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Cuartoscuro
5 fallas que tiene el sistema de cárceles en México, según la CIDH
Sobrepoblación en 200 de 388 cárceles, prolongados regímenes de aislamiento y falta de atención diferenciada son algunas de las problemáticas identificadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Cuartoscuro
3 de marzo, 2016
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En el reporte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre los problemas de que padece México, difundido el pasado miércoles 2 de marzo, se enumeran fallas del sistema de cárceles del país, como el hacinamiento, la corrupción y el autogobierno de los presos.

Esas carencias llevaron a que  el 10 de febrero murieran 49 personas en la cárcel de Topo Chico, Nuevo León, tras desatarse una riña entre los internos. Y antes de ese caso, en años previos se han presentado tragedias similares en las prisiones.

A continuación puedes leer sobre una decena de problemas en las cárceles que identificó la Comisión Interamericana, tras la visita de sus especialistas a México el año pasado:

1.- Hacinamiento

En México, según los datos de las autoridades carcelarias que recabó la CIDH, hay 388 centros penales o cárceles: 17 centros federales; 12 en el Distrito Federal (ahora Ciudad de México); 285 dependientes de gobiernos estatales, y 74 de tipo municipal.

Hay una población penitenciaria total de 254,469 personas privadas de libertad, de las cuales 205,644 pertenecen al fuero común (80.81%) y 48,825 al fuero federal (19.19%).

“Aproximadamente el 42.22% de las personas privadas de su libertad se encuentra en prisión preventiva”, detalla la Comisión.

El dato de que hay 254, 469 personas presas, permita calcular que hay un déficit de 51,353 plazas.

“Es decir, hay un nivel de hacinamiento general del 25.5%, por encima de su capacidad de alojamiento. De los 388 centros penales del país, 200 se encuentran sobrepoblados”, indica la CIDH.

“El hacinamiento tendría como consecuencia el incremento del autogobierno descontrolado por la falta de supervisión por parte de la autoridad penitenciaria, corrupción y violencia en los últimos años”, agrega la Comisión en el reporte “Situación de Derechos Humanos en México”.

2.- Corrupción y autogobierno

El personal carcelario en México es insuficiente, labora en condiciones precarias y no cuenta con los elementos necesarios para desempeñar su función, y esos factores llevan a que se corrompa o que se permita a los internos hacerse del control absoluto de las prisiones, según la CIDH.

“Esta situación, de acuerdo con organizaciones de la sociedad civil, se presentaría particularmente en los estados del Norte del país donde hay una fuerte presencia de delincuencia organizada”, indica el reporte.

“En particular, han destacado la complejidad de la situación en centros penales como Topo Chico, en el estado de Nuevo León, donde supuestamente los propios internos golpean, e incluso han llegado a privar de la vida a aquéllos que se han negado a cubrir los montos de las extorsiones”, agrega.

En cárceles como la de Topo Chico, según la CIDH, no se permitía que los familiares dieran artículos de primera necesidad a los internos, porque una empresa dentro de la cárcel los vendía a “precios exorbitantes”.

3.- Aislamiento

La CIDH señala que en las cárceles mexicanas hay prolongados regímenes de aislamiento, con sanciones disciplinarias que resultan desproporcionadas en relación con el acto que se sanciona.

A menudo, según la Comisión, los castigos responden a “criterios discrecionales por parte del personal penitenciario, además de que las personas a las que se les imponen este tipo de sanciones no cuentan con los mecanismos independientes y eficaces para cuestionarlas”.

El régimen de aislamiento, agrega el estudio, es uno de los castigos más comunes. Se lleva a los internos a “celdas pequeñas y en condiciones deplorables, por periodos excesivamente prolongados –hasta por meses– y con restricción de visitas y llamadas con sus familiares”.

En una visita de la CIDH al Centro Femenil de Readaptación Social Santa Martha, se observó “las condiciones deplorables de las celdas de castigo utilizadas”, y se constató el prolongado tiempo de aplicación de este tipo de sanciones.

“Al respecto, una de las internas refirió llevar encerrada tres meses en celdas de castigo por haber discutido con un jefe de seguridad; este periodo de tiempo fue también confirmado por las autoridades, quienes afirmaron que habría sido el resultado de algunas infracciones seguidas cometidas por la persona castigada”, indicó la Comisión.

En una celda donde se tenía a tres internas sometidas a régimen de aislamiento, se observaron “condiciones deplorables en cuanto a limpieza; en particular, el excusado estaba sucio, la celda estaba repleta de basura; se encontraba comida en mal estado, papeles, e incluso, una toalla femenina usada estaba a la vista”.

4.- Privatización de las cárceles

Sobre este punto, la CIDH indicó que, según los reportes que logró obtener, “desde 2006 se estarían celebrando diversos contratos de prestación de servicios para la administración y manejo de los centros de detención, a fin de disminuir la carga financiera del Estado”.

Es decir, se ha otorgado a empresas privadas el derecho a operar prisiones.

