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Verdad, justicia y reparación
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¿Qué es el paramilitarismo?
Uno de los objetivos principales del paramilitarismo dentro de las estrategias de contrainsurgencia es “la desmovilización total, la difusión del terror, el inmovilismo político, la desarticulación de la sociedad y el aislamiento de sus fracciones más radicalizadas”. En pocas palabras, organizar el terror en la sociedad. ¿Esto es lo que está sucediendo en Michoacán?
Por CMDPDH
14 de julio, 2014
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Por: Adrián Galindo

Desde que el fenómeno de las autodefensas irrumpió a nivel nacional y se convirtió en uno de los temas más relevantes, no ha parado la discusión en torno a si lo que está ocurriendo en Michoacán es el surgimiento y consolidación de autodefensas, guardias rurales o paramilitares. Mi intención en este corto escrito es abonar a esta discusión haciendo una definición de lo que es el paramilitarismo desde sus principales características. La definición que aquí propongo no es absoluta ni está cerrada, es un acercamiento basado en la histórica forma de operar de estos grupos clandestinos en América Latina. En este sentido es importante entender que el paramilitarismo ha sido una escuela de contrainsurgencia con objetivos claros y específicos. Es por esto que creo importante acercarnos más puntualmente a lo que es el paramilitarismo, para tener una idea más clara respecto a si es este fenómeno el que se está formando en Michoacán.

El paramilitarismo es un fenómeno que ha estado presente en América Latina desde la segunda mitad del siglo XX y que, a mi parecer, ha sido determinante en las estrategias de contrainsurgencia gestionadas desde Estados Unidos. Su fin es fortalecer las relaciones de dependencia en todo el continente, por medio de la desarticulación y dislocación de movimientos contra hegemónicos.

Es cierto que el paramilitarismo es un fenómeno histórico muy antiguo, pero el paramilitarismo contemporáneo, que es la reflexión que aquí nos importa, se remonta a Argelia bajo la ocupación francesa (1954 y 1962). Francia desarrolló la versión contemporánea que sirvió como referente para otros países, especialmente en América Latina. Allí se perfeccionó la estrategia en donde comandos de tropa de ocupación se desdoblaron en grupos disfrazados de civiles, que salían a la calle a secuestrar, torturar, ejecutar y desaparecer a miembros de la resistencia argelina y sus simpatizantes, a todos los niveles, así como a cualquier tipo de sospechoso. Es en esta ocupación imperial sobre un país dependiente donde se desarrolló la metodología paramilitar que, más tarde, Estados Unidos implementaría en América Latina. Uno de los personajes más emblemáticos en la construcción ideológica y operativa de lo que más tarde sería conocido como guerra sucia, fue el general Paul Aussaresses, instructor en el Fuerte Bragg de los mandos militares estadounidenses que aplicaron sus conocimientos en Asia, África y América.

Desde mediados de los años sesenta la estrategia de contrainsurgencia desplegada en el continente fue clara: dictaduras militares, campos especiales de adiestramiento tanto en territorios nacionales como en Estados Unidos, con el objetivo de adiestrar mandos castrenses, creación y preparación de cuerpos especiales en labores de contrainsurgencia, dislocación de organizaciones políticas y sindicales, cierre de espacios públicos, proscripción de medios de comunicación, cierre de escuelas, quema de libros, liquidación de editoriales progresistas y control de publicaciones. Todos estos elementos evidencian la agudización de la violencia estatal para mantener bajo fuego a la población. A pesar de que el teatro de operaciones en un marco militar (como lo fue el de la Doctrina de Seguridad Nacional) permite excesos sumamente violentos, siempre fue necesario el despliegue de organizaciones con una estructura y disciplina similares a las de un ejército, pero que no constituyeran parte de su estructura formal (aunque con frecuencia actuaban bajo sus órdenes). Es decir, usar destacamentos que actuaran fuera de la ley, en clandestinidad, para servir a los intereses del Estado. Estos grupos clandestinos se caracterizaron por actuar mediante secuestros, tortura y ejecuciones extrajudiciales, algunas veces de forma selectiva y otras tantas de forma generalizada.

