Esclavos del narco: Migrantes, la presa de caza
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Esclavos del narco: Migrantes, la presa de caza

Una investigación hecha por cuatro medios latinoamericanos, entre ellos Animal Político, de cómo el narco hace que personas con distintos perfiles, desde niños hasta adultos, y profesionales, trabajen para ellos a la fuerza.
Por Paris Martínez
31 de octubre, 2012
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Insight Crime  presenta un especial realizado por cuatro medios latinoamericanos sobre crimen organizado y derechos humanos. El primer especial fue sobre desplazamiento forzado en México, Colombia, Guatemala y El Salvador.

Este segundo, que hoy te presentamos, es sobre esclavos del narco. Los hombres, mujeres, niños y profesionales que se convirtieron en trabajadores forzados para grupos delictivos.

Animal Político realizó una investigación en los estados de la República donde este problema se ha presentado de manera frecuente y te presenta los datos, las historias y testimonios de aquellos a quienes les fue arrebatado algún ser querido para trabajar para el narco.

Es julio e Irwin acaba de cumplir 20 años hace unos días. Lo celebró cruzando de Guatemala a México. Irwin es hondureño, taekwondoín desde la adolescencia y cursó los primeros meses de la carrera de administración, hasta que la imposibilidad de hallar un empleo lo orilló a dejar los estudios; decidió entonces partir hacia Estados Unidos.

Irwin camina hacia la central camionera de Tenosique, Tabasco, que es, junto con Chiapas, la puerta de entrada de los centroamericanos indocumentados a la geografía mexicana. Explora la posibilidad de burlar los retenes de Migración, tomando rutas de transporte local, pero lo persuade la presencia de un puesto de la Migra a unos metros de la salida carretera. Observa de lejos la línea de asfalto y enciende un cigarro.

Ésta es la segunda ocasión que toma el camino, luego de que fue deportado de Estados Unidos a finales de 2011, tras permanecer poco más de un año en Nueva Orleans. Como aquella primera vez, Irwin viene con las bolsas vacías, pero ahora le preocupa reunir dinero y estar, así, en condiciones de pagar su “cruce” a los grupos criminales que controlan la frontera norte y de los que ya fue víctima en su primer intento.

“Cuando uno no tiene para pagar –advierte–, vienen los de los cárteles, Los Zetas o El Golfo, o cualquier otro, y le dicen a uno: ‘Ah, ¿no tienes dinero para que te dejemos pasar? Entonces tienes que llevar 20 kilos de mota, o 10 de coca, desde la frontera hasta Houston’ o a la ciudad de Estados Unidos que ellos digan…”

Irwin fue usado como morralero, “así le dicen cuando te obligan a cruzar la droga por la frontera.”

–¿Y si te niegas?

Irwin suelta una carcajada.

–¡Pues te secuestran o te matan! –responde– Y yo lo que hice fue aceptar, si no, ¿pa’ dónde se hace uno? Si no aceptas, igual te va a ir mal. Y entonces uno se va a Estados Unidos arriesgándose a que lo agarren con la droga, y que lo manden a uno preso cinco, diez años, pero uno se arriesga… El que no arriesga no gana… –remata, sin triunfalismos– Entregué la droga donde me dijeron y me les fui a la chingada, me les escapé…

Irwin aplasta la colilla contra el asfalto de la carretera. En diez días ha cruzado de Honduras a Guatemala y, estando ya en territorio mexicano, es consciente de que lo peor del camino apenas empieza. Sabe que caer presa de “La Maña”, como él y otros nombran al conjunto de mafias que operan en el país, implica no ser más dueño de ti, de tu destino.

Más que secuestros

“La esclavitud ya no es como en el siglo XVIII”, explica la hermana Leticia Gutiérrez, directora de la Pastoral de la Movilidad Humana, la más amplia red de atención a migrantes en México, compuesta por 54 albergues y comedores que la Iglesia católica tiene repartidos a lo largo del país, y que intentan brindar, en la medida de sus capacidades, atención humanitaria a los 150 mil centroamericanos que cada año se internan en territorio nacional, con miras a llegar a Estados Unidos.

Se trata de una mujer joven y sonriente, en cuyo pecho pende una pequeña cruz cóncava, bella por la sencillez con la que fue tallada sobre un trozo de madera.

