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Zoon Peatón
Por Zoon Peatón
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Vivienda: gasolina, agua y seguridad pública
Nos han hecho creer que vivir lejos es un lujo. Nos han obligado a vivir lejos, porque es en el único lugar donde nos alcanza para comprar o rentar una casa. Esas distancias son las que nos orillan a depender del automóvil. Las que nos obligan a estar en manos de los vehículos de motor.
Por Zoon Peatón
27 de febrero, 2019
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Por: Inés Alveano Aguerrebere (@inesalag)

Enero fue un mes agitado para el debate nacional, particularmente por el anuncio del Plan contra el huachiacol que desencadenó crisis temporales en algunas regiones del país por el desabasto de gasolina. Como en toda crisis, esta ofreció una oportunidad para reflexionar sobre dependencia a este combustible y su centralidad en términos de movilidad y planeación urbana.

Sin duda, el problema no es la falta de gasolina, sino la falta de resiliencia urbana, la falta de una estrategia de vivienda. Nos han hecho creer que vivir lejos es un lujo. Nos han obligado a vivir lejos, porque es en el único lugar donde nos alcanza para comprar o rentar una casa. Esas distancias son las que nos orillan a depender del automóvil. Las que nos obligan a estar en manos de los vehículos de motor.

La resiliencia es la capacidad de adaptarse y sobreponerse a un suceso abrupto. El Banco Mundial subraya a la resiliencia urbana sobre todo en cuanto a los desastres naturales: huracanes, lluvias torrenciales, sequías, tsunamis. Sin embargo la resiliencia urbana está intrínsecamente relacionada a la resiliencia social. Estuvimos preparados a la llegada del papado, por ejemplo, recibimos a cientos de peregrinos cuando con la llegada del Papa Juan Pablo y el Papa Francisco. No fue ningún milagro, para que esos eventos de tal calado hayan trascendido sin el menor de los incidentes hubo planeación y logística. Las ciudades se adaptaron a los cambios momentáneos. Al incremento de personas y al cambio repentino, pero avisado.

Sobre las cuestiones climatológicas y hablando de la capacidad de adaptarse (o no) a los cambios repentinos, las ciudades mexicanas ya se han inundado varias veces. Tabasco es una de las entidades federativas con graves problemas de inundaciones a causas de fenómenos naturales que involucran grandes masas de agua en movimiento.

Ahora también sabemos que no estamos listos para recibir gasolina racionada. Transporte de personas, bienes y servicios han enloquecido en los últimos meses a consecuencia de la lucha contra el huachicoleo. Pequeñas cantidades de resiliencia tuvieron aquellas ciudades que contaban con servicio de metro y rutas de transporte y camionetas de carga que funcionan con gas natural, las ciudades que más han priorizado en infraestructura para el auto fueron las ciudades más afectadas mediáticamente y decimos que mediáticamente porque la mayoría nos movemos en trasporte público y caminando.

Es correcto, en materia de movilidad una mayoría de la población mexicana sigue sus ocupaciones como si la lucha contra el huachicoleo no estuviera pasando. Las poblaciones que han batallado para conseguir gasolina para moverse en su vehículo privado es una población privilegiada. Las cifras en México indican que solo el 30% de la población mexicana puede acceder a un automóvil privado, ¿cuánto de esta población vive en fraccionamientos o sitios de las ciudades en las que solo se puede acceder en automóvil?, ¿qué tanto la ciudad los orilla a tener un automóvil para poder acceder a bienes y servicios?, ¿qué tanto elige vivir lejos para gozar de espacios privados y “seguros”? En cualquiera de los casos, la solución para que nuestras ciudades se conviertan en espacios resilientes a la escasez de gasolina es promover las viviendas próximas, porque la mejor estrategia de movilidad es una estrategia de vivienda (una cuestión anteriormente discutida).

