Radiografía de los jóvenes reclutados por el crimen
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Radiografía de los jóvenes reclutados por el crimen

11 mil 559 adolescentes en todo el país fueron objeto de diversas medidas por haber cometido infracciones a las leyes penales. De ellos, 4 mil 959 fueron privados de su libertad por considerar que cometieron delitos graves.
Por Nayeli Roldán
10 de noviembre, 2014
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Foto: Cuartosuro.

Foto: Cuartosuro.

Cecilia ingresó a un centro de internamiento a los 17 años para cumplir una sentencia de nueve años por homicidio calificado. En Tijuana, aun siendo adolescente, un grupo criminal la adiestró “en la guerra en contra de los guachos (soldados)”. Fue entrenada para ser sicaria. Por la vida de una persona le ofrecieron 200 mil pesos. “Los acepté; lo maté con una daga”, relata.

Fue detenida por elementos del Quinto Batallón del Ejército después de un operativo que  incluyó cerrar las carreteras porque sus habilidades le permitían escabullirse con facilidad. Actualmente tiene 20 años y con la misma seguridad que confiesa su crimen, reconoce un vínculo familiar inquebrantable. “Si sigo siendo un ser humano es por mi mamá y si tengo algo bueno en mí, es por ella”.

Incluso, le gustaría ser como esos a los que alguna vez combatió. Su sueño es ingresar al Ejército y estudiar Ingeniería para llegar a ser “General de tres estrellas”. Desde niña supo que no repetiría el destino de la mayoría de mujeres en su pueblo: ser casada a la fuerza y cambiar los golpes de su padre por los de su marido.

Este es uno de los testimonios recogidos por Elena Azaola, investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), en el estudio La reinserción socio familiar de los adolescentes en conflicto con la ley. De la situación actual hacia una propuesta de intervención, publicado en agosto pasado.

En él se destaca que en México, 11 mil 559 adolescentes en todo el país fueron objeto de diversas medidas por haber cometido infracciones a las leyes penales. De ellos, 4 mil 959 fueron privados de su libertad por considerar que cometieron delitos graves. Del total, 93% fueron hombres y 7% mujeres.

El pasado 28 de octubre, como parte del Seminario sobre violencia en México realizado en el Colegio de México, Azaola dictó la conferencia “Fábrica de sicarios” para explicar los hallazgos de su estudio donde realizó entrevistas y encuestas a 278 menores de entre 14 y 18 años de edad recluidos en Centros para adolescentes en conflicto con la ley ubicados en Morelos, Hidalgo, Coahuila y Sinaloa. 

El título de la conferencia es demoledor. La primera pregunta que surge es ¿Qué estamos haciendo como sociedad para que niños y adolescentes delincan? La explicación es multifactorial, pero con una coincidencia: las omisiones. “Tiene que ver con carencias importantes en su formación familiar, económica y sin un Estado que tampoco respondiera de manera apropiada”. El resultado del abandono hacia la niñez y adolescencia de este país “hoy en día saltan de esa manera”, dice la investigadora en entrevista con Animal Político.

Así impacta el crimen en la vida de niños y jóvenes 

Los casos “más severos y preocupantes” son los de los adolescentes captados por grupos de la delincuencia organizada, pues han vivido experiencias que trastocaron su vida de manera radical, explica el estudio.

El crimen organizado necesita de personas para hacer funcionar su negocio. Los puestos más bajos de la estructura son ocupados por jóvenes de las colonias y barrios donde operan y son también los más expuestos a ser detenidos o asesinados.

De los 278 entrevistados, 10% fue acusado de delitos contra la salud y 10% por delincuencia organizada; 9% utilizó armas de alto poder para delinquir.

La presencia del crimen organizado en el país tiene un impacto en la vida cotidiana, por lo que niños, niñas y adolescentes están más propensos a cometer delitos. Los grupos “saben cómo buscar, como captar y seducir” a los menores en situación de calle o vulnerables que carecen de atención familiar u oportunidades escolares y económicas, explica la investigadora Azaola.

“Están más propensos porque el crimen organizado no va a tocar a tu puerta y sacar a los niños de tu casa, pero sí va a saber qué niños no cuentan con esa protección por parte de su entorno y son más susceptibles e influenciables a caer”, comenta la investigadora.

