Narcoislas, un tesoro entre dos océanos
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Narcoislas, un tesoro entre dos océanos

En el negocio del narcotráfico, una isla vale más que mil kilómetros de carretera
29 de septiembre, 2013
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Islas del Narco.

Islas del Narco.

Esconden cocaína, guardan combustible y son paradisíacas. En el negocio del narcotráfico, una isla vale más que mil kilómetros de carretera. En Centroamérica, hay más de 100 mil, y cada año transitan por ellas el 90% de la droga de todo el mundo. Las autoridades han implantado radares que detectan aviones, retenes en todas las carreteras y centenares de controles aduaneros, postales y de envío, pero hay muy poca efectividad en la detección de lanchas rápidas. De Colombia a EEUU, todavía no hay fuerza policial, militar ni de inteligencia capaz de preservarlas vírgenes del tránsito del narco.

Narco Islas. Gráfico: Ricardo Freire/La Estrella.  Da click para agrandar

Narco Islas. Gráfico: Ricardo Freire/La Estrella. Da click para agrandar

COLOMBIA: De San Andrés a Coney Island

Comprar la isla Norman’s Cay, en mitad de las Bahamas, era un sueño que Carlos Lehder tuvo en la cárcel. Así lo bautizó en honor a un pirata inglés del siglo XVI, al que le sirvió de refugio para traficar ron sin saber que sus cuevas serían después el nido del trasiego de cocaína que enriquecería a uno de los principales narcos colombianos. Tanto así que, en los años 80, la isla llegó a ser el punto de partida de tres de cada cuatro toneladas de la droga que se consumía en Estados Unidos.

Ya entonces Lehder cobraba $10.000 dólares a sus amigos del Cartel de Medellín por contratar sus servicios de envío a través de la isla. Cuenta la leyenda que, una vez delatado, y a modo de despedida, el 10 de julio de 1982 Lehder bombardeó Nassau, la capital de Bahamas, lanzando panfletos desde una avioneta en los que se podía leer: “DEA go home” (DEA vete a casa). Algunos de ellos iban acompañados de billetes de $100.

Cuando Lehder comenzó, nunca imaginó que sería tan sencillo utilizar la isla como soporte logístico para sus actividades ilícitas. No fue el primero, ni tampoco el último. Desde entonces, el efecto multiplicador de las narcoislas ha sido feroz: de San Andrés, el principal punto de salida de la droga colombiana, hasta Coney Island, el foco caliente de Nicaragua han replicado el ejemplo. Panamá, Costa Rica, Honduras, Nicaragua y México, lugares de tránsito insular, dan fe de ello. Sin embargo, para las autoridades, estos pequeños enclaves de arena, manglar y playa siguen siendo un punto flaco por el que se cuelan las pulgas.

PANAMÁ: un viaje por el paraíso

De Colombia a Honduras hay más de 580 millas náuticas. La geografía hace posible que no sea necesario para las go-fast penetrar las 12 millas de aguas territoriales panameñas, pero en todo ese espacio, “algún punto de reabastecimiento debe haber”, advierte Ramón Nonato López, comisionado de Operaciones del Servicio Aeronaval (SENAN).

Esta fuerza policial cuenta con ocho bases navales, ocho helicópteros operativos, y 24 embarcaciones que deben repartirse las tareas de detección de pesca ilegal, salvaguarda de las áreas protegidas, búsqueda y rescate y, además, crimen organizado. El gobierno actual prometió instalar 19 radares; 10 en el Pacífico y 9 en el Caribe, pero por ahora no hay ninguno activo. Este equipo es responsable de hacerse cargo de las 1.518 islas que bordean las costas de la geografía panameña: una misión imposible aunque se vanaglorien de haber colocado a Panamá el título de ‘país con más droga decomisada de Centroamérica’.

