Las carreteras de la extorsión; cómo sobrevivir en un Tijuanero
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Las carreteras de la extorsión; cómo sobrevivir en un Tijuanero

Ante los riesgos que representa subirse a La Bestia, los migrantes han hecho suyos otros caminos para llegar a Estados Unidos. Viajan en combi, en taxis, haciendo escalas o en un Tijuanero, aunque siempre con una constante: dinero para pagar las mordidas. Aquí una crónica de esos viajes.
Por Majo Siscar @majosiscar
5 de diciembre, 2014
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Uno, dos, tres, cuatro… hasta quince. Pedro cuenta los retenes que ha pasado y cuántos le faltan para bajarse del Tijuanero, el camión en el que viaja con su hermano, un salvadoreño de 19 años. En cada retén da cerca de mil pesos de mordida. Así no tiene problemas, asegura.

Pedro tiene rasgos centroamericanos, viste como cholo gringo y, pese a hablar como mexicano, su acento es claramente salvadoreño. Su pasaporte, en cambio, asegura que es mexicano y que nació en Tonalá, Chiapas.

A Pedro nadie le llama Pedro y, al igual que su hermano, es oriundo de El Salvador; sin embargo, su documento fue emitido legalmente en el consulado mexicano de Washington, a unos 50 kilómetros de Annapolis, la capital de Maryland, donde vive, mientras que su acta de nacimiento, falsa, le costó alrededor de 25 mil pesos hace ya algunos años.

Así puede cruzar México sin problemas. Su hermano, no.

A lo largo de los tres mil 200 kilómetros entre Arriaga, Chiapas, y Sonora, Pedro deberá dar como 40 mil pesos en mordidas (sobornos) y si hace las cuentas: “en lo que cruzamos a Estados Unidos (mi hermano) me va a deber 6 o 7 mil dólares”, dice.

Pedro y su hermano salieron de El Salvador en autobús y viajaron a la ciudad guatemalteca de Tecún Uman. De ahí a Ciudad Hidalgo, ya en México, donde Pedro cruzó el puente Internacional Rodolfo Robles, luego de mostrar su pasaporte mexicano en la caseta de migración, mientras que su hermano, a quién llamaremos Miguel para preservar su identidad, campeaba el agua montado en una endeble balsa hecha con un par de llantas y una tabla a cambio de un pago de 25 pesos.

Ya en México, los dos hermanos se subieron a una combi de transporte colectivo hacia Tapachula, Chiapas, dónde está el mayor centro de detención de migrantes de México, que, desde julio, cuando entró en vigencia el llamado plan Frontera Sur, aumentó considerablemente su personal.

El Plan es un intento más del gobierno mexicano por controlar el río humano que viene del sur y, entre otras acciones, limita el acceso al tren carguero conocido como La Bestia. Sin embargo, la medida no detiene el flujo de centroamericanos.

“Desde hace tiempo registramos otros medios de transporte como el camión, las camionetas tipo combi o de redilas, pero eran minoritarios en las encuestas. Ahora se están incrementando las cifras de migrantes que los usan. Se van moviendo por las mismas rutas, pero con transportes alternativos”, explica Alejandra Castañeda, investigadora especializada en migración del Colegio de la Frontera Norte (Colef).

Esa es la estrategia de Pedro, quién ya ha cruzado cuatro veces México.

“La primera vez que me subí al tren fue hace once años, pero entonces estaba tranquilo, era como viajar en coche. Te bajabas de uno y luego agarrabas otro”, narra. La última vez que se subió a La Bestia, hace un par de años, tuvo que pagar extorsión a Los Zetas y vio como asesinaban a un paisano, por lo que ahora no quiere exponer a su hermano menor, quién ya intentó cruzar con un pollero por Tamaulipas, pero la policía intervino la casa de seguridad donde estaba y lo deportó.

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Foto: Archivo Cuartoscuro.

Desde que llegaron a Tapachula, Pedro decidió pagar un transporte privado hasta Arriaga para esquivar los múltiples retenes de migración que hay en la zona.

Un viejo amigo les cobró 10 mil pesos por llevarlos en un coche particular 250 kilómetros. “Así en un carro, no te para la migra”, explica Pedro.

Cuando llegaron a Arriaga, Pedro y Miguel abordaron un Tijuanero, como se conocen en Chiapas a los autobuses que viajan desde el sur hasta Tijuana, Baja California. Son empresas de tercera categoría, que aun y cuando viajan periódicamente y tienen hasta oficina fija, carecen de los permisos de una línea regular de pasajeros.

