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Iguala: Los normalistas que le faltan a Ayotzinapa y al país entero (tercera parte)

Presentamos la tercera parte de una serie de perfiles de los normalistas raptados por la policía de Iguala, elaborados a partir de lo que sus amigos y familiares ponderan de sus hijos y compañeros, cuya presentación con vida reclaman sin titubeos.
Por Paris Martínez
10 de octubre, 2014
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En reclamo de la presentación con vida de los 43 normalistas desaparecidos por la Policía Municipal de Iguala el pasado 26 de septiembre, este miércoles miles de guerrerenses, principalmente maestros y estudiantes universitarios, pero también normalistas de otros puntos del estado y el país, campesinos, agrupaciones populares y ciudadanos en lo individual, marcharon por la capital del estado, Chilpancingo, en una protesta que para muchos habitantes fue quizá la más grande que haya visto esta ciudad en las últimas décadas. El primer contingente partió del Monumento a Nicolás Bravo a las 11:30 horas, y el último contingente partió una hora y media después.

Miles más se unieron a esta protesta en al menos 64 ciudades de México y el mundo, como Madrid, Barcelona, Buenos Aires, La Paz, San Francisco, Nueva York, Los Ángeles, Montreal y Londres, todas con la misma exigencia: vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Sumándonos a este reclamo, hoy presentamos la tercera y última entrega de la serie de perfiles de los 43 normalistas secuestrados y desaparecidos por las autoridades en Guerrero, dando para ello la voz a quienes los esperan en sus casas y en las aulas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

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Jesús Jovany, el Churro para sus amigos normalistas, es el mayor de cuatro hermanos, y es “el único apoyo de su mamá”, narra su prima, quien marchó por casi cinco horas manteniendo en alto una pancarta con el retrato de este joven de 21 años. Jesús Jovany viene de Tixtla y “se encuentra cursando el primer año de carrera de normalista rural, y fue convocado a la jornada de boteo del 26 de septiembre, cuando desgraciadamente fue desaparecido por la policía de Iguala. No sabemos nada de él… él es un hombre noble y dejó a una sobrina de un año, porque su hermana es mamá soltera y él, aunque es tío de la niña, funge como su figura paterna… él es alguien sumamente noble, está en contra del maltrato hacia las mujeres, es buen estudiante y realmente entró a la Normal porque quiere dedicarse al magisterio, le gustan los niños…”

La joven habla primero serena, pero su voz se crispa luego y reclama, con furia: “¡No sabemos nada de él y exijo, como familiar, como ciudadana, como ser humano, exijo la presentación con vida de Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, así como la de sus 42 compañeros! ¡Y exijo justicia para sus tres compañeros asesinados, igual que para el muchacito de los Avispones y para los dos transeúntes que desgraciadamente perdieron la vida en el ataque de la policía! ¡Y quiero juicio para José Luis Abarca (alcalde de Iguala, quien se dio a la fuga luego de pedir licencia al cargo) y para su esposa (María de los Ángeles Pineda), que está vinculada con el narcotráfico, porque es hermana del famoso narcotraficante conocido como El MP! ¡Y Aguirre Rivero se tiene que hacer responsable! ¡Y para a los atacantes, para ellos queremos que caiga todo el peso ya no sólo de la ley, sino todo el castigo de la sociedad!”

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Mauricio tiene 18 años, y lo apodan “Espinosa”, explican sus amigos “porque cuando quedó pelón –puesto que es tradición en la Normal de Ayotzinapa el que los alumnos de primer ingreso deben raparse–, tiene cierto parecido con Espinosa Paz, el cantante, y porque también tiene así como el bigotito… Él es de un pueblo que se llama Matlalapa o Matlinalapa, algo así, de por La Montaña, y se prepara para ser maestro bilingüe… El compa es tranquilo, pues, se lleva bien con todos, pues, siempre en igualdad con todos…”

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Durante la marcha de este miércoles en Chilpancingo, los familiares de Martín, originarios del municipio guerrerense de Zumpango, portaron una amplia manta con la fotografía de este joven. “Él es un primo muy cercano y querido –dice una de sus familiares–, forma parte de ocho hermanos, él es el quinto, tiene 20 años y es un joven con inquietudes, a él le gusta jugar futbol y le va al Cruz Azul…”

Para sus compañeros normalistas, “Martín es un compa que sí echa relajo, como todos, pero no es pesado, es tranquilo, es respetuoso…”

Y es, subraya su prima, “un muchacho con ganas de salir adelante, y por eso está en la Normal…” .

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Magdaleno, o El Magda, como es conocido en la Normal de Ayotzinapa, tiene 19 años, “y es tranquilo, echa desmadre sano, es noble el compa… él viene de La Montaña, y estudia para convertirse en maestro bilingüe, para para dar clases a los niños indígenas que no hablan español…

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Giovanni tiene 20 años, y en la Normal es conocido como el Espáider, “porque cuando corre brinca, o sea no corre bien o, más bien, tiene su propio estilo para correr, brincando así como si se estuviera colgando de las telarañas, y también le ponía de su parte, le hacía así –y el joven que habla se lleva hacia el centro de la palma las yemas de los dedos anular y medio–, como cuando el Hombre Araña echa telarañas de las manos…”

Otro de sus amigos pone el colofón: “Y además es flaquito…”

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José Luis llegó hasta la Normal de Ayotzinapa desde Amilzingo, Morelos, “y le decimos Pato, porque se parece al Pato Donald, y por la voz, porque tiene voz de pato –sus amigos ríen cuando uno de ellos recuerda ese detalle–… Él tiene 20 años y es serio, tranquilo, siempre te habla bien, es buena onda, pero es callado… o sea: no echa mucho desmadre”.

