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Historias mexicanas de terror:
la violencia institucional
Por Paris Martínez (@paris_martinez)
31 de octubre, 2011
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Marcha Por la Paz con Justicia y Dignidad. FOTO: Cuartoscuro

La carta de sangre

“Yo tengo ya una colección de cartas –se escucha la voz de la mujer–, en las que solicito ayuda… ayuda al presidente, ayuda a los gobernadores, ayuda al alcalde… En fin, cartas dirigidas a todas las autoridades que, pensé, podrían darme su auxilio. Pero todas estas cartas no tienen validez, nadie las contestó, no significan nada. Yo soy Gloria Edith y esta es mi historia…”

 

Junio 9, 2009…

Es sábado y, siguiendo la costumbre familiar, la doctora Gloria y su esposo Ramón esperan el atardecer para dar por concluidas sus labores en el centro de atención para niños discapacitados que dirigen en Acapulco, y partir a la playa de Caleta, en compañía de su hijo, el joven Gerardo Josué y la perrita de la casa.

“Siempre cerrábamos y nos íbamos al mar –recuerda Gloria–, mi hijo viajaba en la parte de atrás de la camioneta, yo iba manejando, mi esposo al lado…. no vimos nada extraño.”

Era una noche clara, despejada, cálida.

La doctora sube por avenida Flamingos y luego enfila rumbo a Rancho Grande, donde una patrulla estatal se le empareja. El conductor le hace señas con la mano, pero antes de que Gloria pueda entenderlas, el vehículo oficial se aleja. “No nos dijo que algo pasaba. No nos cerró el paso. No hizo sonar su sirena o nos echó las luces. Nada. Nos dejaron avanzar… y a mi se me hizo fácil.”

Ya en la calle Rancho Grande, “comencé a oír tronidos, como cuetes… le dije a mi marido que subiera las ventanas, porque, de pronto, tuve miedo… nos dimos cuenta que eran balas cuando estallaron los vidrios de la camioneta, empecé a sentir impactos que provenían de todos lados, de atrás, de adelante, como si estuviéramos en medio de un fuego cruzado. Aceleré, me aferré al volante y aceleré, sentía caliente la espalda y un segundo después me había estampado contra un muro… ahí fue cuando me di cuenta de que eran militares los que nos rodeaban.”

La puerta del conductor se abre y Gloria cae al suelo, un impacto le ha perforado el homóplato. “¡Somos civiles!”, grita, mientras intenta incorporarse. Un militar fija a la mujer en su mirilla, a varios metros de distancia. “¡Mátala! –grita un superior– ¡Mátala!”. El soldado dispara y ella ve pasar la bala junto a su mejilla.

Queda pasmada, le ordenan tirarse al suelo pero no reacciona. La perrita ladra desaforadamente, hasta que otro soldado se aproxima y le pega un tiro. Gloria reacciona, despierta, y vuelve a la camioneta.

“Me incorporé para ayudar a mi hijo, pero cuando me acerqué… lo vi… estaba despedazado, tenía 26 años… se llamaba Gerardo.

En Culiacán, Sinaloa, una mujer encara a un soldado, luego de que restringieran el acceso a una zona donde minutos antes se registró un enfrentamiento con presuntos criminales.

“Luego traté de llegar al otro lado de la camioneta, para ayudar a mi esposo, pero los militares no me dejaron, me bloquearon el paso, así que tuve que arrastrarme por debajo de la camioneta… me llevé la piel de la espalda con los fierros torcidos y calientes, pero cuando llegué junto a mi marido, para darle primeros auxilios, ya se había broncoaspirado con su propia sangre… Cuando llegué a su lado, ya estaba muerto.”

Los militares aseguraron el perímetro. A Gloria la alejaron de su hijo y su esposo, la obligaron a permanecer bocabajo, sobre el pavimento, a un costado de la camioneta, con una bala alojada en la espalda, por más de cuatro horas.

Las detonaciones siguen a la distancia. Caleta se encuentra tomada por el Ejército y así permanecerá hasta el amanecer, tras un enfrentamiento con sicarios descubiertos en una casa de seguridad de la zona.

 

Septiembre 10, 2011

“Fueron momentos de mucho dolor e injusticia –dice Gloria, con la voz apagada, dando la espalda al mar–, muchas horas sin poder ponerme en pie, con los cuerpos de Gerardo y de Ramón a unos metros de mí, siempre entre disparos y amenazas…

“Pero, ¿saben algo? Creo que yo me equivoqué: yo tengo ya una colección de cartas pidiendo ayuda a todas las autoridades posibles, pero esas cartas las hice mal, están huecas, no huelen a nada… Y yo tendría que haberlas escrito sobre los pedazos de piel que se me desprendieron del cuerpo, por las heridas de bala… y debí escribirlas con la sangre de mi hijo y de mi esposo… Tal vez así las autoridades sientan mi dolor, mi desesperanza… Tal vez así pudieran oler, igual que yo lo hice, el olor de la muerte.

