A 5 años de la masacre en San Fernando, las desapariciones siguen en los caminos de Tamaulipas
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A 5 años de la masacre en San Fernando, las desapariciones siguen en los caminos de Tamaulipas

Tras la masacre de 72 migrantes, San Fernando se posicionó en el ojo internacional, pese a los operativos de seguridad federales, las desapariciones y secuestros continuaron. Estas son sus historias.
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Por #Másde72*
7 de abril, 2016
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A pesar de que el municipio de San Fernando, Tamaulipas, estuvo ocupado por fuerzas federales y era foco de atención internacional por los escándalos suscitados a partir de la masacre de 72 migrantes en agosto de 2010 y siete meses después del hallazgo de 47 fosas clandestinas con 196 cadáveres de viajeros asesinados por Los Zetas, las desapariciones de personas continuaron.

Las carreteras no dejaron de ser peligrosas: la captura, retención y desaparición de pasajeros no cesaron pese a que la Marina y el Ejército, así como funcionarios de la PGR tenían presencia en la zona debido al levantamiento de los cadáveres.

Evidencia de ello son los casos de Josué Axel y Natanael Arturo Román García, hermanos de 21 y 35 años, quienes fueron secuestrados en un restaurante al pie de la carretera 101, dos días después de la masacre de 72 migrantes ocurrida en el rancho El Huizachal.

Los amigos Daniel Galindo Acosta y Karla Cruz García desaparecieron entre el 20 y 21 de abril de 2011, cuando pasaban por ese municipio con rumbo a Poza Rica, Veracruz, a pesar de que en ese momento el Ejército realizaba las exhumaciones de las fosas clandestinas y la Marina hacía patrullajes.

Las autoridades nunca alertaron sobre el peligroso recorrido, a pesar de las denuncias acumuladas por desapariciones. Los autobuses de pasajeros comerciales tampoco dejaron de vender boletos.

Las intercepciones en las carreteras y la captura de los viajeros se extendieron incluso a otros municipios y estados controlados por Los Zetas.

El guanajuatense Santiago Vázquez García, proveniente de Los Mezquites, Celaya, es otra de las víctimas. Él salió con un amigo, llamado Juan Carlos, el 14 de septiembre de 2011, con destino a Monterrey, Nuevo León, con el fin de tratar de cruzar a Estados Unidos. Pero un día después fueron secuestrados en General Treviño, Nuevo León: zona Zeta, al igual que San Fernando.

En el año 2011 fueron asesinados sin piedad, o capturados y enviados a campamentos, decenas de viajeros que se trasladaban en autos particulares o autobuses por Tamaulipas o Nuevo León.

Estas son tres historias de mexicanos desaparecidos en esos trayectos. Sus familias siguen buscándolos.

Arturo y Axel Román: dos hermanos desaparecidos en San Fernando 

Cuando cerraron la puerta de la cajuela, Axel atinó a mandar un mensaje: “Nos acaban de secuestrar en San Fernando, no hagas nada, si llega a pasar algo solo avísale a mis papás. Gracias, los quiero. A mi me metieron a la cajuela, no me marques ni nada”.

Era la noche del 25 de agosto de 2010. Los hermanos Axel y Arturo Román, de 21 y 35 años, habían viajado desde la Ciudad de México a la frontera con Estados Unidos y comenzaron el regreso a casa. Arturo solía hacer estos viajes desde hacía más de 10 años para comprar y vender patinetas en los tianguis de la capital.

Arturo Román desapareció en agosto de 2010, luego de que un grupo de hombres lo secuestró mientras cenaba.

Arturo Román desapareció en agosto de 2010, luego de que un grupo de hombres lo secuestró mientras cenaba.

Don Arturo Román, padre de los jóvenes, los esperaba por la mañana del día 26. Como no llegaron, comenzó su búsqueda y el amigo le avisó del mensaje. De inmediato tomó un vuelo para indagar sobre su paradero.

Llegó a Reynosa y condujo hasta San Fernando. No encontró policías en la oficina para pedir auxilio. Tampoco había instalaciones de Servicio Médico Forense en el municipio. Entonces acudió a las cuatro funerarias que había y rogó para que le permitieran ver los cadáveres. En una de ellas encontró los cuerpos apilados en el piso espolvoreados con cal, lo cual daña los restos para identificaciones genéticas. Ninguno de los cuerpos pertenecía a sus hijos.

Después, don Román acudió al restaurante Don Pedro, de donde le llamaron sus hijos por última vez. Ahí supo que llegaron la noche del 25 de agosto a cenar carne asada y, cuando esperaban los platillos, llegó un grupo de  hombres armados a bordo de una camioneta negra y un automóvil gris y se los llevaron. A Arturo lo subieron a la camioneta, a Axel a la cajuela del automóvil. Antes de partir, uno de los delincuentes se llevó la camioneta Gran Caravan donde los hermanos viajaban.

