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Las cuidadoras estamos agotadas
Cuidar a otros y no cuidar de nosotras es nuestra realidad. Renunciamos a estudiar, divertirnos y descansar; esto nos trae repercusiones negativas en nuestra calidad de vida y en el ejercicio de nuestros derechos humanos. Estamos agotadas.
Por María Concepción González Hernández
13 de mayo, 2022
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Mi nombre es María Concepción González Hernández, tengo 57 años, soy maestra jubilada, madre y cuidadora de mi hijo Elí Gamaliel Ambriz González, de 27 años, joven con parálisis cerebral infantil, en condición de discapacidad múltiple; vivo en Zacatecas y formo parte de Yo Cuido México.

Mi esposo y yo nos hemos convertido en cuidadores expertos de nuestro hijo; nuestra rutina incluye acostarlo, levantarlo y atenderlo como si fuera un eterno bebé, cambio de pañales mínimo tres veces al día, baño diario, higiene bucal, lavar ropa de cama diariamente, prepararle su comida especial y alimentarlo en la boca tres veces al día, cargarlo de un lado a otro de la casa, subirlo, bajarlo de las escaleras.

Cuando las condiciones lo permiten lo trasladamos en silla de ruedas, o lo llevamos en brazos a sus terapias físicas, a la escuela, a que conviva con sus amigos, a pasear. Lo apoyamos con sus tareas escolares, interpretamos lo que piensa, lo que necesita, prestamos nuestra voz para verbalizar sus palabras. Además, realizamos las actividades cotidianas de una familia, lidiamos con las propias enfermedades, y las de la familia. Todo esto es un trabajo sumamente agotador.

Las y los cuidadores sufrimos trastornos emocionales, psicológicos y físicos como depresión, ansiedad, tristeza, desesperanza, preocupación, dolor de cabeza, insomnio, dolor de columna vertebral, artritis, osteoporosis, migrañas, cansancio excesivo, etcétera.

La mayoría de nosotras no tenemos vida propia, todo gira en torno a las personas cuidadas. Otras tenemos que salir a trabajar con la zozobra de dejarlos con terceras personas que no sabemos si las atenderán bien o no.

Cuidar a otros y no cuidar de nosotras es nuestra realidad. Renunciamos a estudiar, divertirnos y descansar; esto nos trae repercusiones negativas en nuestra calidad de vida y en el ejercicio de nuestros derechos humanos. Estamos agotadas.

En Zacatecas y en todo el país, las cuidadoras necesitamos del apoyo de las autoridades, no como actos de caridad, sino por justicia social. Requerimos leyes que nos protejan y beneficien; leyes que se materialicen en acciones y programas reales, no queremos más letra muerta ni más discursos vacíos. Hasta el día de hoy las cuidadoras somos como el viento, solas. Somos invisibles, pero existimos y creemos que juntas podremos ser visibles.

* María Concepción González Hernández es miembro de la Colectiva Yo Cuido México/ Zacatecas y madre de un joven con parálisis cerebral.

Este texto fue publicado originalmente en Yo También.

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