“Las islas son muy vulnerables; la mayoría están solas”, simplifica Carlos Chavarría, alcalde de Portobelo, en Costa Arriba de Colón, una de las zonas de mayor actividad. En lo que va de año se han incautado 14 toneladas de cocaína; el 80% de las operaciones se han dado gracias a información filtrada. Sin embargo, Nico, sentado en un tronco tumbado de la playa de Cuango, en la Costa Arriba, explica tranquilo: “Aquí, al sapo se le mata”.

Él lo ha hecho en cinco ocasiones. Ha esperado una llamada durante todo un día, ha elegido una isla, y después ha salido al mar a buscar el maná llegado del cielo. Al caer la noche se prepara junto a otros dos. No lleva nada; sólo una chaqueta para el frío. Un GPS los guía hasta un punto ‘x’ en mitad del mar, y allí hacen su trabajo. Apenas intercambian palabras, la droga pasa de un bote a otro, y después tardan 2 horas en recorrer lo que para ir les ha tomado 15 minutos. Llegan a la isla seleccionada y entierran la droga en un hueco que han cavado dos días antes. Los manglares son el lugar perfecto: vacíos y con tierra blanda. Al cabo de unos días, cinco o seis, realizan la misma operación, pero a la inversa. “Somos lo que llaman mulas”, explica Nico. Por cada viaje cobran $5,000 dólares. Por un mes trabajando en el kiosko del pueblo, diez veces menos.

Las islas ni siquiera son suyas; muchas veces no son de nadie. Pero hubo una época dorada donde los narcos eran los propios dueños de las islas. Rayo Montaño tenía tres; ‘las tres marías’. A él y a Urrego se las decomisaron y las convirtieron en bases aeronavales de las autoridades panameñas, aprovechando toda la infraestructura que ya estaba armada.

Un paraíso de 365 islas

Benito sólo es una mula en Gunayala, pero también tiene su propia isla, en la que celebra las mismas fastuosas fiestas de narco de los ochenta que aparecen en las novelas. En esta comarca indígena hay una isla por cada día del año, aunque sólo 47 están habitadas.

Los locales, indígenas gunas, no cultivan coca, ni producen su droga, ni siquiera la transportan. Pero una buena parte de los habitantes vive de ella. Se han visto beneficiados por la geografía; aquella tierra que los conquistadores les usurparon, hoy es la envidia de los piratas modernos, los que buscan un lugar donde esconderla, enfriarla o esquivar a la policía. Las islas de Gunayala se han convertido en un enclave imprescindible para el narcotráfico; aisladas de la vigilancia perpetua de la policía y rodeadas de unos pobladores ávidos de pescar las migajas que dejan a su paso.

Hace 16 años, la comarca fue declarada zona de pobreza extrema. En aquel entonces un kilo de cocaína costaba de $100 a $150 dólares, y estas islas ya comenzaban a formar parte del circuito de la droga en Centroamérica. Hoy las autoridades hablan de que hay un stock de billetes de $100 dólares que no pueden gastar ni canjear fuera de la comarca sin que la sospecha pese sobre ellos. Trato de entrevistar a un guna que supuestamente se dedica a transportar droga dentro de la comarca, pero me pide $6.000 dólares para darme la entrevista.

No manejan cifras pequeñas, como tampoco es poca la droga que las autoridades han decomisado en la zona. Aunque no poseen la cifra exacta, el comisionado Nonato López advierte que es la zona “más caliente” de la parte insular de Panamá.

En una lancha rápida se puede llegar fácilmente desde Puerto Obaldía, en la frontera con Colombia, hasta Cartí, el extremo norte de Gunayala, en menos de ocho horas. Lleno de ríos e islas deshabitadas, Gunayala se posiciona como un enclave estratégico para ocultarse durante el día, enfriar la droga en sus manglares, o simplemente repostar gasolina.

Ayer, las autoridades de fronteras que custodian la comarca decomisaron una lancha con dos personas y diez bultos de droga, de entre 25 y 30 kilos cada uno. En menos de 24 horas, los pescadores de la zona se preparan para ‘pescar’ los otros que debieron haber tirado al mar; la droga negra. Después, otras mulas de la Costa Arriba, a menos de una hora en lancha rápida, vienen a por ella y se la compran.