“Me parece –abunda– que la realidad mexicana y el contexto social mundial dan mucha tela de dónde cortar para hablar en este momento de esclavitud. Por ejemplo, en el caso de los migrantes secuestrados por el crimen organizado (entre 30 y 60 mil en los últimos tres años, según cálculos de grupos civiles), hay un control agresivo, violento, psicológico, físico y territorial contra la víctima. Y ese sometimiento va más allá de mantenerlos retenidos o ponerles grilletes mientras pagan por ellos.”

Además de ser privados de la libertad y torturados, destaca la religiosa, “una de las denuncias que encontramos recurrentemente, al hablar con migrantes que han sido raptados por las mafias, y sobrevivido, es que durante su cautiverio se les da un uso. Por ejemplo, los llevan a casas en donde hay entre 200 y 400 personas cautivas; fincas, quintas, haciendas, espacios grandes donde los ponen a trabajar para construir o reconstruir la casa, a realizar labores de albañilería o remodelación, siempre vigilados; además, a las mujeres las obligan preparar la comida para el grupo, así como a acostarse con los captores.”

Y en otros casos, añade, los migrantes cautivos son empleados directamente en la comisión de delitos. “Algunos son obligados a cruzar droga a Estados Unidos, o a involucrarse en otras actividades criminales mediante amenaza, mediante coacción.”

Estas prácticas, concluye, no deben verse como secuestros típicos, ya que “estos son abusos que conforman otras violencias dentro del delito de secuestro, que luego de una ardua lucha y denuncia han logrado, incluso, tipificarse penalmente, como ocurre con el trabajo forzado y la trata de personas con fines de explotación, que son términos que deben citarse explícitamente, y que nos hablan de esclavitud”.

Sicarios

El involucramiento por coacción en el trasiego fronterizo de drogas, señala Alfredo Díaz Barrera, cónsul general de El Salvador en México, es una práctica común a la que se ven sometidos los migrantes y, como muestra, narra el caso más reciente que ha llegado hasta su oficina. “Me llegó el testimonio de una persona salvadoreña, que fue capturada junto con un grupo mayor de centroamericanos poco antes de llegar a la frontera norte. A ellos se les acercaron los delincuentes y les dijeron: ‘Nosotros les ofrecemos trabajo, y va a consistir en cargar durante cierto tramo algo que les vamos a dar; el que no quiera sólo tiene que dar un paso al frente’. Dos personas –continúa el cónsul– dan el paso al frente y en ese instante las ejecutan, para luego preguntar al resto: ‘¿Alguien más no quiere trabajar para nosotros?”.

Y esto es así, expone, porque las rutas de los migrantes centroamericanos están sobrepuestas a las del narcotráfico y el contrabando, y es ahí, subraya, “donde se han desarrollado las formas más abyectas de esclavitud, las formas más bestiales de servidumbre y explotación, laboral y sexual, cometidas contra personas cuya vulnerabilidad es casi absoluta y llevadas a cabo con una impunidad increíble”.

Lamentablemente, señala el diplomático, es imposible cuantificar con precisión el número de víctimas, ya que la mayor parte de los casos no son denunciados, por el temor de los afectados a que las autoridades mexicanas terminen deportándolos.

Pero el trabajo de morraleros no es el único destino para aquellos migrantes cooptados por el hampa, explica, por su parte, el padre Pedro Pantoja, asesor episcopal en materia de migración y pionero en la defensa de los centroamericanos indocumentados en México, asentado actualmente en Coahuila, punto donde la vía que viene del sur se trifurca hacia los estados fronterizos de Tamaulipas, Nuevo León y Chihuahua, y en el que fundó la Posada del Migrante Belén.

Pantoja es un hombre alto, de gesto duro y voz suave, en cuyas arrugas faciales bien encajan lo mismo la alegría que la ira. Habla sin perder la cordialidad, aunque tampoco oculta la desesperación. “Son muchas las formas que emplean los delincuentes para trabajar la carne, la mercancía del migrante… aquí, en Coahuila, hemos visto que una de las formas en que los aprovechan, por ejemplo, es promoviéndolos como sicarios… tenemos testimonios de migrantes jóvenes que han sido forzados a trabajar como sicarios.”

Es la historia de C.M., quien aguarda al borde de los rieles, en la estación Lechería, a un costado de la Ciudad de México, punto nodal de la ruta ferroviaria donde se cruzan las vías que vienen de los cuatro puntos cardinales del país. Es un nicaragüense sonriente, cuyo brazo derecho apenas se recupera del tirón sufrido al intentar asirse de un vagón en movimiento.

