A 5 meses de la muerte del niño José Luis Tlehuatle, así viven en Chalchihuapan
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Foto: Cuartoscuro.

A 5 meses de la muerte del niño José Luis Tlehuatle, así viven en Chalchihuapan

A cinco meses del enfrentamiento entre pobladores de Chalchihuapan y granaderos, en el que resultó muerto el niño José Luis Tlehuatle por negligencia de los cuerpos de seguridad -según la CNDH-, los pobladores denuncian una campaña de hostigamiento policial por parte del gobierno de Rafael Moreno Valle, a quien acusan de ser “el gran perseguidor” de esta comunidad.
Foto: Cuartoscuro.
Por Manu Ureste
26 de noviembre, 2014
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Pobladores de Chalchihuapan, realizaron una caravana desde Puebla hasta el Congreso de la Unión, para exigir el esclarecimiento de la muerte del menor José Luis Alberto Tlehuatlie y exigieron destitución del gobernador de Rafael Moreno Valle y la derogación de la denominada "Ley Bala". //Foto:  Cuartoscuro.

Pobladores de Chalchihuapan, realizaron una caravana desde Puebla hasta el Congreso de la Unión, para exigir el esclarecimiento de la muerte del menor José Luis Alberto Tlehuatlie y exigieron destitución del gobernador de Rafael Moreno Valle y la derogación de la denominada “Ley Bala”. //Foto: Cuartoscuro.

-¡Dónde están, hijos de su puta madre!

Escondidos en el dormitorio, Petra López y su marido Fausto Montes tratan de mover el armario ropero para atrancar la puerta que da acceso al cuarto donde el matrimonio duerme con sus dos bebés.

Son las cuatro de la mañana del 18 de octubre y la densa oscuridad aún lo envuelve todo en San Bernardino Chalchihuapan, la localidad que saltó a los titulares informativos tras la muerte de José Luis Tlehuatle, un joven de 13 años que, según concluyó la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), falleció por negligencia de los cuerpos de seguridad del estado de Puebla durante una manifestación el pasado 9 de julio.

-¡Salgan, hijos de la chingada!

Los gritos afuera de la casa se mezclan con los ladridos de los perros que vagabundean por la zona.

Petra y su marido se miran con la cara desencajada. Hace media hora que se levantaron para comenzar a trabajar en los tendederos de cáñamo que elaboran a diario, y ahora están escondidos tras el amparo de un viejo mueble, mientras unos desconocidos ahí afuera golpean la frágil puerta de su casa con un marro de acero.

Al escuchar los golpes secos, violentos, la joven indígena llora con su niña cargada en brazos. Corre por la habitación buscando el teléfono celular para pedir auxilio a su suegra, pero los nervios le impiden recordar el número.

La puerta cede rápido. Y un grupo de seis hombres vestidos de negro –uno de ellos lleva una capucha que le cubre el rostro- entra al inmueble.

-Son rateros –susurra Fausto a su esposa con la espalda pegada al ropero-. Son rateros-.

Los asaltantes corren por la casa. Registran la sala, la cocina y el patio, pero no encuentran a nadie.

-Nosotros lo oíamos todo, escondidos. Escuchamos como corrían de un lado para otro -narra la joven-. Y cuando vieron que el único cuarto que les quedaba por registrar era el dormitorio, pues empezaron a golpear la puerta hasta hacerla pedazos.

Tumbada la puerta, sólo queda el obstáculo del ropero. El tipo que sostiene el marro con ambas manos no lo duda: a pesar de los ruegos de la pareja, hunde el acero varias veces en el mueble y las astillas llueven por toda la habitación.

Las seis personas vestidas de negro se esparcen por el dormitorio.

Uno de ellos se acerca a Petra y sin mediar palabra le pone la boca de la pistola en la cabeza.

Los niños lloran.

Gritan.

-Díganme qué quieren –alza la voz Fausto en mitad de la confusión, tratando de evitar con la palma de la mano la chirriante luz de la linterna que lo lastima-. ¿Qué es lo que están buscando?

Pero ninguna de las figuras envueltas entre sombras le contesta. Sólo lo agarran del cuello, lo tiran al suelo, y lo arrastran de los talones hasta una camioneta blanca y sin placas donde lo suben y se lo llevan, no sin antes amenazar a Petra por última vez.

-Y mucho cuidado con decir algo de esto, pinche india –le advierte el tipo de la pistola, mientras se la retira de la cabeza lentamente para perderse de nuevo entre la oscuridad de la noche-.