En 2013, el SENAN y el SENAFRONT han decomisado 20 lanchas; seis de ellas no portaban droga, pero estaban dirigidas por inmigrantes sin documentación alguna que les identificara; dejan de ser potenciales casos de narcotráfico para convertirse en meros procesos de inmigración ilegal, por lo que no se investigan, explica el comisionado.

En toda la historia del narcotráfico, Panamá sólo ha detectado un submarino en sus aguas nacionales, y lo hizo porque Costa Rica venía persiguiéndolo y le pasó el dato. El exfiscal antidroga, Rosendo Miranda, cuenta que el narcotráfico tiene solución, pero si se detuviera toda la droga que transita por las islas panameñas se paralizaría el país. “¿O cómo crees que se explican estos rascacielos, y que el país haya crecido a un ritmo del 10%?”.

HONDURAS: Las islas de la Bahía 

Más que turismo de playa

Habían ocultado los 31 fardos entre unas maderas desvencijadas. Llevaban tres días acosados por los operativos que la Fuerza Naval hondureña estaba realizando en  La Mosquitia, en el Caribe, para encontrar los 775 kilos de cocaína que habían llegado a Caratasca. Las pistas apuntaban a los hermanos Kork Anderson y Antonino Oscarealis Wrist Lucas, originarios de Roatán, enclave principal de las Islas de la Bahía.

Habían ocultado la lancha  de dos motores, cada uno de 200 caballos de fuerza y 25 pies de largo en Cayos Vivorillo, una zona marítima con muchos islotes que los narcotraficantes usan para ocultarse. Llevaban, por si acaso, unos ocho barriles de combustible. Ellos, también por si acaso, no portaban documentos.

“Fue un operativo intenso de búsqueda que logró buenos resultados”, dijo el ministro de Defensa, Marlon Pascua, que informó que la droga sería traslada a Islas de la Bahía, al norte de Honduras, y luego a Estados Unidos. Pero Pascua sabe que lo más probable es que los hermanos queden en libertad y sin cargos. Él mismo reconoce que “normalmente estas personas son puestas en libertad por malos procedimientos”.

Al igual que en Panamá, los Cayos Vivorillo, con escasa vigilancia policial y militar, son un punto obligado del tránsito caribeño de la droga. En la zona hay más de diez cayos, islotes y bancos de arena ubicados en la provincia de Gracias a Dios, fronteriza con Nicaragua.

Por Honduras pasa el 79% de la cocaína que llega a México desde Sudamérica, según las autoridades. En los últimos meses los narcotraficantes han cambiado sus rutas  para introducir drogas a Honduras para luego trasladarla a Estados Unidos. Aquí se forma lo que el Departamento de Estado de EEUU conoce como el triángulo de la droga.

La ruta costera esparce las vías de acceso marítimas, y dentro de Honduras no descartan la existencia de minicarteles de la droga en Roatán (la isla más grande), Útila y Guanaja, en el Mar Caribe; y al sur con Nicaragua. Honduras ha pasado de ser puente de los narcos, a constituirse en un depósito de la droga.

Bajo el pretexto de promover el turismo, las Islas de la Bahía se han quedado sin dueño. La presencia policial se convierte en ausencia, y gran parte del tráfico de droga que viene por las rutas marítimas, desemboca en ellas sin sufrir ningún tipo de acoso como sucede en otras zonas.

En estas tres islas está concentrado el 90% de la flota pesquera hondureña, según fuentes oficiales. Los pescadores han aprendido a canjear en alta mar los mariscos y langostas que pescan por la droga que viene de Colombia, particularmente de las islas de San Andrés.

Según analistas, los pescadores regresan a las Islas de la Bahía sin el producto pescado, pero con mucha droga. Esta droga empieza a ser utilizada como moneda de pago. En la medida que la droga se utilice para pagar en especie los servicios del traficante local, se producen esos flujos pequeños, pero a la vez importantes, de droga que circula dentro del territorio nacional, estimulando el consumo local.