C.M. ha sido deportado cinco veces de Estados Unidos, ésta será, “con suerte”, la sexta y última vez que llegue, “y ojalá que no me vuelvan a sacar”. En su primer viaje, fue raptado en la estación Orizaba, de Veracruz y, al no tener dinero ni familiares que pudieran pagar su rescate, narra, “fui reclutado”.

“Estuve como un mes y 15 días en un lugar grande, cerrado –narra, en la veloz dicción de los nicaragüenses–, al día me daban de comer tres tortillas, una cucharada de arroz, o de frijoles, o de huevo, y un vasito de agua, nada más, era sólo como para que no nos muriéramos de hambre.”

En ese lugar, recuerda, permaneció cautivo con 38 jóvenes más. “Había dos o tres mexicanos, pero la mayoría eran centroamericanos, como secuestrados… Así estuve, recibiendo cátedras, para aprender a desarmar un rifle EG-3, un R-15, un cuerno de chivo.”

Y en ese mes y medio, reconoce C.M., su único compañero fue el miedo. “Yo era el nuevo, y los otros (secuestrados) ya se tenían confianza, así que conmigo jodían, me molestaban, decían que me iba a escapar, ‘tú eres un contra’, me decían, un contrario, así siempre era conmigo, pero siempre estábamos todos con un temor: que llegara El Coma, el Comandante, y nos matara a todos… siempre con un temor, pero llegó el día en que pude salir de ahí, y me fui sin saber nunca para quién trabajaba, no supe en realidad el grupo ni a quién chingados servía eso”.

Las esclavas

En el caso particular de las mujeres migrantes que son raptadas en su camino al norte, señala la titular de la Pastoral de la Movilidad Humana en México, éstas son obligadas a preparar la comida para el grupo de cautivos, así como a ser esclavas sexuales de los delincuentes que las retienen, “y ésos son abusos que las víctimas describen de manera reiterada, que conforman otras violencias dentro del delito de secuestro, y que luego de una ardua lucha y denuncia han logrado ser tipificadas penalmente, como ocurre con el trabajo forzado y la trata de personas con fines de explotación”.

Esa es la experiencia sufrida por Ilse, hondureña de 23 años que se internó en México en mayo pasado, acompañada por dos primos. Junto a ellos, Ilse creía estar segura, sin embargo, cuando en Tabasco fue atacado el tren en que viajaban de polizones, sus dos familiares varones salieron huyendo despavoridos y abandonaron a su suerte a esta joven de piel morena, enormes pestañas recargadas de rímel y párpados manchados de azul.

“Vinieron unos muchachos e hicieron disparos al aire –narra, con voz enronquecida, una semana después de su liberación–; todos los que veníamos en el tren nos bajamos y ellos nos agarraron. Eran seis muchachos que nos llevaron a un rancho, en el poblado de Independencia; eran cinco mexicanos y un hondureño… me pusieron la pistola en la cabeza y me dijeron que si no les daba un número de teléfono (para exigir el rescate) me iban a matar.”

Ésta se trata de la segunda vez que Ilse es raptada por una banda del crimen organizado en su intento por reunirse con su familia en Estados Unidos y, en su primer cautiverio, fue agredida sexualmente por sus captores, revela el pasante de abogado que realiza sus prácticas profesionales en la Casa-Refugio para Migrantes La 72, de Tabasco, quien registró su testimonio.

En esta segunda ocasión, abunda el pasante, Ilse fue insultada, amenazada, pateada, golpeada con la cacha de una pistola y obligada a beber agua de un charco, además de que su familia debió enviar a los plagiarios 10 mil dólares, a cambio de su vida.

Al ser cuestionada si, además de golpes, durante este segundo secuestro hubo otro tipo de abusos que quisiera denunciar, Ilse mira fijamente a su interlocutor, con frialdad, medita una respuesta por unos segundos y, cuando está a punto de iniciar, desiste. “No –murmura, con desconfianza–, así está bien…”.

Y a las labores domésticas y el sometimiento sexual, abunda la hermana Leticia Gutiérrez, se suma la participación en delitos. “Hay víctimas varones que fueron enganchados por mujeres que los abordaron en centrales de autobuses, y que con engaños los llevaron a casas de seguridad, donde fueron retenidos… y los mismos secuestrados dicen que para ellas no había opción, porque tenían amenazadas a sus familias, los delincuentes sabían cuáles eran los pueblos de origen de estas mujeres y, dado que estas redes criminales son trasnacionales y mantienen un diálogo entre sus distintas plazas, ellas saben bien que una amenaza formulada en Tijuana puede ser cumplida en El Salvador al día siguiente”.

