Una testigo confirma que hubo encubrimiento en caso Tlatlaya
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Una testigo confirma que hubo encubrimiento en caso Tlatlaya

La testigo, que estuvo presa hasta mediados de diciembre, dijo que funcionarios estatales y federales la acosaron para sostener una declaración falsa.
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Por AP
31 de diciembre, 2014
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Foto: AP

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Cuando una testigo se negó a firmar una declaración falsa de que los 22 presuntos miembros de un grupo del narcotráfico habían muerto en un enfrentamiento con el ejército mexicano, funcionarios estatales comenzaron a patearle las costillas, ella dice. Le pusieron una bolsa sobre la cabeza, la metieron en un excusado y la golpearon tan fuerte que seis meses después aún tiene problemas para ver y oír.

“Conforme me iban pegando…. decían que ellos hacían que hasta los mudos hablaran”, dijo la mujer a The Associated Press, una de las tres sobrevivientes de las ejecuciones extrajudiciales adelantadas por militares mexicanos el 30 de junio en una bodega de Tlatlaya, en el Estado de México.

En su primera entrevista desde que estuvo cinco meses en prisión acusada falsamente de posesión ilegal de armas, la testigo dijo que el encubrimiento de las ejecuciones extrajudiciales no se limita a los siete soldados que están ahora bajo proceso sino que incluye a más militares, funcionarios estatales y federales que la presionaron para que avalara una versión según la cual las muertes fueron resultado de un enfrentamiento y no de lo que fue: una ejecución extrajudicial.

Documentos judiciales del caso obtenidos por The Associated Press la semana pasada apoyan la afirmación de la testigo de que las autoridades de investigación estatal supieron desde el principio que los militares habían alterado la escena del crimen, pese a declaraciones oficiales y públicas en sentido contrario adelantadas durante varias semanas. Y, según la documentación, el coronel a cargo del batallón de los soldados llegó al lugar antes que los investigadores de la Procuraduría estatal.

La testigo, una trabajadora sexual de 20 años que habló bajo condición de anonimato, dijo que dos días después de que fuera golpeada en las instalaciones de la Procuraduría del Estado de México, fue llevada a la capital del país, donde investigadores federales del área contra la delincuencia organizada de la Procuraduría General de la República la presionaron para que firmara la declaración falsa.

“No, le digo, yo no voy a firmar nada… y me empieza a gritar”, dijo la mujer sobre uno de los investigadores que la presionó. Sin un abogado presente, dijo que al fin cedió y firmó a los pocos días de que tuvieran lugar las muertes, antes de que los medios cuestionaran la versión oficial de que las muertes fueron producto de un enfrentamiento.

Ella y otra testigo permanecieron encerradas en una prisión de máxima seguridad hasta mediados de diciembre.

La matanza que cometieron los militares es uno de los dos casos que ha sumido a México, en los últimos meses, a una crisis en materia de derechos humanos. Después de las ejecuciones extrajudiciales en el Estado de México, 43 estudiantes de magisterio desaparecieron a manos de policías municipales en el estado vecino de Guerrero.

Los crímenes ocurrieron con una diferencia de tres meses, lo que desató protestas nacionales e internacionales y críticas al presidente Enrique Peña Nieto, quien había prometido más transparencia y respeto a los derechos humanos desde que inició su gobierno.

Las muertes en Tlatlaya salieron a la luz el 30 de junio cuando el ejército informó en un breve comunicado que soldados que patrullaban la zona fueron atacados por supuestos criminales y tras repeler la agresión mataron a 22 presuntos miembros de un grupo de narcotraficantes. Del lado de los militares, sin embargo, sólo hubo un herido, lo cual generó las primeras dudas.

La AP visitó la escena de los hechos días después y encontró pocos elementos de juicio que señalaran que hubo un fuego cruzado. Al contrario, en al menos dos paredes de la bodega había una serie de impactos de bala con manchas de sangre a la altura del pecho de una persona, lo cual sugería que al menos algunos de los muertos recibieron tiros a corta distancia.

En septiembre, la AP entrevistó a una sobreviviente, cuya hija de 15 años estaba entre los 22 muertos y que fue la primera testigo en declarar públicamente que la mayoría de las víctimas fueron asesinadas después de haber salido de la bodega con las manos en la nuca en señal de rendición ante los militares. Al igual que la testigo liberada de prisión en diciembre, la mamá de la adolescente también pidió no ser identificada por su nombre.

Ambas mujeres temen que las autoridades o los narcotraficantes tomen represalias en su contra por lo que han revelado.