Mónica Varela denuncia que su esposo Vicente Juárez (57 años) también fue sustraído de su casa de manera violenta y sin que nadie le presentara una orden de aprehensión. Además de Petra y Mónica, Margarita Pérez también dio testimonio a este medio de la sustracción violenta de su esposo, Florentino Tamayo.

 

“Chalchihuapan se siente perseguido por las autoridades; vivimos una agonía”

Son casi las seis de la tarde del viernes 21 de noviembre y ya ha pasado más de un mes desde aquella noche.

-Nadie nos dijo adónde se llevaban a mi marido, ni nos presentaron ninguna orden de aprehensión. Por eso pensábamos que se lo llevaban secuestrado. No imaginamos que eran policías –asegura Petra, que expica que a las diez de la mañana, seis horas después de que se llevaran a su esposo, le confirmaron que lo sucedido en su casa no era un secuestro, sino un operativo de la policía ministerial en el que también detuvieron de manera violenta y allanando sus domicilios a Vicente Juárez, Florentino Tamayo, Raúl Contreras y Álvaro García. A todos ellos, la Fiscalía Especial del caso Chalchihuapan los responsabiliza de delitos cometidos el 9 de julio, cuando en un desalojo violento en el kilómetro 14 de la autopista Puebla-Atlixco murió el niño José Luis Tlehuatle.

A estas detenciones también se suma la de seis policías estatales, y la del propio presidente auxiliar de Chalchihuapan, Javier Montes Bautista, quien fue aprehendido el pasado viernes 21 de noviembre.

-La noche del 18 de octubre los policías llegaron con un salvajismo tremendo al pueblo. Rompieron puertas, ventanas, hicieron todo el desastre que pudieron, y agredieron a mujeres, personas mayores, y hasta a un niño al que golpearon porque trataba de defender a su padre –denuncia la madre del presidente auxiliar, Araceli Bautista, quien esa noche también fue encañonada por elementos de la policía ministerial-.

Foto: Manu Ureste

Un cuadro con la fotografía del pequeño José Luis Tlehuatle preside el salón de la presidencia auxiliar de Chalchihuapan. //Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)

 

Un moño negro aún luce en el balcón de la alcaldía auxiliar de Chalchihuapan en señal de luto. //Foto: Manu Ureste

Un moño negro aún luce en el balcón de la alcaldía auxiliar de Chalchihuapan en señal de luto. //Foto: Manu Ureste

Ahora, Araceli está sentada en una silla en la segunda planta del modesto edificio de fachada amarilla de la presidencia auxiliar de Chalchihuapan. Desde las ventanas de la sala, que está presidida por una fotografía del pequeño José Luis, hay vistas hacia la plaza y el quiosco que están junto a la iglesia del Santo Patrono San Bernardino. Mientras que de las ventanas del otro extremo del cuarto, junto a un pequeño altar con imágenes religiosas, se puede apreciar por entre los barrotes de la ventana cómo los últimos rayos del sol todavía alcanzan a dibujar la silueta del Popocatepetl en el horizonte.

-Desde aquel 9 de julio en el que muere el pequeño José Luis el pueblo se siente perseguido. Estamos viviendo una agonía, porque no nos dejan en paz –dice Araceli con el gesto severo y cansado, luego de que una llamada telefónica la despertara horas antes, en la madrugada del viernes 21 de noviembre, para avisarla de que su hijo también había sido detenido-.

-Todos esos operativos nocturnos son parte de una política de hostigamiento por parte del Gobernador hacia Chalchihuapan. Él quiere que tengamos miedo, para así dejarlo hacer lo que quiera con el pueblo. Se ha convertido en el gran perseguidor de Chalchihuapan, pero nosotros le decimos que todo ese miedo que teníamos se ha convertido en indignación y coraje –advierte Bautista-.

En este mismo sentido se pronuncia Elia Tamayo, la madre de José Luis Tlehuatle, que en entrevista con Animal Político denuncia que es acosada por parte de las autoridades, que incluso el pasado 14 de mayo la expulsó de un congreso por los derechos de la infancia que se celebraba en la capital poblana, para que no expusiera el caso de su hijo asesinado.

-¿Pero, qué le hemos hecho nosotros al señor Gobernador? –pregunta la señora con el retrato “del estudiante” entre sus sus brazos-. Si él piensa que con todo esos operativos nos vamos a quedar agachados, le decimos que no, que ya basta de tanta represión –apunta-.

A continuación, doña Elia hace una pausa para recobrar el aliento.

Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y menea la cabeza para decir que no entiende nada.