La espiral de violencia en que las víctimas capturadas por el crimen organizado se ven envueltas, se prolonga a extremos inhumanos, añade el padre Pantoja. “Tenemos testimonios de mujeres jóvenes que han sido forzadas a trabajar hasta como verdugos –explica el religioso–; es común que las mujeres que sobreviven al cautiverio narren cómo fueron otras mujeres, también centroamericanas, las que las golpeaban para que dieran información, y que al preguntarles ellas por qué lo hacían, la respuesta era: ‘si no lo hago, me matan a mí’…”

La negación

Cuando se captura a una persona y se dispone de su destino, para que de ella sea lo que el sojuzgador guste, como convertirla en sirviente, someterla a trabajos forzosos, e incluso venderla, cederla, desecharla, maltratarla o matarla, se configura un caso de esclavitud, según la definición vigente de la ONU, a la que México se adhirió desde 1934.

Con esta definición como base, explica Alberto Xicoténcatl, director de la asociación civil Frontera con Justicia, la captura, sistemática y continuada, de miles de centroamericanos en trayecto a Estados Unidos, es el primer rasgo que permite reconocer a ésta como una situación de “esclavismo”.

“El crimen organizado –explica el defensor de derechos humanos– ha asumido a esta población como presas de caza; para ellos, los migrantes se convierten en una mercancía por la que obtendrán una ganancia”, independientemente de las formas de explotación física de las que son sujetos, y el valor en el que tasan la vida de cada uno, afirma, “actualmente es de 3 mil dólares, por lo menos”, logrando así, al cabo de un trienio, ganancias superiores a los 50 millones de dólares.

“El secuestro de migrantes por parte del crimen organizado adquirió ya proporciones de tragedia humanitaria –subraya–, se trata de una práctica delictiva sistemática y continuada, que las autoridades no quisieron reconocer sino hasta que la masacre de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas (agosto de 2010), volvió imposible que continuaran negando la existencia de este problema.”

El reconocimiento de esta práctica generalizada, sin embargo, va de más a menos: mientras las agrupaciones civiles dedicadas a la atención de migrantes han registrado alrededor de 60 mil secuestros en el último trienio, la Comisión Nacional de Derechos Humanos logró documentar 21 mil casos. El gobierno mexicano, por su parte, niega la veracidad de tales datos y afirma que entre enero de 2008 y abril de 2010 sólo hubo 393 migrantes víctimas de secuestro.

No obstante, el mismo informe, sin embargo, presenta datos que se contradicen, pues asegura que en los últimos cuatro meses del periodo analizado, el Ejército liberó a 515 centroamericanos privados de la libertad por el crimen organizado, es decir, 122 más de las que el gobierno presentó como cifra total de víctimas.

Complicidad oficial

Poco después de la masacre de migrantes raptados en San Fernando, fray Tomás González llegó a Tenosique, Tabasco, donde además de encabezar las labores pastorales, fundó el Hogar-Refugio La 72, nombrado así en homenaje a las víctimas de aquella matanza.

“Nosotros no hemos tenido mucho tiempo para analizar la evolución de las estrategias de crimen –platica el franciscano, teniendo de fondo un óleo que muestra a Jesús, con características fisonómicas mayas, clavado a una cruz de grecas–, nosotros teníamos un río de sangre al cual era urgente poner un dique, llegaban los migrantes a denunciar secuestros, asaltos, violaciones sexuales, y también extorsiones de los distintos cuerpos de seguridad, desde la Policía Municipal, hasta el Ejército Mexicano, pasando por la Policía Federal, la Procuraduría General de la República y el Instituto Nacional de Migración (INM)…. Y ese dique era la denuncia pública y ante las autoridades, aún estando infiltradas”.

–¿Cuál es el grado de complicidad entre funcionarios y crimen organizado, en materia migratoria? –se le pregunta.

–Es tanta que, por ejemplo, el año pasado nosotros detectamos una red de trata de mujeres centroamericanas, que era dirigida ni más ni menos que por el entonces delegado regional de Migración, Jorge Luis Mendoza Cruz, quien sometía a explotación sexual a jovencitas que enganchaba con la promesa de expedirles permisos de internamiento en el país.

