Las deudas que Alemania, el acreedor inflexible, nunca pagó
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Las deudas que Alemania, el acreedor inflexible, nunca pagó

En declaraciones al Die Zeit, Thomas Piketty criticó a las autoridades alemanas en su insistencia por negarle alivio de deuda a Grecia.
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Merkel exige que Grecia pague su deuda, pero Alemania no pagó todas sus obligaciones al final de la Segunda Guerra Mundial. //Foto: BBC Mundo

Si el mundo le hubiera aplicado a Alemania el mismo rasero que esta nación le aplica a Grecia, es bien posible que hubiese demorado mucho más tiempo en la miseria en la que quedó luego de la Segunda Guerra Mundial.

Ese es el argumento traído a colación por el conocido economista francés Thomas Piketty, a propósito de la actual negociación entre Grecia y sus acreedores europeos, encabezados por Alemania.

En declaraciones al diario alemán Die Zeit, Piketty criticó a las autoridades alemanas en su insistencia por negarle alivio de deuda a Grecia.

Especialmente porque Alemania se benefició de un trato mucho más benévolo durante la época de la posguerra, cuando salía de las ruinas del conflicto.

Toda la información sobre la crisis en Grecia

Hasta la reunificación

El polémico académico francés no es el único que ha hecho la comparación. También lo estudió el historiador Albrecht Ritschl, de la London School of Economics (LSE).

En medio de la Guerra Fría, los Aliados le perdonaron deuda a Alemania.

En medio de la Guerra Fría, los Aliados le perdonaron deuda a Alemania. //Foto: BBC Mundo

 

“Ritschl mostró que la cancelación de deudas fue equivalente hasta a cuatro veces el total del producto económico del país en 1950 y estableció los fundamentos para la rápida recuperación económica de la posguerra”, aseguró la universidad londinense en un comunicado del año pasado.

La equivalencia entre la situación que enfrentaba Alemania en 1945 y la que encara Grecia hoy no es un argumento aceptado por todo el mundo.

En 2012, Hans Werner-Sinn, el jefe del prestigioso centro de estudio alemán conocido como el Instituto Ifo, escribía para The New York Times un artículo rebatiendo la tesis de Ritschl.

Argumentaba que Grecia ya había recibido mucha más ayuda de los países europeos que la concedida a Alemania durante la época del Plan Marshall.

A lo que otros críticos replican alegando que lo verdaderamente importante para la recuperación alemana no fueron los fondos nuevos que le concedieron, sino la deuda que le perdonaron.

La conferencia de 1953

Nadie duda que Alemania recibió un trato económico benévolo de las potencias occidentales al final de la Segunda Guerra Mundial.

Alemania estaba por físicamente devastada y la Guerra Fría apenas comenzaba, por lo que los aliados encabezados por Estados Unidos querían evitar a toda costa la continuación de una crisis económica que pudiese llevar a insurrecciones comunistas en Europa occidental.

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Los aliados habían acordado que la deuda quedaba aplazada hasta la reunificación alemana. //Foto BBC Mundo

 

Por eso, en 1953, los Aliados llevaron a cabo la Conferencia de Londres, en la cual acordaron perdonar cantidades sustanciales de deuda alemana.

Los orígenes de esa deuda se remontaban a la Primera Guerra Mundial.

Al terminar ese conflicto, el Tratado de Versalles de 1919 le había impuesto al perdedor, Alemania, la obligación de pagar cuantiosas reparaciones a los vencedores.

Las dificultades financieras en torno a pagar esas reparaciones han sido identificadas por muchos de los historiadores como una de las causas que llevaron eventualmente al surgimiento del nazismo en Alemania y su llegada al poder a comienzos de la década de 1930.

En esa misma década, bancos occidentales le prestaron todavía más dinero a Alemania, que a su vez usaba esos fondos para pagar las reparaciones exigidas por los ganadores de la Primera Guerra Mundial, según señala en un estudio académico el investigador de la Universidad de Yale Timothy W. Guinnane.

