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Nayeli Roldán
Aldo, el futbolista de Ayotzinapa que lleva un año en estado de coma
Un año después del ataque a normalistas en Iguala, Guerrero, Aldo Gutiérrez tampoco ha recibido justicia. El estudiante quedó herido por un disparo en la cabeza; no recibió atención médica de inmediato y las autoridades no han esclarecido quién lo lastimó.
Nayeli Roldán
Por Nayeli Roldán
29 de septiembre, 2015
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Aldo, el futbolista de Ayotzinapa que lleva un año en estado de coma. Foto: Nayeli Roldán

Aldo, el futbolista de Ayotzinapa que lleva un año en estado de coma. Foto: Nayeli Roldán

Desde los 12 años, Aldo Gutiérrez comenzó a jugar futbol y su talento innato lo mantuvo siempre como delantero. Los equipos de Tutepec, su pueblo natal, lo invitaban a los torneos que se realizaban en otros estados y los entrenadores le veían tales aptitudes que le propusieron integrarse a las fuerzas básicas del municipio de Ayutla, Guerrero. El 26 de septiembre de 2014 su vida de detuvo. Durante el ataque de policías de Iguala contra normalistas de Ayotzinapa, el joven recibió un disparo en la cabeza que lo dejó en estado de coma. Lleva un año postrado en un cuarto de hospital sin poder hablar ni patear un balón.

La familia tiene la esperanza de que esta pesadilla acabará pronto y, cuando despierte, podrá regresar a casa junto a ellos, jugará futbol y retomará sus estudios para ser maestro. Por lo pronto, siguen visitándolo y cuidándolo en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía en la Ciudad de México, donde fue internado hace 11 meses.

Cuando su padre, Leonel Gutiérrez, lo visita en el hospital le habla al oído como lo hacen el resto de sus familiares. “Si me oyes, te digo que todo el tiempo te voy a estar viniendo a ver. Aguanta para que puedas levantarte de esa cama y podamos llegar a la casa”.

Cada ocho días alguien de la familia lo visita. Eso les cuesta dinero y esfuerzo, pues todos siguen viviendo en Ayutla, un municipio en la costa chica de Guerrero, a 500 kilómetros de distancia del Distrito Federal. “A veces se enferma más el que está bueno que el que está enfermo”, dice Leonel, de 64 años.

A diferencia de los padres de los 43 estudiantes desaparecidos, Leonel y su esposa Gloria Solano saben dónde está su hijo. Lo tocan, le hablan, lo abrazan, pero su tragedia no es menor. Llevan un año sin escuchar su voz ni verlo de pie. Según el reporte médico, más de la mitad de su cerebro fue dañado debido al disparo.

“Hay días en que uno no puede ni dormir de estar pensando en él nada más. Pensar que está en un hospital y delicado. Dicen los médicos que todavía está en una fase delicada. Dicen que todavía es peligroso”, comenta el padre.

El matrimonio de Leonel y Gloria tuvo 14 hijos. Aldo es el número 10 y buscaba ser el segundo en su familia en estudiar una licenciatura. Los primeros siete hermanos estudiaron hasta la primaria y, como su padre, se dedican al campo, pero Ulises, de 25 años, con la ayuda de sus mayores pudo estudiar en la Normal Rural de Ayotzinapa y ahora es maestro en la sierra de Guerrero.

Aldo estudió en el Colegio de Bachilleres de Ayutla y siempre tuvo calificaciones sobresalientes, pero ni con la ayuda de sus hermanos podría vivir y estudiar en otro lugar que no fuese Guerrero. Él trabajaba en el campo con su papá o se alquilaba como peón en la siembra y cosecha de calabaza, frijol y jamaica y ganaba 100 pesos por ocho horas de trabajo.

En un municipio como Ayutla, donde 88% de la población es pobre, según las mediciones del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), las opciones para superar esa condición son pocas.

Una de ellas está en las fuerzas armadas. Aldo quería ingresar a la Marina después de concluir el bachillerato, pero no alcanzó ficha para presentar el examen de ingreso. La segunda opción fue la Normal de Ayotzinapa, que estaba a cuatro horas de su casa.

Aunque compitió con 300 aspirantes, fue uno de los 140 que consiguió un lugar y lo hizo en su primer intento. Entre las pruebas que el comité estudiantil pone para el ingreso estaba el acondicionamiento físico y tareas del campo, además del examen de conocimientos.

Para Aldo ninguno de esos requisitos representaba un problema porque los tres habían sido parte de su vida. A Aldo también le gustaba montar caballos, escuchar y bailar cumbia. Iba a fiestas porque era muy alegre, pero no bebía alcohol porque siempre prefirió mantener una buena condición física para el deporte, cuenta su hermano.

Ya en la normal también jugaba futbol y los fines de semana visitaba a su hermano Ulises que vive en Tixla, el municipio donde se encuentra la normal. El ciclo escolar había empezado en agosto de 2014, por eso es que no había regresado a Ayutla; pensaba hacerlo hasta las vacaciones, pero hablaba por teléfono con sus padres muy seguido.

El ataque y la negligencia

Ulises y su padre marcharon el sábado pasado por las calles del Distrito Federal en el contingente de los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa pidiendo justicia. Han recibido el apoyo de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), pero nadie ha resuelto su petición que un especialista extranjero revise a Aldo.

Por eso, el pasado 24 de septiembre, en el encuentro de los padres de las víctimas con el presidente Enrique Peña Nieto, Ulises le pidió que los ayudara con el traslado de Aldo a un hospital de especialidad en el extranjero o que vinieran más médicos a tratarlo, pero nada.

Peña Nieto “ni siquiera mencionó la petición que le hicimos. Se quedó callado, no resolvió nada. Si no quiere ayudar no va a ayudar, pero nosotros vamos a buscar la forma de que se pueda curar”, dice Leonel.

La Procuraduría General de la República (PGR) no ha investigado lo ocurrido a Aldo la trágica noche del 26 de septiembre cuando cayó herido en la calle Juan N. Álvarez de Iguala; por eso sus familiares no han encontrado justicia en la ley, dicen.

Ulises recuerda que a las 20 horas del 26 de septiembre llamó por teléfono a Aldo. “Estoy en una actividad. Yo te aviso cuando termine”, le respondió el normalista. No dijo más, pero su tono de voz no era distinta, ni se notaba exaltado ni preocupado, dice el hermano. Ese fue el último contacto que la familia tuvo con el joven.

Después de dos horas, Ulises le volvió a marcar pero no contestaba. Entraba la llamada, sonaba, pero nada. Así una y otra vez, por eso “me empecé a preocupar y fui a la normal”, narra el hermano.

Al llegar, otros estudiantes le dijeron que habían reprimido a sus compañeros. “Yo quería ir a Iguala, pero no me dejaron, me decían que sería peor”. A las 2 de la madrugada, alguien llamó para decir que un estudiante de Ayutla había muerto en el ataque. “Pensé que había sido Aldo”.

Las siguientes horas lo convencieron para que al amanecer pudiera buscar a su hermano. Así fue, llegó a Iguala por la mañana y lo encontró en un hospital. Hasta entonces no había recibido atención médica. Habían pasado 10 horas sin que los doctores hicieran lo posible por salvar su vida. Según la familia, esta omisión debe ser investigada y castigada porque fue determinante para que el joven esté así.

A partir de entonces, la vida de la familia Gutiérrez Solano cambió. Marchan en la Ciudad de México, en Guerrero, piden ayuda y rezan porque Aldo despierte. Ulises y su padre Leonel cargan con una pancarta blanca con la fotografía del normalista, el futbolista que duerme.

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