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Zoon Peatón
Por Zoon Peatón
Liga Peatonal es una organización civil sin fines de lucro que trabaja por ciudades para todas l... Liga Peatonal es una organización civil sin fines de lucro que trabaja por ciudades para todas las personas donde las y los peatones sean el principal actor en las políticas públicas para el diseño de las urbes. Somos parte de la International Federation of Pedestrians, Youth Action Net, Red Innova, Estrategia Misión Cero y la Red Latinoamericana de Ciudades que Caminan, redes internacionales de activistas y emprendedores sociales que buscan mejorar la calidad de vida de todas las personas. (Leer más)
La pandemia como oportunidad
En el discurso oficial de varios países (y el nuestro no es excepción) surge la figura de la bicicleta como una medida viable, si no de solución, al menos sí de atenuación de varias problemáticas que se exacerban –o visibilizan– a raíz de la pandemia.
Por Cristina Ortuño
3 de junio, 2020
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Si algo ha distinguido al 2020 es la crisis de salud que se ha expandido por todos los rincones y cómo la población mundial se ha visto afectada. Se ha dicho y escrito muchísimo respecto a sus orígenes, comportamiento y consecuencias, desde las ciencias médicas, la economía y demás campos del conocimiento humano. Sólo le falta información relacionada con la pandemia a quienes renuncian a estar informados.

Con la inevitable llegada del virus SARS-CoV-2 a nuestro país han cobrado importancia y empezaron a documentarse situaciones que nos han afectado por décadas sin que, en apariencia, le importara mucho a la autoridad ni a la sociedad mexicana. Las deficiencias en nuestro sistema de salud, la tremenda saturación en el transporte público, así como en los grupos de nivel básico y medio superior de las escuelas públicas, el hacinamiento al que se ven condenadas miles de familias derivado del enfoque de los programas de vivienda de interés social, y también –tristemente –, la poca o nula confianza y credibilidad que muestran amplios sectores de la población hacia sus instituciones. Todas estas son situaciones –tal vez podríamos llamarles problemas– con tantas décadas de edad, que ya las consideramos normales, parte de nuestra idiosincrasia.

Otro aspecto importante al que nos hemos visto enfrentados es el distanciamiento social, que pese a proponerse como una medida de prevención de contagios, se ha convertido en otra cara de la “desigualdad social”. Nos quedamos en casa quienes podemos, quienes de un modo u otro tenemos garantizada nuestra fuente de ingresos o quienes podemos hacer home office; nos quejamos del encierro, y también de quienes salen a la calle, de los que niegan la existencia el virus, y las multitudes que siguen atestando el transporte y el espacio públicos

Sin embargo, y pese a lo poco halagüeño del panorama actual, hay buenas noticias para quienes estamos interesados en el ciclismo urbano: en el discurso oficial de varios países (y el nuestro no es excepción) surge la figura de la bicicleta como una medida viable, si no de solución, al menos sí de atenuación de varias problemáticas que se exacerban –o visibilizan– a raíz de la pandemia. Incluso la Organización Mundial de la Salud la aprueba como medio de transporte seguro para evitar contagios; es relevante su papel como auxiliar en la activación física y también como una alternativa para mejorar la calidad del aire, al reducir las emisiones de CO2 de los vehículos.

Es sabido que la bicicleta es ideal como medio de transporte en distancias cortas, y ahora, además, su utilización alejaría eventualmente a los usuarios del transporte público, fuente potencial de contagios. Sin embargo, no podemos soslayar que aún quienes pueden optar por ella para realizar sus desplazamientos siguen corriendo muchos riesgos tanto por el medio físico como los hábitos de conducción en nuestras ciudades, tan hechas para los automotores. Habría que aprovechar la coyuntura para visibilizar las decisiones que han tomado en otros países, de dedicar mayor inversión para infraestructura ciclista y recordarles a nuestras administraciones federal, estatales y municipales que en nuestro país esa asignatura sigue estando pendiente. Sólo se romperá el círculo vicioso de la dependencia al automóvil con inversión y cambios culturales. Y, he aquí que la infraestructura crea cultura.

A propósito de los cambios culturales asociados con el uso de la bicicleta como instrumento de activación física, quiero resaltar dos cosas. La primera está relacionada con la comorbilidad, ya que las enfermedades crónico degenerativas (como la obesidad) se convierten en factores de riesgo para el agravamiento de la enfermedad; si bien andar en bicicleta ni las previene ni las cura, sí contribuiría a combatirlas o revertir sus daños, en contraposición del sedentarismo. En segundo lugar, a pesar de que es más sano moverse en bicicleta, quienes la elegimos nos enfrentamos con inercias culturales muy propias de nuestra sociedad, con respecto a la edad, el aspecto físico, el estatus económico y otros atavismos que, eventualmente, combatimos o nos desaniman para pedalear nuestras ciudades. Aquí aplicaría el cuestionamiento de si “dejamos de andar en bici porque envejecemos o envejecemos porque dejamos de andar en bici”.

Dejar de pensar en los automotores como principal alternativa de movilidad en nuestras ciudades parece utópico, aun cuando sabemos que esto sería imprescindible para lograr un mejoramiento de la calidad del aire; aunado a ello, el valor que tiene el automóvil particular, en términos de estatus, dificulta muchísimo pensar en su renuncia. Pese a que en estas semanas de la Jornada Nacional de Sana Distancia en varias ciudades de México ya ha habido muestra de cielos más limpios, y hay mucha gente dispuesta a seguir luchando por mejorar la calidad del aire que respiramos, también hay gente que expresa su intención de adquirir un vehículo en cuanto el aislamiento llegue a su fin, para no volver a usar el transporte público. Hay mucho camino por recorrer.

Quienes tenemos interés en lograr para la bicicleta un lugar preponderante en la sociedad, en las leyes y en las políticas públicas, podemos verlo como una oportunidad para decir “¿ven que teníamos razón?”. Pero debemos ser cautelosos, constantes y justos. Tal vez debamos dejar de preocuparnos tanto por quienes en definitiva no tienen pensado abandonar el uso del automóvil, y sí debamos ver y buscar alianzas con todas aquellas personas que utilizan la bicicleta desde hace años, quizá por gusto, pero principalmente por ser una alternativa a su alcance, y más allá del activismo (que quizá ni saben que existe). Hay mucho que aprender de todos.

Quizá la lección más importante que nos deja esta crisis sanitaria es que el virus y la enfermedad son realmente incluyentes porque atacan sin distinción de clase social; sin embargo, siempre hay poblaciones más vulnerables en quienes debemos centrar nuestra atención. Lo más saludable a largo plazo será, seguramente, que aprovechemos este tiempo de crisis para vernos, escucharnos y aprender las nuevas formas de relacionarnos, de movernos y de cuidarnos.

* Cristina Ortuño es integrante de la BICIREDMX, avecindada en La Paz, Baja California sur desde hace 36 años; es humanista, enseña en una preparatoria, y trata de andar en bici por una ciudad que se lo hace muy difícil.

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