En las entrevistas, los adolescentes que participaron en el estudio relataron así su participación con el crimen organizado:

 “A los 15 años me uní a trabajar a la delincuencia organizada. Recibí entrenamiento en McAllen, Texas, mi jefe es un norteamericano que vive en Virginia. Yo era el encargado de controlar a los sicarios y los halcones”

Una chica de 16 años dice: “me detuvieron porque yo reportaba lo que sucedía en las colonias. Yo era halcón, tenía que reportar lo que pasaba en las colonias. Llamaba por teléfono y les decía si pasaba la policía o cómo estaba el movimiento”.

“Yo hacía cualquier trabajo, ya fuera robar, matar o transportar droga… cualquier cosa con tal de ganar dinero”.

 

El contacto con la procuración de justicia

La relación de los jóvenes con las instituciones de procuración de justicia y los funcionarios de primer contacto están distorsionadas, pues ellos también forman parte del crimen, la corrupción y abuso de poder. Uno de los hallazgos del estudio es que de los jóvenes detenidos, 14 por ciento delinquió con la participación de algún adulto integrante alguna corporación policial o miembro del Ejército.

La otra situación de contacto directo con las autoridades es el momento de la detención. Tres cuartas partes de los adolescentes reportan haber sido golpeados por la policía al momento de su detención y, en más de la mitad de los casos, no se les informara de sus derechos ni del derecho a ser asistidos por un abogado.

“Si el dato es grave en sí mismo, más grave aún nos pareció la reacción de prácticamente todos los adolescentes quienes consideraban los golpes como la conducta normal que cabría esperar por parte de la policía”, argumenta el estudio.

Los testimonios de los adolescentes respecto a su detención:

“Los militares me metieron una manguera en la boca y me echaron aceite de carro, después me llevaron a un terreno a golpearme. También cuando llegué al Ministerio Público me volvieron a golpear”.

“Nos torturaron los policías federales que nos detuvieron. Nos dieron toques, me pusieron una bolsa en la cara y me golpearon. Yo ya no escucho con un oído. Nos tuvieron todo un día golpeando en las oficinas de los federales. Me trataron como si fuera una cosa, una materia que se desecha”.

 

Una vez recluidos en los centros de adolescentes en conflicto con la ley, el panorama no mejora. Los entrevistados  refieren que son maltratados por los custodios, que se toleran las drogas, que hay pocas oportunidades para estudiar, de esparcimiento o de ayuda para que al salir puedan retomar su vida de otra forma. Uno de los testimonios ejemplifica la situación. “Aquí adentro sólo aprendes a ser malo, algunos llegan por una tontería o una equivocación pero aquí aprenden a ser delincuentes”, dice un joven.

En el estudio se informa que las deficiencias más importantes en los centros de internamiento tienen que ver con los insuficientes programas educativos y los talleres de capacitación que se imparten. “En todos los centros, las autoridades señalaron no tener el presupuesto necesario para poder impartir los talleres que los adolescentes necesitarían para adquirir algún oficio o para producir bienes por los cuales pudieran obtener algún ingreso.

“El tedio, el hastío, el aburrimiento y el fastidio es lo que prevalece, situación que preocupa de manera muy importante ya que implica no poder cumplir con los fines legales que la institución tiene previstos. Implica, sobre todo, la pérdida de oportunidades y el uso de energías y capacidades que los adolescentes no pueden ni podrán desarrollar más adelante, con el riesgo, además, de habituarse a una vida en institución que poco o nada les ofrece para que logren reinsertarse de manera sana, productiva y responsable a la sociedad”, detalla el estudio.

 

Aquí, una radiografía de la situación de quienes fueron recluidos en los Centros para adolescentes en conflicto con la ley:

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Casos como los de Cecilia no son únicos y peor, pueden seguir sucediendo si el Estado no implementa políticas suficientes y acordes a las necesidades de miles de niños vulnerables en medio de situaciones de violencia y pobreza, sobre todo para prevenir la formación de un caldo de cultivo que enrole a las nuevas generaciones en la delincuencia.

