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Por qué los padres de los normalistas de Ayotzinapa siguen sin creer en la versión oficial

Para una familia, el hallazgo de dientes calcinados y fragmentos de hueso no son una prueba convincente de la muerte de los estudiantes.
14 de noviembre, 2014
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Clemente Rodríguez muestra una imagen de su hijo desaparecido Christian Rodriguez Telumbre durante una entrevista en su casa de Tixtla, México. El hijo de Rodríguez es uno de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Foto: Cuartoscuro.

Clemente Rodríguez muestra una imagen de su hijo desaparecido Christian Rodriguez Telumbre durante una entrevista en su casa de Tixtla, México. El hijo de Rodríguez es uno de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Foto: Cuartoscuro.

María Telumbre conoce el fuego. Se dedica a hacer tortillas en una cocineta de carbón, y la experiencia le dice que cocinar un chivo lleva cuatro horas. Por eso, se niega a creer en la explicación dada por el gobierno mexicano de que integrantes de un cártel del narcotráfico incineraron a su hijo y a otros 42 estudiantes desaparecidos en una gigantesca hoguera en menos de un día, lo que habría borrado cualquier huella que permita identificar los cadáveres.

Para ella, el hallazgo de dientes calcinados y fragmentos de hueso no son una prueba convincente y tienen el mismo valor que las fosas clandestinas descubiertas en el estado de Guerrero desde que los estudiantes desaparecieron el 26 de septiembre. Simplemente, se rehúsa a aceptar que esas cenizas pertenezcan a su hijo de 19 años y a sus compañeros de escuela.

¿Cómo es posible que en 15 horas hayan quemado a tantos jóvenes, los hayan puesto en bolsas y los tiraran al río?“, dice Telumbre. “Eso es imposible, como padres, no les creemos”.

Para Telumbre, su esposo Clemente Rodríguez y otros padres la explicación oficial es tan solo otra mentira de un gobierno que quiere silenciar a los pobres y echarle tierra a este escándalo. Sus exigencias de que se diga la verdad han alimentado la rabia contenida de un país frente a la incapacidad del gobierno de confrontar a los brutales carteles de la droga, a la corrupción y la impunidad.

El escepticismo de la familia Rodríguez tiene su origen en la colusión entre autoridades mexicanas y el crimen organizado. Los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa fueron vistos por última vez cuando la policía de la ciudad de Iguala los detuvo, presuntamente por órdenes del alcalde. Soldados y policías federales no respondieron a las urgentes peticiones de los padres para que les ayudaran. El gobierno federal tardó 10 días en intervenir y cuando lo hizo, dicen los padres, las autoridades se concentraron en descubrir tumbas clandestinas en lugar de buscar a los estudiantes vivos, por eso sólo han encontrado las fosas.

“Los tendrán por allá escondidos, pero tengo la esperanza que cualquier día los van a soltar”, dice Rodríguez, insistiendo en que su hijo Christian Rodríguez Telumbre aún está vivo.

Guerrero es un estado violento con un historial de revueltas armadas y en cuya economía el cultivo de marihuana y amapola son un factor importante. La familia Rodríguez vive lejos de los lujosos centros vacacionales de Acapulco e Ixtapa, en una zona agrícola cercana a la Escuela Normal Rural, una universidad que forma maestros en Ayotzinapa. Rodríguez trabaja como vendedor de agua embotellada mientras que su esposa vende las tortillas que hace en una estufa al aire libre. El humo se cuela a su casa, de un solo cuarto dividido con cortinas y construida de adobe, que comparten sus tres hijas, la madre de Rodríguez, y hasta hace poco, Christian.

La noche del 26 de septiembre, Telumbre y Rodríguez recibieron una llamada de su hija. Había problemas. Ambos acudieron inmediatamente a la escuela. Les dijeron que decenas de estudiantes habían ido a la ciudad de Iguala a recaudar dinero y que la policía había disparado contra los autobuses que se habían tomado por la fuerza. Los detalles iban apareciendo poco a poco: Christian formaba parte del grupo atacado; un estudiante recibió un disparo en la cabeza; tres más murieron al igual que tres personas que pasaban por el sitio; uno de ellos fue encontrado al lado de la carretera, le habían arrancado la piel de la cara y le habían sacado los ojos, una marca de los asesinatos cometidos por los narcos.

Rodríguez se encaminó a Iguala con otros 10 padres. Su primera parada fue la oficina local de la procuraduría federal. Los guardias no los dejaron entrar pero los padres, desesperados, entraron a la fuerza y exigieron ayuda. Los funcionarios dijeron que no tenían información.