De acuerdo a los documentos judiciales, integrados a la investigación contra los siete militares procesados, funcionarios del Estado de México tuvieron información desde el inicio de que la escena de los hechos fue alterada. Supieron, por ejemplo, que en al menos en diez casos las armas largas ubicadas junto a los cuerpos no correspondían con el calibre de los cartuchos que llevaban los fallecidos y que manchas de sangre en la ropa indicaban que los cuerpos habían sido movidos. También se puso por escrito que, al menos nueve de los muertos, presentaban heridas recibidas “al momento de realizar maniobras instintivas de defensa”, lo que sugiere que habrían intentado evitar los impactos de bala, algo que no habrían hecho si estuviesen disparando.

Sin embargo, investigadores estatales presentaron un reporte en el que validaban la versión del ejército y que nada se había alterado: “por las observaciones realizadas en el lugar de la investigación, se determina que este sí fue preservado en su estadio original”.

Los documentos judiciales contienen declaraciones de los soldados involucrados que aseguran que el ejército nunca los interrogó sobre el encubrimiento y que la Procuraduría General de la República hizo poco para investigar la matanza antes de que la AP y la revista Esquire Latinoamérica entrevistaran a la mamá de una de las víctimas.

A finales de septiembre, el procurador anunció que ocho de los 22 muertos fueron asesinados después de rendirse, aunque semanas después la Comisión Nacional de Derechos Humanos señaló en un reporte propio que al menos 12 y hasta 15 de ellos habrían sido ejecutados extrajudicialmente.

En noviembre, siete soldados quedaron sujetos a un proceso penal por un juez civil, tres de ellos por el homicidio de ocho personas y cuatro más por ejercicio indebido del servicio público. Sólo uno de ellos, el teniente a cargo del grupo, fue acusado de encubrimiento.

El ejército y la Procuraduría General de la República sostienen que el caso sólo involucra a los siete militares procesados y que allí termina el caso.

Pero esta última testigo aseguró que más militares arribaron a la bodega cerca de una hora después de un tiroteo inicial, algunos incluso antes de que ella viera que se había alterado la escena del crimen.

Los documentos señalan que el coronel Raúl Castro Aparicio, el comandante del 102 Batallón de Infantería al que pertenecían los responsables de los asesinatos, llegó a la escena antes que los investigadores del Estado de México. En los reportes no se especifica cuál habría sido el rol que jugó este mando castrense y no se ha informado si fue o es investigado en conexión con el encubrimiento. La Secretaría de la Defensa Nacional no respondió a solicitudes de la AP para comentar el caso o para autorizar una entrevista con Castro.

“Alguien también del ejército tomó la decisión de decir ‘la versión que se va a hacer es esta”’, dijo Raúl Plascencia, quien encabezó la Comisión Nacional de Derechos Humanos cuando el organismo concluyó que los militares estuvieron involucrados en ejecuciones extrajudiciales.

Plascencia dijo a la AP que el encubrimiento continuó cuando la Procuraduría del Estado de México validó la versión del ejército y siguió hasta la Procuraduría General de la República. Las autoridades federales decidieron declarar las evidencias del caso como confidenciales por 12 años y las estatales por 15 años. En la oficina del procurador general, Jesús Murillo Karam, no respondieron a solicitudes de la AP para que diera su versión de lo sucedido.

En respuesta a una petición de la AP, la Procuraduría del Estado de México informó que hay dos investigaciones, una administrativa y otra penal, para determinar si incurrieron en alguna responsabilidad y/o delito los funcionarios estatales que intervinieron en el caso. Hasta ahora, sin embargo, nadie ha sido detenido ni suspendido de sus labores.

La testigo liberada, madre de una niña de dos años y quien reconoció que trabajaba como prostituta, ofreció nuevos detalles de lo que pasó en la bodega de Tlatlaya la madrugada del 30 de junio. Dijo que estaba un taxi afuera de un balneario el 20 de junio cuando una camioneta llena de hombres armados se detuvo frente a ella y la forzaron a subir al vehículo.

Aseguró que pasó atada y vendada de los ojos buena parte de los siguientes nueve días, tiempo en el que la llevaron por varias casas abandonadas en la sierra de la zona. Además, que fue violada repetidamente por los hombres.

“Me drogaban, me obligaron a tomar, me dijeron que tenía que hacer todo lo que ellos decían”, dijo la mujer. “Yo a ninguno lo conozco”.

