close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync

María Elena Morera, una mujer con muchos pantalones

Por Alberto Tavira Álvarez
8 de febrero, 2011
Comparte

No se puede estar quieta. María Elena Morera ya ha asumido el activismo social como un órgano más de su cuerpo que le permite estar viva. Luego de presidir durante cuatro años la asociación México Unido Contra la Delincuencia, la Morera está sacando del horno un nuevo proyecto personal llamado “Ciudadanos por una Causa en Común”, una organización de la sociedad civil independiente y sin afiliación partidista que promueva la reinvención de un gobierno honesto y responsable.

María Elena Morera.

A pesar que la reconocida activista creó esta asociación en abril de 2009, es en este año donde pretende darle todo el impulso para que despegue. “Primero abrimos un centro de estudios y empezamos a ver qué temas podíamos desarrollar y desde dónde nos íbamos a ir enfocando. Al final decidimos ver los temas de seguridad desde el ángulo completamente ciudadano, no solamente diciéndole al gobierno qué no hace, sino también cómo podemos aportar los ciudadanos además de exigir”, explica María Elena en entrevista con Animal Político.

Pero quién es esta mujer que dará mucho de qué hablar en materia de activismo social lo que resta del año. A continuación un perfil muy completo de la mujer que, a raíz del secuestro de su marido, se sumó a la causa de contribuir a hacer de México un mejor país.

Por su cuna la conoceréis

María Elena Morera Mitre tiene ascendencia catalana y libanesa. La sangre de Catalunya le viene de su padre, Juan Morera Solernou, quien a los 15 años viajó a México para trabajar como vendedor en negocios textiles. Debido a que era hijo único, el pequeño Juan tuvo que hacerse cargo de su mamá tras la muerte de su padre.

Durante toda su juventud, el inmigrante catalán trabajó arduamente para enviarle dinero a la mujer que le dio la vida a Europa. Pero la fortuna le sonreía y no sólo ganaba lo necesario para ayudar a su madre, incluso podía tener una vida cómoda en la ciudad que lo había acogido. No pasaron muchos años para que Juan ocupara puestos directivos en importantes empresas como en Textil Lanera, hasta que llegó el momento de comprar sus primeros negocios.

El perfil de María Elena Morera.//FOTO: Pablo Luna

También en México, Juan encontró el amor. Se casó con Elena Mitre Buraie, una joven hija de emigrantes libaneses que llegaron a nuestro país en busca de mejores oportunidades. Aunque Elena nació en territorio mexicano, fue educada bajo las más conservadoras tradiciones libanesa. Luego de su boda, la pareja afincó su hogar en la colonia Lindavista, en el Distrito Federal, donde le dieron la bienvenida a sus cuatro hijos: tres hombres y una mujer.

A la única Morera Mitre sus padres la bautizaron con el nombre de María Elena. Fue la segunda integrante de la dinastía y era una niña tierna, divertida e inteligente. Conforme crecieron, sus hermanos se fueron ocupando de los negocios familiares. Sin embargo, María Elena desarrolló más simpatía hacia la labor social, influenciada por don Juan Morera. “Mi papá, que todavía vive –dice María Elena en entrevista para Animal Político– tiene ideas de izquierda moderna, él está convencido de que lo que se tiene que repartir en México no debe ser la pobreza sino la riqueza, en términos de tener oportunidades para todos, de que los programas de salud sean igualitarios y que por supuesto la justicia también sea equitativa.”

Durante sus primeros años escolares, María Elena estudió en un colegio de monjas, en el Guadalupe. Ahí estuvo la primaria, la secundaria y la preparatoria. Después cursó la carrera en la Universidad Tecnológica de México (Unitec) donde se graduó como Médico Cirujano Odontólogo con promedio de 9.8. Algo que poca gente sabe de los hermanos Morera Mitre es que los cuatro fueron condecorados con el Premio Nacional por tener los mejores promedios en sus carreras. Dos de los hermanos de María Elena estudiaron ingeniería, y el otro, contabilidad.

El surgimiento de la señora Galido

Ya con el título bajo el brazo, la joven y guapa Morera no tardó en adentrarse en los asuntos del corazón. A mediados de 1979 conoció, por medio de una amiga en común, a Pedro, quien era hijo de Luis Galindo Martí y Rosa Rodríguez, uno de los muchos matrimonios españoles que buscaron refugio en México en la primera mitad del siglo pasado. Pedro creció acompañado de sus siete hermanos. Cursó la prepa pero no terminó la carrera y después se fue a estudiar mecánica a Estados Unidos, en cuanto regresó se dedicó a hacer hornos para panaderías.

