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En México sólo se investiga 1% de las desapariciones reportadas, según registros oficiales (parte 2)

Estos son logros reales que ha arrojado la búsqueda de víctimas de desaparición forzada en México. Logros obtenidos por aquellos que, urgidos por amor, han tomado en sus manos las investigaciones sobre el paradero de los miles de desaparecidos que hay en el país. Éste es un vistazo a la guerra por la verdad que hoy libran las víctimas de la violencia en México.
Por Paris Martínez
2 de septiembre, 2014
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Foto: @PrometeoLucero.

Foto: @PrometeoLucero.

Entre enero de 2006 y julio de 2014, en México se han reportado 29 mil 707 casos de desaparición forzada o involuntaria. Diecisiete mil 175  de ellos resueltos con la ubicación de las víctimas, más otros 12 mil 532 casos en los que los afectados aún siguen sin ser localizados, tal como reportó el gobierno federal el pasado 21 de agosto. Sin embargo, en el mismo periodo, las autoridades mexicanos sólo han iniciado 291 averiguaciones previas por este delito, equivalentes al 1% de las desapariciones forzadas reconocidas en el país, mientras que el restante 99% de los casos no han sido procesados legalmente.

A pesar de estos resultados, las autoridades federales aseguraron ante la ONU en el informe que presentaron sobre esta problemática en marzo pasado, que “el Estado mexicano comprende la gravedad y el carácter pluriofensivo de este delito que atenta contra la libertad personal, la integridad física y, en ocasiones, incluso contra la vida, y que impide el acceso a la justicia de las víctimas y de sus familiares. Por ello, ha intensificado sus esfuerzos para combatir la desaparición forzada de personas”.

No obstante, Rosario, quien busca a su hijo Óscar Germán Herrera Rocha, empleado de un negocio de electrodomésticos desaparecido en 2009 por policías de Coahuila, resume de otra forma la postura del gobierno mexicano ante este delito: “Nomás nos están dando mucho atolito con el dedo. ¡Mucho! Porque no están haciendo nada…

Las mismas cifras presentadas por las autoridades respaldan el dicho de esta madre de familia –quien desde hace cinco años busca a su hijo y a seis jóvenes más, todas víctimas de la policía municipal de Francisco I. Madero, Coahuila–, ya que, según el informe que el Estado mexicano entregó a la ONU, en el país sólo han sido emitidas seis sentencias condenatorias por desaparición forzada: una por un caso de 1977, ocurrido en el contexto de la “guerra sucia” desatada por el gobierno contra movimientos de oposición, y las cinco restantes contra exagentes de la PGR que desaparecieron a sus víctimas entre 2002 y 2005.

Así, de hecho, este mismo dato revela que por las más de 29 mil desapariciones acumuladas de 2006 a la fecha nadie ha sido procesado y sentenciado penalmente.

“La realidad es que no se ha resuelto ningún caso –subraya Rosario–. A pesar de que el Estado se haga supuestamente responsable, estamos exactamente igual: no hay nada. A algunas víctimas nos atiende la autoridad y a otras víctimas no las atienden, pero unas y otras estamos igual, sin resultados…”

Incluso, la cifra oficial de víctimas que permanecen desaparecidas –más de 12 mil, según las autoridades–, es cuestionable. El hijo de Rosario, por ejemplo, no fue incluido por el gobierno federal en su Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas, a pesar de que éste es uno de los 291 casos en el que sí hay una investigación formal. Incluso, actualmente, enfrentan juicio nueve policías y un civil que presuntamente participaron en el rapto de su hijo, perpetrado justo enfrente de las oficinas de la Dirección de Seguridad Pública del municipio de Francisco I. Madero.

Es así que, como otros y otras en su mismo caso, Rosario ha asumido como propia la responsabilidad de las autoridades de indagar el paradero de su hijo, y de otras víctimas, no sólo rastreando por su cuenta en busca de indicios, sino también haciendo de intermediaria entre las autoridades y los detenidos, para ofrecerles beneficios carcelarios –como asistencia a sus familiares y facilidades para que éstos los visiten en Tepic, donde se encuentra recluidos–, a cambio de datos que permitan encontrar a Óscar y a los otros seis jóvenes desaparecidos por la policía municipal, aunque esta misma estrategia, reconoce, ha sido fallida.

“Tontamente –narra–, yo pensé que los iba a conmover con mis lágrimas, diciéndoles que a nuestros desaparecidos los estamos esperando, les suplico (…) pero ellos se cerraron absolutamente, uno de ellos hasta estuvo a punto de golpearme.”