“De acuerdo con organizaciones de la sociedad civil, a fin de dar cumplimiento a los contratos con empresas privadas, cada centro debe mantener el número de personas privadas de libertad en razón de la capacidad instalada, lo que incentivaría la utilización de la prisión como el único medio para combatir el delito”, apuntó en el estudio.

Al respecto, la CIDH expresó su preocupación porque hay poca información oficial “sobre los contratos celebrados por el Estado y las empresas respectivas señaladas por organizaciones de la sociedad civil”.

De hecho, según su reporte, la Comisión solicitó la información sobre los contratos vía transparencia, pero la negó el Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social por ser considerada reservada.

Otro punto de preocupación, según la CIDH, es la de que se habría iniciado en 2008 un “proceso de importación de un modelo carcelario de Estados Unidos, a través de la certificación internacional por parte del American Correctional Association (“ACA” por sus siglas en inglés)”.

De acuerdo con el reporte, el comisionado del Órgano Desconcentrado Administrativo Desconcentrado —que administra las prisiones— informó que al conseguir la certificación, a través del apoyo de la Iniciativa Mérida, “se consiguen apoyos en especie, tales como equipos tecnológicos y médicos”.

“Esta Comisión manifiesta su preocupación por la información recibida respecto a que por lo menos en algunos casos, los regímenes de los centros privatizados y la búsqueda por certificación internacional, serían planteados y ejecutados a partir de estructura de máxima seguridad estadounidense; lo que habría derivado en la aplicación de regímenes incompatibles con los derechos humanos”, indicó el reporte de la CIDH.

“En este sentido, dichos regímenes han implicado en la práctica excesivas restricciones de visitas por parte de familiares y defensores de las personas privadas de libertad; limitadísimo acceso al aire libre y actividades de recreación; revisiones físicas excesivas, incluso en partes íntimas del cuerpo de los visitantes”, agregó.

5.- Falta de atención diferenciada

La CIDH indicó que las mujeres que están encarceladas “se enfrentan a serios abusos y a condiciones que no están adaptadas a su condición; lo anterior, debido a la ausencia de perspectiva de género en la normativa local y políticas públicas”.

Organizaciones de la sociedad civil informaron a la Comisión que aproximadamente el 60 % de la población femenina se encuentra en centros de reclusión masculinos, “por lo que se encuentran en espacios que las colocan en un mayor riesgo de abusos por parte de otros internos y funcionarios”.

En cuanto a las personas con discapacidad que están en prisión, la CIDH apuntó que en su mayoría se encuentra en centros inadecuados para su condición o tratamiento, en sectores reducidos de las prisiones, con condiciones de insalubridad y hacinamiento.

Aquí puedes consultar el reporte completo:

Situación de Derechos Humanos en México CIDH

 

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Por qué el idioma que hablamos hace que veamos el futuro de forma diferente
Algunos estudios vinculan la manera en que las lenguas se refieren al futuro, al pasado o al presente y la forma en que sus hablantes interpretan el paso del tiempo e incluso la visión que tienen sobre cuestiones como el respeto por su entorno.
19 de abril, 2019
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¿Qué pasa si el idioma que hablas te hace percibir el tiempo de manera diferente?

¿Suena como realismo mágico? Casi: es Economía.

Algunos trabajos de investigación recientes sostienen que los idiomas que distinguen gramaticalmente el futuro del presente hacen que sus hablantes planifiquen menos, ahorren menos, e, incluso se preocupen menos por el medio ambiente.

Pero ¿de dónde viene este supuesto y cuáles son sus antecedentes?

El vacío

Bejamin Lee Whorf era inspector de una compañía de seguros contra incendios y notó que el lenguaje podía causar problemas de seguridad.

Se dio cuenta que la gente actuaba de forma descuidada cerca de los bidones de gasolina vacíos porque estaban “vacíos”, aunque en la práctica están llenos de vapor de gasolina, por lo que pueden explotar.

Esto lo estimuló a estudiar y escribir sobre el lenguaje.

cuadro

Edouard Taufenbach/Gallery Binome
El paso del tiempo ha sido motivo de inspiración para el arte.

Whorf pasó tiempo con la comunidad indígena Hopi del noreste de Arizona.

Observó que no tenían distinciones gramaticales para el futuro y el pasado y que no tenían forma de contar períodos de tiempo.

Observó sus prácticas culturales y llegó a la conclusión de que los Hopi ven el tiempo de manera bastante diferente a nosotros y que conceptos que nos parecen obvios, como “mañana será otro día”, no tenían ningún significado para ellos.

Su publicación de estas ideas en 1939 cambió la filosofía del lenguaje.

De las propuestas de Whorf y las de su maestro, un profesor de Yale llamado Edward Sapir, surgió lo que se denominó la Hipótesis de Relatividad Lingüística, comúnmente conocida como la hipótesis de Sapir-Whorf.

