipio fundado en 1987 como campo de refugio para migrantes retornados. Guarjila hoy cuenta con un centro cultural que promueve el desarrollo integral de las personas jóvenes que se llama Fundación Tamarindo. Después se dirigió a San Salvador, donde fue recibida por Comunidades de Fe Organizadas para la Acción (COFOA). En San Salvador se realizó un encuentro académico en la Universidad de Centroamérica y una visita al memorial para las personas asesinadas y desaparecidas de la Guerra Civil y al mausoleo de Monseñor Romero.

En este país el conflicto armado encontró su sucesión en la guerra contra las drogas, pues las campañas de exterminio, que se volvieron la salida fácil del gobierno ante una juventud sumamente marginada y con necesidades y problemas por resolver, también encuentran su justificación y financiamiento en la supuesta lucha contra el narcotráfico. Esa estrategia consiste en restarles de cualquier derecho humano, empezando por la vida, a los pandilleros, a sus familias y a la gente que habita en sus barrios. Es incomprensible ver que los gobiernos siguen estigmatizando a la juventud presente y futura como si le tuvieran miedo en lugar de construir opciones de desarrollo humano y profesional. La marginación y criminalización de las juventudes fueron elementos que aparecieron en todos los países que recorrió la Caravana.

Desde la llegada a San Salvador, un grupo de avanzada partió a Ciudad de Guatemala para exponer las posturas de la Caravana en el Congreso con líderes de bancada. El resto del equipo caravanero entró a Guatemala por el municipio fronterizo de Esquipulas, famoso en la región por su cristo negro que lo ha vuelto un centro de “turismo” religioso y que al mismo tiempo es el lugar en el que se sentaron los precedentes para los acuerdos de paz tras las guerras civiles en Guatemala y el Salvador en la década de 1990.

En Ciudad de Guatemala, diversas organizaciones estudiantiles organizaron un encuentro entre la Caravana, la comunidad hip-hopera y las propias organizaciones. La criminalización y estigmatización de la juventud a través de la supuesta persecución del consumo de drogas se volvieron uno de los temas centrales de este encuentro. Tras la hazaña del movimiento estudiantil que tan sólo un año antes logró derrocar al presidente guatemalteco, el cual desde entonces se ha vuelto una fuerza política que lucha contra la corrupción de funcionarios e instituciones, las organizaciones estudiantiles se ven constantemente amenazadas.

En todo Centroamérica, las comunidades de fe se mostraron como uno de los aliados más importantes para la promoción de la paz y el respeto irrestricto a los derechos humanos y esto no sería una excepción en Guatemala que fue recibida y despedida de manera solidaria y calurosa por ellas.

En la salida por Huehuetenango se sumaron a la Caravana más de 50 camionetas de 35 pueblos distintos que se convirtió en una marcha que bajó hasta Ciudad Cuauhtémoc, el primer cruce fuera del Triángulo Norte y uno de los puntos fronterizos en los que la lucha por los derechos de las personas migrantes es parte del día a día. Al momento del cruce de la Caravana la solidaridad inundó las calles. El cruce hacia México fue una acción cargada de emociones por todo lo que implica para quienes migran por necesidad hacia el norte y la relación que tienen los pueblos migrantes centroamericanos con nuestro país. Por primera vez después de tres países, el impacto de la guerra contra las drogas se evidenció en la militarización de las fronteras y la violencia hacia quienes buscan cruzar.

En México, la Caravana visitó San Cristóbal de las Casas, Oaxaca, Cuernavaca, la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Chilpancingo, Iguala, el Distrito Federal, Monterrey y cruzó a Estados Unidos por Nuevo Laredo, Tamaulipas. En esta parte de su trayecto, las y los integrantes de la Caravana tuvieron importantes encuentros con organizaciones de la sociedad civil dedicadas a la defensa de los derechos humanos, comunidades indígenas, organizaciones de migrantes, académicos, estudiantes, periodistas, organizaciones campesinas, familiares de personas desaparecidas, movimientos populares, colectivos anarquistas, entre otros.

En todos los eventos que se llevaron a cabo en México, fueron denunciadas graves violaciones a derechos humanos cometidas bajo el cobijo de una falsa guerra contra plantas y sustancias actualmente ilícitas, aunado a un aumento en la corrupción de las autoridades en todos sus niveles y altos índices de impunidad. Entre las violaciones a derechos humanos más repetidas se encuentran la desaparición forzada, el despojo de tierras, las ejecuciones extrajudiciales y la tortura, mismas que se suman al asesinato de periodistas, el hostigamiento a defensores de derechos humanos y comunidades en lucha y la criminalización de las personas jóvenes y en situación de pobreza.

