Desaparecidos en México: la guerra por la verdad (Parte 1)
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Desaparecidos en México: la guerra por la verdad (Parte 1)

Estos son logros reales que ha arrojado la búsqueda de víctimas de desaparición forzada en México. Logros obtenidos por aquellos que, urgidos por amor, han tomado en sus manos las investigaciones sobre el paradero de los miles de desaparecidos que hay en el país. Éste es un vistazo a la guerra por la verdad que hoy libran las víctimas de la violencia en México.
Por Prometeo Lucero
1 de septiembre, 2014
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Foto: @PrometeoLucero.

Foto: @PrometeoLucero.

Araceli busca a su hijo, Luis Ángel, un policía federal secuestrado en 2009 por el crimen organizado asentado en Michoacán, y en esta búsqueda encontró a F…, una muchacha de Guerrero raptada con fines de explotación sexual y que meses después fue abandonada, torturada, moribunda, en un hotel del Estado de México.

Nicomedes busca a su tío, Julio, un guerrillero secuestrado por el Ejército en 1974, en el Estado de México, y en ese camino, a mediados de 2014, logró encontrar a dos insurgentes que cayeron en la sierra de Guerrero, el mismo día en que murió Lucio Cabañas, y cuyos restos permanecieron ocultos los últimos 40 años…

Fernando busca a su hijo, al que dio su mismo nombre, un joven estudiante de ingeniería secuestrado en Tijuana, en 2007, por un grupo de hombres vestidos con uniformes policiacos, que allanó su casa para sacarlo a la fuerza. Y fue al buscar a su hijo, que Fernando halló dos de las fosas clandestinas en las que Santiago Meza, el Pozolero, depositó los restos de al menos 300 personas, cuyos cuerpos había disuelto con sosa cáustica.

Juan Carlos busca a sus hermanos Raúl, Salvador, Gustavo y Luis Armando, los dos primeros raptados por el crimen organizado en Guerrero, en 2008, y los otros dos por policías de Veracruz, en 2010. Y en esta lid, apenas en marzo pasado, Juan Carlos encontró y salvó la vida de N…, una joven del Distrito Federal plagiada por los seguidores de un culto privado, y a la que mantenían cautiva para someterla a distintos tormentos durante ceremonias rituales.

Estos son logros reales que ha arrojado la búsqueda de víctimas de desaparición forzada en México, más allá de las estadísticas oficiales. Logros obtenidos por aquellos que, urgidos por el amor a sus hijos, hijas, tíos, hermanos, han tomado en sus manos las investigaciones sobre el paradero de los miles de desaparecidos que hay en el país, convirtiéndose en defensores de los derechos humanos. Ellos han generado resultados más palpables que los de la misma autoridad… Éste es un vistazo a la guerra por la verdad que hoy libran las víctimas de la violencia en México.

Araceli…

El pasado 21 de agosto, el gobierno mexicano informó que, durante los últimos ocho años, en el país han sido encontradas 17 mil 175 personas reportadas como desaparecidas, mientras que otras 12 mil 532 personas siguen aún sin ser localizadas. Estas son las conclusiones estadísticas a las que arribó la Secretaría de Gobernación, después de actualizar su Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas (Renped).

En dicha lista oficial, sin embargo, no se incluye a Luis Ángel León Rodríguez, un policía federal que fue secuestrado, junto con otros siete uniformados y un acompañante civil (al que habían contratado por unas horas como chofer), cuando se dirigían a Ciudad Hidalgo, Michoacán, a donde habían sido asignados como escoltas del jefe de la policía municipal.

“En la Policía Federal me dijeron que ellos tuvieron la culpa  –narra Araceli, su mamá, con indignación– que ellos se identificaron como policías federales en una caseta carretera, y que ahí les puso el dedo un halcón (un vigía del crimen organizado), alguien que dio aviso a los líderes del cártel de La Famiia Michoacana, ahora conocido como Caballeros Templarios.