No entiende cómo la policía llega al pueblo de noche para detener a seis pobladores a los que mete a la cárcel acusándolos de delitos graves como tentativa de homicidio contra más de 40 uniformados, intento de secuestro, motín, y ataques a la vía pública, mientras el responsable del operativo policiaco en el que murió su hijo, Fausto Rosas, recibe sólo una amonestación y una multa, de la que además no se sabe ni el monto, ni si ésta fue pagada por el funcionario o por la dependencia.

-Yo sólo le pido al señor Gobernador que si no va a hacer justicia por el asesinato de mi hijo, al menos que nos deje vivir tranquilos –clama Elia, que mira al techo y se seca de nuevo las lágrimas.

 

“Desde el operativo policiaco, la gente en Chalchihuapan se está autoprotegiendo”

Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)

Pobladores de Chalchihuapan formaron grupos de ‘vigilancia ciudadana’ para controlar los accesos a la comunidad. //Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)

 

Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)

En las carreteras de entrada y salida de Chalchihuapan se colocaron barricadas formadas con piedras y neumáticos. //Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)

Chalchihuapan vive una monotonía tensa.

Los niños siguen jugando en las calles y la gente sale hacer sus actividades como a diario. Pero en los balcones se colocan mantas con la imagen del niño José Luis ensangrentado, y en las paredes –pintadas al estilo de los anuncios de rodeos y conciertos- se llama “asesino” a Rafael Moreno Valle.

Entrar al pueblo tampoco es tarea sencilla.

Tanto en los accesos como en las salidas hay improvisados retenes hechos con pedazos de bloques, piedras, así como neumáticos que los denominados grupos de ‘vigilancia ciudadana’ –no confundir con autodefensas, pues no portan armas- queman en caso de que camionetas o coches extraños ronden por la zona.

Además, otras formas de comunicación como los chiflidos son muy frecuentes. Desde cualquier lugar –un balcón, una puerta entreabierta, una tienda- intensos sonidos alertan al resto de vecinos de la presencia de alguien extraño en la comunidad, o de la entrada de alguna patrulla.

-Desde aquel operativo del 18 de octubre, la gente en Chalchihuapan se está autoprotegiendo -asegura Carmen Xelhua, integrante de la comunidad, que apunta con el dedo un montón de piedras que forman una barricada en la curva de un calle por la que se entra y sale del pueblo-. A cada hora se avientan cohetones para que estemos atentos. Y además se colocaron alarmas por toda la comunidad para que, si vuelve a pasar lo mismo que aquella noche, podamos a salir a defendernos.

Todo, apunta Xelhua, para que las autoridades no los vuelvan a agarrar desprevenidos en caso de que realicen más operativos.

-El 9 de julio ya nos agarraron una vez distraídos. Luego hubo otra vez, el 18 de octubre, en la que estábamos todos dormidos. Pero ya no va a haber una tercera vez –concluye la joven habitante de la comunidad, que además advierte-. Y si el gobierno de Puebla quiere conocer quién es Chalchihuapan, lo va a conocer.

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La pesadilla de la montaña de basura tan alta como un edificio de 18 pisos en India

El primer ministro Narendra Modi anunció a principios de mes un plan para cerrar los enormes vertederos a cielo abierto en los que se acumula basura desde hace años.
19 de octubre, 2021
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Las “montañas de basura” de India pronto serán reemplazadas por plantas de tratamiento de desechos, prometió el primer ministro Narendra Modi a principios de este mes. Saumya Roy* escribe para la BBC sobre la más antigua de todas, tan alta como un edificio de 18 plantas, ubicada en la ciudad costera occidental de Bombay.

Todas las mañanas Farha Shaikh se para en la cima de una montaña de desechos de más de un siglo de antigüedad en Bombay, esperando que los camiones de basura suban.

Esta joven de 19 años ha estado hurgando en este vertedero del suburbio de Deonar desde que tiene memoria.

Normalmente recupera de entre los desechos viscosos botellas de plástico, vidrio y alambre que luego vende en los prósperos mercados de residuos de la ciudad.

Pero, sobre todo, busca teléfonos móviles rotos.

Cada pocas semanas Farha encuentra un celular “muerto” en la basura y con sus escasos ahorros lo repara.

Una vez que cobra vida, pasa las tardes viendo películas, jugando a los videojuegos, enviando mensajes de texto y llamando a sus amigos.

Cuando días o semanas después el aparato vuelve a dejar de funcionar, la conexión de Farha con el mundo exterior se desvanece.

Entonces regresa a las largas jornadas de rebuscar entre la basura, para conseguir botellas que vender y celulares que restaurar.

