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Voces Disidentes
Por Vladimir Chorny
Doctorante en Derecho por la Universidad de Buenos Aires. Integrante de la @r3dmx. Licenciado en ... Doctorante en Derecho por la Universidad de Buenos Aires. Integrante de la @r3dmx. Licenciado en Derecho (UNAM). Activista de derechos humanos y disidente cotidiano. Ex #YoSoy132 e idealista permanente. Fan #1 del @ClubSantos. (Leer más)
Vivir una pandemia sin palabras para contarla
Toma tiempo ver la situación con la distancia suficiente, y es bastante ingenuo creer que el tiempo que hemos tenido nos da para comprender lo que nos pasa. Lo que sí tenemos es la posibilidad de vernos reflejados en otras fracturas, en otros momentos de catástrofe.
Por Vladimir Chorny
16 de abril, 2020
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Lo primero que hice antes de escribir estas líneas fue pasar varios minutos decidiendo qué disco escuchar para intentar poner en palabras lo que quiero decir. Vivir la pandemia desde la migración es vivir una catástrofe partido en dos, y a veces uno necesita puentes emocionales (como la música) para poder conectar las piezas internas, sobre todo cuando éstas están separadas territorialmente. Las emociones tienen geografías, géneros musicales, colores, sabores y olores, así como tienen rostros e imágenes. Creo que las más de las veces les damos cabida desde lo cinematográfico, pero es necesario dejar espacio para esos otros matices que muestran partes de nuestra experiencia emocional y son importantes para narrar una historia.

Decía que toda esta mierda implica vivir dividido. Una fractura que, paradójicamente, me hace estar encerrado en un departamento de clase media acomodada, pero en dos países separados por ocho mil kilómetros. También decía que esto es una mierda porque creo que entre tantos discursos que oscilan entre un optimismo capitalista que nos exige estar activos, ser productivos y encontrar espacios para la creatividad, y un pesimismo realista que dice que nada tiene sentido, mi forma de ver el vaso medio lleno (¿?) es siendo sincero con lo que me parece esta especie de prisión domiciliaria con permisos para abastecerme semanalmente.

Esa prisión, al mismo tiempo, me tranquiliza. Experimentar la pandemia entre Argentina y México me da calma porque, al estar en Buenos Aires y ver que el gobierno tomó una política generalizada en clave preventiva (declarar la cuarentena obligatoria de forma anticipada para proteger a la gente), veo resultados que me dan razones para respaldar esas medidas. Sentir que no estamos en el horno ya me parece mucho, particularmente en un contexto en el que los medios de comunicación, irresponsablemente, nos bombardean todo el tiempo con números de muertes y formas de comunicar la tragedia que en mi opinión sólo generan angustia innecesaria en vez buscar narrativas para informar a la gente y generar conciencia de lo importante que es cuidarnos las unas a las otras y lo vital que es quedarnos en casa.

La tranquilidad no me ciega. Claro que hay cosas que importa señalar sobre otras decisiones del gobierno en este contexto, pero primero quiero vibrar mi sentir sobre México. Ay, México… La parte de mí que sigue allá, porque las que migramos sabemos que siempre (o casi siempre, más bien) se queda una parte en el país que dejamos aunque construyamos otra vida fuera de él, siente preocupación en vez de tranquilidad. Me abruma pensar lo predominante que es la desobediencia y la minimización de las consecuencias en la “genética mexicana” (ya sé que no hay tal, que sólo podemos hablar de cultura y que mejor sería hacerlo en plural, pero aquí sólo quiero contar una historia): el “valemadrismo” y el “no pasa nada”. Y después viene lo más importante, lo estructural. La pobreza estructural, la desigualdad interseccional, las condiciones de marginación y de olvido (porque el olvido también puede ser estructural y socializado hacia ciertos grupos).

Esa combinación me lleva inmediatamente a pensar en mi familia. Viajo al norte de México, a su masculinidad tóxica de sombreros y su religiosidad extrema de crucifijos y me angustia que mis tíos o mis primos no se guarden, o que otros no lo hagan, los contagien y se mueran. Porque lo complicado de esto es que el individualismo no alcanza por ningún lado, porque cuidarse sirve de poco cuando los demás no te cuidan (no se cuidan).

Viajo al DF (sí, para mí siempre va a ser DF, no esa guachada de CDMX) y aterrizo en Madero, camino imaginariamente las calles del centro y recuerdo caras de personas que cientas de veces miré trabajando en la informalidad, viviendo en el día a día, luchando por sostener familias e intentar tener una vida digna, y sé que hay gente que no puede quedarse en casa y que son ellas y ellos quienes más van a sufrir y más afectados se van a ver con todo esto. Y me preocupo por mis amigues y mi familia.