La carestía de gasolina trajo consigo varias reflexiones sobre nuestra adicción a los medios de transporte motorizados e individualizados. Entre estas reflexiones debemos sumar que una ciudad resiliente debe promover espacios densos, donde la gente viva cerca de bienes y servicios, no en cotos privados, ni en fraccionamientos alejados. Visualizar ciudades resilientes a la gasolina es crear ciudades alejadas de la política de vivienda desde hace ya 20 años que promovían ciudades dispersas.

El asunto de movilidad es asunto de vivienda y viceversa. Cuando el precio de los terrenos urbanos subió, la mancha urbana se expandió haciendo que el tamaño de las ciudades creciera siete veces más que la población y cuando nuestros hogares quedaron muy lejos de nuestras ocupaciones cotidianas vimos como única alternativa la compra de un automóvil para trasladarnos en la ciudad.

¿Cuántas personas quisiéramos vivir cerca de nuestro trabajo o de la escuela de nuestros hijos?, ¿cuántas personas no tienen ingreso suficiente para volverlo realidad?, ¿cuántas personas se han visto orilladas a comprar una casa a las afueras de la ciudad, solo porque nuestro presupuesto no nos alcanza para vivir en una colonia céntrica?, ¿cuántas personas notaran que cada año debemos de salir más temprano, para llegar a nuestros mismos destinos? Sin embargo, la distancia no está aumentando, el parque vehicular sí. Cada familia que se muda a las afueras de la ciudad significa un auto más en la ya asfixiada red vial.

El asunto de movilidad también es asunto de seguridad pública. Cada vez que escuchamos de algún delito, o somos víctimas de él, buscamos proteger a nuestra familia y con este antecedente han proliferado los conjuntos habitacionales privados. A falta de “ojos en la calle” (las ciudades con su diseño antiguo promueven el que las personas que están, van y vienen, funcionen como elementos de seguridad), las ciudades se han vuelto más proclives para la delincuencia de todo tipo. Entonces, además de generar inseguridad, esos desarrollos de vivienda no hacen más que dificultar la movilidad, promoviendo la dependencia al automóvil y generando contaminación ambiental que contribuye al cambio climático.

La OCDE ha dicho que el desarrollo de nuevas tecnologías puede contribuir al tema de reducir las emisiones generadas por el transporte, pero en sí mismas no son la solución (OCDE, 1998). En específico, se ha encontrado que únicamente entre 30 y 40% de la reducción de emisiones de transporte puede ser alcanzada por medidas tecnológicas.

El uso de suelo, el transporte y la movilidad activa son entidades que deben ser vistas como un todo (Lautso, et al., 2004). En este sentido, las políticas de desarrollo urbano y planeación pueden ser una herramienta para lograr disminuir la demanda de viajes motorizados dentro de la ciudad (Law & Karnilowicz, 2015). En específico, patrones de uso de suelo mixto y denso, que son más apropiados para el uso de transporte público, caminar y moverse en bicicleta. Mientras mayor distancia haya entre los destinos, menor es la posibilidad de los traslados en estos medios. Las ciudades dispersas promueven viajes en automóvil privado y son menos adecuadas para un transporte público eficiente, teniendo como consecuencia ciudades poco resilientes.

 

* Inés Alveano Aguerrebere es peatona, ciclista urbana, usuaria del transporte público y automovilista. Psicóloga y Maestra en Salud Pública. Doctora en Políticas Públicas. Madre. Le apasionan los vínculos entre la forma física de las ciudades y el bienestar social. Co-fundadora de Morelia Se Mueve (@moreliasemueve).

 

 

Referencias:

Lautso, K., Spiekermann, K., Wegener, M., Sheppard, I., Steadman, P., Martino, A., et al. (2004). Planning and Research of Policies. Land Use and Transport for Increasing Urban Sustainability (Segunda Edición ed.). Helsinki: DG Research.

Law, S. F., & Karnilowicz, W. (2015). ‘In Our Country it’s just Poor People who Ride a Bike’: Place, Displacement and Cycling in Australia. Journal of Community & Applied Social Psychology, 25, 296-309.

OCDE. (1998). Proceedings of G-8 Environment and Transport Futures. Washington: EPA.

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