Pero el desgaste emocional, señala Rosario, integrante de la agrupación civil de defensa de derechos humanos Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos y Desaparecidas en Coahuila (Fundec), no sólo lo propician la falta de acciones efectivas de las autoridades y la cerrazón de los involucrados, sino también por la apatía y franco desinterés de la población.

“La gente te dice cosas como ‘ya te gustó andar en el borlote’, ‘lo que quieres es hueso’, ‘ya chole con lo mismo’, ‘tienes más hijos’, ‘ya dale vuelta a la página‘, y mucho de eso viene de la propia familia”, dice.

Rosario es una mujer que se esmera en poner sobre la pena de su rostro sonrisas, gestos cordiales. Pero la pena se desborda, por instantes, con furia, como agua que hierve.

No está en manos de Dios echarnos la manos –se lamenta–, no lo creo. Si fuera así, no estaríamos pasando por esto… mejor les hubiera echado la mano a los muchachos, en su momento, para qué quiero que Dios me eche la mano ahorita, a cinco años de la tragedia.”

Rosario, sin embargo, se reconstituye, cobra fuerzas y advierte: “Esto no se va a quedar así, las familias que estamos en la lucha, vamos a seguir luchando, y no nos vamos a meter a una cueva a lamernos las heridas. Tenemos que saber qué pasó con nuestros hijos: somos muchas mamás y son un montón de Óscares…

Sólo los nazis…

El 10 de febrero de 2007, una veintena de personas armadas y con uniformes de la Agencia Federal de Investigaciones allanaron la casa familiar de Fernando Ocegueda Ruelas, un estudiante de 23 años de ingeniería del Instituto Tecnológico de Tijuana, para llevárselo por la fuerza. Nada se sabe de él, desde entonces.

En su búsqueda, el padre de este joven, Fernando Ocegueda Flores, fundó, de la mano de otras familias de víctimas de desaparición, la asociación Unidos por los Desaparecidos en Baja California. Se trata de una organización civil que no sólo ha logrado documentar al menos 700 casos en este estado, de 2006 a la fecha, sino que, más importante aún, han instrumentado un sistema de rastreo de campo que, hasta la fecha, les ha permitido encontrar cuatro fosas clandestinas, sólo en Tijuana.

A través de información extraoficial, así como estudiando con detenimiento las declaraciones que distintos integrantes del crimen organizado han formulado al ser detenidos, Fernando explica: “Hemos identificado alrededor de 80 predios en los que presuntamente hay fosas clandestinas, y de esos predios, en cuatro ya han sido hallados restos (…) y hay otros 50 predios por revisar“.

De las fosas clandestinas que han sido localizadas por Unidos por los Desaparecidos en Baja California, cabe destacar, dos eran predios usados por Santiago Meza, El Pozolero, detenido en 2009 y quien por una década se dedicó a disolver con sosa cáustica los cuerpos de víctimas de la delincuencia organizada para luego depositar los fluidos bajo tierra.

Y este hecho, subraya Fernando, es el mejor ejemplo del deficiente desempeño de las autoridades que obliga a los familiares a emprender sus propias búsquedas, ya que, en el caso de las fosas de Santiago Meza, aunque él mismo confesó la existencia de varios predios tras ser detenido y dio información de su ubicación aproximada, la autoridad sólo buscó uno de ellos, para exhibir ahí a su detenido ante los medios de comunicación, pero nunca intentaron localizar el resto de los terrenos con fosas.

No fue sino 11 meses después, explica Fernando, cuando la agrupación de víctimas obtuvo una copia de la declaración ministerial de Meza, que lograron detectar esta anomalía y emprendieron el rastreo de las otras casas de El Pozolero.

“Nos aventamos cuatro horas caminando –recuerda Fernando–, lloviendo, y conmigo venían varias señoras mayores, que no podían caminar por el cerro, pero que el coraje que te da la desesperación de saber qué pasó con tu hijo les daba energía…”

El predio descubierto por las familias es conocido como La Gallera (debido a que anteriormente fue usado como punto de crianza de gallos de pelea), y en él se encontraron aproximadamente 17 mil litros de “restos humanos desintegrados en ácidos”, almacenados en dos piletas ocultas bajo una capa de tierra suelta.

Hasta el momento, destaca, de esa emulsión cáustica ha sido imposible extraer rastros de ADN que permitan descubrir la identidad de las víctimas, por lo cual, luego de que las autoridades tomaran conocimiento del lugar y de que realizara peritajes de campo, se decidió que los restos permanecerían ahí, ahora como un sitio dignificado, convertido en memorial, en honor a las víctimas.