Luego fueron a la policía de Iguala, que también dijo que no conocía nada del tema aunque uno de ellos dejó entrever a Rodríguez que quizá los radicales estudiantes en realidad eran criminales que habrían recibido su merecido. Después se supo que las autoridades federales habían retenido a unos cuantos estudiantes, que esa tarde fueron liberados y que habían regresaron a la escuela. Pero Christian no estaba entre ellos.

Durante tres días más, los padres continuaron su desesperada búsqueda en hospitales, el edificio del Ayuntamiento y la base militar local. Siguieron pistas que los llevaron a cuevas oscuras y a una hacienda abandonada donde se decía que el cartel Guerreros Unidos, escindido del cartel de Los Beltrán Leyva, los tenía prisioneros. En Iguala, Rodríguez dio su número de teléfono móvil a extraños y suplicó que le dieran información de manera anónima. Pero todos parecían temerosos de hablar.

Las autoridades estatales detuvieron a 22 policías de Iguala en relación con el ataque al autobús y anunciaron que continuaban con la búsqueda de los 43 estudiantes. El alcalde, José Luis Abarca, solicitó licencia mientras se efectuaba una investigación y luego se fugó acompañado de su esposa María de los Ángeles Pineda.

Aún no había noticias de Christian.

Ocho días después de la desaparición de los estudiantes las autoridades federales anunciaron más detenciones. Dijeron que sospechosos los habían llevado a tumbas clandestinas en una colina de las afueras de Iguala, cerca de Pueblo Viejo. Veintiocho cuerpos fueron hallados en las fosas pero esos restos no encajaban con los de los estudiantes.

Diez días después de la desaparición de los jóvenes, el presidente Peña Nieto anunció el envío de fuerzas federales de seguridad para “conocer la verdad y asegurar que se aplique la ley a los responsables de estos hechos que son, sin duda, indignantes, dolorosos e inaceptables”.

Con el tiempo 10 mil policías federales y decenas de investigadores forenses, ataviados con sus trajes de protección para residuos peligrosos, se unieron a la búsqueda. También se ofreció una recompensa de 1,5 millones de pesos (alrededor de 112.000 dólares) a quien diera información sobre el paradero de los estudiantes desaparecidos. Se detuvo a más personas: 76 en total.

Pero aún no había rastros de los estudiantes.

Finalmente, el viernes pasado, el procurador general Jesús Murillo Karam dio una conferencia transmitida por televisión en la que detalló cómo hay “indicios” de que fueron asesinados los estudiantes, de acuerdo con confesiones ofrecidas por detenidos del caso.

Los jóvenes fueron llevados a un basurero cerca de Cocula en camionetas de carga tan atestada que 15 de ellos murieron de asfixia en el camino. Los sospechosos sostienen que los estudiantes fueron asesinados allí y que los asesinos apilaron sus cuerpos y encendieron una enorme fogata que ardió durante 15 horas. Luego metieron los restos pulverizados en bolsas que lanzaron al río.

“El alto nivel de degradación por el fuego hace muy difícil la extracción de ADN que permita la identificación”, dijo Murillo Karam ese día con un rostro lúgubre.

Las autoridades, no obstante, enviaron los restos a un laboratorio especializado en Austria para su identificación, en la esperanza de obtener información que permita a padres como Telumbre y Rodríguez aceptar la muerte de sus hijos.

AP.

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La revolucionaria ley que permite convertir los cadáveres humanos en abono para jardines

El estado de Washington es el primero de EU en aprobar una ley que permite que el cuerpo se transforme en compostaje como una forma de entierro.
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29 de abril, 2019
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“Polvo eres y en polvo te convertirás”: una máxima que se ha repetido por siglos como una forma de definir lo que ocurre con nuestro cuerpo una vez acaba la vida.

Sin embargo, en el estado de Washington, Estados Unidos, han decidido cambiar un poco esa aproximación: en vez de polvo, el cuerpo humano puede convertirse en el compostaje perfecto para jardines y cultivos en general.

O sea, que los restos humanos pueden ser los cimientos de un jardín florecido a las puertas de una casa o pueden servir para alimentar las raíces de los árboles.

La idea, que fue aprobada la semana anterior por el Senado estatal y está a la espera de la firma del gobernador Jay Inslee para su visto bueno final, es convertir el compostaje en una alternativa al entierro o la cremación, mediante un proceso que dura 30 días y por el que el cadáver se convierte en abono natural.

Una idea que cada vez tiene más adeptos en EE.UU. como una forma de aportar al medio ambiente después de la muerte. Y sobre todo, hacerlo de forma legal, porque en muchos países está prohibido disponer de restos humanos por fuera de cementerios o sitios de entierro autorizados.

Ataudes

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Se estima que más de la mitad de los cuerpos son cremados en EE.UU. y no enterrados como se hacía tradicionalmente.

