Luvianos exige paz en medio de un clima de miedo
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Luvianos exige paz en medio de un clima de miedo

Más de 500 vecinos marchan silenciosamente con globos blancos para acompañar a la familia que dirige la radio comunitaria y cuyo hijo fue asesinado el sábado. Exigen paz, aunque no se atreven a levantar la voz; tienen pánico de ser las próximas víctimas de una disputa por el territorio.
Por Majo Siscar
5 de agosto, 2014
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“¿Cuánto más tiene que pasar para que los gobiernos se den cuenta?”, clama desesperado Indalecio Benítez mientras echan tierra al cuerpo de su hijo de 12 años. Una mezcla de dolor, coraje e impotencia amasa el cemento con el que se sella la lápida que guardará al pequeño. Alrededor de 500 personas se han congregado para despedirlo. Entre llantos y aplausos echan a volar varios centenares de globos blancos con la palabra PAZ.

“Les va un doble agradecimiento, porque sabemos que es difícil salir a acompañarnos cuando son muertes de este tipo, paz ya por favor”, grita Benítez. Sus vecinos asienten callados, solo una mujer, otra madre indignada, se atreve a levantar la voz: “Yo le pido a todo el pueblo que nos unamos, que marchemos, que vayamos a ver al gobernador”. Nadie más se atreve a alzar la voz. No saben quién los ve. Al terminar se apuran a retirarse. Hay que regresar a casa antes de que anochezca y reinen los mañosos.

Juan Diego Benítez es una de las últimas víctimas de una guerra silenciada que acecha el sur del Estado de México, la zona limítrofe con Guerrero y Michoacán, parte de la supraregión de Tierra Caliente que abarca territorio de estas tres entidades. Zona de siembra y de tráfico de enervantes, la región estuvo durante cinco años bajo el control del cártel de La Familia. La llegada de la Secretaria de Marina, quienes establecieron una base en Luvianos, descabezó a esta organización criminal pero la fractura abrió paso a nuevas facciones que ahora se disputan violentamente la región.

Además de los enfrentamientos entre grupos, las detenciones y muertes por parte de las fuerzas federales, se han multiplicado las extorsiones, secuestros y asesinatos a la población desarmada. “Mi única arma es la radio comunitaria”, alega Indalecio. Desde ella intenta poner su grano de arena al municipio. Ayer lunes, día del sepelio de Juan Diego, en el periódico regional una de las notas principales era la aparición de una familia completa acribillada en la localidad de Amatepec. Los vecinos no habían escuchado nada, narraba el rotativo.

“Aquí en Luvianos, hace unos meses también mataron a toda a una familia, hasta a los gatos y los perros”, cuenta una lugareña. “Vivimos una situación muy difícil, que el gobierno baje a vernos porque ve! Hoy ha sido insólito, tanta gente, pero todo el pueblo está con miedo a salir”, explica la mujer que animaba a sus paisanos a movilizarse junto a Indalecio y que llamaremos Eva. En la iglesia tuvieron que poner sillas de plástico porque abarrotaron las bancas. Al paso de la comitiva fúnebre la gente salía a en solidaridad, pero nadie se atreve a dar una declaración ante una grabadora, a poner su cara o su nombre.

A Eva le secuestraron un familiar hace poco más de dos meses. Se lo regresaron después de pagar extorsión pero decidieron autoexiliarse un rato. Ahora apenas volvieron al municipio pero al reabrir la cenaduría que maneja, un grupo de hombres armados llegó a levantar a un joven que allí comía. “¿Y qué puede hacer una sola?”, se pregunta. Ni siquiera llegaron encapuchados. Se saben tan impunes que hasta extorsionan, secuestran y asesinan a cara descubierta, mientras la Secretaría de Marina patrulla y mantiene una base en la cabecera municipal.

“Ni la Marina ni el Ejército hacen nada, mira, los mañosos van por una calle y ellos se meten por la de al lado”, cuenta un vecino que también prefiere quedarse en el anonimato. Los levantones, golpizas y asesinatos empiezan a desfilar por conversaciones en voz baja. “La semana pasada agarraron a una pareja que no tenía nada que ver, la muchacha regresó toda golpeada y el muchacho no ha aparecido”, cuenta otro. “Hace unos días destazaron a dos que eran del otro grupo, les cortaron las extremidades vivos, antes de matarlos”, añade un tercero que asegura que vio el informe médico.

En ese clima de pánico, la casa de los Benítez se queda sola después de tres días de velorio. Indalecio Benítez ha recibido llamadas de la Fiscalía de Protección a los Periodistas y de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, pero nadie se apersona. La Policía Federal vino a tomar pruebas, pero no les brindan seguridad. En la calle no hay alumbrado y al caer la noche, los pocos vehículos que transitan se vuelven sospechosos.