El accionar de estos cuerpos clandestinos bajo el manto de las estrategias contrainsurgentes tuvo su origen en las crisis hegemónicas que distintos Estados latinoamericanos sufrieron a partir de la década de los años sesenta. Estas crisis evidenciaron la naturaleza de las relaciones de producción, deteriorando la estructura de dominación sustentada en la simulación electoral; así, el proyecto de clase disfrazado de proyecto nacional quedó desnudo y, frente a esto, al Estado no le quedó más que la función de reprimir a las masas para garantizar la consecución de los propósitos de la clase gobernante. Frente al fallo de la forma específica de coerción económica que caracteriza al capitalismo, éste necesariamente necesita recurrir a elementos directos como los aparatos represivos, y a veces ocultos como los paramilitares, para conservar la relación de fuerzas entre las clases antagónicas.

La contrainsurgencia y el paramilitarismo surgieron en las naciones de América Latina donde se rompieron, o podían romperse, las relaciones económicas que sostenían la dependencia entre el norte y el sur, donde movimientos contra hegemónicos proponían una distinta distribución de la riqueza y un reacomodo de las relaciones productivas tanto al interior de los países como hacia su exterior. Esto no podía ocurrir. La ofensiva contrainsurgente articulada por medio de políticas económicas, ataques armados y operaciones clandestinas no sólo detuvo estos intentos de cambio, sino que sirvió para profundizar aún más el modelo de dependencia por medio de grandes transformaciones económicas, que el gran capital local e internacional demandaba para el establecimiento de un nuevo patrón de reproducción y, a través de la acción directa del Estado, el capital pudo consolidarse, ya que aquél intervino, pacificó y desarrolló, en la sociedad, lo que necesita el capital para reproducirse. La violencia fue el medio por excelencia para asegurar los intereses particulares de una clase y, en medio de esta violencia, las operaciones clandestinas jugaron un papel sobresaliente.

El objetivo de los despliegues clandestinos es preservar la imagen democrática del gobierno, reforzando el falso perfil de neutralidad de los cuerpos represivos del Estado, policiacos y militares, y evitar presiones internacionales por la violación de derechos humanos. Por medio del discurso del “actor independiente” o “incontrolable”, es decir, de grupos armados que se salen del control del gobierno y que éste, a pesar de todos sus esfuerzos, no logra contener, se desresponsabiliza al Estado y se deja impunes a quienes los financian, apoyan, asesoran y justifican. Estos grupos incontrolables, según el gobierno, responden a sus propios intereses y no a los del sujeto hegemónico. Es importante recalcar que a pesar de que el paramilitarismo es una estructura clandestina, su accionar esta cuidadosamente planeado y existe una cercana convivencia con las estructuras del poder político, lo cual tiene como uno de sus principales resultados la impunidad, el terror y la parálisis social. En este sentido, uno de los objetivos principales del paramilitarismo dentro de las estrategias de contrainsurgencia es “la desmovilización total, la difusión del terror, el inmovilismo político, la desarticulación de la sociedad y el aislamiento de sus fracciones más radicalizadas”. En pocas palabras, organizar el terror en la sociedad.

Los grupos paramilitares siembran terror en la sociedad con el claro objetivo político de sostener mediante la violencia al statu quo. Hoy en día el statu quo tiene como eje la privatización y la desregulación de la economía y, así, la violencia paramilitar se inscribe en un conjunto de técnicas coercitivas gubernamentales que, por medio de la violencia reguladora planificada, buscan facilitar el tránsito hacia un Estado autoritario de corte policial-militar. Se busca garantizar los intereses del sujeto hegemónico, es decir, la reproducción del capital internacional y nacional.