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Julio “no tiene apodo –dice uno de sus compañeros normalistas–, simplemente es El Julio, ya es más grande (tiene 25 años) y viene de Tixtla, es buena onda el bato, pero calladito, no echa mucho relajo así con todos, nomás con unos pocos con los que se lleva, pero es agradable siempre…”

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A Jonás “le decimos Beny porque su hermano va también aquí, pero en segundo año, y se llama Benito… entonces, ellos son los Benis… Él es alto, gordito, es de la Costa Grande, del Ticuí, municipio de Atoyac de Álvarez y con su hermano se lleva muy bien, son muy parecidos, sólo que él es más clarito de la piel, es más alto, aunque él es el menor…”

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Miguel Ángel tiene 27 años y le apodan “Botita” porque su hermano mayor también estudia en la Normal, y “el hermano es el Bota, entonces, él, en automático, fue el Botita…” El diminutivo, sin embargo, contrasta, reconocen sus amigos. “Es de estatura media y gordo, pues, y él sí que es desmadroso, siempre amigable, sano, no pesado, no es alburero…”

Otro de sus amigos interviene: “Él es buena onda, nos ha apoyado mucho, a mí en lo específico me ha ayudado cuando he tenido problemas así comunes, pues, pero me ha echado la mano, está al pendiente de los demás, es un chavo así como muy solidario con todos, muy buena onda, y cuando entramos a clases, él nos hace el paro: si salíamos de comisión o algo así, él le explicaba al profe…”

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Christian tiene 21 años y el anhelo de ser maestro sólo compite con su gusto por la danza folclórica. “A él le decimos Hugo. Este compañero es de mi generación de la prepa, y es tranquilo, no echa tanto desmadre, es amigable el chavo, somos de Tixtla, y le decimos el Hugo porque tiene varias playeras con el estampado Hugo Boss, así de serigrafía pues…”

Junto con los normalistas, este miércoles marchó su primo, que con voz ronca de tanto gritar, explica: “Él no es sólo mi primo, él es mi amigo… es una persona muy aplicada, muy dedicada, que se dedicó al estudio y a la danza, él es todo un amigo y es injusto que una persona que dedica su tiempo al estudio, alguien que tiene la característica de esforzarse, sufra consecuencias trágicas a manos del gobierno…”

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José Ángel tiene 18 años y “es mi amigo Pepe –dice uno de sus compañeros, en la habitación que comparten dentro de la Normal, junto con otros dos jóvenes, y en la que no hay un solo mueble, ni siquiera camas, sino sólo pliegos raídos de hule espuma– Es el Pepe… y le gusta el futbol, mucho, y por eso mismo se lleva bien con todos, echa relajo, pues…”

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Carlos Iván tiene 20 años y, aunque es calmado, “sus más amigos le dicen Diablo, el Diablito… quién sabe por qué –dice un normalista–, la verdad es que es bueno el bato, no se mete con nadie, tranquilo, pero en buena onda, no payaso pues…”

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José Ángel tiene 33 años y es, de los 43 normalistas desaparecidos, el de mayor edad. “Él es de Tixtla –dice uno de sus amigos– y es más grande que nosotros, pero aunque era más grande no era manchado, sino que, al contrario, nos apoyaba en todo, nunca se comportó con nosotros como si fuera distinto por la diferencia de edad, nunca… él es amigo de todos…”

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Israel proviene de la comunidad indígena de Atliaca, que se encuentra a la mitad de camino entre Tixtla y Apango. En la Normal, su apodo es “Aguirrito”, pero, aclaran sus amigos, no le gusta mucho el mote. Sin embargo, siguiendo la tradición entre los normalistas, el apodo no lo escoge el que lo porta… “Le decimos Aguirrito porque está gordito, igual que el Aguirre, el gobernador… y sí, le paramos una chinga, la verdad, pero no fuimos nosotros, sino que como está gordito, los de bilingüe le pusieron así, él también se está preparando para ser maestro en comunidades indígenas. Y la verdad es que es muy agradable, pero sí se enojaba cuando le llegaban a decir Aguirrito… Y cómo chingados no (ríe)… Pero esos fueron sus compas de bilingüe, cabrones…”

*Nota publicada el 9 de octubre de 2014.

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Getty Images

Más dióxido de carbono: la paradójica propuesta contra el cambio climático

Investigadores de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, quieren transformar un gas dañino en otro menos dañino para mejorar las actuales condiciones climáticas.
Getty Images
28 de mayo, 2019
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Suena como una teoría ilógica: la idea de lanzar intencionalmente más dióxido de carbono a la atmósfera para mejorar las actuales condiciones climáticas que tantos científicos advierten que amenazan la vida en la tierra tal cual la conocemos.

