Los desplazados de Chiapas, entre la impunidad y la fe en el papa
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Nayeli Roldán (@nayaroldan)

Los desplazados de Chiapas, entre la impunidad y la fe en el papa

La familia López Girón, integrada por 19 personas, fue desplazada de su casa y de sus tierras en el municipio de Banavil por apoyar la lucha por la tierra del EZLN. Ahora viven en San Cristóbal de las Casas, hacinados en un cuarto de lámina.
Nayeli Roldán (@nayaroldan)
Por Nayeli Roldán
16 de febrero, 2016
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La familia López Girón fue desplazada de su comunidad por apoyar al EZLN. // Foto: Nayeli Roldán (@nayaroldan)

La familia López Girón fue desplazada de su comunidad por apoyar al EZLN. // Foto: Nayeli Roldán (@nayaroldan)

La leña quemada dentro de un destartalado bote de lámina es la única forma en que los 19 integrantes de la familia López Girón soporta el frío de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, que en los inviernos más crueles alcanza temperaturas bajo cero. Viven hacinados en un cuarto que no supera los 12 metros cuadrados y no terminan de adaptarse a una ciudad que no les ofrece tierras para sembrar como lo hacían en Banavil, la comunidad de la que fueron desplazados hace cuatro años.

Este lunes 15 de febrero, Miguel y su hermano Lorenzo se acomodaron en la calle Insurgentes desde las tres de la mañana para formar la valla humana que el papa Francisco vería en su camino hacia la catedral de San Cristóbal de las Casas, después del medio día.

Su madre, Antonia Girón, de 60 años, llegó a las seis de la mañana con una de sus hijas a la Unidad Deportiva donde el pontífice oficiaría misa cuatro horas después. Su fe católica es tan grande que confían en que Dios les ayudará a regresar a su comunidad. Por eso, Francisco significa una esperanza.

La familia quería entregarle una carta en la que piden su ayuda para que interceda por ellos ante el gobierno de Chiapas y por fin investigue el paradero de su padre, Alonso López, desaparecido el 4 de diciembre de 2011 luego de que un grupo armado de 50 priístas entrara a su casa y se lo llevara. La misiva nunca le llegó, no hubo forma de acercarse al jerarca al que vieron pasar sólo unos segundos.

La historia de la agresión

El levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994 propició cambios entre las comunidades indígenas de Chiapas. La familia López Girón decidió formar parte de las Bases de Apoyo porque “estábamos luchando por la tierra, por nuestros derechos”, cuenta Miguel, un joven moreno y delgado de 27 años que no supera el metro y medio de estatura.

Sin embargo, en el municipio de Tenejapa, donde se encuentra la comunidad tseltal de Banavil, sólo cuatro familias decidieron sumarse al movimiento del EZLN, mientras que el resto se adhirió al PRI para recibir apoyos de programas sociales. La tensión entre ambos grupos, que incluso son familiares, llegó hasta la agresión armada que sufrió Miguel y su familia en 2011.

“Eran como 50, entraron a la casa, nos pegaron y se llevaron a mi papá”, relata Miguel. Días después, ante el temor de que sufrieran otra agresión, la familia abandonó su casa y consiguió refugio en un cuarto de láminas en San Cristóbal de las Casas.

El 23 de diciembre de 2011, en el ejido Mercedes, que colinda con Banavil, se encontró un brazo cercenado; días después, policías estatales, el ministerio público y el juez municipal acudieron para buscar el resto del cuerpo sin encontrarlo. Una prueba de ADN posterior, confirmó que el brazo era de Alonso López. Después de eso, nada se ha avanzado en la investigación.

Además, la Fiscalía de Justicia Indígena no ha dado trámite a la denuncia por despojo interpuesta por la familia, mientras que las órdenes de aprehensión en contra de los perpetradores no ha sido ejecutada, lo que demuestra las irregularidades en el proceso, denuncia el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, organización encargada de la defensa del caso.