María Elena tenía 21 años y Pedro 25. Sólo necesitaron tres meses de noviazgo para darse cuenta que el uno complementaba al otro, así que el 23 de mayo de 1980 se convirtieron con todas las de la ley en marido y mujer. La casa donde comenzaron a crear su propia familia se localizaba en la colonia Lindavista.

Asuntos del corazón.

El papel de ama de casa de tiempo completo no iba con la nueva señora de Galindo. Y es que desde el inicio de su carrera –y durante 10 años– María Elena ejerció como odontóloga, una pasión a la que no estaba dispuesta a renunciar por el anillo de matrimonio. Morera primero trabajó con varios doctores en Polanco y después montó su propio consultorio en Lindavista. Sin embargo, el terremoto que sacudió a la ciudad de México en 1985 derrumbó el edificio donde se encontraba su consultorio y lo mudó a las Lomas de Chapultepec.

Por esa época, María Elena ya tenía dos hijos: Pedro José, actualmente de 29 años, y Juan Pablo, de 26. Tres años después llegó María, de 23 años. La familia Galindo Morera había hecho la mudanza al club de golf Bella Vista y años más tarde se cambiaron a Bosques de las Lomas. Finalmente se hicieron vecinos de las Lomas de Chapultepec.

Con la llegada de sus hijos, María Elena siguió compaginando su rol de esposa, mamá y profesionista. Siempre trabajó la mitad del tiempo como servicio social y la otra mitad por honorarios. Es decir, en el mismo consultorio atendía a gente de escasos recursos y a gente que pagaba por los servicios. Ya con sus tres niños, Morera sólo trabajaba tres días a la semana y los otros cuatro se los dedicaba a ellos.

Llegó un momento en que su familia la demandaba cada vez más, así que María Elena se despidió de su consultorio cuando María ya había cumplido un año. Decidió dedicarse exclusivamente a cuidar a sus hijos. En sus ratos libres, la señora Galindo jugaba golf, deporte que en una época fue su pasión. Mientras los niños estaban en el colegio, la señora de la casa se volcó a pintar iconografía y después a pintar porcelana plana. Pero no había tomado el arte de manera improvisada, pues estudió con el venezolano Philippe Pereira, además de otros profesores.

Al principio, Morera sólo pintaba por hobbie, pero en cuanto comenzó a dominar la técnica empezó a comercializar su obra. Incluso participó en exposiciones colectivas en la Federación Mexicana de Pintores en Porcelana. La última exhibición que hizo fue de manera individual en el estado de Hidalgo. María Elena estaba convencida de que era una buena artista y que era eso a lo que se quería dedicar el resto de su vida.

La tragedia irrumpe en la familia

Para el año 2000, Pedro Galindo Rodríguez ya se había ganado un lugar en el mundo de los negocios. Su trabajo en las panaderías Trico –la empresa familiar de los Galindo– había ayudado a consolidar y expandir la marca. A decir de María Elena era un buen padre y a pesar de que el ser un hombre metódico lo llevó al éxito, también lo convirtió en una presa fácil para el crimen organizado.

El 20 de septiembre del 2001, Pedro salió de su domicilio en Bosques de las Lomas a las 7:45 de la mañana para irse a trabajar. Su oficina no estaba dentro de la ciudad de México, por lo que tenía que viajar en carretera hasta llegar a Tizayuca, Hidalgo, donde se encontraba la fábrica. No tenía escoltas. Él manejaba su propio auto, un modelo 94.

Víctimas de la delincuencia.//FOTO: Pablo Luna

María Elena se despertaba a la misma hora que su esposo se iba a trabajar. Ese día ella se instaló durante casi toda la mañana en su estudio a pintar. Estaba por concluir una obra con el rostro de una mujer. Se le pasaban las horas abruptamente deslizando el pincel. Más tarde dio instrucciones al personal de servicio de lo que se iba a hacer para la hora que llegaran sus hijos a comer. En ese entonces, Pedro, el mayor, ya estudiaba en la Universidad Iberoamericana mientras que Juan Pablo estaba en el Instituto Irlandés. Los dos ya manejaban. Y a la menor, María, que entonces estudiaba en el Regina, la llevaba el transporte escolar.