Azaola enumera algunas: “hacer políticas de prevención en violencia familiar, mejorar el sistema educativo para que no abandonen la escuela que es un factor que los deja mucho más expuestos; que tengan mejores oportunidades para que no se dejen atraer por los grupos de crimen organizado. Hay muchas ausencias en la familia, sociedad y el Estado que tendrían que corregirse”.

En el caso de quienes ya han delinquido y privados de la libertad necesitan tratamientos idóneos, atención especializada para poder superar estos problemas, pero “lamentablemente no se ve como una necesidad importante, prioritaria y es absolutamente fundamental. Si no se invierte en lo que ellos requieren no van a salir en las mejores condiciones sino quizás a repetir lo mismo”.

Sin embargo, también se requieren de procesos de paz, la inseguridad ha generado conflictos, confrontaciones y debilitado los lazos sociales en las comunidades, entonces ¿cómo recibirá la sociedad a Cecilia en seis años más cuando cumpla su sentencia por haber matado a un hombre? ¿Podrá encontrar empleo y ser vista como una persona que cumplió su deuda con la ley? El estudio explica que “la reconciliación en estos casos tiene que ver, sí, con la búsqueda de la justicia, pero también con el perdón”.

Así, la paz no puede lograrse en las comunidades mientras no incluya la seguridad personal y la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos. Tampoco la reconciliación puede alcanzarse hasta que la sociedad logre alterar sus preceptos fundamentales para aceptar que todos en la comunidad política tienen el derecho de que les sea reconocida su dignidad humana y sean tratados justamente, incluyendo, desde luego, a los adolescentes en conflicto con la ley”.

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'Me acusaron de secuestrar a mi hijo adoptivo blanco'

Las historias de adopción de niños de una raza distinta a la de sus padres suelen presentar a familias blancas que adoptan niños negros o asiáticos. Cuando sucede lo contrario, suelen surgir muchas sospechas.
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24 de septiembre, 2020
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Johnny, de siete años, estaba a punto de tener un ataque de nervios.

Se había despertado de mal humor y la cosa solo iba a peor a medida que avanzaba el día.

En un restaurante en Charlotte, Estados Unidos, Peter vio que Johnny discutía con otro niño en el área de juegos. Tenía que actuar rápido para sacar del restaurante al niño, al que tiene acogido temporalmente, antes de que estallara en una fuerte rabieta.

Peter lo tomó en sus brazos y rápidamente pagó la cuenta.

Mientras llevaba a Johnny al coche, el niño se retorcía malhumorado y todavía estaba agitado cuando Peter lo puso en el suelo para poder abrir la puerta del coche.

Una mujer se les acercó con el ceño fruncido.

“¿Dónde está la madre de este niño?”, preguntó.

“Yo soy su padre”, respondió Peter.

La mujer dio un paso atrás y se paró frente al coche de Peter. Miró la matrícula y sacó su teléfono.

“Hola, policía, por favor”, dijo tranquilamente. “Oiga, hay un hombre negro. Creo que está secuestrando a un niño blanco”.

De repente, Johnny se quedó quieto y miró a Peter. Peter lo rodeó con el brazo.

“No pasa nada”, le dijo al niño.

Una infancia pobre

En la web de Lonely Planet, la polvorienta ciudad de Kabale es descrita como “el tipo de lugar que la mayoría de la gente atraviesa lo más rápido posible”.

En Uganda, cerca de las fronteras de Ruanda y la República Democrática del Congo, sirve como punto de tránsito en la ruta hacia varios parques nacionales famosos en los alrededores.

Para Peter, su ciudad natal todavía le trae recuerdos dolorosos.

La suya fue una infancia en la pobreza. Cuando era niño, ocho miembros de su familia dormían en el piso duro de una cabaña de dos habitaciones.

“Si comíamos, eran patatas y sopa”, dice, “y si teníamos suerte, comíamos frijoles”.

La madre de Peter

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La madre de Peter, parada fuera de la casa en la que creció.

La violencia y el alcoholismo eran una realidad diaria en la vida de Peter. Para escapar, corría a las casas de sus tías, que vivían a solo unos metros de distancia.

“Por un lado, había una gran familia extendida disponible”, dice, “pero era un caos”.

