Los Salinas están de regreso. ¿Dónde están? ¿Quiénes son?
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Los Salinas están de regreso. ¿Dónde están? ¿Quiénes son?

Se trata de la tercera generación de los Salinas que muy pocos conocen. Están ahí, en el primer círculo de la política, en la academia, incluso haciendo filantropía o literatura. Y sí, los Salinas también han llorado. Todo esto narra el periodista Alberto Tavira en “Los Salinas. Retratos de los cachorros del poder".
Por Eduardo Rodríguez Soto
28 de febrero, 2015
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"Los Salinas. Retratos de los cachorros del poder". Editorial Planeta.// Portada del libro.

“Los Salinas. Retratos de los cachorros del poder”. Editorial Planeta.// Portada del libro.

Casi todo mundo en México ubica el apellido Salinas y a los hermanos Carlos y Raúl. Ambos pertenecen a una de las familias políticas del país más polémicas y controvertidas. El presidente cuyo partido consolidó la “dictadura perfecta” y el hermano al que muchos han nombrado de “incómodo”, por decir lo menos. Pero los Salinas son cinco hermanos y a su vez tuvieron descendientes. De ellos habla el periodista Alberto Tavira en su más reciente libro “Los Salinas. Retratos de los cachorros del poder”, de Editorial Planeta, que se publicó a finales del año pasado y el cual se presenta este sábado 28 de febrero a las 14:00 horas en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

“¿Quiénes son y qué hacen los herederos de la dinastía Salinas de Gortari?” Se trata de una serie de 15 perfiles biográficos que muestra la historia de los herederos de los Salinas, la tercera generación que muy pocos conocen.

“Nos han corrido ríos de tinta con respecto a los Salinas de Gortari, pero desde la parte política, trágica, asesinatos, económica, desde el lado social, de levantamientos armados, pero nadie se ha dedicado a contar cómo sus hijos vivieron todo eso y el señalamiento de cómo dejaron Los Pinos”, refiere el periodista Alberto Tavira en entrevista con Animal Político.

¿Por qué Los Salinas?

“Los Salinas me parecen una dinastía política que tiene todos los ingredientes para captar la atención de todo el

público, de todas las generaciones. Es una familia poderosa, rica, influyente, y que han tenido en su vida y en su día a día el suficiente melodrama y los ingredientes para enganchar a la gente y querer saber más sobre su vida.

Han tenido traiciones, amores, desamores, divorcios, asesinatos, lucha por el poder. Evidentemente, a lo largo de todos estos años, más de 20, nos han tenido como espectadores de esta novela política y me parece seccional que ahora podamos tener un acercamiento desde este ángulo que es el de los hijos. Son más taquilleros que cualquier otra familia política. Hasta el momento que estaba haciendo el libro, después llegaron otros”.

Pero, ¿qué elemento fue clave para escribir un libro sobre los herederos de los Salinas?

“Cuando el presidente Peña Nieto presentó a su gabinete vi que como secretaria de Turismo designó a Claudia Ruiz Massieu Salinas. Se me prendió la chispa: están regresando los Salinas al poder. Hay una heredera del poder que ha regresado al más alto círculo del poder político en México como secretaria de Estado, como una de las cercanas al presidente y, lo primero que pensé fue: quiénes más de su familia, es más, qué están haciendo. Y esa curiosidad fue la que me llevó a investigar el resto, a recopilar información que había tenido de todos esos años y a recolectar otra inédita.

Los hijos de Sergio (uno de los cinco hermanos) son chavos. Han vivido en el total anonimato. Poca gente se ha dado a la tarea de saber en qué están y qué hacen. Vemos que si bien no están coqueteando con la política, sí están tratando de insertarse en el panorama. Nos podrán dar sorpresas en el muy corto plazo”, apunta Tavira, quien dirige el sitio CunadeGrillos.com.

¿Qué tan difícil es ser hijo de un expresidente, como el caso de Emiliano, hijo del primer matrimonio de Carlos Salinas?

“El estigma más difícil del mundo que les ha tocado, pero a Emiliano y a todos los demás. Particularmente a Emiliano porque de él toda la sociedad esperaba fuese el heredero directo de su papá y sin embargo decide que bajo ninguna circunstancia va a seguir el camino de su padre, no tiene ganas. Y no sólo eso, se dedica a un asunto filantrópico, de desarrollo humano un poco raro en el sentido que no dudaría que a don Carlos sí se le haya desconfigurado el rostro cuando supo que su hijo estaba muy alejado del protocolo, de lo que para él los había entrenado. Ha vivido con ese señalamiento en todos los sentidos y desde hace 20 años”.

No siempre en política se dice que de tal palo es tal astilla.

¿Un miembro de los Salinas discreto?

“Claudia Ruiz Massieu, (actual secretaria de Turismo e hija de José Francisco Ruiz Massieu) se la pasaba en París y no decía que era sobrina del Presidente o que su papá había sido gobernador. Viajaba en metro y se hacía llamar Claudia Ruiz, que hasta este momento nadie conoce”.

