¿Qué comen los más pobres y ricos de México?
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¿Qué comen los más pobres y ricos de México?

Al hacer el análisis por tipo de ingreso, los mexicanos en el decil I, es decir, quienes tienen un ingreso de seis mil 902 pesos, gastan más en comprar carne, cereales, frutas y verduras y tortillas de maíz. Estos cuatro productos representan 48% todos los alimentos que consumen.
Por Nayeli Roldán
17 de julio, 2015
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En México, la comida está por todos lados, hasta en nuestras frases. //Foto: Wikimedia

En México, la comida está por todos lados, hasta en nuestras frases. //Foto: Wikimedia

Los principales productos que los mexicanos compran son carne, cereales, leche y sus derivados y legumbres, lo que representa 64% del gasto en alimentación, según datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), presentada este jueves 16 de julio.

Al hacer el análisis por tipo de ingreso, los mexicanos en el decil I, es decir, quienes tienen un ingreso de seis mil 902 pesos, gastan más en comprar carne, cereales, frutas y verduras y tortillas de maíz. Estos cuatro productos representan 48% todos los alimentos que consumen.

Mientras que los hogares con el más alto nivel económico, ubicados en el decil X, con ingresos de 143 mil  850 pesos al trimestre, gastan más en comer fuera de casa, carnes, otros alimentos, cereales y bebidas no alcohólicas, lo que representa 67% de su erogación en los productos comestibles.

De acuerdo con la encuesta, el poder adquisitivo de los mexicanos se redujo en los últimos dos años, toda vez que el ingreso corriente promedio por hogar ascendió a 39 mil 742 pesos trimestrales hasta 2014, lo que representa un decremento de -3.5% respecto a 2012, cuando se ubicaba en 41 mil 31 pesos.

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La desigualdad en el país se explica con la disparidad en los ingresos de los mexicanos. La estadística revela que 30% de los hogares con mayores ingresos (deciles VIII, IX, X) concentraron 62.5 % de los ingresos corrientes totales, mientras que el restante 70% de los hogares (del decil I al VII) obtuvieron sólo el 37.5% del ingreso.

En 2014, los hogares destinaron la mayor proporción de sus ingresos a la compra de alimentos, bebidas y tabaco (34.1%), seguido del gasto en transporte y comunicación que representó 18.8%; luego en educación y esparcimiento con 14.0%, respectivamente; después en vivienda y combustibles (9.5 %); en cuidados personales (7.2%); en artículos y servicios para la casa (6.2 %); en vestido y calzado (4,7 %); en transferencias de gasto (3.0%) y en cuidados de la salud (2.5%).

Sin embargo, el destino del gasto familiar también es otra muestra de la desigualdad, pues los de menores ingresos erogan la mitad de su gasto en alimentos (50.7%), mientras que los deciles altos destinan 41%. Y mientras quienes se encuentran en el decil I solo destinó 5.6% de su gasto a educación y esparcimiento, los deciles V y X destinaron 9.5% y 20.6 %, respectivamente.

La alimentación

De acuerdo con la clasificación a los alimentos por tipo de nutrientes, los hogares destinaron 47.0% de su gasto en alimentos, a los productos que contienen proteínas de origen animal (carne, leche); 35.3% a los compuestos de calorías, carbohidratos y grasa; 15% a alimentos con vitaminas y minerales (frutas) y 2.6 % a los de proteínas de origen vegetal.

En el desglose por producto, la dieta tiene variaciones conforme a los deciles de ingreso. Los hogares en el decil I gastó un millón 967 mil 618 pesos en la compra de carne en un trimestre, lo que representa el primer producto de consumo.

En tanto, para los hogares en el decil X, el primer rubro de gasto son los alimentos y bebidas fuera de casa, con 20 millones 412 mil 542 pesos.

Estos son los productos que más consumen los mexicanos:

 

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6 formas en las que la pérdida de olfato por COVID-19 te puede afectar a largo plazo

Después de COVID-19, muchas personas se han quedado con impedimentos a largo plazo en su sentido del olfato.
Por Johan N. Lundström / BBC News Mundo
12 de junio, 2022
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Al principio de la pandemia, múltiples estudios mostraron que aproximadamente la mitad de las personas con COVID-19 perdieron el sentido del olfato (un trastorno llamado anosmia) en algún momento durante el curso de la infección.

Aproximadamente, entre un 20% y un 35% adicional experimentó una reducción clínica en su capacidad para oler (hiposmia).

Aunque la evidencia más reciente sugiere que Ómicron podría no conducir a la pérdida del olfato tanto como las variantes anteriores, dado que más de 500 millones de personas han tenido al menos una de las variantes hasta la fecha, todavía son muchos millones de personas que probablemente han experimentado esta condición en algún grado.

Para la mayoría, esto es solo una pérdida temporal de la función. Pero una parte considerable experimentará problemas a más largo plazo.

Estudios recientes muestran que entre 12 y 18 meses después del diagnóstico inicial de COVID-19, entre el 34% y el 46% de las personas aún experimentan una reducción clínica en su sentido del olfato.

Sin embargo, la mayoría de estas personas no son conscientes de ello.

