¿Para qué sirven los ministerios de la felicidad?
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¿Para qué sirven los ministerios de la felicidad?

La oposición al oficialismo ha descrito que con la creación de esta instancia, el gobierno pretende centralizar la operación de las misiones, uno de los legados más importantes del chavismo, que consiste en alfabetizar y dar atención médica a mujeres y ancianos.
29 de octubre, 2013
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bbc_maduroLa felicidad es, ahora, un asunto de Estado en Venezuela. Y, por consiguiente, también un motivo de riñas entre los venezolanos.

Todo comenzó cuando la semana pasada el presidente Nicolás Maduro anunció la creación del Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo.

Aunque todavía no se han dado muchos detalles del plan, opositores lo calificaron de “ridículo internacional”, de “burla de los venezolanos”. Y el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, dijo: “No tiene nada que ver con las familias que tienen que llorar a sus muertos”.

Por su parte, el oficialismo se defendió. El lunes, el encargado del proyecto, el exdiputado Rafael Ríos, afirmó que las descalificaciones “demuestran estupidez y mala intención”.

Maduro ya había adelantado que el organismo coordinará distintos programas del gobierno, fundamentalmente enfocados en el área social. Y que Ríos tendrá entre sus funciones atender a las personas con discapacidad, a aquellos que viven en las calles, a los ancianos y a los niños.

Pero más allá de los ataques verbales entre los venezolanos a partir de este anuncio, la felicidad es un asunto de Estado en otros países que la han incluido en su agenda de una u otra forma.

Lea también: Maduro crea Viceministerio para la Suprema Felicidad

Para definir políticas públicas
“Durante los últimos años, la felicidad perdió en la academia sus connotaciones de campo para la autoayuda y la superación, y se ha convertido en una rama de la ciencia política y la economía”, le explica a BBC Mundo Ángel Alayón, economista venezolano experto en políticas públicas.

Al fin y al cabo, la felicidad es -para muchos- el único objetivo de la vida.

En 1972, el rey del pequeño país asiático de Bután, Jigme Singye Wangchuck, se inventó el concepto de la Felicidad Nacional Bruta, con el que intentaba basar sus políticas económicas en los valores espirituales del budismo. Y sustituyó el índice del Producto Interno Bruto (PIB).

Con la ayuda de académicos canadienses, Bután diseñó cuatro pilares para garantizar la felicidad de sus habitantes: promocionar el desarrollo sostenible, preservar los valores culturales, conservar la naturaleza y establecer un buen gobierno.

No obstante, el país sigue con profundos problemas de pobreza, falta de educación y desempleo.

Pero 40 años después de la innovación de Singye Wangchuck, algunos gobiernos occidentales desarrollaron encuestas para medir la felicidad según sus propias variables -entre ellas la educación, la salud y los ingresos- y con eso dictar algunas de sus medidas económicas y sociales.

Francia, por ejemplo, con la ayuda de los Premios Nobel Joseph Stiglitz y Amartya Sen diseñó en 2004 un sistema de medición basado en indicadores como poder pagar vacaciones o haber comido lo que se quisiese durante las últimas dos semanas, el cual fue copiado por Reino Unido.

Y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desarrolló un sistema de 24 indicadores en el que el entrevistado puede escoger su propia definición de felicidad.

Cada vez, pues, se estudia y evalúa más la felicidad y se crean más instituciones en busca de garantizarla. El mismo Stiglitz ha dicho que “ha llegado el momento de cambiar el énfasis de la medición de la producción económica y pasar a medir el bienestar de la gente”.

Parte de esta tendencia son los diversos estudios en los que se elaboran listas de los países más felices del mundo.
Uno de ellos es el World Happiness Report, encargado por Naciones Unidas, en el que Suiza, Noruega y Dinamarca figuraron en los tres primeros lugares en 2013.

Otro es el Happy Planet Index, de la consultora británica New Economics Foundation, en el que Costa Rica encabeza la clasificación, Colombia está en tercer lugar y Venezuela en el noveno.

Para organizar misiones

Ahora el gobierno venezolano entra a la discusión sobre la felicidad con su propia oficina, que se añade a la lista de 60 viceministerios y 32 ministerios que componen el Poder Ejecutivo.