El esquema es similar a otros países de la región: una zona desatendida, una población olvidada y agitada por la pobreza, y un mercado turístico muy interesante. De acuerdo con el CEINCO, el Centro de información de las Fuerzas Armadas, en La Mosquitia la mayor parte de la población apoya, participa y encubre esta actividad. Pero las autoridades no pueden criminalizar la pobreza.

La compra de tierras es el siguiente síntoma. Con pasaporte colombiano, algunos sospechosos de narcotráfico están comprando propiedades en los departamentos de Gracias a Dios, Colón y en toda la zona del litoral atlántico hondureño. Hasta las agencias de bienes raíces norteamericanas promueven la venta de propiedades en las playas de las Islas de la Bahía sin ningún control por parte de las autoridades sobre el origen de los dineros de quienes las adquieren.

BELICE: territorio de Zetas y Maras

Belice es la visagra. Con islas ubicadas entre los linderos de México y Guatemala, se ha convertido en un nido para el cargamento de drogas y de armas que cruzan parte del Río Hondo, por donde atraviesan diversas islas y cayos conocidos en el sureste del país, donde operan otras células de los carteles mexicanos, como la Organización de los Beltrán Leyva, que ha llevado su influencia a zonas turísticas como Cancún, en Quintana Roo.

Inter-American Dialogue ubica que las mayores operaciones de los carteles se realizan en las selvas del Petén y Los Cayos –una cadena de 450 pequeñas islas coralinas– para traficar droga, personas, armas, maderas y animales exóticos.

La turística isla Cozumel, considerada como uno de los 18 puntos de conexión para el envío de drogas a otras partes del país, es un claro ejemplo. La red de Joaquín Guzmán Loera, conocido como “El Chapo” Guzmán, se encarga de ello.

Rodeado de países con problemas de seguridad, Belice ha visto incrementar su criminalidad como consecuencia del trasiego de la droga; en 2012 registró 146 asesinatos en un país que apenas está habitado por 321.115 personas; lo que se traduce en 44 homicidios por cada 100 mil habitantes. El doble que en México.

MÉXICO: el fin de un viaje y el inicio de otro

En México las costas y las islas se encuentran desprotegidas por las autoridades. Por eso pueden ocurrir sucesos como el encontrar que una isla sea vendida a un exgobernador, que se incendie una isla entera o que sea utilizada por el crimen organizado para cargar y descargar combustible o droga.

El pasado mes de abril la Cámara de Diputados aprobó una ley que permite la compra de terrenos isleños a extranjeros con un amplio limbo jurídico sobre los márgenes legales. El narco mexicano ha sabido aprovechar estos huecos y la falta de personal y de recursos que se invierten en las más de 240 islas que existen en las costas mexicanas. Incluso, algunos lugareños como los de la Laguna de Tamiahua, en Veracruz, aseguran que los narcotraficantes las toman como un espacio para su descanso.

En 6 años, de 2006 a 2012, la Secretaría de Marina realizó un total de 308.195 operaciones navales, en las que participaron 19.070 agentes para custodiar los 11.592 kilómetros de costas en tierra firme e islas que posee el país. Se inspeccionaron 321.266 embarcaciones, se aseguraron 485 y 1.511 infractores fueron detenidos; 615 indocumentados.

Aunque los datos parezcan sustento suficiente de la lucha contra el narcotráfico, la realidad es otra. La Secretaría de Marina presentó un documento ante la Comisión Anticorrupción en el que apuntaba que “los marinos podrían sustraer estupefacientes asegurados para quedarse con una parte; permitir la fuga de personas involucradas en el tráfico ilícito de drogas; o consentir actividades ilícitas que afecten los recursos marítimos nacionales”. De hecho, un documento del área de Inteligencia de la Subsecretaria de Seguridad Pública Federal revela que los traficantes consideran “más seguras las rutas marítimas”.