Actualmente, este ex funcionario enfrenta proceso en prisión por la violación de una hondureña de 14 años, a la que sus cómplices extrajeron del mismo refugio de Fray Tomás y, destaca el fraile, antes de que el Mendoza Cruz fuera aprehendido, “en el Instituto Nacional de Migración hicieron de todo para encubrirlo, incluso lo movieron de Tenosique y lo pusieron al frente del órgano de control en Tabasco, para que él fuera su propio juez… hoy está preso”.

Por ello, admite, con frialdad: “No somos ingenuos, esto no hay quien lo pare. Parece una maldición el ser centroamericano, una maldición ser pobre, pues te conviertes en la mejor mercancía para el crimen organizado.”

Sin embargo, destaca este hombre moreno, vigoroso, así como ha florecido la estrategia de la delincuencia en contra de los migrantes, también han florecido en todo el país los refugios para protegerlos; y son albergues donde no sólo reciben agua, comida y hospedaje, sino donde se defienden sus derechos humanos, donde se pelea por una migración sin violencia.

“Nosotros no queremos que deje de haber migrantes –concluye–, nuestra meta final no es detener el flujo migratorio; de hecho, nuestra meta final es que deje de haber refugios para ellos, que desaparezcan todos los refugios, en el entendido de que vamos a llegar a una migración libre, no forzada, en donde las personas que van en el camino nos sean presa de nadie… sé que esto es una utopía, más en las circunstancias en las que está México, pero esa es la apuesta”.

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El poco conocido virus que aumentó en niños durante la pandemia de COVID

Un virus estacional que normalmente afecta a los bebés antes de los 2 años ahora está aumentando de manera drástica, con un comportamiento inusual.
15 de septiembre, 2021
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A principios de 2021, el personal del Hospital Infantil Maimónides en Brooklyn, Nueva York, comenzaba a sentir una cautelosa sensación de alivio.

Los casos de Covid-19 en la ciudad estaban cayendo.

Como efecto secundario del distanciamiento social, el uso de mascarillas y el lavado de manos, también habían visto muchas menos otras infecciones virales, como la gripe.

Pero luego, en marzo, comenzó a llegar un número creciente de niños y bebés con tos, algunos de ellos con dificultades parar respirar.

Eran pacientes contagiados del virus respiratorio sincitial (VRS, también conocido como RSV, por sus siglas en inglés), una infección común durante el invierno que puede causar problemas pulmonares.

En esta época del año, los casos de VRS deberían estar disminuyendo. En cambio, el número de contagios se estaba elevando.

Durante los meses siguientes, el aumento repentino e inesperado de VRS en esta época del año comenzó a notarse en lugares tan lejanos como el sur de EE.UU., Suiza, Japón o Reino Unido.

El extraño comportamiento del virus parece ser una consecuencia indirecta de la pandemia de covid-19, dicen los médicos.

Aumento repentino

En 2020, los confinamientos y las medidas de higiene suprimieron la propagación del coronavirus, pero también de otros virus como el VRS.

Como resultado de estas medidas, los niños no tuvieron la oportunidad de desarrollar inmunidad contra virus como el VRS.

Una vez que se relajaron las medidas, el VRS encontró una gran cantidad de bebés y niños susceptibles a la infección, lo que provocó drásticos aumentos de contagios en momentos inusuales.

Lo que comúnmente era un virus bastante predecible, ahora tenía la capacidad de tomar por sorpresa a hospitales y familias en cualquier época del año.

VRS

Getty
El VRS por lo general causa una enfermedad leve, pero puede generar complicaciones.

Estos brotes inesperados llevaron a las salas de algunos hospitales al límite, pusieron a las familias en alerta y mostraron cuán profundamente el covid-19, y las medidas para evitar su propagación, habían trastocado el mundo.

Para los trabajadores de la salud, la experiencia fue dramática.

“Nuestra unidad de cuidados intensivos volvió a verse desbordada, esta vez no con casos de covid, sino con otro virus”, recuerda Rabia Agha, directora de la División de Enfermedades Infecciosas Pediátricas del Hospital Infantil Maimónides.

En el punto máximo del brote, a principios de abril, la mayoría de los niños ingresados en la UCI eran pacientes de VRS.