Pero, ¿cómo cambia la forma en que se degrada el cuerpo con este método, comparado con el proceso que ocurre naturalmente con un cuerpo enterrado? ¿Y cómo puede ser beneficioso para el medio ambiente?

Maneras ecológicas de morir

De acuerdo al antropólogo forense Daniel Wescott, al cuerpo humano le toma meses degradarse en la tierra.

Y todo depende de la calidad del suelo. En un ambiente seco, el cuerpo puede terminar momificado. En zonas más húmedas, un rostro puede degradarse hasta llegar a los huesos en pocas semanas.

“Si tienes una buena cantidad de actividad de bacterias, en un mes el cuerpo humano ya debería estar degradado en la tierra“, le dijo Wescott a la BBC.

Pero es algo que cada vez pasa menos: más de la mitad de los cuerpos de quienes fallecieron en 2016 en Estados Unidos fueron cremados, no enterrados.

Y los que son enterrados van dentro de ataúdes de madera, que ralentizan el proceso de degradación.

Por eso, hay personas que llevan años pensando en que deberían extenderse otras maneras de ser depositado bajo tierra.

“La naturaleza sabe cómo transformar nuestros cuerpos en tierra. En abono“, le dijo a la BBC Nina Schoen, una de las promotoras de la idea de convertir el cuerpo humano en compostaje.

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Para 2035 se estima que solo el 15% de los entierros se realizarán de la forma tradicional.

“Lo que es más importante, al menos para mí, es que mi cuerpo sea capaz de devolverle a la Tierra lo que ella hizo por mí cuando yo estaba viva y, a través de ese proceso, crear nuevas fuentes de vida”, agregó.

Pero, ¿cómo hacerlo?

Tal vez la mayor impulsora de esta nueva ley estadounidense es Katrina Spade, la fundadora de la compañía Recompose, con sede en la ciudad de Seattle, en el oeste del país.

Es ella la que señala que puede convertir el cuerpo humano en un fértil abono en tan solo 30 días.

“Lo que hacen es simplemente acelerar el proceso natural de descomposición”, explicó Nora Menkin, directora People’s Memorial, una organización sin ánimo de lucro que provee servicios funerarios a personas sin recursos en Seattle.

El método de Recompose, que ha sido tratado por investigadores de la Universidad de Washington, consiste en seguir el proceso normal de compostaje, pero en el caso del cuerpo humano se le añade una mezcla de astillas de madera y otros ingredientes biodegradables.

Lo que hace que microbios y bacterias termofílicas -o sea, a las que les gusta el calor- hagan su trabajo y aceleren la descomposición.

Todo el proceso ocurre a unos 55 C, que además termina de matar a posibles bacterias responsables del contagio de enfermedades.

El resultado es abono que se puede usar de manera segura, que es la razón definitiva por la que muchas personas apoyan esta forma de tratar los cuerpos tras la muerte.

“Tenemos toda esta energía que muchas veces es quemada o sellada en ataúdes que podemos utilizar para ayudar a que la vida continúe”, dijo Menkin.

Por su parte, Schoen aclara que apoya esta opción porque quiere que su cuerpo aporte al medio ambiente.

“Las preocupaciones sobre el medio ambiente son muy importantes para mí y tienen un rol central en las decisiones que tomo a diario”, dijo.

Costoso… por ahora

Para 2035, la Asociación de Funerarias de Estados Unidos (NFDA, por sus siglas en inglés) anticipa que solo el 15% de los entierros serán de tipo tradicional.

Sin embargo, experimentar puede resultar costoso.

“Es un hecho que la mayoría de las personas señalan que (el proceso de convertir al cuerpo en compostaje) es una opción costosa“, dijo Menkin.

“Ahora mismo puede llegar a costar unos US$5.500. No es un proyecto barato”, agregó.

cremación

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La cremación sigue siendo el método más económico para disponer los restos mortales del cuerpo humano.

El costo promedio de un entierro tradicional es de alrededor de US$7.000. Sin embargo, una cremación llega solo a los US$1.000.

Por ahora, los entierros ecológicos no son muy populares.

Además de que existen reparos éticos sobre esta manera de disponer de los restos de lo que fue un ser humano.

¿Los cuerpos van a ser cuidados de forma respetable?, ¿podremos en el futuro ser capaces de recordarlos, de recordar que formaron parte de una comunidad? Esas preguntas siempre estarán cuando se insiste en cambiar la forma en que enterramos a quienes mueren”, dijo el profesor de la Universidad de California David Sloane.

Sin embargo, tanto Menkin como Schoen creen que la idea es convencer a la gente de que aunque “sea diferente, no es malo”.

“Lo que pasa es que aquí en EE.UU. nadie quiere hablar sobre el tema. No hablamos lo suficiente sobre lo que significa la muerte o sobre la muerte en general”, recalcó Schoen.


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