Deuda nazi

En el transcurso de la década de los 30, los nazis se hicieorn con el poder en Alemania y llevaron al país a la Segunda Guerra Mundial mientras acarreaban consigo una creciente deuda externa de naciones enemigas, la cual se negaron a pagar.

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Parte de la deuda alemana fue adquirida durante el periodo nazi. //Foto: BBC Mundo

 

Con la victoria aliada en 1945 empezaron a llegar, de nuevo, fondos frescos de países occidentales a Alemania bajo el Plan Marshall, a veces en forma de préstamos.

En 1951, el entonces canciller de Alemania Occidental, Konrad Adenauer anunció que, pese a la difícil situación, su país buscaría pagar la mayoría de sus deudas.

Pero el acuerdo firmado en Londres el 27 de febrero de 1953 hizo que los Aliados perdonaran grandes cantidades de deuda adquirida por Alemania como resultado de las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, después bajo el gobierno nazi y también en los años de reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial.

Guinnane sostiene en su articulo que muchos países han tratado de usar este antecedente cuando piden que se les perdone la deuda externa.

No obstante, sostiene el investigador, la situación de Alemania era particular, por el miedo a la expansión soviética propio de la Guerra Fría y porque dado el tamaño de la nación germana, su recuperación era necesaria para que la economía global se normalizara.

¿Importancia similar?

Pocas naciones hoy tienen esa misma importancia para la estabilidad económica y política del mundo.

La pregunta del millón es si los acreedores encabezados por Berlín decidirán que un colapso griego en 2015 representa un riesgo político similar al que presentaba un default de Alemania después de 1945.

Y por eso, accedan a mostrar con los griegos la misma generosidad que con Alemania tuvieron en su momento los aliados.

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6 formas en las que la pérdida de olfato por COVID-19 te puede afectar a largo plazo

Después de COVID-19, muchas personas se han quedado con impedimentos a largo plazo en su sentido del olfato.
Por Johan N. Lundström / BBC News Mundo
12 de junio, 2022
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Al principio de la pandemia, múltiples estudios mostraron que aproximadamente la mitad de las personas con COVID-19 perdieron el sentido del olfato (un trastorno llamado anosmia) en algún momento durante el curso de la infección.

Aproximadamente, entre un 20% y un 35% adicional experimentó una reducción clínica en su capacidad para oler (hiposmia).

Aunque la evidencia más reciente sugiere que Ómicron podría no conducir a la pérdida del olfato tanto como las variantes anteriores, dado que más de 500 millones de personas han tenido al menos una de las variantes hasta la fecha, todavía son muchos millones de personas que probablemente han experimentado esta condición en algún grado.

Para la mayoría, esto es solo una pérdida temporal de la función. Pero una parte considerable experimentará problemas a más largo plazo.

Estudios recientes muestran que entre 12 y 18 meses después del diagnóstico inicial de COVID-19, entre el 34% y el 46% de las personas aún experimentan una reducción clínica en su sentido del olfato.

Sin embargo, la mayoría de estas personas no son conscientes de ello.

Un problema relacionado es la parosmia, en la que la percepción de los olores de una persona cambia y, a menudo, descubre que se vuelven más desagradables.

La investigación sugiere que hasta el 47% de las personas que han tenido COVID-19 podrían verse afectadas.

Al igual que con la pérdida del olfato, la mayoría de las personas con parosmia probablemente sanarán con el tiempo. Sin embargo, algunas podrían tener problemas más duraderos.

COVID-19 no es la única enfermedad que puede conducir a la pérdida del olfato. También puede ser causada por otros virus o infecciones, o traumatismo craneoencefálico o una variedad de enfermedades neurodegenerativas.

Efectos a largo plazo

Si bien la evidencia sobre la pérdida del olfato posterior a COVID-19 aún está surgiendo, los datos de otros tipos de disfunción olfativa nos dan una idea de algunos de los efectos que la pérdida del olfato a largo plazo puede tener en la vida cotidiana.

1. Seguridad alimentaria

Las personas con esta discapacidad son más propensas a ingerir alimentos en mal estado porque es el olor, ante todo, lo que nos advierte cuando algo se echó a perder.