“La secretaría pretende incidir en todos aquellos factores que perturban la posibilidad de que las personas sean felices”, afirmó Rafael Ríos, viceministro venezolano de Felicidad.

Muchos creen que sólo servirá para incrementar la burocracia. Y es que, según Alayón, quien dirige el medio crítico del gobierno Prodavinci, “como lo plantearon el Viceministerio solo pretende centralizar la organización de las misiones del gobierno”.

Las misiones son proyectos sociales que buscan alfabetizar al país, dar atención médica y ayudar a las mujeres y ancianos, entre otras cosas.

Y, al ser un ente que controla las misiones, consideradas uno de los legados sociales más importantes del chavismo, “(el gobierno) está tratando de darle contenido a la felicidad”, según le dijo al diario El Universal la socióloga Colette Capriles.

“La felicidad no está solo en recibir cosas”, sostuvo. “(Esto) forma parte de la intención de la revolución de circunscribir la felicidad del venezolano a pertenecer a un programa social”.

Algunos críticos también apuntaron que un viceministerio de la felicidad no es pertinente en un momento de tensión económica y social, con altos índices de inflación, desabastecimiento y violencia.

Pero, para el nuevo viceministro Ríos, la secretaría busca “incidir en todos aquellos factores que perturban la posibilidad de que las personas sean felices”.

Además busca “atender a la población de menos recursos”.

El difunto presidente Hugo Chávez decía con frecuencia que el objetivo del gobierno era lograr la mayor cantidad de felicidad posible.

Era una frase de Simón Bolívar, conocido en Venezuela como el “padre de la patria”, quien dijo en 1819 que el sistema de gobierno más perfecto era aquel que producía la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política.

Con el nuevo viceministerio, Venezuela ya tiene una entidad inspirada en las consignas del Libertador. Ahora, dirán algunos, la pregunta es cómo las alcanzará concretamente.

Contenido relacionado de BBC Mundo:

Como ser feliz

El legado social de Chávez

 

 

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Vacuna contra COVID: por qué algunas dosis acaban en la basura y qué se puede hacer para evitarlo

El mundo vive una carrera por hacerse con las escasas vacunas disponibles contra la COVID. ¿Por qué algunas acaban en la basura o se vacuna a personas no prioritarias?
5 de febrero, 2021
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Enfermeras cargan dosis de la vacuna en Nantes, Francia.

Reuters
Muchos países se enfrentan al reto de administrar las vacunas antes de que se estropeen.

Golpeado por la pandemia de covid, el mundo se enfrentó primero al reto de desarrollar en tiempo récord una vacuna. Ahora, al de distribuirla a escala planetaria sin malgastar una sola de las preciadas dosis.

Con la oferta de vacunas disponibles lejos aún de cubrir la ingente demanda mundial, los gobiernos han establecido rigurosos planes de vacunación que establecen los colectivos que deben ser vacunados primero: generalmente, personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores de los servicios de salud.

Sin embargo, no han tardado en aparecer las noticias de personas no pertenecientes a estos grupos prioritarios que recibían la vacuna, o, algo más sorprendente aún, de dosis que acababan en el cubo de la basura.

En la ciudad de Trelew, en la Patagonia argentina, la prensa local informó de que hubo que desechar 140 dosis de la vacuna rusa Sputnik-V porque se había roto la cadena de frío en su conservación.

En España, el general al mando de las Fuerzas Armadas tuvo que dimitir después de que se hiciera público que había recibido la vacuna, pese a que algunos de sus colaboradores les dijeron a los medios españoles que lo había hecho precisamente para evitar que se echaran a perder las dosis sobrantes en su departamento tras vacunar a las personas prioritarias.

En México, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, condenó por “inmoral” al médico que vacunó a dos familiares después de un error en el sistema de citas del hospital en el que trabaja.

Son solo algunos ejemplos de noticias que han provocado malestar y críticas en muchos países cuando la mayoría de la gente sigue a la espera y en muchos casos aún sujeta a distintos grados de confinamiento.

El desafío de optimizar las vacunas

Lo cierto es que los sanitarios se pueden ver a veces ante un incómodo dilema, ya que las vacunas requieren condiciones especiales de conservación y, en algunos casos, sobre todo en pequeñas localidades o lugares alejados, no pueden cumplirse a rajatabla los estrictos criterios fijados por los gobiernos.