La falta de protección de estas islas es tal, explica Carmona Lara, que no existe ni siquiera un padrón confiable de ellas.

Cargar y descargar combustible

Durante años, las autoridades ya sean municipales, estatales o incluso federales, no cuentan con la capacidad humana y los medios físicos para dar la vigilancia necesaria, pese a que la Secretaría de Marina junto con las investigaciones desarrolladas en las cortes de Estados Unidos dan cuenta de la utilización de los mares mexicanos para cargar y descargar combustible en zonas que aparentemente se encuentran alejadas de las zonas terrestres.

Raúl Santos Galván, quien fuera vicealmirante de la Secretaría, reconoce que “México es un país con cientos de islas y la Secretaría de la Marina, con los medios a su disposición, hace vigilancia, pero es necesario dotarla de mejores equipos” para combatir a los criminales, pues éstos cuentan con botes cada vez más sofisticados para realizar sus operaciones ilícitas.

El mismo sector pesquero se ha visto afectado por las vedas que se imponen de manera paulatina en la zona del Golfo bajo el argumento de evitar a toda costa el tráfico de drogas. Esta zona es más estrecha y con distancias más cortas, lo que la hace también la más vigilada. Los operativos constantes y el acecho militar revisando todas las embarcaciones han perjudicado a los pescadores que habitan en la zona de Tamiahua, Veracruz, donde la Armada de México y el Ejército detuvieron el flujo económico con la veda impuesta para la recolección del pepino de mar, entre otros.

Pese a todo, el atractivo de la región pacífica es irresistible para el narco. Un paraíso de extenso litoral y poco equipo de vigilancia, hacen el trayecto propicio no solo para la cocaína de Centroamérica, sino también de la pseudoefedrina y otros activadores de drogas sintéticas, con rumbo al norte del país.

Además de evitar la zona del Sur y Sureste, altamente peligrosas por la presencia de “tumbadores” y grupos rivales del crimen organizado, los narcotraficantes mexicanos eligen el Pacífico por una razón inigualable: entre islotes, islas y playas vírgenes, los sitios para esconderse son infinitos. Los kilómetros costeros del Pacífico triplican a los del Atlántico.

Narcotiburones

Quien empezó con esa modalidad fue Pedro Díaz Parada, ‘el Cacacique de Oaxaca’ a quien se le atribuían acciones vía aérea y terrestre. Después empezó con el uso de las lanchas rápidas, las llamaban “los Barracudas”. En 1985 fue detenido y sentenciado a 33 años de prisión.

El ingenio para adentrar droga a México no paraba. Uno de los hallazgos más impresionantes se dio el 17 de junio de 2009, cuando dentro de 20 tiburones se encontró más de una tonelada de coca procedente de Colombia.

De los tiburones pasaron a los submarinos. En Salina Cruz, Oaxaca, se llevó a cabo el decomiso de un sumergible procedente de Colombia con un total de 22 toneladas de cocaína. Era un descubrimiento en el Pacífico. Por el Golfo de México –con trayectos más cortos– era toda una costumbre.

Desafíos entre fronteras

Ante el extenso litoral que se abre de Guatemala a Estados Unidos, la Secretaría de la Marina se ha centrado a custodiar las costas de los estados de Oaxaca –donde se han producido la mayor cantidad de decomisos–; el estado de Guerrero, donde abunda el narcomenudeo, y mantiene una base en el puerto de Manzanillo, aunque con menos lanchas rápidas y más buques guardacostas.

Es ahí, en el paso hacia el norte, donde la droga multiplica su precio, se cobra con sangre y atraviesa las venas abiertas de un país que la demanda de forma incesante. Se produce así la paradoja: el control más férreo es el último, en la frontera con Estados Unidos. Hasta entonces la droga ha transitado a sus anchas, sin más cortapisa que las corrientes de mar y los tumbes policiales. Así se cierra el círculo; droga que sube y dinero que baja.