Desde su rapto han transcurrido ya cuatro años y nueve meses, que han sido “de agonía –dice Araceli–, de búsqueda, de impotencia, de dolor, de insomnios, de estar pensando todas las noches qué hacer, qué más hacer, qué no he hecho, que podría seguir haciendo, y no sólo para saber la verdad histórica sobre lo que pasó con Luis Ángel y sus compañeros, sino la de muchos más, porque nosotros, cuando buscamos a nuestro propio hijo, nos convertimos en mamá de miles, porque el dolor que tengo yo, lo tienen muchas madres y padres…”

Las autoridades federales, cabe destacar, no sólo olvidaron incluir el nombre de Luis Ángel en el Registro Nacional de Personas Desaparecidas. De origen, olvidaron que él y sus compañeros habían sido comisionados a Michoacán, razón por la cual su desaparición no fue detectada sino hasta seis días después de que fueran secuestrados. Y luego, en 2013, nuevamente las autoridades olvidaron que Luis Ángel estaba en calidad de desaparecido en cumplimiento del deber, y le fincaron cargos por abandono de trabajo.

“Ellos son policías honestos, que salieron desde las instalaciones de la Policía Federal en Iztapalapa para ir a servir y proteger a una comunidad –subraya Araceli–, pero, finalmente, la institución no los protegió a ellos y, hasta la fecha, las autoridades jamás han querido aceptar que, como institución, son responsables de lo que les ocurrió.”

¿Qué han hecho, en concreto, las autoridades, para dar con el paradero de Luis Ángel? –se pregunta a su madre.

–Al principio nada –responde, tajante–. Las autoridades le dieron seis días a los secuestradores para que hicieran lo que quisieran… Ya después me queda muy claro que han hecho mucho, incluso han perdido la vida otros policías federales, por ir a la búsqueda de sus siete compañeros y del civil que iba con ellos. Eso me queda muy claro, y me duele su sangre derramada, me duele el dolor de sus familias.

Araceli se refiere a los 15 policías federales asesinados en Zitácuaro, Michoacán, el pasado 14 de junio de 2010, cuando fueron emboscados por sicarios de La Familia, en un ataque perpetrado cuando realizaban labores de rastreo, y que dejó otros 15 uniformados heridos, algunos de los cuales quedaron discapacitados de por vida.

Durante estos cuatro años y ocho meses, las acciones de las autoridades relacionadas con la búsqueda de estos siete agentes y su acompañante civil, además, ha permitido la captura de 20 presuntos involucrados, ninguno de los cuales ha sido sentenciado hasta la fecha, cuyos testimonios refieren que “ellos fueron asesinados el mismo día de su secuestro, de una forma muy cruel“.

Sin embargo, subraya Araceli, aún con todo lo que hayan hecho hasta ahora las autoridades, falta lo principal: encontrarlos, vivos o muertos.

De pronto siento que el gobierno apuesta a que nos cansemos, a que nos debilitemos y a que nos llegue la muerte silenciosa –dice Araceli, con una calma gélida–. Esta muerte que no te avisa, porque te sientes mal y no le haces caso a tu enfermedad. Si te duele el estómago, te dices ‘al rato se me pasa’; si te duele la cabeza, si te duele un pie, qué se yo… si se te entumen las manos te dices que es por el estrés… pero no es cierto, es la muerte silenciosa que te va atacando, y cuando intentas atenderte ya no puedes, porque resulta que ya tienes algo grave, como un tumor, como le pasó a nuestro compañero Roberto Galván, que a raíz de la búsqueda de su hijo desarrolló un tumor canceroso en su cabeza, y falleció… Esto es a lo que el gobierno apuesta: a que nos cansemos, a que nos debilitemos, ‘déjenla que siga hablando’, ‘déjenlos que griten lo que quieran, algún día se cansarán‘, pero lo que no saben es que nosotros tenemos la gran fortaleza en nuestro vientre, en nuestro corazón, de haber sido madres, de haber tenido la dicha por medio de Dios de haber parido a nuestros hijos e hijas, y que no vamos a claudicar. No vamos a dejar que queden impunes tantos crímenes”.