Señor, no le mueva. Mire, ¿ve ese helicóptero sobrevolando ahí? Es un campamento Zeta, pero quien se meta ahí, de ahí no sale, entonces no le mueva.[/animalp-quote-highlight]

El restaurante donde secuestraron a sus hijos está ubicado en el libramiento de San Fernando, a menos de 500 metros del cuartel de la Policía Federal, pero nadie los auxilió.

Con esa reconstrucción, don Román se dirigió a la oficina de la Procuraduría estatal en San Fernando, pero no pudo denunciar el secuestro de sus hijos, porque el ministerio público Roberto Jaime Suárez había sido desaparecido por encabezar la investigación de la masacre de 72 migrantes, ocurrida 3 días antes, también en San Fernando. El funcionario apareció muerto en la semana siguiente.

Los padres de Josué Axel y Natanael Arturo Román García buscan a sus hijos desde 2010.

Los padres de Josué Axel y Natanael Arturo Román García buscan a sus hijos desde 2010.

Don Román tuvo que conducir 130 kilómetros hasta Matamoros para poner la denuncia penal, cuyo expediente terminó de vuelta en San Fernando, empolvándose.

Desesperado, sin encontrar apoyo en ninguna parte, acudió ante un retén de marinos, quienes le dijeron: “Señor, no le mueva. Mire, ¿ve ese helicóptero sobrevolando ahí? Es un campamento Zeta, pero quien se meta ahí, de ahí no sale, entonces no le mueva. Aquí no puede hacer nada y está haciendo muchas preguntas, mejor sálgase porque lo van a matar, aquí está la plaza muy caliente ahorita”.

En abril de 2011, cuando se descubrieron las 47 fosas clandestinas con 193 cadáveres en su interior, don Román viajó de nuevo a San Fernando para buscar alguna pista de sus hijos. Con otros cientos de familias reclamó al Servicio Médico Forense de Matamoros ver los cadáveres, pero solo pudo acceder a las fotografías. Durante más de dos horas observó detenidamente cerca de 200 fotos. No reconoció a sus hijos.

Las autoridades le tomaron pruebas de ADN, pero a la fecha, casi cinco años después, no le han dado respuesta alguna.

Daniel y Karla: desaparecidos a pesar de la Marina

Los veracruzanos Daniel Galindo Acosta y su excuñada Karla Cruz García vivían en Reynosa, Tamaulipas. Querían pasar las vacaciones de Semana Santa con sus familias en Poza Rica, Veracruz, así que se organizaron para irse juntos.

Planeaban un viaje tranquilo: a temprana hora del miércoles 20 de abril Karla metió a la agencia el automóvil Avenger, en el que siempre viajaban, para no tener complicaciones mecánicas. Daniel le avisó a su familia que saldrían la mañana del jueves para no tomar la carretera de noche, debido a la inseguridad; sin embargo, ese mismo miércoles les entregaron el auto, terminaron unos pendientes y comenzaron el viaje por la tarde. No llegaron a su destino.

Las familias empezaron con la búsqueda al día siguiente. Preguntaron en casetas, hospitales y cárceles, pero no encontraron pistas.

En la compañía telefónica, alguien les ayudó a revisar los registros de sus celulares: su último movimiento fue en San Fernando.

Luego acudieron a las instalaciones de la Marina, ahí les informaron que el día de los hechos hubo un retén a la altura de San Fernando: pero que los marinos se fueron a las diez de la noche y dejaron sola la carretera, de acuerdo con un familiar que pide el anonimato.

Justo en esos días, en ese municipio seguían los movimientos de militares, marinos y funcionarios de la PGR, así como de periodistas, asignados ahí por el hallazgo de las fosas que se exhumaban.

La denuncia por desaparición fue interpuesta el 23 de abril de 2011 en Reynosa y, al mismo tiempo, en Veracruz, en el municipio de Poza Rica, donde quedó asentada con folio PZR-1/281/2011-III.
A unos días de cumplirse cinco años de la desaparición de Daniel y Karla su caso sigue sin avances.

El horror no se detuvo

A cinco meses del hallazgo de las fosas de San Fernando, el horror para los viajeros continuaba en las carreteras del norte.

El guanajuatense Santiago Vázquez García salió con su amigo Juan Carlos el 14 de septiembre de 2011 de Celaya, con destino a Monterrey, para tratar de llegar a Estados Unidos. Un día después fueron secuestrados en el municipio de General Treviño. 

La última vez que alguien supo de Santiago fue el 19 de septiembre. Un hombre, prisionero como él, lo vio en una bodega amarrado junto a otros 27 hombres que Los Zetas habían  capturado cuatro días antes y que venían a bordo del mismo camión. El hombre pudo escapar e informó lo que vio en un retén militar, donde lo ignoraron.