La familia demanda el regreso a su comunidad y la presentación de su padre. “Han tenido varias reuniones con representantes del gobierno del estado, pero en ninguna han obtenido resultados favorables. Por eso siguen denunciando la falta de justicia en su caso”, explica el Centro Frayba en su informe “La insurgencia de los derechos humanos”, publicado en septiembre de 2015.

Hasta 2002, la cifra de desplazados internos a causa de los sucesos de 1994 se calculaba entre 16 mil y 20 mil personas, según el informe del representante del Secretario General sobre los derechos humanos de las personas internamente desplazadas de Naciones Unidas, Francis Deng.

La familia López Girón ha tenido que adaptarse a su nueva vida. Antes sembraban maíz en las ocho hectáreas que tenían en Banavil. Ahora las mujeres lavan ropa ajena y los hombres se alquilan como peones.

Lo que ganan es insuficiente para mandar a la escuela a los siete niños que procrearon y su situación llegó a un extremo cuando Antonia, una de 11 años se enfermó y fue hospitalizada. Los médicos le diagnosticaron edema cerebral y falleció el 21 de febrero de 2015.

“Queremos regresar a nuestra casa, a sembrar nuestras tierras. Queremos a nuestro padre de regreso. No estamos pidiendo dinero, sólo queremos que esto no se vuelva a repetir para nadie”, dice Miguel, mientras su madre Antonia no puede contener el llanto.

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Julia "Butterfly" Hill

Julia, la mujer que pasó 738 días en la cima de una secuoya milenaria para evitar que la talaran

La activista se comprometió a ocupar el árbol, ubicado en un bosque del norte de California, pensando que pasaría allí como máximo un mes.
Julia "Butterfly" Hill
16 de agosto, 2020
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¿Qué harías tú para evitar que un majestuoso árbol de 1,500 años fuera víctima de las sierras de una maderera?

¿Arriesgarías tu vida, habitando un espacio en las alturas no más grande que una cama sencilla, a la intemperie, pasando frío, hambre, dolor y aislamiento?

¿Cuánto aguantarías?

Pues Julia “Butterfly” Hill, una activista medioambiental, vivió en la cima de una milenaria secuoya en el norte de California durante 738 días para evitar que la talaran.

Sólo aceptó ponerle fin a su increíble protesta y bajar del árbol después de ganar su batalla para protegerlo, así como el área que lo rodeaba.

Varios activistas han ocupado árboles, pero se cree que la protesta de Julia es la que más ha durado.

“Creo que a quien quiera talar un árbol de estos debería ordenársele vivir en él durante dos años”, dijo al programa Witness del Servicio Mundial de la BBC sobre su hazaña.

“Bellos y sagrados”

Una mujer abraza el tronco de un enorme secuoya en el Parque Nacional Secuoya, California

Getty Images
Las secuoyas son árboles monumentales.

Las secuoyas son árboles monumentales, oriundos de California, Estados Unidos..

Pueden crecer hasta alcanzar los 75 metros de altura, tener troncos de nueve metros de diámetro y vivir miles de años.

“Cuando llegué a California por primera vez y entré en el primer bosque ancestral, quedé muy conmovida e impactada por lo bellos y sagrados que son y se sienten”, comentó Julia a la BBC.

Desafortunadamente, desde la colonización del territorio californiano por culturas occidentales, la continua tala de este recurso natural diezmó los bosques.

“Al inicio de mi activismo, tomé conciencia de que el 97% de los bosques de estas secuoyas milenarias ya se había destruido“, explicó.

Aserradores a finales del siglo XIX trabajando en una de las madederas en California

Getty Images
A lo largo de los siglos, la industria maderera en California ha arrasado con los bosques de secuoyas.

En California se inició una forma de protesta a finales de los 70 conocida como la ocupación de árboles (tree sitting, en inglés), viviendo en ellos para protegerlos de la tala.

Julia Hill, a quien apodaron Butterfly (Mariposa) a los siete años, había estado viviendo con unos activistas del medioambiente en el condado de Humboldt, en el norte de California.

El grupo estaba enfrentado a una empresa maderera que talaba las secuoyas de la región.