 

Epílogo

Aquella noche de junio de 2009, 16 presuntos sicarios fueron abatidos por soldados en distintos enfrentamientos en Caleta, en los que también murieron dos militares, uno de los cuales, el capitan segundo Germán Parra Salgado, había sido vinculado con los grupos paramilitares chiapanecos que perpetraron la masacre de Acteal, en diciembre de 1997.

La PGR se tomó dos años para devolver su camioneta a Gloria, quien antes tuvo que emprender un juicio para recuperar el vehículo, aunque, cuando finalmente lo ganó, “la camioneta había sido totalmente desvalijada.”

Por el asesinato de Gerardo y Ramón, hasta la fecha, nadie ha respondido.

Según el informe que la semana pasada presentó el Movimiento por la Paz ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, elementos del Ejército Mexicano perpetraron 13% de los 129 homicidios reportados por deudos durante su primera Caravana del Consuelo, realizada en junio pasado; además, otro 8% de los asesinatos fue atribuido a policías federales, estatales y municipales.

 

Saldo Caravana al Norte

Saldo Caravana al Norte


 

Carnada humana

“Sí, me disfracé de muchas cosas… –habla Margarita– y así logré llegar a lo más bajo… así pude recorrer lo más oscuro… buscando, buscándola…

“Y sí, le pagué a soldados, y le pagué a policías, y le pagué a agentes ministeriales para que me dieran la información que yo buscaba. Fueron ellos los que me lo sugirieron, ellos mismos me dijeron que si no lo hacía yo, no lo haría nadie… Y seguí su consejo, ¿a quién podía acudir yo para que me brindaran ayuda? Aquí no hay nadie que te ayude… Incluso, he llegado a preguntarme si ¿tendría yo que hacer justicia por propia mano? Quisiera que me respondieran, porque si es así…”

 

Abril 13, 2011

Yhajaira tiene 19 años y está casada con José, teniente de infantería adscrito al cuarto batallón de Fuerzas Especiales, en la ciudad de Oaxaca.

“Ella se dedica a su hogar –dice Margarita, su madre–, ella es una joven tranquila, feliz por haber vuelto a Oaxaca, luego de radicar en Sonora, donde su esposo estuvo destacamentado.”

La pareja tiene un mes y medio en su nueva casa, alquilada en una colonia de bajos recursos de Tlacolula, donde las rentas son menores que en la capital oaxaqueña.

Es una casa pequeña, de interés social, pero bonita, recién construida.

De aquí se la llevaron.

“Fueron cuatro sujetos con armas largas –dice Margarita–. Los vio un vecino.”

Ese mismo día, la madre y el esposo de Yhajaira denunciaron la desaparición forzada primero en la procuraduría estatal, luego ante las autoridades militares, y también ante la PGR. “No se hizo nada… ellos mismos me dijeron que, como no tenían idea de dónde podría estar, lo mejor era que yo investigara por mi cuenta… ‘Usted sírvanos de gancho’, me dijo el general Carlos Murillo, ‘usted sea nuestra carnada'”.

Y así lo hizo.

Una semana después, pagando informantes e infiltrándose en puntos de prostitución, Margarita logró ubicar dos centros de operación pertenecientes a una red de tratantes de mujeres, “principalmente niñas”, en los que mantenían secuestradas a 103 adolescentes y jóvenes, de México, Centro y Sudamérica. Uno de estos sitios, destaca la mujer, se ubicaba justo enfrente del Cuarto Batallón, casualmente.

“Yo entré ahí, disfrazada. Me hice pasar por acompañante de unos militares, a los que les pagué para que me ayudaran a ingresar y ser testigo, con mis propios ojos, de lo que ahí sucedía: las muchachitas estaban ‘almacenadas’ en una bodega, desde donde las mandaban traer a la casa de citas, y ahí las entregaban a los clientes, en su propia mesa…”

Eran niñas de entre 13 y 19 años, eran centroamericanas, oaxaqueñas “y también muchachas del norte”.