Dijo que llegó a la bodega de Tlatlaya el 29 de junio, donde la madrugada del 30 de junio recuerda que despertó por el ruido de un intercambio de disparos y escuchó que alguien gritaba “¡Ríndanse, ejército mexicano!”.

Los soldados dijeron inicialmente a las autoridades que los sospechosos se negaron a rendirse, según los documentos. Pero las dos testigos entrevistadas por la AP dijeron que los presuntos criminales sí se rindieron e incluso salieron de la bodega con las manos en la cabeza.

Cinco personas, incluidas las tres mujeres que sobrevivieron, estaban aparte como supuestas víctimas de secuestro. Las tres testigos declararon que vieron a un militar con un uniforme distinto al de los otros que llegó después del tiroteo. Ese uniformado tomó a los dos hombres que parecían estar plagiados, bajo el argumento de que les iban a tomar una fotografía.

Pero la testigo liberada dijo que escuchó disparos y después vio a los dos hombres entre los muertos, cuyos cuerpos primero estaban sin armas y luego con fusiles a sus lados.

No se sabe si el hombre en uniforme distinto que describen las testigos era un mando o un miembro de otra institución de las fuerzas armadas. Plascencia, de la Comisión de Derechos Humanos, dijo que no hubo ningún intento de las autoridades para determinar la identidad de esa persona.

Más de dos semanas después de los hechos en Tlatlaya, el procurador del Estado de México, Alejandro Gómez Sánchez, dijo que no había evidencia que sugiriera ninguna ejecución extrajudicial.

La AP solicitó a la oficina del procurador estatal un comentario sobre la información que ahora contradice lo que dijo inicialmente. Su respuesta fue que Gómez dio a conocer la información que “le fue proporcionada por el personal que tuvo sólo por cuatro días el caso de a su cargo, que para una investigación profesional es un plazo mínimo”.

Pero la testigo dijo que cuando quiso contar a las autoridades estatales lo que realmente había pasado, funcionarios de la Procuraduría del Estado de México la intentaron forzar con los golpes y amenazas a confirmar la versión del ejército.

“Uno me amenazó que me iba a violar”, dijo.

Agentes estatales la amenazaron también con acusarla de posesión ilegal de armas, lo cual eventualmente hicieron. Además, le dijeron que su hija se convertiría en una huérfana.

Una agente mujer del ministerio público estatal estuvo presente durante su tortura, agregó. Sólo dos mujeres, Orianna Ibeth Bustos Díaz y Leticia Martínez Flores, son las dos agentes que participaron en el caso, según los documentos judiciales.

Cuando la llevaron a instalaciones de la Procuraduría General de la República en la ciudad de México, estuvo en un cuarto con varios investigadores federales. Ahí fue amenazada nuevamente con ir a la cárcel a menos que firmara la declaración falsa. Afirmó que sólo firmó una página de un documento con varias hojas y muchos días después en el juzgado que llevó su caso vio que alguien había falsificado su firma en el resto de las páginas.

Hasta ahora, y salvo los siete militares bajo proceso, nadie más ha sido detenido ni investigado por encubrimiento o tortura.

Después de cinco meses en prisión, la testigo dijo que tiene varias cuentas que saldar por la atención médica que recibió por los golpes que sufrió y que desea que el gobierno reconozca públicamente el abuso que sufrió.

“Pido justicia, porque nunca encontraron nada en contra de nosotras”, dijo.

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La historia detrás de la icónica imagen del hombre cayendo de una de las Torres Gemelas

El fotógrafo Richard Drew, de Associated Press, corrió al World Trade Center la mañana del 11 de septiembre de 2001 y registró la imagen histórica de un hombre saltando hacia su muerte. La identidad del hombre sigue siendo un misterio.
11 de septiembre, 2021
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Por motivos editoriales y por la sensibilidad de la imagen, BBC no muestra la fotografía del hombre que salta al vacío.


Muerte o muerte. En la mañana del 11 de septiembre de 2001, decenas de personas se enfentaron a esta falsa alternativa. Con fuego y humo dentro de los edificios del World Trade Center de Nueva York, las víctimas en los pisos superiores comenzaron a saltar, perdiendo la vida al caer hasta desde 417 metros de altura.

La escena de personas que saltan de los edificios atacados por dos aviones es uno de los aspectos más oscuros y sensibles de la tragedia, de la que se cumplen 20 años este sábado.

La imagen de una de estas personas, un hombre que cae casi en picado, boca abajo y su cuerpo paralelo a las líneas de las Torres Gemelas, se volvió icónica.