Y es esa fuerza, afirma, la que “nos ha convertido en agentes de cambio, y entonces  sales, porque la gente te está llamando, pidiéndote ayuda, y tú, como sientes el dolor, no puedes dejar que esa gente viva lo mismo que tú has vivido. Lo que a mí me tomó de trabajo para que me abrieran las puertas de las instituciones, es algo por lo que ya no deben pasar ahora estas personas, porque quienes hemos aprendido a abrir esas puertas, se las abrimos. Para que sea, a la mejor, el mismo dolor, pero que no lo lleven de la forma tan difícil en que nosotros tuvimos que hacerlo, como estar en la lluvia, en el sol, ocho horas afuera de una institución para poder ser atendidos, todo este proceso que yo viví no lo quiero para otros, eso es lo que he aprendido.

Y ese aprendizaje llevó a Araceli a cumplir, para otra madre guerrerense, el sueño, que también es suyo, de ver a su ser amado de vuelta en casa.

“Ocurrió –recuerda, y el recuerdo le devuelve una pizca de alegría a su mirada– en el año 2011, cuando la mamá de una chica que había desaparecido en Acapulco me llamó llorando, para contarme que a su hija la habían llevado con mentiras al Estado de México. Le habían prometido que recibiría una beca para estudiar colocación de uñas postizas en una academia de belleza, pero en realidad era un asunto de trata de personas. Ella se llama F…, es muy jovencita, y se la llevaron a Iztapaluca, y luego la obligaron a prostituirse en un bar de Los Reyes la Paz.

En Acapulco, las autoridades estatales se habían negado a recibir la denuncia de la madre de F… y debido a ello, esta señora pidió el apoyo del Movimiento por la Paz, la organización ciudadana surgida ese año e integrada mayoritariamente por víctimas de la violencia. Y Araceli, para entonces, era la encargada de atender las denuncias de quienes se acercaban a la agrupación.

Sabiendo de estas nuevas responsabilidades, “casi milagrosamente”, una amiga de Araceli, que trabaja como enfermera en un hospital del Estado de México, le pidió su ayuda para identificar a una jovencita que se encontraba internada en calidad de desconocida desde hacía un mes, y que había sido abandonada en un hotel, pensando sus agresores que estaba muerta.

“Mi conocida me dijo que esta chica llegó muy mal, los médicos hicieron lo humanamente posible para salvarle la vida. Había llegado con un pie totalmente dislocado. Le habían cortado un pedazo de lengua, le arrancaron los pezones, y la golpearon tanto que le provocaron atrofia cerebral. Y mi amiga temía que si no era identificada, terminaría en un albergue, sin que su familia pudiera nunca encontrarla… Yo le pedí a mi amiga un favor, sólo por no dejar: que le dijera el nombre de ‘F…’ y cuando lo hizo, ella reaccionó, aún inconsciente, ella se estremeció, en realidad, muy en el fondo, sí estaba consciente, y entonces me dirigí al hospital.”

En cuestión de horas, y por intermediación de Araceli, las autoridades federales pudieron comprobar que la joven que llevaba un mes en calidad de desconocida era la misma que, dos meses antes, había sido raptada en Acapulco. También en cuestión de horas, su madre fue conducida hacia el hospital y, en tanto llegaba, aún inconsciente, narra Araceli, que se le acercó y le dijo al oído: “‘F…, tranquila, m’ija, ya te encontramos, ya nadie te va a dañar, ya viene tu mamá, y tú te tienes que recuperar, porque yo no sé nadar, y quiero que tú me enseñes, porque tú debes de nadar muy bien‘… Hoy, ella está de vuelta en su casa, con su familia. Los doctores habían dicho que el daño cerebral era irreversible, que pasaría la vida postrada en una cama, en estado vegetativo, pero no es así. Yo la visité hace un año y ella me recibió sentada, ya comienza a hablar, con dificultad, con balbuceos, pero ella me reconoció y me llamó por mi nombre, y me recordó que hay una promesa pendiente: “tú y yo a nadar –me dijo–… tú y yo a nadar...”