El Tijuanero que abordaron los salvadoreños debió jubilarse hace tiempo, pues se trata de un autobús destartalado, con el baño inservible, sin aire acondicionado y con televisiones descompuestas, pero todavía recorre casi cuatro mil kilómetros hasta la frontera norte y de regreso en una semana.

Para muchos mexicanos, y sobre todo centroamericanos, el Tijuanero es casi la única opción directa si se quiere viajar de sur a norte. Y lo es por un módico precio, mil 500 pesos a cambio de sobrevivir cuatro días a bordo, en los que se cruzarán los seis climas mexicanos sin más ventilación que dos respiradores superiores en el techo.

Moverse en líneas convencionales es más cómodo, pero cuesta el doble y, lo más importante, para hacerlo son indispensables los documentos migratorios en regla. No es así en los Tijuaneros, en los que los centroamericanos pagan hasta cinco mil pesos, aseguran los choferes, quienes saben que ese sobreprecio es solo el comienzo.

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Un retén militar le hace el alto al autobús. Tres soldados se suben y piden a los pasajeros que se bajen. Se oyen resoplidos y quejidos sordos.

–Hagan dos filas: los hombres allá y las mujeres de este lado–, grita uno de los uniformados. Los 50 pasajeros se acomodan. Los nueve niños y niñas se quedan con las diez mujeres adultas. Una mujer trae su permiso de tránsito avalado por migración, otras alistan sus credenciales de elector. Al ver mi pasaporte, español, el soldado sonríe. Me quito los lentes de sol para que se cerciore que soy yo con un poco más de maquillaje. No me pide mi permiso de estancia legal en el país.

Un joven se queda en el lado de las mujeres, como si así pudiera pasar desapercibido. Le pasan del lado de los hombres. Trae una suerte de fotocopia de la credencial de elector. Se queda hasta el final. También Pedro y su hermano. Al resto nos hacen regresar al camión.

Ahí, en una esquina, Pedro se arregla con uno de los militares. Entrega mil pesos y su hermano puede seguir el camino.

La escena se repite una y otra vez. Sólo cambia el escenario, el tipo de autoridad –Ejército, agentes del Instituto Nacional de Migración o la Policía Federal–. De las zonas selváticas de Chiapas, Tabasco y el sur de Veracruz al desierto de Sonora. En la madrugada, al amanecer, a medio día o a media noche.

El Instituto Nacional de Migración (INM) es la única autoridad competente para verificar la situación migratoria de los extranjeros en territorio nacional. La Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) o la Policía Federal solo pueden hacerlo con autorización expresa del INM, pero ante los migrantes del sur se convierten en predadores y exigen su mordida si no traen permiso de tránsito.

—¿Sabes que los soldados y la federal no pueden exigirle un permiso a tu hermano?—, le digo a Pedro.

—Sí, pero si me pongo cabrón, me va peor, así que mira, les doy lo que quieren y me la llevo tranquilo—, espeta sin pudor.

Desde 2006, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos le recordó a la Procuraduría General de la República (PGR), a la Sedena, a policías estatales y municipales que no están autorizados para solicitar documentos migratorios a los extranjeros que se encuentren en el país.

Pero de poco sirvió el consejo. Organizaciones civiles documentan diariamente extorsiones y abusos de autoridades contra migrantes sin documentos. Son una aduana irregular que sólo puede franquearse con dinero.

Según la Encuesta de Riesgos en la Migración, elaborada por el Colegio de la Frontera Norte, las autoridades participan en el tráfico de migrantes en 20% pero, la investigadora Castañeda asegura que “hay otro 20% subestimado de participación”. Los veteranos del camino, como Pedro, ya se la saben.

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Foto: Archivo Cuartoscuro.

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“Ya valió”, dice el joven que carga una fotocopia plastificada. La luz de un retén rompe la oscuridad de la carretera federal 15, que va del Estado de México a Nogales. Son las 4 de la madrugada y la parada del autobús despierta a los viajeros, que dormitan en su segunda noche de viaje.

Dos oficiales de migración suben al camión y revisan uno por uno los documentos. Vuelven a bajar a todos los pasajeros entre los llantos desvelados de los niños.