A los 10 años, Peter decidió que prefería quedarse sin hogar. Un día agarró todas las monedas que encontró y corrió hacia la parada del autobús.

“¿Cuál de ellos va hasta más lejos?”, le preguntó a una mujer que estaba esperando en la parada. Señaló un autobús y, aunque Peter no pudo leer el letrero, se subió. Se dirigía a la capital de Uganda, a 400 km de distancia.

Cuando Peter desembarcó en Kampala después de casi un día de viaje, se dirigió a los puestos del mercado que bordeaban las calles y preguntó a los vendedores si podía trabajar, cualquier trabajo, a cambio de comida.

Durante los dos años siguientes, Peter vivió en la calle. Se hizo amigo de otros niños sin hogar y compartieron sus ganancias o comidas. Peter dice que aprendió una habilidad invaluable para la vida: reconocer la bondad en otras personas con solo una mirada.

Un hombre amable fue Jacques Masiko. Iba al mercado a hacer su compra semanal y le compraba a Peter una comida caliente antes de irse.

Después de aproximadamente un año, el señor Masiko le preguntó a Peter si le gustaría recibir una educación. Peter dijo que sí, y el señor Masiko consiguió enrolarlo en una escuela local.

Después de seis meses, al ver lo bien que le iba a Peter en la escuela, Masiko y su familia le pidieron al niño que fuera a vivir con ellos.

En Jacques Masiko, Peter encontró a un hombre que lo trataba como a un miembro de su familia. Peter le devolvió el favor sobresaliendo en la escuela y, finalmente, ganó una beca para una universidad estadounidense.

Un par de décadas después, Peter tenía poco más de 40 años y estaba felizmente asentado en los Estados Unidos. Trabajaba para una ONG que llevaba donantes a Uganda para ayudar a las comunidades desfavorecidas.

Fue en uno de esos viajes, cuando vio a una familia blanca que viajaba con su hija adoptiva, que Peter se dio cuenta de que los niños en Estados Unidos a veces necesitaban un nuevo hogar tanto como los niños en Uganda.

A su regreso a Carolina del Norte, Peter fue a una agencia de acogida local y dijo que le gustaría ser voluntario.

“¿Has pensado en convertirte en padre adoptivo?”, preguntó la señora de la oficina de acogimiento de menores mientras anotaba sus datos.

“Estoy soltero”, respondió Peter.

“¿Y?”, respondió ella: “Hay muchos niños en el sistema de acogida que buscan modelos masculinos, personas que quieran ser una figura paterna en su vida”.

Solo otro hombre soltero se había inscrito para ser padre de acogida en el estado de Carolina del Norte en aquel momento.

Cuando llenó los formularios, Peter asumió que automáticamente sería emparejado con niños afroamericanos. Pero le sorprendió que el primer niño que estuvo bajo su cuidado fuera un niño blanco de cinco años.

Peter y Jacques.

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Jacques Masiko (derecha), sacó a Peter de la calle y le dio una eduación.

“Fue entonces cuando me di cuenta de que todos los niños necesitan un hogar, y el color no debería ser un factor para mí”, dice Peter.

“Tenía dos dormitorios libres y debería alojar a cualquiera que lo necesitara.

“Al igual que el señor Masiko me había dado a mí una oportunidad, quería hacer esto por otros niños”.

¿Puedo llamarte papá?

En el transcurso de tres años, nueve niños se quedaron con Peter, usando su casa como un recurso temporal durante unos meses antes de regresar con sus familias. Eran negros, hispanos y blancos.

“Una cosa para la que no estaba preparado fue lo difícil que es cuando un niño se va”, dice. “No es algo para lo que puedas prepararte”.

Peter dejaba pasar largas temporadas entre un niño y otro para poder estar emocionalmente disponible para el siguiente.

Por eso, cuando recibió una llamada un viernes por la noche de la agencia de acogida sobre un niño de 11 años llamado Anthony que necesitaba un lugar urgente para quedarse, Peter se resistió.

“Solo habían pasado tres días desde que se había ido el último niño, así que dije: ‘No, necesito al menos dos meses’. Pero luego me dijeron que este era un caso excepcional, un caso trágico, y que solo necesitaban alojarlo durante el fin de semana hasta que pudieran encontrar una solución”.