“Estamos solos, no hay seguridad, hoy ya no hay casi gente. Y nadie nos resguarda, pero a la vez, el Ministerio Público me manda citar a Toluca mañana. ¿Cómo me voy a ir? Si aquí no puedo cuidar ni a mi familia, afuera no tengo quién me cuide”, espeta Benítez.

En los pocos kilómetros de desvío que separan Luvianos de la carretera que sigue a Bejucos, había ayer, día del sepelio, al menos siete hombres con pinta de halcones. Ahora, hasta los sicarios usan taxis para delinquir. Los cuatro que llegaron la noche del viernes a sábado a la radio comunitaria y casa de Indalecio lo hicieron un taxi. Fue desde el taxi desde donde dispararon.

La inseguridad se suma a los sentimientos de culpa de cualquier padre. Él además sabe que enterró a su hijo, pero iban por él. No puede quitarse de la cabeza que si él hubiera salido del carro tal vez no hubieran matado a su hijo. Ante eso, no se resigna a claudicar.

“Seguiremos con la radio, yo siempre los he encarado de frente, aquí no decimos nada contra ellos, pero tampoco es su espacio, es una radio del pueblo, para todos, sin partidos, sin sexo”. Aunque él no conduzca el micrófono, ayer mismo la emisión duró hasta las 8pm y hoy reinicia temprano.

“Mi hijo no se pudo haber ido en vano, algo hizo que yo permaneciera aquí y vamos a hacer algo, no con violencia, porque yo la detesto, pero vamos a pensarlo bien porque algo tenemos que hacer para parar eso”, repite. “No sé quién fue, ni porqué, pero aquí hay una guerra y los que la van ganando ahora agarran a población inocente que, si les trabajaste en algún momento a los otros, como era aquí, así, voluntariamente a huevo, van por ti”.

Mientras tanto, reclama medidas cautelares para que no vuelvan por él ni por nadie más de su familia.

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Quiénes eran las Panteras Negras, el grupo radical de los años 60 en EU que aún tiene integrantes en prisión

La Corte Suprema de Nueva Jersey anunció esta semana que otorgaba la libertad condicional a Sundiata Acoli, el exintegrante de las Panteras Negras de mayor edad que aún queda en la cárcel. El grupo de izquierda reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense en los 60.
15 de mayo, 2022
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Por casi medio siglo, ha vivido detrás de la rejas en una prisión de Nueva Jersey. Ahora, a sus 85 años, volverá a respirar la libertad.

La Corte Suprema de ese estado anunció esta semana que decidió liberar a Sundiata Acoli, el exintegrante de mayor edad de las Panteras Negras que aún queda en la cárcel. Se trata del controvertido grupo de izquierda que reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense a finales de 1960.

Acoli era elegible para libertad condicional desde hace 29 años, pero cada vez que sus abogados la solicitaron, se le negó.

Fue considerado sistemáticamente una “amenaza pública”, pese a que su salud, los años y diversos reportes médicos y psiquiátricos sugerían lo contrario.

Lo habían condenado a cadena perpetua en 1974, luego de un extraño incidente un año antes en el que un policía terminó muerto.

Acoli viajaba con Assata y Malik Shakur, otros dos integrantes de las Panteras Negras, cuando dos oficiales pararon el carro para una inspección rutinaria en la autopista de peaje de Nueva Jersey: llevaban una luz rota.

Lo que siguió después nunca ha quedado claro: hubo un tiroteo, Malik y un policía murieron, Acoli y otro agente resultaron heridos.

Acoli y Assata huyeron, pero fueron detenidos pocos días después y condenados a pasar el resto de su vida tras las rejas.

En una de las fugas más memorables de las cárceles de Estados Unidos, Assata logró escapar y se refugió años después en Cuba, donde se cree que todavía vive (sigue aún en la lista de los más buscados del FBI).

Acoli ha pasado su vida en la cárcel, pero no es el único.

Al menos 12 miembros del movimiento siguen todavía presos, con condenas que se acercan o superan los 50 años de cárcel.

Sus sentencias son todavía el testimonio de una época controvertida de luchas por los derechos civiles en EU y una muestra de la brechas raciales y sociales de la sociedad en que se generó.

Pero, ¿qué fue este grupo y por qué sigue generando polémica más de medio siglo después?

El partido

Boinas negras y chaquetas de cuero negro, puños cerrados y pistolas en mano… las Panteras Negras crearon su propia moda que era, a la vez, su símbolo.

Propugnaban la autodefensa armada, especialmente contra la policía, y se definían como un “partido socialista” en una época en la que el comunismo era visto como el mayor enemigo de EU.

El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale, quienes se habían hecho conocidos unos años antes por protestar en un acto en California que obvió el legado negro en la colonización del oeste americano.

Huey Newton y Bobby Seale

Getty Images
El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale.