Un texto de Víctor Manuel Chávez Ogazón (México), Lourdes Ramírez (Honduras), Lilia Saúl (México) e Irene Larraz (Panamá), con información de Octavio Enríquez (Nicaragua).

Fotografía: Eliezer Oses (Panamá)

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Sinovac: la emergencia por la que expertos en Indonesia piden una tercera dosis de esta vacuna china

Desde febrero han muerto al menos 30 médicos y enfermeras que ya habían recibido dos inyecciones de la vacuna china en un país que registra más de 20 mil nuevos contagios al día.
Getty Images
5 de julio, 2021
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Al menos 20 médicos y 10 enfermeras en Indonesia murieron entre febrero y junio de este año, a pesar de estar vacunados con dos dosis contra la COVID-19, según la asociación de los trabajadores de la salud del país.

Los expertos están haciendo ahora un llamado para que estos reciban una tercera dosis de Sinovac (la vacuna china que también se administra en Chile, Uruguay y varios otros países de América Latina), mientras Indonesia lucha contra un aumento en las infecciones impulsado por nuevas variantes.


En la entrada de un centro de vacunación en las afueras de Yakarta, cientos de personas empujan para entrar. Un guardia les dice que tengan paciencia, que adentro no hay espacio.

Menos del 8% de la población(250 millones) de Indonesia ha sido vacunada y con un aumento dramático de casos, impulsado por nuevas variantes como la delta, la gente está desesperada por obtener protección.

Dentro, el alcalde local, Arief Wismamsyah, explica que ha habido un malentendido: deben registrarse antes de acercarse, dice.

Afuera, por un altavoz, los guardias le dicen a la gente que se vaya a la casa… pero nadie se mueve.

“Ningún efecto”

Actualmente Indonesia registra más de 20,000 nuevos casos de COVID-19 por día, aunque los expertos dicen que la cifra es con toda probabilidad mucho mayor, dado que no se hacen suficientes pruebas fuera de la capital, Yakarta.

Multitud frente a un centro de vacunación en Denpasar, Bali, Indonesia, 26 de junio de 2021

Antara/Reuters
Las filas frente a los centros de vacunación son inmensas.

Pero incluso entre los inmunizados hay una creciente preocupación sobre cuánta protección les brindará la vacuna fabricada en China.

De los 949 trabajadores de la salud que murieron por COVID-19 en Indonesia entre febrero y junio, 20 médicos y 10 enfermeras habían recibido ambas dosis de Sinovac.

Los médicos se muestran reacios a hablar públicamente, pero admiten que se sienten muy vulnerables.

Una especialista en pulmones, que prefiere permanecer en el anonimato, es una de las que recibió sus dos dosis.

Después de un mes, dice que se hizo una prueba para verificar el nivel de anticuerpos necesarios para combatir la enfermedad en su cuerpo.

“No tuvo ningún efecto. Esta vacuna no me generó anticuerpos“, le dijo al servicio indonesio de la BBC. “La hice de nuevo un mes después y obtuve los mismos resultados”.

Reconoce que algunos de sus colegas obtuvieron mejores resultados, pero en ella, la vacuna Sinovac tuvo poco o ningún efecto, remarca.

Ensayos

La Sinovac fue aprobada para uso de emergencia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que indicó que los resultados habían mostrado que previno la enfermedad sintomática en el 51% de las personas vacunadas.

También señaló que la vacuna previno los casos graves de COVID-19 y la hospitalización en el 100% de la población estudiada.

Médicos en Indonesia

EPA
Los trabajadores de la salud comenzarón a ser vacunados con Sinovac en enero.

Sinovac Biotech, que fabrica la vacuna, insiste en que dos dosis son suficientes para ofrecer protección contra los casos graves de la enfermedad.

La farmacéutica informó que está realizando ensayos clínicos sobre la eficacia de una tercera inyección y afirma que los primeros resultados son alentadores.