¿En este momento hay ADN suficiente para que alguno de Los Salinas pueda llegar a Los Pinos?

“En este momento no, el repudio de la sociedad hacia los partidos políticos, hacia el PRI, hacia a todo lo que huela a Presidencialismo. Me parece que no es el más afortunado, pero no descartaría que en el corto plazo podamos ver quizás a Juan José Salinas (hijo de Raúl Salinas) como diputado o aspirando a una diputación federal. Y habría que ver cómo le va a Claudia en la secretaría de Turismo porque podría ser el trampolín para después verla en una boleta electoral para las elecciones presidenciales de ese año”.

Los nuevos Salinas ahí están, en el primer círculo de la política, en la academia, incluso haciendo filantropía o literatura. Y sí, los Salinas también han llorado, todo ello narra Alberto Tavira en “Los Salinas. Retratos de los cachorros del poder”.

Este es el árbol genealógico de los Salinas.

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'No volverá a poblarse jamás': los 5 años en los que CDMX desapareció

Una tragedia tan importante como desconocida marcó a una generación entera de habitantes de la capital de lo que hoy es México y llevó incluso a plantear el traslado de la ciudad.
15 de mayo, 2021
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Quien vive en Ciudad de México sabe que su ubicación no solo la hace especialmente susceptible de sufrir terremotos.

Su fundación sobre un lago hace que sea también tremendamente vulnerable ante inundaciones. Es por eso que, desde hace siete siglos, los habitantes de esta zona miran con cierto recelo al cielo cuando llueve con fuerza ante el temor de dramáticas consecuencias.

Este 13 de mayo, el gobierno mexicano conmemoró los 700 años de la fundación de Tenochtitlan, antigua capital mexica y actual Ciudad de México.

Y aunque hay grandes dudas sobre la veracidad de esta fecha —muchos historiadores creen que el aniversario se celebraría en 2025—, de lo que no hay duda es que la megaurbe se ha enfrentado a grandes inundaciones a lo largo de su historia.

Pero entre todas, destaca la registrada en 1629: un desastre que, aunque desconocido por muchos, fue sin duda una de las mayores tragedias de todos los tiempos para la ciudad.

La fuerza de la lluvia fue tal que la capital “desapareció” bajo las aguas durante nada menos que cinco años y se llegó a plantear su traslado a otro lugar. La ciudad tuvo que emerger, literalmente, y reconstruirse casi desde cero.

Aquella catástrofe que marcó a una generación entera es conocida como el diluvio o inundación de San Mateo.

Los problemas de vivir sobre un lago

Cuando los mexicas fundaron Tenochtitlan en el siglo XIV sabían el riesgo de ubicarla en medio del lago de Tezcuco. Por eso realizaron obras como diques y muros de piedra para controlar el nivel de las aguas que les rodeaban.

Mapa de Tenochtitlan

Getty Images
La ciudad de México-Tenochtitlan comenzó como una isla conectada por canales a los pueblos vecinos.

Cuando cayó ante los españoles dos siglos después, Hernán Cortés lideró la construcción sobre aquellas ruinas de una magnífica ciudad destinada a ser la capital del virreinato de Nueva España.

Entre lagos se levantaron palacios, iglesias, plazas y hospitales, pero no los sistemas de drenaje adecuados para aquel entorno.

A inicios del siglo XVII, Ciudad de México sufrió hasta cinco grandes inundaciones.

Las autoridades pensaron como solución en construir un gran desagüe que fuera drenando los lagos de la cuenca de México.

El proyecto le fue encomendado al ingeniero Enrico Martínez, que comenzó las obras del canal de Huehuetoca en 1607. Pero el desastre se veía cada vez más cerca.

“Enrico Martínez comprendió que la deforestación, el pastoreo sin discriminación y la expansión de los cultivos habían erosionado la capa de tierra. Año con año, las fuertes lluvias arrastraban más tierra a los lagos, elevando el nivel del agua”, escribió Richard Everett Boyer en su libro “La gran inundación”.

Monumento a Enrico Martínez

Marcos González
Una estatua junto a la catedral del Zócalo de Ciudad de México recuerda a Enrico Martínez. En su base, existen cuatro medidores que señalan los niveles de agua de otros tantos lagos.

Dos décadas después del inicio de su construcción, las constantes modificaciones y la falta de inversión hicieron que el canal aún no estuviera funcionando.

Una ciudad desierta

Cuando entre el 20 y 21 de septiembre de 1629 una gran tromba de agua azotó la capital, Martínez decidió bloquear la entrada del canal para evitar que el agua afectara a las reparaciones que se le estaban realizando.

Las consecuencias para los habitantes de la ciudad fueron dramáticas. La lluvia que cayó con furia durante 36 horas seguidas bajó imparable desde los montes hasta la ciudad, donde el nivel del agua superó los dos metros de altura.

El torrente arrasó con las frágiles casas de adobe de la población indígena que vivía en la periferia de Ciudad de México.