De mala gana, Peter aceptó y Anthony, un chico alto, pálido y atlético con una mata de cabello castaño rizado, fue llevado hasta su casa a las 3 de la madrugada. A la mañana siguiente, Anthony y Peter se sentaron a desayunar.

“Puedes llamarme Peter”, le dijo al chico.

“¿Puedo llamarte papá?”, fue la respuesta de Anthony.

Peter se sorprendió. Los dos apenas habían cruzado algunas palabras. Aunque todavía no conocía la historia de fondo de Anthony, Peter se sintió instantáneamente conectado con él.

Los dos pasaron el fin de semana cocinando y hablando. Visitaron el centro comercial para que Peter pudiera comprarle algo de ropa. Se hicieron preguntas superficiales: qué comida les gustaba, qué tipo de películas disfrutaban.

“Ambos estábamos tratando de ver cómo encajar”.

El lunes, cuando llegó el asistente social, Peter se enteró de la historia de Anthony.

Peter y Anthony jugando videojuegos.

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“Este niño sabía que yo sería su papá”, dice Peter.

Había estado en el sistema de acogida desde los dos años y fue adoptado por una familia cuando tenía cuatro.

Pero ahora, siete años después, los padres adoptivos de Anthony lo habían abandonado a las puertas de un hospital. Una vez localizados, le dijeron a la policía que no podían seguir cuidando de él.

“No podía creerlo”, dice Peter, “Nunca se despidieron, nunca explicaron sus razones y nunca regresaron. Esto me mató. ¿Cómo podía alguien hacer esto?”.

“La vida de Anthony me devolvió a mi infancia”.

“Este niño era como yo a los 10 años en las calles de Kampala, sin tener adónde ir. Entonces me volví hacia el trabajador social y le dije: ‘¿Sabes qué? Solo necesito hacer el papeleo para que pueda ir a la escuela y nosotros dos estaremos bien”.

Peter miró a Anthony y se dio cuenta de que el niño había mostrado quizás un gran sentido de la anticipación.

“Recuerda, me llamó ‘papá’ de inmediato. Este niño sabía que yo sería su papá”.

Esa misma semana, los padres adoptivos de Anthony fueron a la corte del condado para cederle sus derechos.

“Creo que ambos supimos de inmediato que se quedaría conmigo de forma permanente”, dice Peter. En un año, Peter había adoptado formalmente a Anthony.

“No siempre nos tratan bien”

Anthony quería saber todo sobre la vida de su padre en Uganda, dice Peter, porque ahora esta también era su historia. Anthony ayudaba a Peter a preparar platos ugandeses como “katogo”, un desayuno de yuca picada mezclada con frijoles.

En la escuela, Anthony empezó a disfrutar presentar a Peter a sus amigos.

“Este es mi papá”, anunciaba, disfrutando de las miradas a veces confundidas de sus compañeros de clase.

Pero ha habido momentos difíciles. Un día festivo, la seguridad del aeropuerto detuvo a Anthony para preguntarle dónde estaban sus padres.

Anthony señaló a Peter, y los funcionarios empezaron de inmediato a verificar sus antecedentes. Anthony estaba cada vez más frustrado por lo que veía como racismo evidente, pero Peter lo calmó.

“Soy tu papá y te quiero, pero a las personas que se parecen a mí, no siempre nos tratan bien”, le dijo Peter a Anthony, que tenía 13 años.

“Tu trabajo no es enojarte con las personas que me tratan de esta manera, tu trabajo es asegurarte de tratar a las personas que se parecen a mí de forma honorable”.

Peter, Anthony y Johnny en las escaleras con su perro.

Fosterdadflipper
Johnny, con su cabello lacio rubio y su figura pálida, atrae aún más miradas sospechosas.

En la primavera de este año, la agencia de acogida llamó a Peter para ver si podía cuidar temporalmente a un niño de siete años llamado Johnny (no es su nombre real), cuya familia tenía problemas económicos como resultado de la pandemia del coronavirus.

Johnny se instaló tan bien como Anthony, y siguiendo el ejemplo de su hermano adoptivo, también lo llamó “papá”.