Su explicación abreviada es que el lenguaje puede afectar nuestra forma de pensar; su implicación más fuerte es que no podemos pensar en cosas de las que nuestro lenguaje no nos permite hablar.

Con el tiempo, las explosivas ideas y gran parte de los postulados de Whorf fueron descalificados.

En 1983, un investigador llamado Ekkehart Malotki publicó Hopi Time, un voluminoso libro que detallaba su investigación sobre los Hopi y su lenguaje, que atacó la teoría de Whorf y generó desconfianza hacia cualquier idea sobre la relatividad lingüística.

Recuperación

En realidad, Whorf no estaba equivocado del todo sobre el efecto de ciertas palabras que trasmiten el paso del tiempo.

Cualquier persona que tenga conocimiento sobre ventas o marketing conoce la diferencia que causa llamar a algo “usado”, “clásico” o “antiguo”.

En los últimos años, algunos lingüistas han demostrado cuánto puede afectar el vocabulario que usamos nuestra forma de pensar sobre las cosas.

Los experimentos de la psicóloga María Sera revelaron que las personas que hablan un idioma en el que algo (como una cuchara) es de género femenino, tienden a describir ese objeto con términos asociados a la mujer, mientras ocurre lo contrario con el género masculino.

Somos lo que decimos

Lera Boroditsky, de la Universidad de Stanford, ha acumulado datos interesantes sobre cómo las personas que hablan idiomas que usan la misma palabra para un par de colores necesitan más tiempo para distinguirlos que aquellos que tienen una palabra separada para cada uno.

Los expertos Caitlin Fausey y Teenie Matlock descubrieron que si decimos que un político “estaba recaudando donaciones”, creemos que ha recaudado más que si decimos que el político “recaudó donaciones”.

Otros lingüistas, como Manuel Carreiras, descubrieron que, al leer descripciones de personas, recordamos atributos que se dice que tienen en el presente más rápidamente de los que se dice que tuvieron en el pasado.

Como dijo el destacado lingüista Roman Jakobson, “los idiomas difieren esencialmente en lo que tienen que comunicar y no en lo que podrían comunicar“.

En su libro Through the Language Glass (“Tras el cristal de los idiomas”), Guy Deutscher estudia los Matses de Brasil, que codifican en sus verbos la forma en las que hablante tuvo conocimiento del evento: por experiencia, inferencia, conjetura o rumor.

Ni el ingles ni el español tienen esa característica pero, ¿significa eso que la evidencia es menos importante para los angloparlantes y los hispanoparlantes que para los Matses? Y si es así, ¿es consecuencia del lenguaje o éste simplemente refleja una prioridad?

El francés hablado no distingue entre “hice eso” y “lo he hecho”, pero ¿eso significa realmente que los francoparlantes tiene una idea distinta del pasado?

El realismo económico

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Edouard Taufenbach/Gallery Binome
“Los idiomas difieren esencialmente en lo que deben transmitir y no en lo que pueden transmitir”.

Empezamos diciendo que la cuestión era económica.

Estudios realizados desde ese punto de vista arrojaron resultados claros: los hablantes de idiomas en los que existe el tiempo futuro son un poco menos responsables con respecto al futuro.

No obstante, un análisis de 2015 encontró que una vez que se toma en cuenta la relación de las familias de idiomas, la correlación ya no es estadísticamente significativa.

Algunos idiomas -de “referencia de futuro fuerte”-exigen una construcción gramatical que haga referencia al futuro, en contraste con otros, de “referencia futura débil“-como el alemán, el finlandés o el mandarín-, en el que los hablantes suelen hablar del futuro utilizando formas de tiempo presente.

Y hay culturas como la Pirahã, de la Amazonía, y la Hadza, de África oriental, que no distinguen entre presente y futuro en las conjugaciones verbales, pero tampoco valoran el ahorro para el futuro.

Cuantos más contraejemplos encontremos, menos probable es la explicación lingüística.

Además, ¿por qué usar las mismas palabras para hablar del futuro como del presente estimula, en lugar de desalentar, la planificación?

Si un idioma no tiene un tiempo pasado, ¿significa eso que estará más preocupado por su historia que los hablantes de uno que sí lo tiene?

Las marcas del tiempo

Muchos idiomas, como el español, inglés, francés o el italiano requieren marcar el tiempo pasado, mientras que el mandarín y otras formas de chino no marcan el tiempo en absoluto.

¿Significa esto que China está más preocupada por su pasado que Francia o Italia o Inglaterra?

Cuando se requiere una distinción en un idioma, elegir una opción sobre otra afectará la forma en que pensamos en algo.

Hemos aprendido que cuando no se requiere una distinción, todavía se puede hacer, pero puede tomar más energía mental para hacerlo.

Es plausible que la forma en que nuestros idiomas nos hacen hablar sobre el tiempo pueda afectar nuestra forma de pensar y actuar en relación con el futuro y el pasado.

Pero yo aún no estoy del todo convencido.

Puedes leer la historia original en inglés aquí


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