Mapa de la ciudad inundada

INAH
Este mapa representa la Ciudad de México anegada de agua tras la inundación de 1629.

Los muertos se contaban por miles, que flotaban entre animales y muebles llevados por la corriente que alcanzaba los pisos altos de las casas que habían quedado en pie.

Muchos de los habitantes de clases pudientes que sobrevivieron decidieron marcharse. Algunas fuentes apuntan a que de 20.000 familias que vivían antes de la inundación, quedaron solo 400.

“Aquella gran ciudad quedó casi abandonada, desierta. El panorama era desolador y las escenas que se veían eran apocalípticas”, le dice a BBC Mundo Enrique Ortiz García, escritor y cronista de Ciudad de México.

Una de ellas, destaca el divulgador cultural, es la procesión que se organizó sobre las aguas y en la que participaron unas 200 canoas encabezadas por la virgen de Guadalupe, a quienes los habitantes pedían que intercediera para que las aguas se disiparan.

O la llamada “isla de los perros”, un montículo en el desparejo suelo de la actual plaza del Zócalo a donde acudieron desesperados todos los perros callejeros de la ciudad para refugiarse y evitar ahogarse.

Este dibujo muestra una vista panorámica de Tenochtitlan y del llamado "Valle de México".

Getty Images
Este dibujo muestra una vista panorámica de Tenochtitlan y del valle de México sobre el lago.

Vivir inundados

Las aguas no bajaban, por lo que quienes se quedaron tuvieron que aprender a convivir con ellas.

Se colocaron puentes de madera en las azoteas y se recuperaron las canoas, como se usaban en la antigua Tenochtitlan, como única manera de desplazarse por la ciudad. A las casas solo se podía entrar por las ventanas del segundo piso.

Los sacerdotes celebraban misas en los techos de los conventos para tratar de confortar a los vecinos, que les escuchaban desde sus casas creyendo que estaban condenados, como aquella ciudad, a desaparecer.

Había carestía de alimentos y los saqueos eran continuos. La falta de higiene y el agua contaminada estancada en la ciudad inundada propagaron las enfermedades como la pólvora.

“Esta ciudad no volverá a poblarse jamás”, escribió fray Gonzalo de Córdoba, según destaca Héctor de Mauleón en su libro “La ciudad oculta”.

Dos años después de la inundación, e incapaces de descubrir un sistema para que las aguas desaparecieran, las autoridades discutieron sobre la posibilidad de trasladar la ciudad a otro lugar.

Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo y virrey de Nueva España, se planteó establecer la capital en Coyoacán o Tacuba.

Pero la idea fue finalmente desechada. La inversión para crear Ciudad de México había sido millonaria, por lo que reconstruir las obras y edificios afectados por el agua sería más barato que empezar una urbe desde cero.

Rodrigo Pacheco, virrey de Nueva España

Dominio público
Rodrigo Pacheco y Osorio, virrey de Nueva España, perdió a su hija dos años después de que la ciudad quedara inundada.

Una generación marcada

La ciudad siguió sufriendo lluvias torrenciales y permaneció bajo el agua nada menos que durante cinco años.

No fue hasta 1634 que una sequía disminuyó el nivel del agua. Muchos prefirieron pensar que fueron sus plegarias a la virgen de Guadalupe las que salvaron la capital.

Se estima que unas 30.000 personas murieron en total, ahogadas o por las enfermedades causadas por las inundaciones durante los años posteriores.

La catástrofe marcó, por lo tanto, a una generación entera de capitalinos. Los cimientos de todas las construcciones quedaron dañados y muchas acabaron colapsando tiempo después.

“En la Ciudad de México actual no quedan más de 10 construcciones anteriores a 1629. De tal grado fue la inundación, que prácticamente hubo que reconstruir con el tiempo toda la ciudad”, señala Ortiz García.

Cabeza de león en la calle Madero

Marcos González
En la concurrida calle Madero, en el centro histórico de Ciudad de México, una cabeza de león de piedra marca el nivel al que llegaron las aguas de las inundaciones de 1629.

Aquella decisión de mantener Ciudad de México en su emplazamiento original marca innegablemente el destino de quienes viven en ella siglos después. “Es un deporte extremo vivir en esta ciudad porque te cuidas de las inundaciones, de los temblores por ser zona sísmica…”, afirma el escritor.

Sin embargo, y pese a ser una de las tragedias más importantes en la historia de la capital con efectos y consecuencias hasta el día de hoy, la tragedia de la inundación de San Mateo no es ampliamente conocida.

Según Ortiz García, “el periodo virreinal en México es en general poco estudiado porque todavía, de algún modo, ‘cala’ en el ánimo de los mexicanos. Los gobiernos posrevolucionarios enaltecieron las culturas originarias y todo lo que marca el origen del México independiente”.

“Algunos incluso inculcaron un menosprecio hacia la ocupación española porque lo veían desde un contexto actual. Eso es entender la historia de mala forma, porque son hechos del pasado que también forman parte de nuestra existencia”, remata.


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