—¿Todos estos centroamericanos van con ustedes o son pasaje?—, pregunta un agente de migración al chofer del autobús. Junto a su retén hay uno de la policía federal ministerial, la antigua Agencia Federal de Investigaciones. El frío de la madrugada sinaloense arrecia afuera, mientras arriba del camión se siente un calor sofocante.

—Son pasaje—, responde tajante Ernesto, el responsable del camión, mientras su calva, perfectamente rasurada, refleja la luz de la linterna que un policía ladea entre la bola de pasajeros y el chofer, parados contra la cerca de la carretera.

En México, el traslado de indocumentados está tipificado como delito de tráfico de personas tanto en la Ley General de Población, como en la Ley Federal contra la delincuencia organizada y se entiende como “la facilitación de la entrada ilegal de una persona a un Estado del cual dicha persona no sea na­cional o residente permanente, con el fin de ob­tener, directa o indirectamente, un beneficio financiero u otro beneficio de orden material”. Las penas varían, pero es un delito grave que no alcanza fianza.

Ernesto y José, el chofer, ya están acostumbrados a lidiar con la amenaza. Llevan varios años trabajando en los Tijuaneros. Cobran diez mil pesos por cada viaje de ida y vuelta.

Ernesto, el calvo bigotón, una versión fofa del personaje de un famoso producto de limpieza, fue regidor en un municipio de Tlaxcala, por lo que sabe manejarse con las autoridades y es el que lleva la voz cantante. En cambio, José, tzotzil y ex zapatista, hace las veces de poli bueno. Así la van librando.

Mientras la migra apura el control documentario, los ministeriales revisan cada uno de los rincones del camión en busca de droga. Los requerimientos se vuelven más comunes y tediosos mientras más se avanza al norte.

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“Ya me gritaron mil veces que me regrese a mi tierra, porqué aquí no quepo yo, quiero recordarle al gringo: yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó. América nació libre, el hombre la dividió, ellos pintaron la raya para que yo la brincara y me llaman invasor…”, el acordeón aliña las letras de Los Tigres del Norte y rompe ligeramente el hastío de tantas horas de viaje. La sonrisa se le escapa a más de un pasajero entre las comisuras apretadas de sus labios.

En este punto del viaje ya se formaron parejas. Regalar unos besos “te paga el gasto de casi cuatro días de viaje”, dice una señora que viaja con dos niños de 12 y 11 años. El mismo Pedro se consiguió una novia que se bajó en Guadalajara.

Entre el medio centenar de pasajeros hay de chile, de mole y de dulce. Un par de familias chiapanecas que van a probar suerte en Tijuana (Baja California es, desde 2005, el principal destino de la migración interna de chiapanecos en México) con la mirada puesta en Estados Unidos apenas junten dinero; mexicanos que intentaran cruzar el desierto por Sonora; centroamericanos que pagan mordidas o que traen papeles falsos, un hondureño con pasaporte español, que entra legalmente dos veces al año para trasladar carros de segunda mano a su país.

También una guatemalteca con ciudadanía estadounidense, que no pudo pagar el pasaje en avión; una muchacha de 19 años que trabaja desde los 14 en el comedor de una maquila tijuanense, o una indígena chiapaneca que apenas ronda la mayoría de edad y carga una bebé de siete meses y es acompañada por su cuñada de 12 años, a quienes las espera un traficante de personas en San Luis Río Colorado, Sonora. El viaje está asegurado: el esposo de la chica pagó 25 mil dólares para que cruce a las tres.

Altar, un pueblo del desierto sonorense que encontró en los migrantes su mina de oro, marca el epílogo del viaje. A partir de ahí, las paradas se vuelven frecuentes. Pedro desaparece en algún punto perdido de ese desierto, después de cruzar la aduana de Sonoyta, en Sonora.

Es la madrugada del martes y al camión se le ponchó una llanta que ralentizará el viaje a paso de caracol por cinco horas hasta que, junto con el amanecer, encontramos una llantera a un lado del muro fronterizo. Faltan ocho horas y otros tres retenes hasta Tijuana, aunque el camión ya vaya medio vacío, el calor de un desierto cada vez más árido recuerda el infierno arenoso que todavía deben cruzar los migrantes con destino al norte.

“Este texto forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations” 

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¿Es la inflación más dañina que la recesión?

Las medidas que toman las autoridades para detener la inflación, como subir el costo de los créditos, le ponen un freno a la economía. Si las tasas de interés son demasiado altas y el freno económico demasiado profundo, puede llegar una recesión.
11 de agosto, 2022
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Hay que apagar el fuego antes de que se salga de control.