María Elena se puso guapa. Era viernes y tenía una comida con unas amigas en el restaurante Bakea, en Las Lomas. En plena charla recibió una llamada a su celular de parte de su suegra. Al otro lado de la línea, Rosa Rodríguez de Galindo, estaba a punto de un ataque de pánico y con trabajos logró articular: “Secuestraron a Pedro, se llevaron a mi hijo”.

No es que los plagiarios del empresario hayan querido llamar como primera opción a la mamá de éste, sino que a Pedro, de los nervios se le olvidó el teléfono de su esposa y les dijo a sus captores que se comunicaran al negocio, con su padre. Pero el señor Luis Galindo Martí tampoco estaba, por lo que tomó la llamada otro de sus hijos; fue al cuñado de María Elena al que le avisaron del secuestro.

Al siguiente día –era sábado–, los papás de Pedro citaron en su casa a María Elena y a otras personas que les iban a ayudar a negociar el secuestro. “Yo no conocía al negociador ni mi suegro, alguien se los recomendó y entonces todos en conjunto decidimos trasladar la negociación a mi casa para que yo pudiera estar cerca de mis hijos”. Tanto los papás de Pedro como los negociadores se fueron a vivir a casa de María Elena.

Si bien es cierto que el plagio de Pedro tomó a los Galindo por sorpresa, la familia ya sabía cómo se tenía que manejar este tipo de situaciones. Y es que seis años atrás, Antonio Galindo, uno de los hermanos de Pedro, también había sido privado de su libertad. “Por un lado nosotros sabíamos que Pedro ya conocía cómo era ese proceso y no iba ser tan difícil para él entender su parte, pero por el otro, también sabíamos que estaba sufriendo”.

A pesar de esa experiencia previa, los acuerdos para la liberación de Pedro fueron mucho más complejos que los de su hermano. “Con todo y que mi suegro era un extraordinario negociador, esos tipos estaban locos y cada vez que les decíamos que no teníamos el dinero, le cortaban un dedo a mi marido y nos lo mandaban en un sobre”. La negociación se volvió muy complicada. Luis Galindo le pidió ayuda al entonces procurador general de la República, José Luis Santiago Vasconcelos, quien a su vez lo canalizó con Genaro García Luna que entonces era Director General de Planeación y Operación de la nueva Agencia Federal de Investigaciones (AFI).

Según cuenta María Elena, García Luna asignó a dos personas para que estuvieran en el domicilio de los Galindo de forma permanente. Después llegaron otros dos extranjeros para asesorarlos de igual forma, por lo tanto la familia contaba con las dos asesorías durante la primera semana del plagio de Pedro. Más adelante sólo los agentes federales lideraban el rescate aunque los asesores extranjeros se mantuvieron en México durante todo el proceso.

María Elena, ¿eras tú la que hablaba con los secuestradores de tu esposo?

“Primero lo hacía mi suegro. Luego pasaron unos días y él se puso mal por lo que yo seguí con la negociación.”

¿Cómo manejaste esta situación con tus hijos?

“La forma en que lo manejamos fue que en el día estábamos todos reunidos, la familia de mi esposo es grande, son ocho hermanos, y estaban todos, también mis concuñas y mis suegros. De igual forma me acompañaban mis papás y mis hermanos. Luego, en la noche, yo me reunía con mis hijos y estábamos un rato ellos y yo solos. Platicábamos de su papá, de cómo íbamos a hacer todo lo posible porque regresara. A pesar de que en ese proceso estábamos todos juntos, había cosas que cada uno vivió solo.”

¿Tú qué viviste cuando estabas sola?

“Yo siempre pensé que Pedro estaba vivo y siempre luché por una negociación de una persona que estaba viva. Sin embargo, la comunicación con los secuestradores se empezó a tornar difícil porque todo se volvió muy tenso. Con todo y eso me daba fuerzas el poder contar con una familia tan unida como la nuestra. Eso ayudó a que esto saliera adelante.”

¿En algún momento te llegaste a doblar?

“Sí claro, muchas veces.”

¿De dónde sacabas fuerzas para seguir?

“Cuando pensaba que él estaba vivo y que lo iba a volver a ver. De mis hijos, que estaban conmigo, y fueron un apoyo invaluable en esos momentos, porque cada uno con una personalidad distinta me ayudaba. También de mis papás, de mis hermanos, de la familia de Pedro.”