Pero eso es lo que plantean los investigadores de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, con una propuesta de convertir un gas invernadero dañino en otro menos dañino y así ayudar a reducir el cambio climático.

Los investigadores añaden que la estrategia también podría generar ingresos económicos para quienes la adopten.

El estudio, publicado en Nature Sustainability -un sitio especializado en políticas y soluciones de sostenibilidad- describe un potencial proceso mediante el cual el metano, un extremadamente potente gas invernadero, se convierte en dióxido de carbono, un gas que tiene menos impacto en el cambio climático.

En 2018, el metano -generado en su mayoría por actividad humana- alcanzó concentraciones atmosféricas dos veces y media mas grandes que en los niveles preindustriales.

Aunque la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera es mucho mayor, el metano es 84 veces más potente en términos de su efecto sobre el calentamiento global a través de los primeros 20 años desde cuando es despedido al aire.

Además, sostienen los científicos, las fuentes de emisiones de metano -resultado de los cultivos de arroz y crianza de ganado, por ejemplo- pueden ser muy difíciles y costosas de eliminar.

Beneficio neto

Por eso arguyen que el intercambio de un gas por el otro representa un beneficio neto significativo para el clima.

“Si se perfecciona, esta tecnología podría revertir las concentraciones de metano y otros gases en la atmósfera a niveles preindustriales”, indicó Rob Jackson, profesor de Ciencia del Sistema Tierra de la Universidad de Stanford y líder del proyecto.

Chimeneas de fábrica emiten dióxido de carbono

Getty Images
Habría que retirar cientos de miles de millones de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera para regresar a los niveles preindustriales.

La mayoría de las propuestas para estabilizar la temperatura global a 2° centígrados por encima de los niveles preindustriales dependen de las estrategias que combinan tanto la reducción de más dióxido de carbono entrando en la atmósfera como la eliminación de las cantidades ya existentes a través de la siembra de más árboles y otras técnicas de captura de carbono.

Pero estas reducciones de dióxido de carbono típicamente contemplan el retiro de cientos de miles de millones de toneladas y, sin embargo, no restauran la atmósfera a sus niveles preindustriales.

En contraste, dicen los investigadores, las concentraciones de metano podrían reducirse a niveles preindustriales con sólo remover 3.200 millones de toneladas de ese gas de la atmósfera y convirtiéndolos en cantidades de dióxido de carbono equivalente a las emisiones de unos cuantos meses de actividad industrial.

Según alegan los científicos de Stanford, su estrategia podría eliminar aproximadamente una sexta parte de todas las causas actuales del calentamiento global.

“Es una alternativa para compensar estas emisiones vía la eliminación del gas metano para que no haya un efecto neto en el calentamiento de la atmósfera”, explicó Chris Field, coautor de la propuesta y director del Instituto Stanford Woods para el Medio Ambiente.

¿Cómo se haría la conversión?

A nivel molecular el metano tiene mucha energía atrapada. Es un combustible que usamos para la calefacción o para cocinar.

Moléculas de metano

Getty Images
El metano está muy diluido en la atmósfera para ser atrapado fácilmente.

Pero está en concentraciones tan pequeñas en la atmósfera, que atraparlo presenta complicaciones, y tan diluido, que no se puede quemar.

Los investigadores proponen un escenario de enormes estructuras de abanicos que succionen el aire y lo pasen por cámaras giratorias que contienen unos químicos llamados zeolitas que actúan como catalizadores.

Los zeolitas son minerales con amplias superficies microporosas que pueden retener moléculas como cobre y hierro y servirían como un filtro para atrapar el metano y convertirlo en dióxido de carbono.

Ese dióxido de carbono se despediría otra vez a la atmósfera a través del calentamiento de las moléculas atrapadas.

Aunque hay otra opción de almacenar el metano y convertirlo en otros productos, esta sería demasiado costosa y añadiría complejidad al proceso.

Zeolita

Getty Images
Los zeolitas actúan como esponjas que atrapan el metano.

Negocio rentable

Según el profesor Rob Jackson hay un mercado que se puede crear para esta tecnología, que vendría de gente, compañías o países dispuestos a pagar para retirar los gases de la atmósfera.

“Ya hay un precio que pagar para la emisión de gases invernadero. Ya está en práctica en varios lugares del mundo y se expandirán en las próximas décadas”, declaró en un video de la Universidad de Stanford emitido por las redes sociales.

El proceso de convertir metano en dióxido de carbono podría ser rentable con un precio impuesto a las emisiones de carbono mediante una política apropiada, sostiene el estudio.

Si en este siglo los precios para compensar por esas emisiones de carbono suben a US$500 o más por tonelada, como la mayoría de los modelos proyectan, cada tonelada de metano retirada podría valer más de US$12.000.

Un complejo de filtros de zeolita del tamaño de una cancha de fútbol podría genera millones de dólares al año en ingresos, mientras que retira metano dañino de la atmósfera, aseguran.


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