En otras partes del mundo, el virus se extendió en poblaciones de niños pequeños que durante meses habían estado protegidos de enfermedades infecciosas, pero ahora estaban repentinamente expuestos a ellas.

“Nos tomó por sorpresa. Sabíamos que era algo a lo que había que estar atentos, pero no pensamos que serían tantos“, dice Christoph Berger, jefe del Departamento de Enfermedades Infecciosas y Epidemiología Hospitalaria del Hospital Infantil Universitario de Zúrich, Suiza.

En ese centro, los casos de VRS por lo general alcanzan su punto máximo en enero, y rondan el cero en los meses de verano, de junio a agosto.

Este año no hubo casos en invierno. En cambio, comenzaron a aumentar abruptamente en junio, luego se dispararon a 183 infecciones en julio, más que en temporadas de invierno anteriores.

Un menor en una camilla de hospital.

Getty Images

“Estábamos llenos, todas las camas estaban ocupadas, y eso es un desafío”, recuerda Berger sobre el punto álgido del brote en julio.

Su hospital tuvo que trasladar bebés y niños con VRS a otros hospitales que aún tenían espacio. Varios otros hospitales suizos tuvieron que hacer lo mismo.

Durante el verano en Suiza, el VRS significó un problema mayor que el coronavirus.

“Casi no tuvimos casos de covid durante ese período”, dice Berger.

Los pocos niños que llegaron al hospital con covid se recuperaron relativamente rápido. “Aquellos con RSV se quedaron más tiempo”, dice.

Tratamiento

Una infección por VRS no es en sí misma un motivo de alarma.

Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU., la mayoría de los niños habrá tenido VRS a la edad de 2 años.

Para casi todos ellos será una enfermedad similar a un resfriado, con secreción nasal y tos, y se recuperarán por sí mismos.

Pero en algunos bebés y niños pequeños, el VRS puede causar bronquiolitis, una inflamación de las partes inferiores del pulmón.

También pueden tener dificultades para respirar y alimentarse.

Médico atendiendo a una niña.

Getty Images

Aproximadamente entre el 1% y el 2% de los bebés menores de 6 meses con VRS deben ser trasladados al hospital y recibir oxígeno adicional a través de una máscara, o tubos en la nariz para ayudarlos a recuperarse.

Algunos también pueden requerir una sonda de alimentación. Con ese tratamiento, la mayoría mejorará en unos pocos días.

Antes de la pandemia de coronavirus, los hospitales se preparaban de forma rutinaria para los aumentos repentinos del VRS antes del invierno.

Los pacientes con mayor riesgo, como los bebés prematuros y aquellos con problemas pulmonares y cardíacos, pueden protegerse con palivizumab, una inyección de anticuerpos que ayuda a combatir el virus.

La inyección debe administrarse todos los meses durante los meses en los que el VRS está activo, otra razón por la que prepararse para el aumento de casos es tan crucial.

Saltarse una temporada

La pandemia ha interrumpido el ritmo estacional del VRS y su papel en el desarrollo habitual de la inmunidad de los niños.

“Con las medidas que teníamos para el covid, la gente no se reunía, no viajaba y eran cuidadosos con el distanciamiento y el uso de la mascarilla”, dice Agha.

“Eso realmente ayudó a mantener a raya al covid y a todos los demás virus. Por lo tanto, fue como saltarse una temporada de VRS. Y si te saltas una temporada, no estás produciendo anticuerpos contra el virus, y las madres tampoco están produciendo anticuerpos que luego pueden transmitir a sus bebés”.

Como resultado, esos bebés pueden ser particularmente vulnerables al VRS cuando el mundo se vuelva a abrir.

Los datos de diferentes países respaldan la idea de una brecha de inmunidad causada por una temporada sin VRS.

“El mayor aumento relativo de casos se da en niños de un año, que ‘perdieron’ una temporada de VRS durante el otoño-invierno pasado”, explicaron funcionarios de la oficina de Salud Pública de Inglaterra en un correo electrónico a la BBC, refiriéndose al aumento repentino de casos en algunas partes de Inglaterra durante el verano.

Saltarse una temporada aumenta el grupo de bebés y niños vulnerables, ya que incluye a los que estuvieron protegidos durante el invierno, así como a los nacidos desde entonces.

Eso puede hacer que las oleadas virales sean más fuertes.

En Tokio, los investigadores han informado del mayor aumento anual de casos de VRS desde que comenzó el monitoreo en 2003.