De regreso a la libertad

Por fin llegaron a un arreglo. María Elena Morera y los secuestradores de su marido estuvieron de acuerdo en la cantidad que la familia de Pedro iba a pagar por su liberación. “Eran unos tipos muy agresivos pero cuando les dije que ya les iba a dar el dinero, su actitud cambió totalmente. De la agresividad completa y de groserías y faltas de respeto pasaron a preguntar cuándo les podíamos pagar su dinero, porque los secuestradores asumen que el dinero es suyo, como si alguna vez lo hubieran trabajado en su vida.”

María Elena les pidió que le llamaran el próximo jueves, porque ese día ya tendría la cantidad para poderles pagar. Ellos dijeron que hablarían hasta el viernes. Pero ella insistió mucho en que le hablaran el jueves y que les pagaba ese mismo día. No quería que Pedro estuviera un día más en cautiverio. Los plagiarios aceptaron y le dieron instrucciones a ella sobre el chofer y el coche en el que querían que les entregaran el dinero. Los Galindo tenían todo listo. Sólo necesitaban una prueba de vida para proceder a la entrega de lo acordado. Esa prueba consistía en una pregunta a la que sólo Pedro y María Elena conocían la respuesta. Sin embargo, no volvieron a recibir llamada alguna por parte de los secuestradores.

Nunca perdió las esperanzas.//FOTO: Pablo Luna

La esposa de Pedro no perdió las esperanzas. “Hay un momento en la negociación que sabes que ellos te van a entregar a tu familiar porque ya están seguros de que les vas a pagar. No te puedo explicar en qué consiste exactamente ese click”. En vista de que no llamaron, María Elena y su familia se fueron a dormir como a la una de la mañana. Alrededor de las 3:00 am le llamó por teléfono el jefe de los asesores que tenían y le dijo que le abriera la puerta, que estaba afuera de su casa y tenía que hablar con ella.

“Cuando abrí la puerta él entró con varios agentes federales y ahí venía Pedro. Inmediatamente corrí hacía él, lo abracé, lo besé y les llamé a mis hijos”. El señor Galindo estaba casi irreconocible: había bajado muchísimo de peso, traía la barba larga, no lo habían dejado bañarse en los 29 días que estuvo en cautiverio y, lo peor de todo, sus captores cobardemente le habían cortado cuatro dedos. “Era una situación deplorable, pero eso era lo de menos, mi esposo estaba vivo.”

En la casa estaba uno de los hermanos de Pedro con su esposa, uno de los primos de María Elena y sus hijos. Todos se levantaron felices, corrieron a los brazos del patriarca de los Galindo Morera. Nadie se explicaba cómo había pasado. A esas horas de la madrugada, les hablaron a todos los familiares y estuvieron con Pedro y con los policías como hasta las cuatro de la mañana. Luego el esposo de María Elena se metió a bañar y todavía estuvo con los amigos y con la familia hasta como por las ocho o nueve de la mañana del inolvidable 19 de octubre de 2001.

Al día siguiente María Elena y su marido fueron al hospital a que le revisaran las manos. Las traía en muy mal estado, lo tuvieron que operar. Ese día Pedro pasó la noche en el hospital y mientras estaba internado, María Elena se fue a la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) a declarar, porque cuando rescataron a Pedro también atraparon a cinco de los miembros de la banda de secuestradores y era necesario que los Galindo acudieran a reconocer la voz del que les había hablado durante todo el tiempo de la negociación. Pedro fue dado de alta al siguiente día y también fue a declarar.

El proceso para dictar sentencia a los secuestradores de Pedro Galindo fue mucho más largo de lo que se esperaba. “En México la justica no es pronta ni es expedita, ni es para todos, por eso se tardó seis años y medio antes de que dieran la sentencia en primera instancia y tuvimos que pasar por siete jueces. A los cinco delincuentes que agarraron en flagrancia, con una averiguación previa del Ministerio Público y con testigos, los sentenciaron hasta marzo de 2008. Es lamentable que en México exista un sistema judicial que acaba favoreciendo a los delincuentes”.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Foto: Cortesía José Reyes

Las razones por las que muchos latinos no hablan español en EU

Muchos estadounidenses de origen mexicano que crecieron en EU durante la década de 1960 fueron discriminados e incluso castigados por hablar español en las aulas de clase, lo que hizo que muchos abandonaran el idioma para siempre. José Reyes vivió uno de estos traumas pero decidió luchar por ser bilingüe.
Foto: Cortesía José Reyes
4 de noviembre, 2019
Comparte

El español ha tenido una fuerte presencia en Estados Unidos desde hace siglos, pero no siempre ha sido bienvenido.