Esa parece ser la consigna de los países afectados por la gigantesca inflación que recorre el mundo y que ha llegado a máximos históricos en décadas.

Con Alemania marcando el nivel más alto en casi medio siglo -en medio de una crisis energética derivada de la guerra en Ucrania-, Estados Unidos y Reino Unido en el más alto nivel de los últimos 40 años y América Latina también bajo presión por la escalada en el costo de la vida, los bomberos están trabajando a toda velocidad.

Bomberos encargados de la política fiscal y monetaria de los países que intentan apagar una hoguera sin descuidar otro foco de incendio: la recesión.

Empleado de un fondo de inversiones mira varias pantallas de computadora

Getty Images

Pues bien, ¿qué tiene que ver la inflación alta con una recesión económica?

Mucho. Cuando se dispara la inflación, los bancos centrales suben las tasas de interés (el costo de los créditos) para desincentivar la compra de bienes o servicios.

Es una política que busca reducir el consumo y las inversiones con la esperanza de que bajen los precios.

Con este mecanismo se controla la inflación pero, al mismo tiempo, se frena el crecimiento económico.

Si el frenazo es demasiado grande, la economía se estanca y aumentan las posibilidades de que el país entre en recesión.

Trabajador estadounidense

Getty Images

Frente a este dilema las autoridades tienen que hacer de equilibrista y preguntarse: hasta dónde puedo subir las tasas de interés sin ahogar demasiado la economía.

Y ese equilibrio precario entre inflación y recesión es lo que tiene a los economistas tratando de apagar un incendio sin echarle leña al otro.

De ahí viene la pregunta: ¿es peor la inflación o una recesión económica?

El mal menor

No es tanto cuál es peor, sino qué es lo primero que hay que atajar. Yo creo que un país que quiere mantener su estabilidad macroeconómica, no puede permitirse una inflación elevada”, argumenta Juan Carlos Martínez, profesor de Economía en la universidad IE Business School, España.

“Una recesión es un mal menor comparado con una inflación persistente en la economía”, dice en diálogo con BBC Mundo.

cONSUMIDORA CON CAJA DE FRESAS EN LA MANO

Getty Images

Benjamin Gedan, director adjunto del Programa Latinoamericano del centro de estudios Wilson Center y profesor de la Universidad Johns Hopkins, en EE.UU., también argumenta que disminuir el costo de la vida es algo prioritario.

Las dos cosas son malas, pero la inflación es más difícil de superar en muchos casos”, apunta el experto.

Una inflación crónicamente alta, agrega, le impone muchos costos a una sociedad.

No solo se trata del frenazo económico. “También crea tensiones sociales, ya que los trabajadores exigen aumentos salariales recurrentes, los propietarios exigen subidas del alquiler y los comerciantes deciden aplicar repetidos aumentos de precios”, le dice Gedan a BBC Mundo.

Desde otra perspectiva, José Luis de la Cruz, director del Instituto para el Desarrollo Industrial y Crecimiento Económico (IDIC) de México, agrega al debate que controlar una inflación elevada puede tomar muchos años, mientras que las recesiones, al menos en los últimos años, se han podido superar más rápidamente.

Persona comprando gasolina en Estados Unidos

Getty Images

“En este momento es fundamental contener la inflación porque las experiencias de los últimos 50 años nos muestran que una espiral inflacionaria acaba desencadenando una recesión”, le dice el economista a BBC Mundo.

“Se puede atajar una recesión sin que esto implique inflación, pero en el otro caso, la inflación termina provocando una crisis”.

Estados Unidos, por ejemplo, “está pagando el costo de un error”, agrega, porque las autoridades dejaron pasar mucho tiempo antes de subir las tasas de interés para controlar el consumo y la inversión.

De esa manera, la demanda siguió alta y los precios continuaron escalando, señala de la Cruz, sin que se eliminaran los incentivos para seguir gastando.

¿Qué pasa en América Latina?

Tal como está ocurriendo en otras partes del mundo, Latinoamérica también ha sufrido la ola inflacionaria.

En países como Chile, la inflación se disparó a un histórico 13,1% (la mayor en casi tres décadas), seguido por Brasil y Colombia (superando los dos dígitos), mientras países como Perú y México, donde la espiral inflacionaria es un poco menor, también han sufrido las consecuencias de precios que están dejando huellas aún más profundas en los sectores más vulnerables.