En Estados Unidos, último país del recorrido de la Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia, se llevaron a cabo eventos en Washington y Nueva York. En Washington, la Caravana participó en la Conferencia bianual de la organización Estudiantes por una Política Sensata de Drogas y en un evento en la Sala Bolivariana de la Embajada de Venezuela, donde jóvenes estadounidenses de comunidades marginadas y las y los integrantes de la Caravana denunciaron la militarización de la estrategia de combate a las drogas y los dañinos impactos en sus comunidades. En el evento en la Embajada de Venezuela la Caravana hizo un llamado a la izquierda latinoamericana a reconocer la urgente necesidad de cambiar su políticas frente a las drogas y un grupo indígena de Filipinas manifestó su solidaridad en la lucha contra el colonialismo estadounidense a través de la guerra contra las drogas.

El día previo al inicio de la UNGASS, la Caravana partió de Washington junto con los integrantes de Estudiantes por una Política Sensata de Drogas hacia Nueva York. En Nueva York fue recibida en un acto en Foley Square y posteriormente se dirigió a la sede de la Organización de las Naciones Unidas para un acto en el cuál integrantes de la Caravana y representantes de organizaciones comunitarias, de derechos humanos, estudiantiles y religiosas de todo el mundo se sumaron para hacer un llamado a detener la guerra contra las drogas. Esa misma noche, en la Iglesia Bautista Abyssinian en Harlem se llevó a cabo un foro ecuménico en el cuál líderes religiosos de Honduras, El Salvador, Guatemala, Afganistán, Kenia, Ucrania, Estados Unidos y Canadá se manifestaron por un alto a la guerra contra las drogas y las graves violaciones de derechos humanos que se cometen en el marco de las políticas prohibicionistas.

El 21 de abril, último día de la UNGASS, las integrantes de la Caravana Maricela Orozco, María Herrera y Araceli Salcedo, todas madres de personas desaparecidas en México, ingresaron a las Naciones Unidas para participar en un foro de madres y familiares de víctimas de las políticas prohibicionistas que claman por un alto a la guerra contra las drogas. Sus voces su sumaron a las de madres cuyos hijos e hijas murieron por sobredosis o han sido encarcelados y encarceladas y que hacen un llamado por cambiar la política de drogas a un modelo centrado en las personas y comunidades y enfocado en el respeto a los derechos humanos.

En su andar, la Caravana se enfrentó a las frías y artificiales fronteras que nos han sido impuestas, mismas que forzaron a integrantes de este esfuerzo multinacional a quedarse en el camino. Las fronteras en el Triángulo Norte de Centroamérica son medianamente líquidas y su cruce se vuelve un mero trámite burocrático por el Convenio Centroamericano de Libre Movilidad o CA-4. Sin embargo, las fronteras de Guatemala-México y México-Estado Unidos han sido endurecidas por instrucciones y con financiamiento de Estados Unidos con el propósito oficial de combatir al tráfico de drogas. Esto ha resultado en la criminalización de las personas que migran por diversos motivos, incluyendo la violencia en sus comunidades desatada por la propia guerra contra las drogas.

Para la Caravana, como para millones de migrantes, estas fronteras representaron un filtro impuesto externamente de las personas que la integraban. Este filtro significó también una limitante para la llegada de algunas personas clave a una reunión internacional del nivel de la UNGASS. Pero la Caravana también fue capaz de quebrar la frontera México-Estados Unidos, aunque fuera solo por un momento. Con una marcha a través del puente fronterizo que une Nuevo Laredo, Tamaulipas y Laredo, Texas, la Caravana acompañó a Myrna Lazcano Olivares, mujer migrante retornada de Estados Unidos a México, quien solicitó asilo al gobierno estadounidense para poder vivir junto a sus hijas en Nueva York.

Reafirmando que el cambio se construye siempre a partir de la organización social y desde abajo, la Caravana logró su objetivo más importante, comenzar a tejer una red de organizaciones y comunidades en Centroamérica y México que claman por un alto a la guerra contra las drogas.

Ahora toca al movimiento por un cambio en la política de drogas hacer un esfuerzo por incluir las voces de Centroamérica y México que viven una de las caras más duras de la política de drogas y garantizar que tengan espacio para formar parte del movimiento global por el fin de la guerra contra las drogas. Asímismo, toca a este esfuerzo mundial reconocer que la legalización y regulación de las plantas y sustancias actualmente ilícitas, a pesar de ser un paso necesario, resultaría insuficiente si no es acompañado de la desmilitarización inmediata de las estrategias de seguridad y de procesos para la construcción de memoria, justicia, reparación y garantía de no repetición.

 

Amaya Ordorika es investigadora en política de drogas y derechos humanos en la @CMDPDH y junto con Andrés Hirsch y Miguel Villegas es integrante de ReverdeSer Colectivo.

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