Necesitaban a alguien que ocupara un árbol para atraer atención a la causa.

Julia se ofreció voluntaria, pensando en que sólo tendría que estar subida al árbol unas dos semanas, tal vez un mes.

La complicada vida en un árbol

Julia Butterfly Hill en su refugio arriba de un secuoya

Getty Images
El refugio de Julia consistía de una plataforma de dos metros por uno y medio, cubierto de una lona de plástico.

El 10 de diciembre de 1997, trepó a un árbol de 55 metros de altura al cual le dio el nombre de Luna. Ahí fue cuando se dio cuenta en qué se había metido.

“Estás atada a una soga de escalar, usas tus manos y pies para lentamente ir subiendo al árbol. A unos 25 metros de altura, cometí el error de mirar hacia abajo. Entré en pánico y me paralicé. Cuando abrí lo ojos otra vez, mantuve la vista fija en Luna a medida que subía”.

Sin embargo, el entorno también le tenía reservadas sorpresas agradables.

“El olor en el bosque es extraordinario. El aire es tan dulce que realmente lo puedes saborear”, describió.

El hogar de Julia en el árbol era una plataforma de dos metros por uno y medio. Más o menos del tamaño de una cama sencilla.

Después de pasar un año subido a ella, pudo armar una segunda plataforma. Se protegía bajo una lona de plástico, su cama se reducía a un saco de dormir y le subían la comida con un lazo.

Julia Butterfly Hill hablando por un teléfono celular dentro de su refugio en el árbol

Getty Images
Julia se comunicaba con los medios por medio de un teléfono celular cargado con energía solar.

Durante ese tiempo tuvo contacto humano, daba entrevistas a los medios a través de un teléfono que funcionaba con energía solar. Pero cuando llegó el momento de enfrentar el mal tiempo, estuvo completamente sola.

“Había mucha humedad y frío. Aun con la lona de plástico que me servía de techo y paredes, hasta la niebla penetraba y la lluvia encontraba pequeños agujeros por donde gotear desde las ramas a la plataforma”, relató

Tuvo que soportar tormentas con vientos de hasta 150 kilómetros por hora, lluvia congelada, granizo y finalmente nieve que destruyeron su refugio, con lo que quedó completamente expuesta a la intemperie.

Las condiciones meteorológicas fueron tan intensas que sufrió congelación severa porque no podía secarse ni calentarse durante semanas.

“Soportar el peor invierno registrado en la historia a 18 pisos de altura, en una pequeña plataforma en el cielo, me desafió en todos los aspectos. Mi deseo de sentir calor y secarme, el miedo a morir. Fue llevada al borde de todos los posibles temores que tenía. Y fue a través de esa experiencia que evolucioné como un ser humano”, afirmó.

Oposición, dudas y nuevo aliento

La empresa maderera Pacific Lumber Company

Getty Images
La empresa maderera hizo todo lo posible para obligar a Julia a bajar del árbol.

Pero no todos estaban igualmente impresionados.

Debido a que realizaba un acto de desobediencia civil -pues estaba en territorio que alguien reclamaba que le pertenecía- se había ganado el disgusto de la empresa maderera.

Estaba determinada a sobrevivir, aunque había algunas personas con igual determinación para obligarla a bajar.

“Intentaron varias formas de forzarme a bajar: desde cortar mis suministros y alimentos, dejarme con hambre, hasta sonar bocinas a alto volumen durante toda la noche y el día, durante muchos días, para que no pudiera dormir”.

Hubo momentos de duda en que casi se da por vencida.

“Soy un ser humano. Hubo momentos en los que dije ‘no aguanto más’. Momentos en los que me enrosqué en la posición fetal a llorar, ‘no puedo más, ni un minuto más'”, confesó, pero algo siempre pasaba que el daba nuevo aliento.

“Ya fuera una respuesta de la naturaleza, o alguien llegando inesperadamente con algún tipo de obsequio, o un oso que pasaba por el bosque comiendo bayas -es increíble ver un animal así de grande-. Hubo pequeños incidentes como esos, en momentos en que ya no podía más algo ocurría que me decía puedes aguantar. Un respiro más, un momento más”.