Sus datos sugieren que la acumulación de personas vulnerables durante la pandemia puede haber contribuido al brote inusualmente grande de este año.

Preguntas sin respuesta

Otros aspectos del nuevo panorama viral aún no están claros.

Uno de ellos es por qué el VRS resurgió una vez que se relajaron las medidas contra el covid, pero no ocurrió lo mismo con la gripe, que se ha mantenido bastante moderada.

El patrón del aumento repentino de VRS también ha variado de un país a otro.

Agha y su equipo en Brooklyn observaron que su aumento fue inusualmente severo, afectando a niños mucho más pequeños de lo habitual y enviando una mayor proporción a cuidados intensivos.

En Australia, en cambio, afectó a un grupo de mayor edad que antes.

Una menor con asistencia para respirar.

Getty Images
Otros aspectos del nuevo panorama viral aún no están claros.

Berger dice que los brotes de verano en Suiza no habían sido más severos que las típicas oleadas virales de invierno.

Una gran pregunta es qué significa este nuevo patrón para los próximos meses.

Un aumento repentino de casos durante el verano no significa necesariamente que no habrá más casos en el invierno. Y en algunas áreas, los casos solo están comenzando a aumentar ahora, a principios de otoño.

“El VRS, y la bronquiolitis que causa es definitivamente el aspecto clave para el cual los hospitales infantiles se están planificando“, dice Sophia Varadkar, subdirectora médica y neuróloga pediatra del Hospital Infantil de Great Ormond Street, en Londres.

En ese hospital, los casos han comenzado a aumentar y esperan más en las próximas semanas.

Para quienes atienden bebés, el VRS puede ser una preocupación mayor que el covid-19, advierte Varadkar.

“El covid para los niños, en general, no fue una enfermedad significativa. No hizo que muchos niños se sintieran realmente mal”.

“El VRS es una enfermedad potencialmente mayor, a muchos más niños, y definitivamente sabemos que puede hacer que esos bebés se sientan mal”, señala.

Medidas de cuidado

Con la reapertura de las escuelas, los virus, incluido el VRS, tendrán más oportunidades de propagarse.

Pero el comportamiento de los adultos puede ser aún más crucial.

En Suiza, las guarderías y las instalaciones de juego permanecieron abiertas durante todo el invierno y los niños pequeños no usaban mascarillas.

Casi ningún niño contrajo infecciones virales como el VRS y la gripe ese invierno, presumiblemente porque las medidas de higiene de los adultos ayudaron a protegerlos.

“La gente siempre dice que los niños infectan a los adultos, pero si lo piensas, ese no fue el caso en absoluto aquí, fue al revés”, apunta Berger.

“Cuando los adultos y los niños mayores usan mascarillas, mantienen el distanciamiento social y se lavan las manos, no vemos ni gripe ni VRS. Y cuando relajan esas medidas, el virus circula nuevamente y más niños pequeños terminan en el hospital”.

Incluso después de la oleada de verano, su hospital permanece en guardia. “No tengo idea de cómo continuará esto, y si esos fueron todos los casos, o si veremos otra ola en invierno, no lo sé”, dice Berger.

Lavarse las manos y mantener a los bebés vulnerables alejados de las personas con secreción nasal y tos puede ayudar a evitar la propagar de la infección.

También puede aplanar el punto álgido de una epidemia de VRS, garantizando que los hospitales tengan la capacidad de cuidar a todos los niños que necesiten ayuda.

“Para la mayoría de los niños será una enfermedad leve, podrán ser atendidos por sus padres, solo necesitan cuidado, alimentarse de manera más frecuente, reposo, algo de paracetamol si tienen fiebre, y eso es todo”, dice Varadkar.

Pero si el bebé tiene dificultades para respirar o alimentarse, o si los padres sienten que algo no está bien, deben buscar ayuda, aclara la experta.

Lección para el futuro

En el Hospital Infantil Maimónides en Brooklyn, ha pasado el punto álgido de VRS.

Pero Agha extrae una lección para los hospitales que se adaptan al mundo post covid-19.

“Lo que nos enseñó fue que hay que estar preparados“, destaca. “Estos no son los mismos tiempos que hace dos años: la vida ha cambiado, el mundo ha cambiado y estos virus están evolucionando y comportándose de formas inesperadas”.


Puedes leer la versión original de este artículo en inglés en BBC Future.


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