Al final, viajo a Estonia, donde Dimitri, mi hermano, vive desde hace un año, donde también están enjaulados (porque estar así es un poquito estar como en una jaula, ¿no?), y como él es la persona más importante del mundo para mí, me fracturo de nuevo y siento ganas de llorar.

Por ahí leí que la pandemia no entendía de clases sociales y que en cierto sentido “no discriminaba”, porque “le tocaba por igual a ricos y a pobres”. Yo tengo mis dudas. Yo creo que el COVID-19 funciona en parte como un espejo que viene a reflejar lo que ya existía en nuestras sociedades injustas y desiguales. Que los de abajo sufren más, mueren más y reciben mucho menos. Por eso creo que la pandemia va a atacarlos y herirlos a ellos mucho más que a nosotros, los privilegiados. Así como nuestras instituciones y nuestras sociedades discriminan y matan, también las muertes que vengan de allá van a estar cruzadas por injusticias de clase, de género y de raza.

Algo debía decir de los gobiernos. Lo primero sería, sincera y humildemente, que una parte de mí cree que es muy pronto para ser categóricos. Otra parte cree que en ambos casos hubo aciertos y errores; buenas medidas y medidas desproporcionales; buen ‘timing’ y acciones tardías. El blanco y negro para criticar a los gobiernos nunca fue más al pedo que ahora. Por el espacio, tomo sólo un ejemplo de cada país.

En México, Andrés Manuel acertó en dirigir parte importante de las medidas del Estado hacia la población en situación de pobreza (aunque creo que las medidas debían enfocarse más aún al apoyo económico sustantivo de los sectores informales y las PyMES, para disminuir la salida a las calles de los primeros y darles sustento económico a ambos) y se equivocó en minimizar la gravedad de la pandemia, seguir en la calle tanto tiempo y construir un discurso que combina mal con esa cultura del valemadrismo. Al corregir, lo hizo tarde.

En Argentina, Alberto Fernández acertó con la llamada pronta a la cuarentena y con varias de las medidas sociales de apoyo económico a los sectores informales y más vulnerables (como las y los jubilados y el sector monotributista), pero se equivoca en las medidas de seguridad pública y control ciudadano. El uso del “ciberpatrullaje” y la limitación de la privacidad y la libertad de expresión que resultan de él es gravísimo en un sistema democrático que debería alejarse de medidas de inteligencia que son antidemocráticas, desproporcionales e ilegales.

¿Volvería hoy si las fronteras estuvieran abiertas? Y… no. Las razones no son antipatrióticas ni desagradecidas, de veritas. Son más bien emocionales. Si pudiera tomar un avión no lo haría porque me siento paralizado, porque en la parálisis mi instinto me dice que me quede en donde estoy más seguro (egoísta, egoísta) y siento que estoy más seguro acá. El instinto es el instinto y, como al deseo, no hay que juzgarlo tan severamente (o de plano, no hay que juzgarlos). Acá la subjetividad desborda y mis apreciaciones críticas comparativas me parecen más o menos irrelevantes. No me siento menos mexicano por esto, aunque sí me sienta más argentino por sentirme “tranquilo” en (ésta también) casa.

Creo que aún faltan palabras para expresar lo que estamos viviendo, que a falta de las palabras que aún no hemos inventado necesitamos espejos para mirar lo que nos sucede. Otras experiencias en donde pudieron vivir y sentir alguna conmoción similar. Toma tiempo ver la situación con la distancia suficiente, y es bastante ingenuo creer que el tiempo que hemos tenido nos da para comprender lo que nos pasa. Lo que sí tenemos es la posibilidad de vernos reflejados en otras fracturas, en otros momentos de catástrofe. En estos días paso tiempo buscando ahí (entre volcanes y catástrofes nucleares), para ver si encuentro otros relatos que me sirvan para contar lo que quiero contar, para entender lo que no dejo de sentir. Si tuviera que aconsejar sobre alguna intuición, sería sobre ésta.

Lo más curioso de todo es que, mientras más pasan los días en el encierro, más difícil me resulta llorar, al grado de que ya empecé a llorar en sueños. Me agarro del teatro, uso monólogos que me conmueven y lloro con ellos. Me escapo de esto con la imaginación, porque sólo ahí Argentina, México y Estonia coexisten en el mismo lugar, y necesito de esa coexistencia urgentemente.

El disco que elegí fue “i,i”, de Bon Iver. Y estuvo bien.

@VladimirChorny1

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