Mujer en supermercado, foto genérica.

Getty Images

Argentina, que sufre un problema crónico de inflación, tiene la herida abierta con un aumento anual del costo de vida de 64%.

Ante este escenario, los bancos centrales de la región han aplicado históricos aumentos de las tasas de interés para tratar de sacarle la presión a la olla.

En los buenos tiempos económicos, muchos gobiernos solían ponerse como meta inflacionaria un rango de entre 2% a 4%.

Pero ahora que el costo del crédito está disparado, esas metas se esfumaron, al menos por ahora.

Brasil, por ejemplo, tiene sus tipos de interés en 13,7%, mientras que en Chile el costo de los préstamos escaló a un máximo histórico de 9,7% y en Colombia al 9%.

Pocas ganas les quedan a los consumidores que aspiraban a comprarse una casa con un crédito bancario, o a los empresarios que pensaban renovar equipos, ampliar sus operaciones o iniciar nuevos proyectos de inversión.

Manos con billetes chilenos

Getty Images

Claramente la época del “dinero barato”, es decir, de los préstamos más asequibles, quedó en el pasado.

Tan veloz y profundo han sido el aumento del costo del crédito, que los economistas esperan ver resultados prontamente.

De hecho, en países como Estados Unidos o Brasil, la inflación dio una tregua y disminuyó levemente, aumentando las expectativas de que los precios podrían estar alcanzando sus niveles máximos.

¿Quiénes son los más perjudicados con la inflación?

“Lo peor de todo es que la inflación es un impuesto sobre los pobres, que tienen escasos ahorros y normalmente trabajan en el sector informal, con poca capacidad para proteger su poder adquisitivo”, explica Gedan.

“Dada la pobreza generalizada de la región y el gigantesco sector informal, los impactos de la inflación son particularmente severos en América Latina”, apunta.

Trabajadora colombiana en empresa textil.

Getty Images

En ese sentido, las autoridades no han dudado en subir las tasas, especialmente por los episodios de escalada de precios en Latinoamérica en las décadas pasadas.

“Es que dados los traumas pasados ​​de la región con la hiperinflación y el deseo de conservar la credibilidad ganada con tanto esfuerzo de los bancos centrales, no sorprende ver medidas rápidas en muchos países para frenar los aumentos de precios”, dice el experto.

El debate en Estados Unidos

Si bien inflación y recesión son dos amenazas económicas de alto calibre, en Estados Unidos el debate se ha centrado en cuánto y a qué velocidad la Reserva Federal (el equivalente al banco central en otros países) debe seguir subiendo las tasas para detener la escalada de los precios.

Criticada por no haber actuado antes, la Fed se ha embarcado este año en una serie de subidas de los tipos de interés.

Y como esas subidas le ponen un freno a la economía, la pregunta que muchos se hacen es si Estados Unidos caerá o no caerá en una recesión con todas sus letras.

Porque ya está atravesando lo que se conoce como una “recesión técnica”, equivalente a dos trimestres seguidos de contracción económica.

Foto genérica de buque carguero con contenedores y bandera de Estados Unidos.

Getty Images

Pero en EE.UU. esos números rojos no representan una verdadera recesión, según los estándares que se utilizan en ese país.

El árbitro que la define, por decirlo de alguna manera, es una organización independiente: la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, por sus siglas en inglés).

En ella participan destacados economistas que se reúnen regularmente y analizan todas las variables que pueden incidir en un proceso recesivo.

La definición que ellos utilizan está lejos de ser una fórmula matemática: “Una disminución significativa en la actividad económica que se extiende por toda la economía y dura más de unos pocos meses”.

El enfoque del comité de economistas es que, si bien cada uno de los tres criterios (profundidad, difusión y duración) debe cumplirse individualmente hasta cierto punto, las condiciones extremas reveladas por un criterio pueden compensar parcialmente las indicaciones más débiles de otro.

Precisamente porque no es una fórmula infalible hay tanto debate en Estados Unidos sobre si realmente el país va camino a una recesión o si no llegará a ese punto.

Las máximas autoridades del país (encargadas de la política fiscal y monetaria) se han mostrado optimistas argumentando que el mercado del trabajo se mantiene fuerte.

Y en julio la inflación bajó levemente (de 9,1% a 8,5%), aportando una cuota de alivio frente a los pronósticos que consideraban como inevitable una recesión en el país.


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