Nicomedes…

Entre finales de los años 60 y principios de los 80, el Estado mexicano desató una política represiva contra grupos opositores al régimen, lo mismo beligerantes que pacíficos, conocida hoy como la “guerra sucia“, cuya principal práctica fue la desaparición forzada de activistas, familiares, sospechosos o cualquier persona que, a juicio del gobierno, pudiera aportar información sobre actividades insurreccionales.

Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en este periodo se tiene reporte de al menos 532 casos de desaparición forzada perpetrados en todo el país, de víctimas que siguen sin ser localizadas hasta la fecha, siendo Guerrero la entidad más afectada por la represión institucional, con 293 casos en los que las personas fueron detenidas por alguna autoridad y nunca más se supo de ellas. La CNDH, sin embargo, sólo acreditó fehacientemente 275 casos, sin descartar que el resto fuesen desapariciones forzadas.

Aún así, el número real de víctimas desaparecidas por el Estado durante ese periodo es mucho mayor, e incuantificable, aclara Nicomedes Fuentes García, quien busca a su tío, Juilo Fuentes Martínez, un guerrillero del Partido de los Pobres –la guerrilla encabezada por Lucio Cabañas–, detenido en 1974 en el Estado de México por la Dirección Federal de Seguridad y entregado al Ejército.

En la actualidad, Nicomedes es integrante de la Comisión de la Verdad para la Investigación de las Violaciones a los Derechos Humanos durante la ‘Guerra Sucia’ de los Años Sesenta y Setenta en el Estado de Guerrero (Comverdad), que luego de dos años y medio de trabajo, emprendido por mandato legal del Congreso guerrerense, está por concluir sus labores en septiembre próximo.

Nosotros buscamos desaparecidos… Cuántos, es incierto, no existe una contabilidad –lamenta Nicomedes, al pie de una zanja donde busca restos humanos, en el ex cuartel militar de Atoyac, apoyado por los familiares de otras víctimas de desaparición–, no tenemos una cifra exacta de cuántos desaparecidos hay… Pero, además, nos interesa investigar también todas las violaciones a derechos humanos cometidas de 1969 a 1979, porque aquí hubo despariciones forzadas, desapariciones forzadas transitorias, desplazamientos de comunidades, hubo violaciones a mujeres, hubo menores de edad detenidos, asesinados y desaparecidos. Es gravísimo todo lo que ocurrió. El Estado mexicano tiene una deuda muy grande con todas estas gentes…”.

Tan sólo en Atoyac, durante este periodo de represión gubernamental se tiene registro de 450 casos de personas desaparecidas por el Ejército, abunda al respecto Julio Mata, representante de la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos (Afadem), ya que en esta región de Guerrero “el Ejército y otras fuerzas, como la Policía de Tránsito y la Brigada Blanca, actuaron específicamente en contra de la población, para exterminarnos, y así evitar, según ellos, que se brindara apoyo a las guerrillas.”

Se trató, añade, de un periodo de “terrorismo de Estado (…) en el que el Ejército vino y arrasó los pueblos de toda esta zona, cercaba las comunidades, impedían la entrada y salida de gente, tumbaban puertas y ventanas de las casas, sacaban a la gente a culatazos, y los llevaban a la cancha de básquetbol, y mediante una lista, los separaban“.

A pesar de haber transcurrido 40 años desde entonces, Julio narra con dolor fresco las escenas de la guerra sucia en Guerrero. “A muchos se los llevaban, principalmente a los hombres, aunque también a mujeres, niños y ancianos, y se los llevaban al cuartel militar de Atoyac, los vendaban de los ojos y los traían caminando desde sus comunidades lejanas, hasta el cuartel... A veces los subían a helicópteros y los aventaban como costales desde una altura de 10 o 15 metros, para que cayeran en el cuartel. Otras, los subían en camiones de redilas, amarrados de pies y manos, el cuartel en ese momento sirvió como cárcel clandestina. Ahí torturaban a la gente, y les exigían, mediante tortura, que revelaran las posiciones de los guerrilleros (…) Según los testimonios de sobrevivientes, del cuartel de Atoyac, algunos eran trasladados a la base de Pie de la Cuesta (en Acapulco), y ahí los mataban con un balazo en la nuca, y luego en un avión se los llevaban rumbo a Oaxaca y los arrojaban al mar.