En este sentido es importante entender que América Latina representa para Estados Unidos un área estratégica, no solo en cuanto a seguridad hemisférica, sino también como reserva estratégica de recursos naturales, fuente de mano de obra barata y área clave para la realización y transferencia de excedentes (Inversión Extranjera Directa, transferencia tecnológica y deuda pública). América Latina tiene un papel primordial en la estrategia de política exterior de Estados Unidos y en la realización de sus capitales. Para asegurar este espacio estratégico las fuerzas armadas cumplen un papel principal en garantizar la realización y transferencia de excedentes. En este sentido pueden ser analizados los planes y acuerdos de seguridad impulsados desde Estados Unidos en toda América Latina, que buscan militarizar a la sociedad (entre los cuales sin duda destacan el Plan Colombia y el Plan Mérida). Estos planes no son más que medios para garantizar los intereses de Estados Unidos (principalmente del sector privado) y, en segundo término, los intereses de las oligarquías locales. Es importante mencionar que la militarización es el caldo de cultivo del paramilitarismo, no solo por el estrecho vínculo que existe entre las fuerzas militares y estos grupos (asesoramientos, apoyo, logística, abastecimientos) sino también porque la militarización, entendida como “todo lo que refuerza la tendencia a recurrir a la violencia organizada como manera de resolver los conflictos sociales y mantener el control social”, crea las condiciones de violencia y conflictos en las que surgen estos grupos armados que actúan al margen de la ley. Es decir, la militarización crea el cerco en el cual los paramilitares pueden actuar con total impunidad. El contexto del paramilitarismo está marcado, entonces, por la militarización y la impunidad.

Es en este sentido que el paramilitarismo, y el terror como mecanismo de atomización y control social juegan un papel sobresaliente, ya que desde la clandestinidad se aseguran los intereses geoeconómicos y geopolíticos del capital en la periferia dependiente que es América Latina. La conformación y operatividad de grupos paramilitares está relacionado con el surgimiento de movimientos sociales de resistencia, que ponen en riesgo proyectos privatizadores o extractivos impulsados por el sector privado internacional y nacional. Estos grupos tienen por objetivo conquistar por la fuerza la “paz política” necesaria que el capital demanda para realizarse, y que por medios legales no se puede conseguir. Allí donde nace el paramilitarismo hay profundos conflictos históricos de clase fundamentados en la explotación y la dominación; es justamente la posibilidad o el intento de subvertir esas condiciones lo que le da vida al paramilitarismo. Este es el resultado político de persistir en la estrategia de dominación y las condiciones de explotación por la fuerza.

El paramilitarismo también es un dispositivo de control territorial; es una forma de disputa geográfica que busca controlar físicamente el territorio, que la gran mayoría de las veces encierra grandes posibilidades económicas ya que son zonas de reservas estratégicas de recursos naturales. Es justamente el aseguramiento de su apropiación y explotación lo que aseguran los paramilitares, ya que la gran mayoría de las veces estos proyectos no pueden ser defendidos por vías legales. Uno de los resultados más notables de la operatividad de los grupos paramilitares son los desplazamientos migratorios internos debidos a las amenazas o el brutal asedio paramilitar; estos desplazamientos generalmente ocurren en zonas rurales que presentan la posibilidad de un jugoso negocio para el capital, ya sea través de la extracción de minerales o hidrocarburos, la ganadería extensiva o la agricultura extensiva. Es en este contexto donde las matanzas y desplazamientos de poblaciones cobran sentido, ya que son uno de los medios predilectos para romper el tejido comunitario, así como toda posibilidad de resistencia en la disputa por el territorio y sus recursos naturales.

El paramilitarismo también puede ser entendido como una alianza de clase, en donde distintos sectores de la clase dominante encuentran la forma de resolver sus problemas políticos o económicos. No podemos olvidar que cuando los distintos sectores de la clase dominante sienten que sus intereses peligran, se unen como un compacto bloque listo para desplegar cualquier agresión necesaria para su supervivencia. Es mediante el hostigamiento sistemático que logran controlar a la población y pacificarla en beneficio de sus intereses. Así los principales objetivos del paramilitarismo quedan más que claros:

  • Eliminar a aquellos que desempeñan un papel preponderante en las luchas sociales.
  • Supresión de la crítica al sistema.
  • Eliminación de los obstáculos a la expansión de las relaciones sociales que el modelo económico vigente manda.