Julia arriba de un secuoya con el panorama de un bosque atrás

Getty Images
A pesar de soportar momentos difíciles, la naturaleza le brindó espectáculos maravillosos.

Con el tiempo algunas cosas de la vida en un árbol se volvieron más fáciles, otras más difíciles.

“Después de las tormentas recolectaba ramas y las tejía con los trozos de lona destrozados y mi techo se convirtió en algo parecido a un cesto de ramas, plástico y cinta adhesiva”.

Constantemente tuvo que rehacer su refugio porque el mal tiempo se lo llevaba cada tanto. Aun así persistió.

“No bajé porque había dado mi palabra que no lo haría antes de hacer todo lo que pudiera”, aseguró.

Victoria

La impresionante protesta de dos años de Julia atrajo la atención a lo largo de todo Estados Unidos y más allá. Le dedicaron varias canciones.

El 18 de diciembre de 1999, la protesta de Julia finalmente terminó. Se había llegado a un acuerdo con la compañía maderera.

Julia y los otros activistas habían logrado recaudar US$50.000 y efectivamente pagaron a la maderera para rescatar el árbol y un área aledaña de unos 12.000 metros cuadrados.

Las cámaras captaron el momento dramático cuando la defensora del medio ambiente descendió en lágrimas.

“Fue una sensación extraordinaria cuando toqué tierra por primera vez. La gente pensó que había caído al suelo porque mis músculos no eran lo suficientemente fuertes. Pero, en realidad, caí al suelo porque las emociones, la energía y todas las sensaciones eran tan profundas que no me podía mantener en pie”.

Activismo continuo

Julia Butterfly Hill está convencida de las repercusiones de su acción en la protección de uno de los tesoros naturales de California y el mundo.

Julia es esposada por la policía durante una protesta en Ilinois en 2001

Getty Images
Después de bajar del árbol, Julia continuó con sus protestas ecologistas que resultaron en arrestos.

“Como nada sucede en un vacío, es científicamente imposible no tener algún impacto”, aseguró a la BBC.

Un año después de que Julia bajara de Luna,lasecuoya fue atacada por un vándalo, quien le hizo al tronco un corte de 80cm de profundidad con una sierra.

Tras una intervención delicada de especialistas que lograron estabilizar el árbol, este sigue en pie, así como los demás que lo rodean.

Y a Julia le queda la inigualable experiencia de haber vivido en él durante casi dos años.

“Hubo tantos momentos profundos y bellos”, recuerda.

“Uno de ellos fue cuando la niebla cubrió el valle completamente. Me desperté temprano en la mañana y vi que nada más estaba yo por encima de la niebla y a medida que salía el sol la niebla se convirtió en una laguna de color dorado, rosado, naranja, azul clarísimo. Una laguna arcoíris”.

No obstante, su activismo no terminó con esas impactantes imágenes.

Julia Butterfly Hill cofundó la Circle of Life Foundation (Fundación Círculo de la Vida), que aboga por la transformación de las interacciones humanas con la naturaleza.

De su experiencia ocupando árboles escribió el libro “El legado de Luna: la historia de un árbol, una mujer y la lucha para salvar los secuoyas”.

Julia Butterfly Hill ocupa un árbol en protesta contra el desalojo de agricultores de sus tierras en el área metropolitana de Los Ángeles

Getty Images
En 2006, Julia Butterfly Hill ocupó un árbol en protesta contra el desalojo de agricultores de sus tierras en el área metropolitana de Los Ángeles

En 2002, Hill fue deportada de Ecuador, donde había participado en una protesta contra los planes de la petrolera Occidental de construir un oleoducto que atravesaría territorios indígenas.

Su trabajo en defensa del medioambiente y de los pequeños agricultores continúa, dando charlas, participando en simposios y dictando talleres.


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https://www.youtube.com/watch?v=PpyNdI_pg38&t=42s

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