Margarita entregó esta información el 19 de abril a todas las autoridades con las que había trabado contacto, con la esperanza de que entre las víctimas pudiera ser rescatada Yhajaira, “pero no hicieron nada… aunque era un delito flagrante, lo que obligaba al gobierno a actuar de inmediato, las Procuradurías estatal y federal se tomaron cinco meses para catear esos lugares. Y, por supuesto, cuando ingresaron ya no encontraron nada… ¡eran 103 niñas secuestradas! ¡Ahí estaban! –Margarita se toma un segundo para contener la rabia– Yo tenía la esperanza de que ahí estuviera mi hija, pero si no era así, habría sido muy importante rescatar a esas niñas. Me imagino, por eso, que muchísimas madres están igual que yo, buscando…”

 

Madre de una adolescente argentina secuestrada en Vercruz.//FOTO: Cuartoscuro

Junio, 2011

“Yo había visto ya que una Hummer nos seguía, desde días atrás… se mantenía a prudente distancia, pero ahí estaba, siempre cerca. Mis investigaciones estaban profundizando más de lo que esperaban… fue en la misma procuraduría y en la región militar donde me sugirieron que pagara informantes, pero luego no les gustó todo lo que mis informantes me estaban revelando. Y es que hay muchos funcionarios involucrados en la trata de mujeres en Oaxaca.”

Esta vez, sin embargo, “la Hummer comenzó a acercarse cada vez más, hasta que pudimos distinguir que dentro venían varios hombres con armas largas”.

Aprovechando un instante en el que lograron tomar distancia de sus persecutores, Margarita descendió del vehículo en el que viajaba y se alejó, hasta que uno más de sus colaboradores logró encontrarla y, oculta en la cajuela de otro auto, la mujer escapar de la ciudad de Oaxaca.

“Posteriormente –revela la madre de Yhajaira–, pudimos ubicar esa misma Hummer en la Ciudad Judicial del estado (sede del Poder Judicial), y en la zona militar…”

Margarita considera su vida bajo amenaza. Incluso, reveló, logró identificar a varios funcionarios policiales que, tras su fuga del estado, intentaron hacerla volver, con el pretexto de que debía rendir una declaración. “Pero luego investigué quiénes eran esos policías que me requerían y resultó que todos tenían antecedentes penales, había uno que incluso había estado diez veces en la cárcel… cuando pedí una explicación oficial sobre la participación de estos funcionarios en las pesquisas sobre la desaparición de mi hija, curiosamente, todos fueron removidos del cargo. ¡Pero ese no fue un castigo, sino una forma de protegerlos!”

Y hace un mes, recuerda, fueron los militares los que intentaron forzarla a volver a Oaxaca, “ahora para reconocer el cadáver de una muchacha que aseguran es mi hija… es un cuerpo sin cabeza y con cinco meses de descomposición.”

Margarita debe contener nuevamente la cólera.

“¿Cómo esperan –se pregunta–, que un cuerpo en esas condiciones pueda ser reconocido? Es un cuerpo que encontraron en abril mismo y sólo cinco meses después me dicen que es mi hija… están muy seguros, pero, hasta la fecha, no han podido entregarme los análisis genéticos… ¿para qué me quieren ahí? ¿Cuál es su imperiosa necesidad de que vuelva a Oaxaca, de que entre a sus dominios?”

 

Octubre 14, 2011

Margarita aguarda al pie del Castillo de Chapultepec, donde aún permanece el presidente Felipe Calderón, tras reunirse con representantes de víctimas de la violencia en México, como Javier Sicilia, Isabel Miranda o Alejandro Martí. Ella, sin embargo, no tuvo acceso.

“No nos dejaron entrar –se lamenta–. Nos tuvieron peor que perros: en el Sol, detrás de una reja, con el piso para sentarnos… luego se condolieron y nos dejaron tiradas en el suelo unas botellas de agua… así tratan a los que buscamos a nuestros hijos…”

Según el informe del Movimiento por la Paz, en las dos caravanas realizadas este año con el objetivo de enlazar a todas las víctimas de la guerra contra el crimen organizado, fueron reportados 237 casos de desaparición forzada (sin contar los secuestros extorsivos en los que la víctima no fue recuperada).

De éstos, 121 casos se registraron en los estados del norte y 116 en estados del sur mexicano, siendo Guerrero el que más denuncias acumula, con 67 desapariciones.

En Oaxaca, además, la activista Teresa Ulloa, directora regional para América y Caribe de la Coalición Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas, denunció en mayo pasado que opera una red de trata que, cada año, secuestra a cerca de 500 mujeres y 150 menores de edad para explotarlas sexualmente.

Índice de abusos, Caravana Norte

Índice de abusos, Caravana Norte

 

Muerte desnuda

“Nosotros no tenemos precio. No queremos el dinero con el que han querido comprarnos”, se escucha a Janeth, cuya voz y lágrimas retumban en los muros del palacio de gobierno en Veracruz, a través de altoparlantes, aunque Javier Duarte, el mandatario estatal, no se encuentra ahí para escucharla, es ya demasiado noche y las calles del puerto han dejado de ser seguras. “Nosotros –aclara–, vamos a darles una lección de dignidad a todos ellos.”