Analizando la declaración ministerial de Santiago Meza, las familias de desaparecidos también lograron dar con un segundo predio con fosas en las que se depositaron cuerpos disueltos en sosa. Se cree que en los tres predios empleados por El Pozolero están los restos de 300 personas. Pero esta creencia se basa en la confesión misma de Meza, y nada permite saber si más personas fueron desintegradas, una acción tan brutal que el mismo Fernando sólo puede comparar “con lo que los nazis hacían… estos son delitos de lesa humanidad“.

En la actualidad, Fernando camina con familiaridad por los predios que pertenecieran a Santiago Meza, en los que se tiene planeado erigir memoriales que sirvan como punto de encuentro a las familias que aún esperan a sus seres queridos.

Yo no sé si mi hijo está aquí –lamenta Fernando–, no quiero ni pensar en eso… No lo sé, porque no hay nada que me lo diga. La lógica me dice que aquí es donde normalmente los traían, pero mientras yo no tenga información fidedigna, una investigación científica, muestras de ADN que me muestren que está aquí mi hijo, yo voy a seguir buscándolo, no puedo darme el lujo de darme por vencido, esta es la triste historia…”

El joven Fernando Ocegueda Ruelas tampoco fue incluido por las autoridades federales en el Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas, aún cuando la misma Procuraduría General de la República lleva la investigación de su caso.

* El presente trabajo es la segunda entrega de un reportaje en tres partes realizado con el apoyo de la Red de Periodistas de a Pie, en colaboración con la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos A.C. (CMDPDH), como parte del proyecto de protección de los defensores de derechos humanos financiado por la Comisión Europea. El contenido no refleja la posición de la Unión Europea.

Lee la primera parte del reportaje aquí.

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Millennials, la generación solitaria: por qué el 22% dice que no tiene amigos

En una encuesta, los millenials dijeron ser los que se sienten más solos. ¿Cómo se comparan con los 'baby boomers' y la Generación X?
4 de agosto, 2019
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Getty
¿Cuántos amigos tienes?

Para un millennial es normal tener miles de amigos en sus redes sociales, pero en la vida real la situación es radicalmente diferente.

Los millenials, aquellas personas nacidas entre 1982 y 1999, son la generación más solitaria desde la mitad del siglo pasado.

Al menos así lo refleja una reciente encuesta en la que los millennials dijeron tener menos amigos que sus predecesores de la Generación X (1965-1981) y los baby boomers (1946-1964).

En la encuesta no se incluyó a la Generación Z, que le sigue a los millennials.

La encuesta la hizo YouGov, una firma demoscópica británica que consultó la opinión de más de 1,500 personas en Estados Unidos.

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Getty
Los millennials se sienten más solos que sus generaciones anteriores.

Entre los encuestados, tres de cada 10 millennials dijeron que siempre o frecuentemente se sienten solos.

En comparación, dos de cada 10 de la Generación X y 1.5 de los baby boomers dijeron lo mismo.

Sin amigos

Los millennials también tienen la mayor tendencia a no tener amigos.

El 27% dijo que no tenía amigos cercanos y el 22% dijo que, excluyendo a sus familiares y a su pareja, simplemente no tenía amigos.

El 30% dijo que no tenía “mejores amigos”, lo que también significa que la mayoría (70%) reportó que tiene “al menos un mejor amigo”.

¿Por qué ocurre?

Entre todos los encuestados, el 31% dijo que le cuesta trabajo hacer amigos.

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Getty
El uso excesivo de redes sociales puede aumentar la sensación de soledad.

La razón más común es la timidez (53%). El 27% dijo que “no siente que necesite amigos” y un 26% dijo que no tiene ningún hobby o interés que le ayude a crear amistades.

La encuesta de YouGov no analiza directamente por qué los millennials se sienten solos, pero algunos estudios previos apuntan a que internet y las redes sociales pueden estar relacionadas con esta realidad.

Un estudio de la Universidad de Pensilvania citado por YouGov, por ejemplo, concluyó que usar menos redes sociales lleva a una “significativa reducción de la depresión y la soledad”.

Maike Luhmann, psicólogo de la Universidad Ruhr de Bochum (Alemania), matiza un poco la situación.

“Siempre y cuando hagamos lo que debemos hacer, reconectarnos con las personas, la soledad es algo bueno“, dice Luhmann en entrevista con el portal Vox.

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Getty
El 38% de los millennials dijo que había hecho un nuevo amigo durante los últimos 6 meses.

“Se convierte en algo malo cuando se vuelve crónico. Ahí es cuando se producen los efectos sobre la salud”, continúa.

“Y entre más tiempo estés solo, se vuelve más y más difícil conectarse con otras personas”.

Pero en medio del panorama desolado que la encuesta muestra de los millennials, hay un dato que podría ser esperanzador: el 38% dijo que había hecho un nuevo amigo durante los últimos seis meses.


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