“Si le hubieran hecho caso sabrá dios qué hubiera pasado”, lamenta María de Jesús García, su madre.

Ella sabe que dos días después, otro hombre logró escapar y regresó malherido a su pueblo para contar lo que había sucedido. Éste aportó la mayor cantidad de datos y dio una posible ubicación de la bodega a la Procuraduría General de la República. Pero María de Jesús dice que no lo escucharon a tiempo.

Cuando la PGR armó el operativo para entrar a la bodega señalada, ésta ya no existía: había sido  derribada. Y no volvió a saberse del resto de prisioneros que habían sido vistos con vida.

Cuatro años después del suceso en General Treviño, la investigación sigue sin avances. María de Jesús cuenta que cuando buscaba a su hijo —al lado de un grupo de familias de jóvenes desaparecidos en el mismo trayecto rumbo al norte— tuvieron una reunión con el subprocurador de Justicia de Celaya, Armando Amaro Vallejo. María lo cuestionó sobre los avances del caso, él se limitó a responder: “Parece que se los hubiese tragado la tierra”.

El 30 de enero de 2012, Enrique Aurelio Elizondo Flores, de apodo “El Árabe” y quien controlaba la zona de Nuevo León para Los Zetas, fue presentado por la Procuraduría General de Justicia Estatal (PGJE) y confesó por lo menos 75 asesinatos. La mayoría de sus víctimas eran pasajeros de autobuses interceptados entre marzo de 2010 (cinco meses antes de la masacre de los 72 migrantes en San Fernando) hasta octubre de 2011.

El modus operandi que explicó —según las autoridades— consistía en bajarlos de los camiones, torturarlos, asesinarlos y calcinar los cuerpos.

En la conferencia de prensa que se llevo a cabo el día del anuncio de su captura, el procurador estatal, Adrián de la Garza, sostuvo que esta persona “privó de la libertad y asesinó a decenas de pasajeros de mínimo tres distintos autobuses procedentes de Reynosa, porque supuestamente al menos los 50 ocupantes de uno de los camiones pertenecían a una banda rival”.

La señora María de Jesús García busca a su hijo Santiago Vázquez García, quien desapareció en septiembre de 2011.

La señora María de Jesús García busca a su hijo Santiago Vázquez García, quien desapareció en septiembre de 2011.

Esta fue la misma versión que las autoridades dieron a María de Jesús y a los familiares del grupo con el que viajaba Santiago. En total, la Procuraduría recibió 28 denuncias por desaparición de pasajeros de ese mismo camión. Aunque pueden haber sido más los secuestrados.

La Procuraduría informó a esas familias que el 21 de enero de 2013 encontraron restos calcinados que correspondían a los viajeros desaparecidos.

“Pero son rumores, sólo son rumores”, dice la hermana de María de Jesús, Concha Vázquez, quien hasta ese momento escuchaba en silencio la entrevista.

No voy a dar cristiana sepultura a unas  cenizas que no vayan a corresponder con mi hijo[/animalp-quote-highlight]

La familia de María de Jesús insiste en la búsqueda de su hijo. Las demás familias perdieron la  esperanza el día que la Comisión Estatal de Derechos Humanos los mandó llamar a Monterrey para mostrarles un video de la supuesta ejecución de las víctimas. A ella no le permitieron verlo

“Ese día me quedé esperando a los compañeros pero nunca pasaron por mí, acordaron ir puros hombres y nadie tuvo el valor de ver los videos”. En la Comisión les advirtieron que las imágenes eran sumamente violentas. Les comentaron que los habían mutilado y después asesinado y que en realidad sería difícil reconocerlos porque todos tenían el rostro cubierto.

A pesar de ello, María insiste en que ella reconocería la silueta o las manos de su hijo si le hubieran permitido ver las imágenes. “Yo a lo mejor me hubiera desmayado, me hubiera vuelto loca, lo que dios hubiera querido, pero sí me hubiese gustado ver esos videos para ver si estaba”.

El 6 de diciembre de 2013 entregaron a dos familias las cenizas de dos cuerpos que, resignadas, los recibieron.

“Soy la persona que menos tiene dinero del grupo, pero yo no voy a dar cristiana sepultura a unas  cenizas que no vayan a corresponder con mi hijo”, asegura ella, valiente, a pesar de haber recibido en su hogar visitas “sospechosas” de hombres armados que mintieron diciendo que eran de la PGR.

Fue una vez en marzo, otra en septiembre de 2015. Los primeros dijeron ser de Durango, los segundos de Michoacán. La procuraduría negó que fueran enviados suyos.

