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Por Zoon Peatón
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La sostenibilidad ambiental y de salud pública será en las ciudades (o no será)
Acciones como el ahorro energético y la mitigación del cambio climático en las ciudades son medidas urgentes con las que se buscan efectos positivos en nuestra calidad de vida, pero ¿cómo hacerlas políticamente aceptables?
Por Zoon Peatón
29 de mayo, 2019
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Por: Sergio Andrade Ochoa (@ratinside)

Desde que se impuso la agricultura y la ganadería (6000-5000 a.c.), con la llegada del neolítico, se expandió el desarrollo de las ciudades, asentándose la civilización urbana con enormes avances técnicos como la escritura, la cerámica, el cálculo, la rueda y el regadío. Desde entonces la prosperidad de las civilizaciones ha estado ligada a la manera en que hemos construido y vivido las ciudades.  La geografía de la Mesopotamia, por ejemplo, fue construida bajo los sistemas ecológicos de los ríos Tigris y Eufrates, un espacio para el regadío y el terreno abierto, perfecto para establecer una sociedad fértil, que durante siglos tuvo una importante expansión social y política hasta la invasión Persa a la ciudad de Babilonia.

El imperio Romano es un gran ejemplo de cómo las ciudades y el comportamiento de los ciudadanos pueden hacer caer civilizaciones. Jerome Nriagu, científico canadiense, atribuye la caída del Imperio Romano a la intoxicación crónica por plomo, un metal pesado altamente dañino que ocasiona alteraciones neurológicas irreversibles. La causa: una red de abastecimiento de agua potable en las ciudades romanas hechas principalmente de plomo y terracota.

En el siglo  XIV la bacteria Yersinia pestis fue el agente causal de la peste negra o peste bubónica, la cual, según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS),  cobró la vida de unos 50 millones de personas, con una mortandad estimada del 60 % de los europeos. El problema: zonas urbanas cohabitadas con animales portadores de pulgas infectadas que transmitían la bacteria a los humanos.

Tres pandemias del cólera en el siglo XIX (que costaron la vida de aproximadamente 3 millones de personas) obligaron el establecimiento de drenaje en las ciudades del mundo. La instalación de sistemas óptimos de purificación de agua llegó en el siglo XX, cuando se demostró que la exposición prolongada de metales pesados a través del consumo de agua y alimentos contaminados podía causar cáncer, lesiones cutáneas, enfermedades cardiovasculares, neurotoxicidad y diabetes.

Si de pandemias se trata, el siglo XX e inicios del siglo XXI también quedarán marcados en la historia por lo que la OMS llama pandemias silenciosas y desatendidas ocasionadas por el aumento del tránsito de vehículos de automotor en las ciudades de todo el mundo.

La historia de la relación automóvil-ciudad inicia en 1885, cuando se crea el primer vehículo automóvil por motor de combustión interna con gasolina. Pero no sería después de la primera guerra mundial cuando las ciudades empezaron a moldearse al automóvil. Desde entonces el creciente nivel de congestión del tráfico ha promovido diversos trastornos sociales, el consumo excesivo de energía, la ineficiencia económica y el deterioro del medio ambiente. No hace falta decirlo, las ciudades son grandes estacionamientos construidas a molde para el automóvil.

Hoy en día el tráfico vehicular y la congestión vial representan un severo problema ambiental, económico y de salud pública. El transporte es el consumidor de energía de más rápido crecimiento a nivel mundial, en las economías desarrolladas la propiedad de automóviles se aproxima a una proporción de un automóvil por cada dos personas, en el Reino Unido por ejemplo, el total de automóviles tienen en promedio de 1.63 ocupantes por vehículo (World Resorces Institute, 2009). Por lo general un automóvil consume 2.9 MJ de combustible por persona-kilómetro (pkm) si el conductor es el único ocupante (MacKay, 2009), lo que lo hace la forma más ineficiente de transporte urbano.

El automóvil también representa el 23% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2) (Oda y Maksyutov, 2011) y según la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) se estima que en el periodo que comprende del 2007 al 2030, el porcentaje de estas emisiones aumente un 80% (Kanh et al., 2007). Además del CO2 la quema de combustibles por automotores es la principal fuente de emisiones de dióxido de nitrógeno (NO2), ozono (O3) (indirectamente), compuestos azufrados y partículas de carbono negro, los cuales tienen efectos sustanciales en la biosfera y representan un severo problema de salud pública. Varios estudios han demostrado que todos estos componentes, en conjunto o por separado, inducen isquemia (Yamawaki y Iwai, 2006), favorecen el asma, promueven el cáncer pulmonar, aceleran la formación de la placa aterosclerótica, influyen en las capacidades cognitivas de las personas (Niwa et al., 2007) y dañan la función vascular (Unger et al., 2009).Tan sólo en México, de acuerdo con cálculos de expertos en sector salud de la compañía PricewaterhouseCoopers (PwC), el gasto anual que genera un paciente con hipertensión arterial es de 21’924 pesos, por lo que se estima que anualmente, tan sólo en el valle de México, se invierte más de 1’629 millones en pacientes con esta patología.

Para “resolver” el problema de emisión de gases de efecto invernadero, y otros contaminantes producidos por el tráfico, las ciudades implementaron políticas de desarrollo urbano que consideraban la creación de periféricos, pasos a desnivel y puentes vehiculares para permitir el flujo continuo de autos y así “evitar” el congestionamiento vial y por consecuente disminuir la emisión de contaminantes. Pero los grandes proyectos de infraestructura vial no resolvieron los problemas de polución del aire, sino que por el contrario, lo empeoraron y además, trajeron consigo otra pandemia, las muertes y accidentes graves ocasionadas por los accidentes de tránsito.

La OMS informa que anualmente un millón de muertes al año son ocasionadas por incidentes de tráfico. Así mismo los traumatismos causados por los accidentes de tránsito representan el 59% de las defunciones entre los adultos con edades comprendidas entre los 15 y los 44 años. El problema: exceso de infraestructura vial que promueven la velocidad dentro de las urbes.

El futuro de la sostenibilidad está en las ciudades. En el siglo XXI, cuando hablamos de ahorro energético, preservación de la salud pública, conservación de las especies y mitigación del cambio climático, hablamos de instrumentos y medidas urgentes para lograr impulsar un modelo de transporte y espacio público eficiente, accesible e incluyente que tenga efectos positivos en nuestra calidad de vida. En estos modelos no cabe el uso desmedido del automóvil privado, ni el exceso de infraestructura vial y gris en nuestras ciudades ¿Cómo hacemos esto políticamente aceptable?

 

* Sergio Andrade Ochoa es Doctor del Instituto Politécnico Nacional. Promotor de los derechos de la ciudad, sostenibilidad y movilidad en México y entusiasta de la Ciencia y la Tecnología. Actualmente es Enlace Operativo de Estrategia Misión Cero (@E_MisionCero) en Ciudad de México y Coordinador de Salud Pública de Liga Peatonal (@LigaPeatonal).

 

@LigaPeatonal

 

Referencias:

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