Un problema relacionado es la parosmia, en la que la percepción de los olores de una persona cambia y, a menudo, descubre que se vuelven más desagradables.

La investigación sugiere que hasta el 47% de las personas que han tenido COVID-19 podrían verse afectadas.

Al igual que con la pérdida del olfato, la mayoría de las personas con parosmia probablemente sanarán con el tiempo. Sin embargo, algunas podrían tener problemas más duraderos.

COVID-19 no es la única enfermedad que puede conducir a la pérdida del olfato. También puede ser causada por otros virus o infecciones, o traumatismo craneoencefálico o una variedad de enfermedades neurodegenerativas.

Efectos a largo plazo

Si bien la evidencia sobre la pérdida del olfato posterior a COVID-19 aún está surgiendo, los datos de otros tipos de disfunción olfativa nos dan una idea de algunos de los efectos que la pérdida del olfato a largo plazo puede tener en la vida cotidiana.

1. Seguridad alimentaria

Las personas con esta discapacidad son más propensas a ingerir alimentos en mal estado porque es el olor, ante todo, lo que nos advierte cuando algo se echó a perder.

Esto puede aumentar el riesgo de enfermedades transmitidas por los alimentos.

olfato

Getty Images

2. Gusto

Aparte de las sensaciones gustativas centrales (dulce, salado, amargo, ácido y umami), casi todo lo que experimentamos como sabor es producido por los olores que llegan a los receptores olfatorios en la nariz a través del pasaje oral-nasal en la parte posterior de la garganta.

Desafortunadamente, sin el sentido del olfato, la mayor parte de lo que comes tendrá poco o ningún sabor.

Si se elimina la capacidad de detectar olores, una manzana sabrá como una papa si cierras los ojos.

3. Apetito

Más allá de darnos placer al comer, los olores de la comida también nos estimulan el apetito.

Esto significa que cuando no podemos oler los aromas de la cena que se cocina en el horno, es menos probable que tengamos hambre.

4. Fluctuaciones de peso

La pérdida combinada de apetito y placer de comer hace que la mayoría de las personas con un trastorno del olfato recién adquirido pierdan peso inicialmente.

Sin embargo, nuestros cuerpos están diseñados para mantenernos con vida. Las personas con pérdida del olfato rápidamente comienzan a buscar el placer de otros estímulos sensoriales al comer, como la textura, por ejemplo, en el crujido de los alimentos fritos.

Y en lugar de esperar a tener hambre, muchos simplemente comerán con más frecuencia.

Estos cambios no conscientes en el comportamiento alimentario a menudo dan como resultado un aumento de peso, lo que puede provocar problemas cardiacos a largo plazo y otros problemas de salud relacionados.

5. Relaciones

Hay algunas consecuencias de la pérdida del olfato en las que quizá no pienses de inmediato.

Tomemos, por ejemplo, el hecho de que una persona que no puede oler no podrá controlar su propio olor corporal. Esto puede ser una fuente de timidez e inseguridad en situaciones sociales.

olfato y gusto

Getty Images
Cuando no podemos oler los aromas de la comida es menos probable que tengamos hambre.

Varios estudios han demostrado que un sentido del olfato deficiente está relacionado con una reducción en las interacciones sociales, el número de amigos y el disfrute sexual reportados.

Esto último también podría estar relacionado con la pérdida de la capacidad de sentir el olor de una pareja.

6. Salud mental

Un tercio de las personas que buscan tratamiento para sus problemas de olfato informan haber experimentado una reducción en su calidad de vida y bienestar general, en comparación con su vida antes de tener estos problemas.

Es probable que esto se deba a una combinación de los factores descritos anteriormente.

Las personas con disfunción del olfato a menudo reportan síntomas de depresión, y no es raro que los relacionen con sus problemas de olfato.

Opciones de tratamiento

Lamentablemente, existen pocos tratamientos para las personas que experimentan disfunción del olfato.

Para los problemas de olfato inducidos por virus, el único tratamiento que tiene algún efecto demostrable es el entrenamiento del olfato.

Esto es un poco como la fisioterapia para la nariz y consiste en una terapia de exposición, en la que se le pide al paciente que huela una variedad de olores durante unos 20 minutos, cada mañana y tarde, durante un periodo de dos a tres meses.

Aunque los pacientes rara vez se recuperarán por completo, los estudios han demostrado que el entrenamiento del olfato mejora las funciones olfativas con el tiempo.

Dicho esto, la pandemia de COVID-19 ha dado impulso a la investigación olfatoria, y varios tratamientos nuevos e interesantes se encuentran actualmente en ensayos preclínicos.

Dentro de unos años, es posible que veamos una variedad de tratamientos novedosos para la disfunción del olfato.

Mientras tanto, ¿qué debes hacer si crees que tu sentido del olfato no es como debería ser?

Puedes comenzar a entrenarte con el olfato usando olores domésticos comunes. Si no ves una mejora notable después de seis semanas de entrenamiento, comunícate con tu médico para una evaluación.

*Johan N. Lundström es profesor asociado del Departamento de Neurociencia Clínica del Instituto Karolinska. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión en inglés aquí.


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