 

Junio 17, 2011

“Mi papá trabajaba toda la semana y cada sábado nos hablábamos por radio para ponernos de acuerdo y vernos –narra la joven–, él era mecánico diessel en una empresa…

Esa vez, sin embargo, al trabar comunicación, su voz sonaba distinta, de hecho, no era él quien hablaba del otro lado de la línea, sino un desconocido, alguien que estaba en posesión de su radiolocalizador.

“Después de cuestionar a este sujeto –recuerda Janeth–, nos dijo la verdad: mi papá estaba en la morgue de Veracruz…”

 

La versión policiaca

Según la Procuraduría veracruzana, Joaquín y su compañero de trabajo Tito Landa fueron interceptados junto con otros nueve sujetos, a bordo de una camioneta negra, en la que surcaban la carretera Xalapa-Veracruz, portando armas largas.

Reconstruyendo las distintas versiones proporcionadas a la familia, Joaquín, Tito y sus nueve supuestos cómplices conducían sin cuidado (y desnudos) a lo largo de la carretera, aún a sabiendas de que habrían de pasar junto a un cuartel militar. No obstante, en vez de actuar con prudencia, los sicarios, según las autoridades, abrieron fuego cuando se cruzaron con los militares apostados en las instalaciones castrenses de El Encero, aunque, mágicamente, las balas dieron vuelta en U e impactaron en las mismas personas que las habían disparado. El saldo: 11 presuntos sicarios muertos y ningún militar herido.

Un día después, el gobernador Duarte afirmó que estos acontecimientos no respondían a una realidad “de inseguridad, sino al contrario: es de seguridad. El de El Encero fue un operativo del Ejército y la SSP, que desarticularon una célula delincuencial que operaba en esta región del estado”.

Cabe destacar que este enfrentamiento efectivamente ocurrió, lo que no queda del todo clara es la participación de Joaquín y Tito.

 

La versión familiar

Inconformes con la explicación de las autoridades veracruzanas, los hijos de ambos trabajadores emprendieron su propia indagatoria, concluyendo que los cuerpos de los dos padres de familia fueron arrojados, junto con los nueve presuntos sicarios abatidos en el Encero, en una zanja a un costado de la barda perimetral de dicho cuartel, en el que está apostado el 63 Batallón de Infantería del Ejército Mexicano.

Un día antes del enfrentamiento, no obstante, compañeros de trabajo vieron salir a Joaquín y a Tito con rumbo a Xalapa, con la encomienda de cobrar la nómina de los empleados. Iban a bordo de una camioneta blanca (no negra, como la de los sicarios) y, además, iban completamente vestidos, no en calzones y zapatos, como según las autoridades se hallaban cuando fueron abatidos.

Además de diversos orificios de bala, incluidos tiros en la frente, ambos cuerpos presentaban huellas de tortura, los ojos morados, la nariz hinchada y la boca reventada a golpes, además de lesiones en extremidades. Además de que el dinero de la nómina nunca fue hallado.

“Tenían muchos raspones, como si hubieran sido arrastrados… Nos los entregaron desnudos, sólo con su ropa interior y sus zapatos. Nos dijeron que esas eran todas las pertenencias que traían consigo… Me dijeron que mi papá era un delincuente que había salido de la camioneta disparando un cuerno de chivo.”

Y, efectivamente, las pruebas periciales señalan que tanto Tito como Joaquín habían detonado armas de fuego. Sin embargo, destaca Janeth, “en las fechas en que supuestamente se practicaron dichas pruebas, ambos cuerpos ya estaban enterrados”… Ergo…

Y, además, si Joaquín no usaba ropa al momento de enfrentar a los militares… ¿dónde guardaba el radiolocalizador que rescataron las autoridades, aquel con el que solía comunicarse con sus hijos cada semana, religiosamente, para poder verlos? ¿En la correa del cuerno de chivo?

Desde entonces, las autoridades han evitado aclarar las incongruencias en la versión difundida sobre la muerte de Joaquín y Tito. Sin embargo, advirtió Duarte, un día después, “estos operativos van a continuar, es la convicción del gobierno, para salvaguardar la paz, la tranquilidad y la armonía de la sociedad. En Veracruz –remató– no hay lugar para la delincuencia y menos para la impunidad…”

Cabe destacar que, según las estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de los 26 asesinatos registrados en enero, Veracruz pasó a 42 en septiembre, por lo que, tan sólo en los primeros nueve meses del año, dicha entidad ha registrado 374 homicidios dolosos… en 162 de los cuales se emplearon armas de fuego para cometer el crimen.

 

Aquí puedes consultar y descargar el Informe del Movimiento por la Paz ante la Comisión Internacional de Derechos Humanos

Informe_Sicilia

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