Pese a que el país norteamericano no tiene designado el inglés como idioma oficial, este ha dominado en las escuelas públicas, instituciones y demás ámbitos de la sociedad.

Y aunque el español es el segundo idioma más hablado en el país, en diferentes épocas su uso ha sido marginado y sus hablantes discriminados por su acento y apariencia.

En el caso de José Reyes, incluso llegó a ser castigado en el aula de clases.

Reyes vivió una serie de traumas en torno a su idioma nativo en la década de 1960 y decidió transformarlas en experiencias constructivas que lo llevaron a convertirse en profesor bilingüe.

Esta es su historia.


La foto escolar

Cortesia Jose Reyes
Reyes, el primer niño en la segunda fila de izquierda a derecha, no sabía inglés cuando entró a la escuela primaria.

Nací en Estados Unidos en julio de 1959, en un pequeño pueblo llamado Ysleta, en la frontera con México.

Mi madre es de Jalisco y mi padre de Parral, Chihuahua. Por alguna fortuna se conocieron en Ciudad Juárez en 1956 y mi padre, siendo persistente, la conquistó.

Inmediatamente después de nacer nos mudamos a Juárez de nuevo y viví allí hasta los 3 años. Cuando mi padre perdió a su madre, decidieron volver a Estados Unidos y como en 1962 llegamos de nuevo aquí.

Alquilamos y nos movimos entre casas de parientes hasta finalmente tener nuestra propia casa en El Paso.

El Paso era un lugar amigable, donde la frontera no nos separaba ni nos marcaba.

Creo que el ambiente era más tolerante porque el que hablaba español o venía de México venía a trabajar, a servir. Mi abuela cuidaba una casa y mi padre hacía trabajos en una cocina.

Mi madre se quedaba en casa cuidando de mí y mis otros cinco hermanos.

Mapa de Ysleta, El Paso, Texas

BBC
Reyes se crió en Ysleta, en la ciudad tejana de El Paso.

A los 5 años, alguien le puso a mi mamá en la cabeza que yo ya necesitaba ir a la escuela así que me inscribieron en un programa especial de verano.

Fue una experiencia muy positiva. Mi abuela materna iba por mí, me compraba mi soda y mi helado, íbamos a su casa y luego ya me regresaban a mi casa.

En el otoño del 65, entré en primer grado en la escuela Houston. Me tocó una maestra muy bonita llamada Ms. Love.

Mis padres me decían que tenía que ser obediente y respetarla mucho.

Pero pronto aprendí que el lenguaje no era el mío y no me sentía muy a gusto. Batallaba mucho porque el inglés era un idioma que no conocía.

En esa época, no había tolerancia con el español.

En el aula teníamos grupos de lectura y a los que sabían leer les llamaban los yellowbirds y bluebirds (azulejos).

Los que no sabíamos leer íbamos al grupo de los blackbirds, es decir, los buitres.

Nos dijeron en la escuela que no podíamos hablar español. No Spanish, repetían.

La boleta escolar de José Reyes

Cortesia Jose Reyes
Reyes obtuvo la calificación de “insatisfactorio” en su boleta de notas del primer grado.

Y nos advirtieron que si nos pillaban hablando español, habría consecuencias.

A muchos de los estudiantes incluso les ponían a escribir planas con la frase I will not speak Spanish (“No hablaré español”).

A otros compañeros los castigaban poniéndolos aparte.

Una vez el castigo me tocó a mí después de que hablé español.

Ms. Love me llevó al lavabo, abrió la llave, tomó una toalla de papel y la embarró con un jabón muy áspero que se llamaba Borax.

Empezó a lavarme la boca.

Creo que pensó que, simbólicamente, así borraría el español de mí.

De ahí en adelante me convertí en un estudiante muy silencioso y avergonzado. Tenía unos 6 o 7 años.

La familia Reyes

Cortesia Jose Reyes
Reyes (abajo a la izq) junto a sus hermanos.