El día después de la tragedia, varios periódicos publicaron la foto tomada por Richard Drew, fotógrafo de Associated Press. Han pasado los años y la imagen es para muchos demasiado dolorosa de contemplar. Otros vieron en ella la terrible estética de ese salto a la muerte.

Esta es la historia de la icónica foto de “The Falling Man” (“El Hombre Que Cae”).

“Era un día cualquiera en Nueva York”, comienza Richard Drew, ahora de 74 años.

Fotógrafo desde los 19 años, el experimentado Drew, entonces de 54 años, acababa de cubrir el torneo de tenis del US Open en Queens, Nueva York. Ese martes 11 de septiembre cubriría la Semana de la Moda de Nueva York, más específicamente, el primer desfile de maternidad con modelos embarazadas reales. Drew vio el desfile en Bryant Park, justo en el centro de Manhattan, junto a un camarógrafo de la cadena de televisión CNN.

Humo saliendo de una de las torres

Getty Images

Mientras hablaban, el camarógrafo de CNN dijo: “Hubo una explosión en el World Trade Center. Un avión chocó contra el World Trade Center”.

Al instante sonó el teléfono celular de Drew. Era su editor, quien le ordenó que corriera a la escena. Drew agarró su cámara y corrió a Times Square. Desde allí, tomó el metro hacia las Torres Gemelas.

Cuando salió de las escaleras del metro, vio una imagen inolvidable: las dos torres en llamas. Comenzó a fotografiar a personas conmocionadas por el caos que las rodeaba, el FBI ya en las calles aislando el área.

“Entonces me di cuenta de que el humo soplaba de oeste a este y di la vuelta para evitarlo. Me quedé junto a las ambulancias, entre un socorrista y un policía”, dice a BBC Brasil.


El socorrista fue el primero en darse cuenta. Señalando hacia arriba, gritó: “¡Dios mío, la gente se está tirando del edificio!”, recuerda Drew.

El fotógrafo apuntó con su cámara. “Tomé tantas fotos como pude de personas que se caían del edificio”, dice.

“No sé si saltaron por elección o si se vieron obligados a saltar por el fuego o el humo. No sé por qué hicieron lo que hicieron. Sólo sé que tuve que grabarlo”, cuenta.

Humo saliendo de las Torres Gemelas tras los ataques del 11 de septiembre

Getty Images

El Servicio Forense de la Ciudad de Nueva York declaró más tarde que las personas que saltaban de los edificios no podían ser llamadas “suicidas” porque eran expulsadas del edificio por el humo, el fuego o las explosiones.

La causa de muerte de todos los que perdieron la vida en la caída de las Torres Gemelas, atacadas ese día por al Qaeda, fue catalogada como “asesinato” en los certificados de defunción.

En un informe de 2002, el diario USA Today calculó a través de fotos, videos y entrevistas que 200 personas murieron de esta manera en la tragedia del 11 de septiembre. A partir de las fotos, The New York Times estimó que fueron 50 personas.

Según los relatos de los sobrevivientes, el hecho de que la gente saltara desde el edificio de al lado pudo haber salvado la vida de cientos de personas que, al verlos, se apresuraron a evacuar su lugar de trabajo.

“No fui frío”

Mientras fotografiaba, Drew experimentó algo siniestro: escuchó el ruido de cuerpos golpeando el suelo. “Algunos dicen que fui frío. No es eso. Soy un periodista capacitado. Te sumerges en el momento y simplemente fotografías lo que está sucediendo, en piloto automático”, dice.

Gente alrededor de las Torre Gemelas luego del ataque

Getty Images

“Cuando alguien comenzaba a caer, apuntaba con mi visor. Como trabajaba con una cámara digital, cuando mantenía mi dedo en el botón de la cámara, tomaba varias fotografías. Y, así seguía a la gente que se estaba cayendo del edificio “. A las 9:41, registró para siempre los últimos momentos del “hombre que cae”.

Cuando Drew regresó a la sala de redacción y fue a revisar sus fotos, supo instantáneamente que esta era la más fuerte de todas. “Estaba vertical, con la cabeza gacha, entre las dos torres. Había una simetría allí. Pero solo estuvo así por un momento. Si hubiera sido otro momento, hubiera salido en otra posición”, dice.

Foto “silenciosa”

“A mucha gente no le gusta ver esta foto. Creo que la gente se identifica con ella y tiene miedo de tener que enfrentarse a la misma decisión que ese hombre algún día”, dice Drew.