Desde entonces, se habían envuelto en el activismo político pero hubo dos hechos que los llevaron a dar un paso más allá.

En febrero de 1965, fue asesinado el líder de los derechos civiles Malcom X y, un año después, la policía de San Francisco mató a tiros a un adolescente negro desarmado: Matthew Johnson.

Fue entonces cuando decidieron crear el Partido Pantera Negra para la Autodefensa, cuyas principales metas en un inicio eran monitorear las actividades policiales contra las comunidades negras en Oakland y otras ciudades.

Su activismo y carisma muy pronto multiplicaron la popularidad del grupo: del monitoreo pasaron a crear programas sociales, incluyendo desayunos gratuitos para niños o personas con anemia, a la vez que se involucraron en actividades políticas.

En un par de años, las filiales del grupo se habían multiplicado en más de 30 estados.

En su libro Black Against Empire: The History and Politics of the Black Panther Party, Joshua Bloom y Waldo E. Martin estiman que para 1969 ya tenía más de 5 mil miembros y sus ideas eran populares tanto en comunidades pequeñas como en grandes ciudades, desde Los Ángeles y Chicago hasta Nueva York o Filadelfia.

A diferencia de otros grupos por los derechos civiles de los afroaestadounidenses, las Panteras Negras portaban armas y defendían el derecho a la autodefensa con ellas.

Bloom y Martin señalan en su libro que era una respuesta activa ante la violencia policial que vivía la población negra y que buscaba “empoderar a la comunidad negra frente a un sistema racista”.

Sin embargo, su desafío a las autoridades y su uso de armas fue visto como desafiante y en ocasiones se les describía como pandillas o grupos violentos, algo que sus líderes negaban.

El peligro marxista

Las Black Panthers eran parte de un grupo todavía mayor, el llamado Black Power, que defendía el orgullo negro y la unidad por los derechos de las minorías raciales.

Sin embargo, Newton y Seale no se conformaron con la ideología de esa organización y se basaron en el marxismo.

Creían fervientemente en la “lucha de clases” y pensaban que la organización representaba “la batalla de la vanguardia proletaria contra el capitalismo”.

Fueron estas ideas en las que basaron su plataforma política, a la que llamaron Programa de Diez Puntos, en el que pedían, entre otras cosas, el fin inmediato de la brutalidad policial, empleos para los afroestadounidenses y mayor acceso a tierra, vivienda y justicia para todos.

Su cercanía al marxismo, el enfoque nacionalista negro y una serie de actos violentos que cometieron entonces los pusieron en la mira de las autoridades, en especial del Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Edgar Hoover.

El FBI, de hecho, creó un programa secreto de contrainteligencia, COINTELPRO, solo para seguir de cerca a los miembros de las Panteras Negras.

panteras negras

Getty Images

Fue solo el comienzo.

Para 1969, el FBI los declaró una “organización comunista” y “enemiga del gobierno”, y Hoover llegó incluso a considerarlas “una de las mayores amenazas para la seguridad interna de la nación”.

Las rivalidades con la policía

El libro de Joshua Bloom y Waldo E. Martin cuenta cómo la creciente persecución de las autoridades llevó a una rápida radicalización del grupo.

Los enfrentamientos con la policía se hicieron frecuentes y varios agentes murieron en tiroteos que implicaban a las Panteras Negras. El grupo, sin embargo, siempre aseguró que solo usaban las armas como método de autodefensa y que solo respondían a la policía si esta los agredía.

La organización también se volvió un foco de la violencia policial.

En uno de los casos más sonados, en 1969, la policía de Chicago disparó más de 100 tiros a dos miembros del partido que dormían en su apartamento.

panteras negras

Getty Images

Las autoridades aseguraron que había ocurrido un feroz intercambio de disparos, pero luego se demostró que solo una bala provino del arma de uno de miembros del grupo.

En el libro The Black Panther Party , el historiador Charles E. Jones asegura que fue tanta la persecución a la que se vieron sometidos los miembros del grupo que una especie de paranoia colectiva comenzó también a manifestarse entre sus miembros… y a dividirlos.

Esto llevó no solo a numerosas discusiones y temores, sino que hubo también denuncias de que algunas “panteras negras” asesinaron o golpearon a otros del mismo grupo que creían que eran informantes de la policía.

Ciertas partes del movimiento fueron también asociadas con actividades delictivas y una ruptura interna entre sus principales líderes y organizadores pronto los debilitó como fuerza política.

Para mediados de los 70, las Panteras Negras siguieron perdiendo seguidores y popularidad, aunque hicieron esfuerzos por sobrevivir a la debacle, incluyendo crear una rama armada, el Ejército Negro de Liberación.

En las décadas siguientes, el nombre del grupo pasó a quedar como un asunto para investigaciones académicas y libros de historia, mientras algunos de sus principales activistas morían, escapaban a otros países o consumían sus vidas en la cárcel.


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