Johnny, con su cabello lacio rubio y su pequeña figura pálida, atraía aún más miradas sospechosas cuando salía con Peter.

Por eso Peter no se sorprendió cuando la señora que los vio salir del restaurante llamó a la policía. Solo les tomó unos minutos verificar que Peter era el tutor de Johnny, pero el suceso dejó al niño conmocionado.

Peter le explicó que este tipo de cosas podían ocurrir, de vez en cuando, porque él era negro y Johnny era blanco.

Es algo de lo que Peter y Anthony ya habían hablado.

Después del asesinato de George Floyd en Estados Unidos en mayo, mantuvieron una larga y emotiva conversación sobre el movimiento Black Lives Matter.

Peter le pidió a Anthony que se asegurara de tener su teléfono móvil listo si la policía los paraba por la calle.

“Como hombre negro, tengo 10 segundos para explicar quién soy a la policía antes de que potencialmente escale la situación”, dice Peter.

“Siempre le digo a Anthony, ‘si la policía me para, por favor agarra el teléfono y graba de inmediato’. Porque sé que él es mi único testigo, ¿sabes? Y tengo 10 segundos para salvar mi vida”.

“Creo que lo entiende. Sabe que porque estamos en Estados Unidos y yo me veo diferente a él, me tratarán de manera diferente”.

“Este tipo de tensión y sospecha no es algo que un padre blanco tenga que enfrentar cuando adopta a un niño negro”.

Diferencias raciales

Según Nicholas Zill, psicólogo investigador y miembro del Instituto de Estudios de la Familia, las familias blancas en Estados Unidos tienen muchas más probabilidades de adoptar a alguien de otra raza que las familias negras.

Los últimos datos disponibles, de 2016, muestran que solo el 1% de las adopciones por familias negras fueron de niños blancos; en el 92% de los casos adoptaron niños negros.

Por el contrario, el 11% de las adopciones por familias blancas fueron de niños multirraciales y el 5% fueron de niños negros, dice Zill.

“Es muy raro ver a familias negras adoptando niños blancos, mucho más que al revés, y esto puede tener que ver con prejuicios culturales que todavía existen dentro del sistema de adopción de Estados Unidos”.

El año pasado, la pareja británica Sandeep y Reena Mander obtuvieron más de US$150.000 como indemnización después de que un juez dictaminara que habían sido discriminados al no poder adoptar a un niño de origen no asiático.

Anthony y Peter

Fosterdadflipper

La pareja dijo que el servicio de adopción local les había dicho que vieran la posibilidad de adoptar a un niño de India o Pakistán.

“La ley en el Reino Unido es muy clara en que la raza no debe ser un factor decisivo en la colocación de niños”, dice Nick Hodson, socio del bufete de abogados McAlister Family Law, que se ha especializado en derecho de la infancia durante más de 20 años.

Peter dice que si bien no ha tenido problemas como cuidador negro dentro del sistema de acogida de Carolina del Norte, adoptar a Anthony puede haber sido más fácil de lo habitual debido a su edad.

Nicholas Zill agrega que después de los cinco años, es más difícil colocar a los niños en un hogar permanente.

Peter sabe de otras familias negras que tuvieron que esperar mucho tiempo porque no había niños de la misma raza.

“No vivimos en una sociedad igualitaria”, dice, “pero quiero ser visible para romper los estereotipos. Hay estereotipos de hombres negros como padres ausentes, como criminales, todo esto tiene un papel. Por eso he sido abierto sobre mi crianza y publico regularmente fotos mías y de los niños en Facebook e Instagram”.

Ha conseguido casi 100.000 seguidores en Instagram al documentar su vida cotidiana, bajo el nombre de Fosterdadflipper.

Peter tiene planes para los niños cuando no haya restricciones de viaje. Quiere llevarlos a Uganda para que puedan ver de dónde viene.

Quiere construir una relación con la familia de Johnny para que la transición del niño de regreso a su hogar no sea dolorosa.

Pero a pesar de algunas ofertas en sus mensajes directos de Instagram, no tiene deseos de comenzar una relación romántica.

“No han tenido figuras masculinas estables en su vida”, dice Peter. “Me necesitan para ellos solos en este momento, y mientras sea así, estaré aquí para ellos”.


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