Esto puede aumentar el riesgo de enfermedades transmitidas por los alimentos.

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Getty Images

2. Gusto

Aparte de las sensaciones gustativas centrales (dulce, salado, amargo, ácido y umami), casi todo lo que experimentamos como sabor es producido por los olores que llegan a los receptores olfatorios en la nariz a través del pasaje oral-nasal en la parte posterior de la garganta.

Desafortunadamente, sin el sentido del olfato, la mayor parte de lo que comes tendrá poco o ningún sabor.

Si se elimina la capacidad de detectar olores, una manzana sabrá como una papa si cierras los ojos.

3. Apetito

Más allá de darnos placer al comer, los olores de la comida también nos estimulan el apetito.

Esto significa que cuando no podemos oler los aromas de la cena que se cocina en el horno, es menos probable que tengamos hambre.

4. Fluctuaciones de peso

La pérdida combinada de apetito y placer de comer hace que la mayoría de las personas con un trastorno del olfato recién adquirido pierdan peso inicialmente.

Sin embargo, nuestros cuerpos están diseñados para mantenernos con vida. Las personas con pérdida del olfato rápidamente comienzan a buscar el placer de otros estímulos sensoriales al comer, como la textura, por ejemplo, en el crujido de los alimentos fritos.

Y en lugar de esperar a tener hambre, muchos simplemente comerán con más frecuencia.

Estos cambios no conscientes en el comportamiento alimentario a menudo dan como resultado un aumento de peso, lo que puede provocar problemas cardiacos a largo plazo y otros problemas de salud relacionados.

5. Relaciones

Hay algunas consecuencias de la pérdida del olfato en las que quizá no pienses de inmediato.

Tomemos, por ejemplo, el hecho de que una persona que no puede oler no podrá controlar su propio olor corporal. Esto puede ser una fuente de timidez e inseguridad en situaciones sociales.

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Getty Images
Cuando no podemos oler los aromas de la comida es menos probable que tengamos hambre.

Varios estudios han demostrado que un sentido del olfato deficiente está relacionado con una reducción en las interacciones sociales, el número de amigos y el disfrute sexual reportados.

Esto último también podría estar relacionado con la pérdida de la capacidad de sentir el olor de una pareja.

6. Salud mental

Un tercio de las personas que buscan tratamiento para sus problemas de olfato informan haber experimentado una reducción en su calidad de vida y bienestar general, en comparación con su vida antes de tener estos problemas.

Es probable que esto se deba a una combinación de los factores descritos anteriormente.

Las personas con disfunción del olfato a menudo reportan síntomas de depresión, y no es raro que los relacionen con sus problemas de olfato.

Opciones de tratamiento

Lamentablemente, existen pocos tratamientos para las personas que experimentan disfunción del olfato.

Para los problemas de olfato inducidos por virus, el único tratamiento que tiene algún efecto demostrable es el entrenamiento del olfato.

Esto es un poco como la fisioterapia para la nariz y consiste en una terapia de exposición, en la que se le pide al paciente que huela una variedad de olores durante unos 20 minutos, cada mañana y tarde, durante un periodo de dos a tres meses.

Aunque los pacientes rara vez se recuperarán por completo, los estudios han demostrado que el entrenamiento del olfato mejora las funciones olfativas con el tiempo.

Dicho esto, la pandemia de COVID-19 ha dado impulso a la investigación olfatoria, y varios tratamientos nuevos e interesantes se encuentran actualmente en ensayos preclínicos.

Dentro de unos años, es posible que veamos una variedad de tratamientos novedosos para la disfunción del olfato.

Mientras tanto, ¿qué debes hacer si crees que tu sentido del olfato no es como debería ser?

Puedes comenzar a entrenarte con el olfato usando olores domésticos comunes. Si no ves una mejora notable después de seis semanas de entrenamiento, comunícate con tu médico para una evaluación.

*Johan N. Lundström es profesor asociado del Departamento de Neurociencia Clínica del Instituto Karolinska. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión en inglés aquí.


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