La vacuna fabricada por Pfizer, por ejemplo, debe conservarse a temperaturas muy bajas y, una vez descongelada, ha de usarse antes de 5 días.

La Sputnik-V se comercializa en ampollas de cinco dosis, por lo que si se quiere evitar malgastar ninguna, debe haber un número igual de pacientes listos para recibir el pinchazo.

Una profesional de la salud recibe la vacuna en un hospital de Ciudad Juárez, México.

Reuters
Los trabajadores sanitarios figuran entre los colectivos prioritarios en la mayoría de países.

Como explicó en conversación con BBC Mundo el doctor Pablo Bonvehí, jefe de la sección Infectología y Control de Infecciones del CEMIC, un centro de investigación médica de Buenos Aires, “la prioridad es no desperdiciar la vacuna“.

“Una campaña de vacunación, y más una como esta, es siempre un gran desafío de ingeniería”, indica el experto. Y no siempre es posible acomodar la disponibilidad de vacunas con el número de pacientes dispuestos a ponérsela, su disponibilidad para acercarse a los centros de vacunación a recibirla y las necesidades de espacio para mantener la distancia social en ellos.

A esto se suma el problema de los pacientes que no acuden a las citas programadas, sea porque no pueden desplazarse o porque, como los seguidores del movimiento antivacunas, rechazan la inmunización o desconfían de los gobiernos y los fabricantes de medicamentos.

¿Qué hacer entonces con la dosis sobrante cuando ya se ha cubierto el cupo de pacientes prioritarios agendados para el día?

Contenedores de residuos sanitarios en Manchester, Inglaterra.

Getty Images
En algunos países ya ha habido noticias de vacunas que acaban en la basura.

En Estados Unidos ya ha habido centros sanitarios que han empezado a convocar por la emisora de emergencias a los paramédicos que quieran vacunarse una vez cubierto el cupo diario para evitar que se echen a perder las dosis sobrantes.

Y un equipo médico del estado de Oregón que quedó atrapado en una congestión de tráfico comenzó a vacunar a otros automovilistas retenidos ante la imposibilidad de volver a refrigerar a tiempo las dosis que llevaban consigo.

Mejor en un brazo que en el cubo de la basura

Ante la emergencia sanitaria global, los centros médicos a nivel local se enfrentan al desafío de vacunar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, conservando adecuadamente las vacunas y priorizando a los grupos de población de riesgo establecidos por las autoridades nacionales.

En esa tarea titánica, han encontrado una inesperada colaboración en los grupos de espontáneos que hacen fila junto a las clínicas y los centros de vacunación a la espera de que se les administre alguna de las dosis no utilizadas, una imagen cada vez más frecuente en Estados Unidos y en Israel, el país que lidera la frenética carrera global por la vacunación.

“A todas las dificultades se suma la de la incertidumbre acerca de las dosis que se van recibir y cuándo”, señala el doctor Bonvehí.

Para los dispensarios locales se complica aún más llevar una planificación adecuada de la vacunación ya que en muchos casos los gobiernos tampoco han podido ofrecer un calendario claro de vacunación y son ellos quienes centralizan la adquisición de los medicamentos.

Un hombre carga una bombona de oxígeno en Manaos, Brasil.

Reuters
América Latina es una de las regiones más golpeadas por la pandemia y muchos países aún no han podido comenzar a vacunar.

Para los países de renta media, como la mayoría de los de América Latina, que se encuentran detrás de los más ricos en la lista de espera global por recibir la vacuna en la cantidad y con la regularidad suficientes, hacer un uso óptimo de las que llegan se hace más crítico si cabe.

Bonvehí propone que “en las citas se llame a pacientes suplentes, para que, si alguien no se presenta, no haya que desperdiciar ninguna dosis”.

Y la Organización Mundial de la Salud ha pedido que los países más prósperos, que han comprado muchas más dosis de las necesarias para vacunar a toda su población, envíen las que no usen a los países en desarrollo.

Todo, porque, como le dijo Amesh Adalja, especialista en enfermedades infecciosas de la Johns Hopkins University, a la cadena NPR, “una vacuna en un brazo siempre va a ser mejor que una vacuna en el cubo de la basura”.


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