Con las anteriores características sobre el paramilitarismo espero haber aportado elementos para poder hacer un análisis más claro con respecto a lo que está pasando en Michoacán, que sin duda sigue manteniéndonos a todo pendientes de un hilo.

 

 

 

Uno de los ejemplos más claros de la injerencia estadounidense en América Latina se dio en El Salvador, con los escuadrones de la muerte. Allí la CIA, los Boinas Verdes y el Departamento de Estado formaron su estructura, articularon su ideología y coordinaron las tareas de inteligencia en el marco contrainsurgente de la Alianza para el Progreso, encabezada por John F. Kennedy. (ver más en: Lucrecia I. Molinari, ““Escuadrones de la muerte”: grupos paramilitares, violencia y muerte en Argentina (73-75) y El Salvador (80)” en Diálogos: Revista electrónica de historia, Universidad de Costa Rica, Vol. 10. No. 1. Febrero – Agosto 2009, p. 95. Disponible aquí.

Marie-Monique Robin, Escuadrones de la muerte: la escuela francesa, Francia, 2003. Disponible aquí.

Jaime Osorio, “Crisis estatal y violencia desnuda: la excepcionalidad mexicana”, en Violencia y crisis del Estado, estudios sobre México, UAM-X, México, 2011, p. 43.

Jaime Osorio, Estado, biopoder, exclusión. Análisis desde la lógica del capital, Anthropos-UAM, Barcelona, 2012, p. 66.

Países como Guatemala, Uruguay y Argentina son solo algunos de los casos emblemáticos en donde gobiernos nacionales asesorados por los Aparatos de Inteligencia estadounidense reprimieron a su población en beneficio de una minoría. (ver más en: Regis Debray, La crítica de las Armas, Siglo XXI, México, 1975).

Ver más en: Roy Gutman y David Rief, Crímenes de guerra, Debate, Barcelona, 2003.

Concepto que tomo de Juan Carlos Portantiero, Los usos de Gramsci, Folios, México, 1981. Disponible aquí.

René Zavaleta, “Las formaciones aparentes en Marx”, en Clases sociales y conocimiento, Los amigos del libro, Bolivia, 1988.

Gian Carlo Delgado-Ramos y Silvina Romano, “Plan Colombia e Iniciativa Mérida: negocio y seguridad interna” en El Cotidiano. Año 26, Número 170, noviembre–diciembre 2011, p. 95. Disponible aquí.

Ana Esther Ceceña, et. al., El águila despliega sus alas de Nuevo. Un continente bajo amenaza, Fedaeps-Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, Quito, 2009, P. 6-7.

Lucrecia I. Molinari, op. Cit.,p.11.

Carlos Fazio, “El Estado esquizofrénico” en La Jornada,México, 29 de octubre de 2012. Disponible aquí.

Adviértase que tanto la IED como la deuda estimulan un mayor y más agudo extractivismo. Mientras la IED busca asegurar la transferencia de excedentes en el menor plazo temporal posible y sin considerar las “externalidades” sociales o ambientales, la deuda externa y sus intereses estimulan una mayor explotación de los recursos propios de la región, es decir, fuerza de trabajo y naturaleza. Así pues, la IED y la deuda son mecanismos que afianzan la dependencia y el imperialismo económico en AL”.(Gian Carlo Delgado-Ramos y Silvina Romano, op. Cit.,p.92).

Phill Mc McManus y John Lindsay-Poland,“La militarización que resurge: sombra sobre las Américas” en El proceso de guerra en México 94-99: militarización y costo humano. Pensar en voz alta, México, 1999, p. 17.

Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, De la memoria a la esperanza, FRAYBA, México, 2001, p. 63. Disponible aquí.

Espacio de Reflexión y Acción Conjunta sobre Militarización, Represión e Impunidad en México, en El proceso de guerra en México 94-99: militarización y costo humano, Pensar en voz alta, México, 1999, p. 110.

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