Les platicaron a mis padres del incidente y ellos me dijeron que debía acatar.

Me sentí defraudado, fuera de lugar. Lo bueno es que mi abuela y mi tía me invitaban a leer con ellas en español y vivía momentos muy tiernos a su lado.

Durante el segundo año de la escuela, nos tocó una maestra nueva llamada Ms. Justice que nos tenía bien disciplinados.

Nos tenía sentenciados en cuanto al uso del español y exigía que fuésemos eficaces con el inglés.

Mi relación positiva con el inglés vino a través de lo que veía en la televisión. Caricaturas, el programa de Johnny Carson… lo que pudiese consumir.

También aterrizamos en la biblioteca de la escuela con un compañero y entre él y yo empezamos a descubrir la literatura infantil en inglés.

Ya en el cuarto grado, cuando tenía unos 11 años, me tocó una maestra hispana por primera vez, la señora De la Torre.

Ella era inclusiva y nos ayudaba, nos enseñaba en inglés y en español.

El profesor José Reyes

Cortesia Jose Reyes
José Reyes ha sido maestro bilingüe en Texas y Nuevo México durante décadas.

Teníamos un libro de texto llamado “Paco en el Perú” y leyéndolo me fui dando cuenta de cómo mis amigos americanos empezaban a jugar con el idioma.

“Hola, Paco, qué tal are you?”, decían.

Me fascinaba que si ellos podían manipular el español, entonces yo podía hacer lo mismo con el inglés.

El gran dilema de nuestro tiempo es que había un gran anhelo por parte de los padres de que los niños dominaran el inglés.

Mi padre me tenía como su intérprete; muchas veces me ponía a traducirle el correo y eso me daba gran frustración.

Ni de aquí ni de allá

Luego vino el trauma de recibir el apodo de “pocho” que usan para llamar a los que no somos ni de aquí ni de allá, los semilingües, los que mezclan idiomas.

Nuestros familiares en Juárez se burlaban de mi forma de hablar y eso hizo que quisiera dejar de ir.

La experiencia me hizo pensar en mi identidad como algo que siempre estaba en proceso.

Pasaron los años y llegué al high school, donde me tocó un gran maestro de español, un cura que nos pidió que rezáramos el Padre Nuestro.

Ponía a la derecha a los que no sabían español y pensé que me pondría en el lado opuesto.

Graduación de la universidad de José Reyes

Cortesia Jose Reyes
Reyes se graduó como profesor bilingüe en 1981.

Pues no. Al ver que recitaba un Padre Nuestro obsoleto que me enseñó mi abuela, se dio cuenta de que era pocho.

Nos dijo que hablábamos español pero no leíamos ni escribíamos, entonces quería desarrollar nuestro conocimiento de gramática y sintaxis.

De ahí empecé a forjar la idea de convertirme en maestro.

Me enteré que se habían firmado las leyes de derechos civiles y aprendí que como estudiante tenía algunos derechos. Y que en la universidad existía una certificación de maestro bilingüe.

Me gradué de la universidad en 1981 y de ahí empecé a trabajar como maestro de inglés como segundo idioma y luego como maestro bilingüe en Nuevo México.

Después di clases de noche durante 29 años en El Paso. Decidí enseñar de noche por justicia a mi padre, que asistió a escuelas de inglés para adultos y luchó por aprender.

Mi historia no es para causar pena. De hecho, todavía aprecio mucho a Ms. Love y Ms. Justice.

El que se sintió oprimido por un sistema puede reconciliarse con la idea de que mucho de eso se hizo por ignorancia.

En la actualidad, seguimos peleando un idioma sobre otro y no nos preguntamos por qué no podemos tener dos o más o por qué nos limitamos solo a uno.

Como maestro, lucho con algunos padres que vienen a inscribir a sus hijos y ya vienen con una idea preconcebida de que el inglés es mejor que el español.

Pero el español tiene su lugar en Estados Unidos, ¿por qué no celebrarlo?


https://www.facebook.com/BBCnewsMundo/posts/10158129017419665


*Esta nota es parte de la serie “¿Hablas español?”, un viaje de BBC Mundo por Estados Unidos para mostrar el poder de nuestro idioma en la era de Trump.


Recuerda que puedes recibir notificaciones de BBC News Mundo. Descarga la última versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

¿Ya conoces nuestro canal de YouTube? ¡Suscríbete!

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.