Deonar

Saumya Roy

Más de 16 millones de toneladas de desechos forman la montaña de basura de Deonar, ocho de ellas repartidas en una extensión de 121 hectáreas.

Los desechos se apilan hasta alcanzar una altura de 36,5 metros.

Se puede ver el mar desde la cima y sobre los sólidos montones de basura se han construido villas miseria.

Gases nocivos y contaminantes

Los desechos en descomposición liberan gases nocivos como metano, sulfuro de hidrógeno y monóxido de carbono.

Y en 2016 fue escenario de un incendio que ardió durante meses y llenó de humo gran parte de Bombay.

De acuerdo a un estudio que el regulador de polución de la India llevó a cabo en 2011, otros incendios similares contribuyeron con el 11% del material particulado que inunda el aire de Bombay, una de sus principales causas de contaminación.

Los vecinos de los alrededores llevan luchando en los tribunales desde hace 26 años, exigiendo el cierre del vertedero de Deonar.

Pero esa montaña de basura no es una excepción en el país. Una investigación realizada en 2020 por el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente (CSE), un think tank independiente con sede en Nueva Delhi, identificó en toda India 3.159 montañas de este tipo que contienen 800 millones de toneladas de desechos.

Estas han sido durante años un dolor de cabeza para funcionarios y políticos.

El 1 de octubre, Modi anunció un “programa nacional de limpieza” de casi US$13.000 millones que incluirá la instalación de una serie de plantas de tratamiento de aguas residuales para reemplazar gradualmente los vertederos de basura al aire libre como el de Deonar.

Pero los expertos se muestran escépticos.

“Si bien se ha logrado en ciudades más pequeñas, es difícil proporcionar una solución para las montañas de desechos a esta escala”, dice Siddharth Ghanshyam Singh, subdirector de programas de CSE.

“Se reconoce que es un problema, pero hemos aceptado que si vamos a vivir en grandes ciudades como Bombay o Nueva Delhi estas montañas de basura van a estar allí”, señala Dharmesh Shah, coordinador en el país de la Alianza Global para Alternativas de Incineradores, una coalición de grupos que abogan por la reducción de residuos.

Deonar

Reuters
La montaña de basura se incendi[o en marzo de 2016;.

Desde el año 2000, India ha aprobado regulaciones que obligan a los municipios a que procesen los desechos.

Pero la mayoría de los estados informan de un cumplimiento solo parcial y no hay suficientes plantas de tratamiento de desechos.

Bombay, la capital comercial y del entretenimiento de la India y hogar de unos 20 millones de personas, tiene una sola planta de este tipo.

Ahora hay planes para instalar una planta que convierta los residuos en energía en Deonar.

Modi dijo que espera que el plan cree nuevos empleos ecológicos. Pero esto preocupa a los recolectores como Farha que llevan toda la vida dedicados a ello.

Aunque desde el incendio de 2016 acceder a la montaña de basura de Deonar se ha vuelto más difícil.

El municipio incrementó la seguridad para evitar que los recolectores entren y provoquen incendios: las llamas derriten la basura más liviana, quedando con ello expuesto el metal que se vende a precios altos.

Los recolectores que logran colarse a menudo son golpeados, detenidos y expulsados, aunque algunos sobornan a los guardias o acceden al vertedero antes del amanecer, cuando comienzan las patrullas de seguridad.

Pero ese no es el único motivo por el que los recolectores de basura de Deonar han visto su modo de vida. Y es que ahora gran parte de la separación de residuos se hace en la ciudad.

Como consecuencia, Farha no tiene teléfono desde hace meses. Y se ve obligada a sobornar a los guardias con al menos 50 rupias (US$0,67) todos los días para entrar y trabajar en los terrenos de Deonar.

Para recuperar esto, incluso pensó en buscar entre la basura que comenzó a llegar desde las salas del hospital en las que se atendía a los pacientes de covid-19 el año pasado.

Pero su familia le pidió que no recogiera esos desechos “dañinos”.

Así que ahora se queda cerca, observando a los recolectores que usan equipo de protección para seguir recogiendo plástico bajo la lluvia para revender.

La ciudad estaba enviando basura nueva y, como lo habían hecho durante años, las montañas tenían que acomodarla y los recolectores tenían que recolectarla y revenderla.

“El hambre nos matará si no nos mata la enfermedad”, dice Farha.

*Saumya Roy es una periodista con sede en Bombay y autora del libro Mountain Tales: Love and Loss in the Municipality of Castaway Belonging (Profile Books / Hachette India).


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