Julio Fuentes Martínez, el tío de Nicomedes, fue trasladado a esa base de las Fuerzas Armadas en Guerrero, luego de su captura en el Estado de México.

“En el Archivo General de la Nación (AGN) –explica Nicomedes– pudimos tener acceso a un archivo sobre este periodo, que nunca antes había podido ser consultado, porque la Procuraduría General de la República lo mantenía en reserva. Ahí obtuvimos cerca de 250 fichas que hablan del tema. Cuando detuvieron a mi tío, el gobierno dijo que no sabía nada de él, pero en el AGN encontramos un documento que dice que Julio Fuentes Martínez fue detenido en Tlalnepantla, y está firmado por Luis de la Barreda Moreno, el jefe de la Dirección Federal de Seguridad, que lo entregó a la Policía Militar“.

El resultado de esas investigaciones documentales, que aportan nombres de algunas de las autoridades involucradas en la estrategia represiva aplicada en Guerrero, así como de las pesquisas de campo realizadas por la Comisión de la Verdad, serán presentados en los próximos meses, afirma Nicomedes, mientras se apura a cerrar las últimas zanjas abiertas en el ex cuartel de Atoyac –instalaciones que hoy ocupa el ayuntamiento local–, donde no pudo ser hallado ningún cuerpo, a pesar de contar con testimonios que indican que en algún lugar de este cuartel se enterró clandestinamente a víctimas asesinadas durante la guerra sucia.

El trabajo, sin embargo, no ha sido en vano. “A principios de diciembre del año 2013 –narra Nicomedes–, tuvimos acceso a una información acerca de un enfrentamiento entre la guerrilla y miliares en la comunidad del Posquelite, en los límites de Atoyac y Coyuca de Benítez, en el que murieron dos guerrilleros, que fueron enterrados por las autoridades en algún lugar de la zona. Le dimos seguimiento. La comunidad fue dando información. Aunque muchos sabían dónde se había enterrado a esos guerrilleros que ya habían muerto, los sobrevivientes no recordaban dónde excavaron las fosas, así que comenzamos a realizar la búsqueda, con apoyo de peritos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, y en junio de este año encontramos el primer cuerpo. La exhumación fue exitosa, los restos de esa persona estaban la mayoría ahí. Empezamos por detectar una falange, un metatarsiano al parecer, y más abajo encontramos el cráneo y fueron apareciendo el resto de los huesitos, muy bien conservados aún con 40 años ahí, esto ocurrió en el 74, y un mes después, a 400 metros de distancia fue encontrado el segundo cuerpo, y ahora están esos restos en proceso de identificación, si es que ésta es posible.”

¿No siente feo estar cerrando estas zanjas en el ex cuartel de Atoyac, sin haber encontrado nada? –se le pregunta.

–Sí –reconoce–, pero tenemos limitantes. El tiempo que puede existir la Comisión de la Verdad por ley, está por concluir, y tenemos que presentar el informe de las labores realizadas. Hemos buscado y, obviamente, no vamos a darle a los familiares la respuesta que ellos esperan, pero sí localizamos los restos de dos personas, desaparecidas desde hace 40 años. Un sobreviviente de la guerrilla recientemente fallecido, Octaviano Santiago, era de la idea de que, si la Comisión de la Verdad encontraba aunque fuese a uno de los desaparecidos, eso ya habría hecho importante su existencia, y, al menos desde la perspectiva de él, nosotros cumplimos, eso es muy importante, aunque falte aún mucho por hacer…

En el Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas no está incluido el caso de Julio Fuentes Martínez y, de hecho, si se hace una búsqueda de registros por año, el Renped no contempla ningún caso registrado entre 1969 y 1980, los años más álgidos de la “guerra sucia”.

* “Desaparecidos en México: la guerra por la verdad” es un reportaje en tres partes realizado con el apoyo de la Red de Periodistas de a Pie, en colaboración con la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos A.C. (CMDPDH), como parte del proyecto de protección de los defensores de derechos humanos financiado por la Comisión Europea. El contenido no refleja la posición de la Unión Europea.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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