“Después de dos inyecciones, nuestro cuerpo ya ha producido una memoria inmune. En cuanto a en qué casos se necesitará la tercera inyección, hay que darles a los investigadores más tiempo para estudiarlo”, dijo recientemente Yin Weidong, CEO de Sinovac a la Televisión Central de China.

Yin explicó que cuando los voluntarios que habían sido doblemente vacunados con la vacuna Sinovac recibieron una tercera inyección después de tres y seis meses, la respuesta de anticuerpos llegaba a multiplicarse por 10 en una semana y por 20 en 15 días.

El equipo de mitigación de riesgos de la Asociación Médica de Indonesia dice que cree que, en general, cualquier vacuna aprobada por la OMS y las autoridades indonesias está ayudando a reducir el riesgo de COVID-19 grave.

Pero ahora está evaluando si los trabajadores de la salud deberían recibir una dosis adicional.

Debate sobre la tercera dosis

Dicky Budiman, epidemiólogo de la Universidad Griffith, en Australia, se encuentra entre los que apoyan la medida.

“En este momento en el que nos enfrentamos a una ola impulsada por nuevas variantes, es muy urgente que reciban un refuerzo. Es necesario potenciar la efectividad de la vacuna Sinovac y aumentar los anticuerpos frente a variantes como la delta uno”, opina.

Sinovac

EPA
Indonesia confía en la vacuna Sinovac para frentar el avance de la pandemia.

Tri Yunis Miko, epidemiólogo de la Universidad de Indonesia, dice que la eficacia de la vacuna disminuye con el tiempo, y recuerda que han pasado seis meses desde enero, cuando los trabajadores de la salud recibieron sus vacunas en el país.

Pero Windhu Purnomo, profesor de la Universidad de Airlangga, también en Indonesia, se pregunta si tiene algún sentido recibir una tercera dosis.

“Hemos visto varios casos de trabajadores de la salud que murieron y que estaban completamente vacunados. Eso no debería haber sucedido”, dice.

“Si la vacuna Sinovac de hecho no protege a las personas contra nuevas variantes, entonces la administración de terceras dosis no será de utilidad”.

Siti Nadi Tarmizi, portavoz del gobierno de Indonesia para el lanzamiento de la vacuna, dice que están esperando más información.

“En relación a la sugerencia de una tercera dosis de la vacuna, no ha habido publicaciones científicas ni recomendaciones adicionales de la OMS al respecto. Por lo tanto, debemos esperar”, dijo.

“Tenemos nuestro propio equipo de investigación que se encuentra en la tercera fase de un ensayo clínico que analiza la eficacia de la vacuna Sinovac después de dos dosis. Esto nos proporcionará información sobre si necesitamos agregar una tercera inyección de refuerzo”.

“Al borde de una catástrofe”

Indonesia ha tenido el peor brote de COVID-19 del sudeste asiático, con alrededor de 2.1 millones de casos positivos y 57,000 muertes hasta la fecha.

ICU ward for COVID-19 patients at a government-run hospital in Jakarta, 26/06/2021

Reuters
Las nuevas variantes están propiciando un aumento en el número de casos en el país.

El mes pasado, la Cruz Roja de Indonesia describió la situación del país como “al borde de una catástrofe de COVID-19”, con hospitales llenos y suministro de oxígeno a niveles críticamente bajos.

El número de niños que contraen COVID-19 casi se ha triplicado desde mayo, y las muertes infantiles han aumentado drásticamente a medida que el país sufre la ola de infecciones más grave hasta el momento.

El presidente Joko Widodo anunció recientemente que el gobierno administrará la vacuna a niños mayores de 12 años.

Y las autoridades anunciaron un cierre de dos semanas en la isla principal de Java así como en Bali, con el objetivo de reducir a la mitad el número de casos.

Mientras que otras vacunas pueden estar disponibles en Indonesia, como las de AstraZeneca y Sinopharm, la mayoría de las dosis ha sido suministradas por su aliado cercano, China.

Por ello, la realidad es que el gobierno tiene pocas opciones en este momento, aparte de continuar usando Sinovac.


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