Para él, la imagen es representativa de lo que sucedió ese día: “Es una de las pocas que muestra a alguien muriendo en el ataque más grave que hemos sufrido en Estados Unidos”, dice. A pesar de ser una foto sobre la muerte, reconoce Drew, es una foto “silenciosa”. “No es como otras fotos violentas de muertes que ocurren en guerras”.

Torres Gemelas

Getty
Hace 20 años, el ataque en Nueva York se cobró la vida de casi 3.000 personas.

Esa noche, Drew regresó a casa con un colega. Se sentaron y hablaron de todo menos de lo que habían visto ese día. Su esposa, dice Drew, se levantó al amanecer con ganas de pasar la aspiradora por toda la casa. “El estrés postraumático viene después”, reconoce. “Hablar de lo que sucedió ayuda. Ese fue un momento en mi historia, al igual que fue un momento en la Historia”.

Otro momento en la Historia y su historia: cuando tenía 21 años y vivía en Los Ángeles, en 1968, Drew fue uno de los cuatro fotógrafos presentes en otro momento histórico: la muerte del senador Bobby Kennedy, hermano del expresidente John F. Kennedy.

“Estaba en el escenario detrás de él para fotografiarlo cuando hablaba. Me dio sed y fui a buscar agua”, dice Drew. “Salió y lo seguí. Cuando lo atacaron, me subí a una mesa junto a él y lo fotografié en el suelo”.

“Solo estaba haciendo mi trabajo, al igual que solo estaba haciendo mi trabajo años después, el 11 de septiembre”, señala.

¿Quién era el hombre que cae?

Drew dice que ha reflexionado sobre quién era el hombre al que registró saltando desde una de las Torres Gemelas, pero nunca de manera “muy profunda”.

“Fue una de las casi 3.000 personas que murieron ese día. No sé su nombre, ni la decisión que tuvo que tomar. Sé que se lanzó de un edificio y yo estaba allí para capturar ese momento”, cuenta.

Pero el misterio que rodea su identidad ha preocupado a otros.

Uno de ellos, el periodista estadounidense Tom Junod. Dos años después del 11 de septiembre, Junod escribió un artículo de portada para la revista “Esquire” en el que acuñó el nombre deEl hombre que cae” para el protagonista de la foto y trató de identificarlo.

Junod dio con dos nombres. Uno, Norberto Hernández, chef del restaurante Windows on the World, que estaba ubicado en el piso 106 de la Torre Norte. Pero la familia de Hernández dijo que no podía ser él por la ropa que llevaba.

El segundo hombre era Jonathan Briley, un ingeniero de sonido de 43 años que también trabajaba en el restaurante. Los hermanos de Briley dijeron que pensaban que, por la ropa y el cuerpo del hombre, podría ser el de la foto.

Es posible que sea él, pero no hay forma de estar seguro.

En 2006, el director estadounidense Henry Singer realizó un documental basado en los informes de Junod y utilizando otras imágenes capturadas ese día.

Avión en Kabul

La elección entre la muerte y la muerte parece haber sido también lo que sucedió hace tres semanas en Afganistán, cuando, desesperados por abandonar el país, unos hombres se colgaron del fuselaje de un avión estadounidense.

Las dos imágenes son como dos finales terribles de esta historia que se unieron 20 años después.

Casi un mes después de los ataques a las Torres Gemelas, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció la guerra contra Afganistán. Estados Unidos sacaría del poder a los talibanes, que daban cobijo a al Qaeda, los perpetradores de los ataques, en el territorio que controlaban.

Afganos esperando para salir del aeropuerto de Kabul el 16 de agosto de 2021.

AFP
Cientos de afganos corrieron al aeropuerto de Kabul y se aferraron a un avión con la esperanza de salir del país.

Después de 20 años, cuando el presidente Joe Biden llevó a Estados Unidos a poner fin a la guerra al retirar a las tropas estadounidenses de Afganistán, los talibanes regresaron al poder.

Fue la desesperación de permanecer en un país nuevamente controlado por los talibanes lo que hizo que los afganos se aferraran a las alas y al fuselaje de un avión.

El avión despega y los cuerpos caen en picado hacia la nada, tal como lo hicieron el 11 de septiembre. Un joven futbolista de 19 años, Zaki Anwari, murió tratando de escapar de esta manera.

El fotógrafo de “El hombre que cae” se negó a comentar sobre Afganistán o la política actual. Hoy, Drew fotografía la emoción de los “corredores” de la Bolsa de Valores de Nueva York, justo al lado de donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas y donde ahora hay un monumento a las víctimas del 11 de septiembre.


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