La mujer vive una tortura todos los días cuando entra a trabajar en la maquiladora donde laboraba junto a Santiago, a quien ahora ve en sueños: a veces entrando a casa, otras pintando la ropa. A ratos alucina y cree que está cerca. Cuando dice esto sus lágrimas escurren por sus mejillas y mojan su puño cerrado.

“Yo no entiendo porqué las personas de acá ya no hicieron caso —dice—, pero yo seguiré”.

*Masde72.org es un proyecto de investigación realizado por un equipo de periodistas dedicados a investigar las masacres recientes de migrantes. En el sitio se puede consultar información forense de 120 de los cadáveres exhumados de las fosas de San Fernando, leer las historias de algunas víctimas y lo que enfrentan para obtener justicia. Este reportaje fue realizado en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS y con colaboración de Periodistas de a Pie.

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'Fuimos héroes pero ya nos olvidaron': Los médicos italianos que enfrentaron la pandemia

Ahora que Italia ha superado el auge de la pandemia, el personal médico de ese país dice que está sintiendo el trauma tras haber encarado la emergencia.
27 de mayo, 2020
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Los doctores y enfermeras en Italia han sido elogiados como héroes por haber atendido y tratado a pacientes extremadamente enfermos con coronavirus.

Pero ahora ellos están sufriendo.

Lombardía fue la región del mundo más afectada y el personal médico está teniendo dificultades tratando de mantener la cordura.

Paolo Miranda es un enfermero de cuidados intensivos en Cremona. “Estoy más irritable”, confiesa. “Me enojo fácilmente y busco pleitos”.

Hace unas semanas, Paolo decidió documentar la desoladora situación dentro de una unidad de cuidados intensivos tomando fotografías. “Nunca quisiera olvidar lo que nos ocurrió. Pronto estará consignado a la historia”, me cuenta.

Una enfermera con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda
“Teníamos que combatir un enemigo. Ahora que tengo tiempo para reflexionar, me siento tan perdida, sin dirección”.

En sus fotografías, quiere mostrar cómo sus colegas están lidiando con la “Fase 2”, a medida que la vida regresa a la normalidad en Italia.

“Aunque la emergencia se está calmando, nos sentimos rodeados de oscuridad“, señala. “Es como si estuviéramos llenos de heridas. Cargamos internamente todo lo que hemos visto”.

Pesadillas y sudores nocturnos

Es un sentimiento compartido por Monica Mariotti, también una enfermera de la unidad de cuidados intensivos. “Las cosas son mucho más difíciles ahora que durante la crisis”, afirma.

“Teníamos que combatir un enemigo. Ahora que tengo tiempo para reflexionar, me siento tan perdida, sin dirección”.

Durante la crisis, el personal estaba abrumado y no tenía tiempo para pensar. Pero, a medida que la presión de la pandemia se desvanece, igualmente lo hace la adrenalina.

Todo el estrés acumulado durante las últimas semanas empieza a subir a la superficie.

Un enfermero con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda
“Es como si estuviéramos llenos de heridas. Cargamos internamente todo lo que hemos visto”.

“Tengo insomnio y pesadillas”, dice Monica. “Me despierto 10 veces todas las noches con el corazón acelerado y sin aliento”.

Su colega Elisa Pizzera recalca que se sintió fuerte durante la emergencia pero que ahora está exhausta.

No tiene energía para cocinar ni encargarse de los quehaceres en la casa y, cuando tiene un día libre, se pasa la mayor parte del tiempo sentada en el sofá.

No es el “nuevo normal”

Martina Benedetti, una enfermera de cuidados intensivos en Toscana, todavía rehúsa ver a la familia y amigos por temor de infectarlos.

“Inclusive mantengo la distancia social con mi esposo”, confiesa. “Dormimos en cuartos separados”.

Una joven enfermera con la cara irritada por el uso de una máscara

BBC
“No estoy segura de que quiera seguir siendo una enfermera”.

Hasta las cosas más sencillas se han vuelto demasiado. “Cada vez que salgo a caminar, me siento ansiosa y tengo que regresar a casa inmediatamente”, reconoce Martina.

Ahora que finalmente tiene tiempo para reflexionar, está llena de inseguridades.

“No estoy segura de que quiera seguir siendo una enfermera”, me cuenta. “He visto más gente morir en los últimos dos meses que durante seis años”.

Alrededor de 70% de trabajadores de la salud que se ocupaban de covid-19 en las regiones peor afectadas de Italia están sufriendo de agotamiento, según un estudio reciente.

“En realidad, este es el momento más difícil para médicos y enfermeras”, explica Serena Barello, autora del estudio.

Cuando enfrentamos una crisis, nuestro cuerpo produce hormonas que nos ayudan a manejar el estrés.

“Pero, cuando finalmente tienes tiempo de reflexionar sobre lo sucedido, y la sociedad sigue hacia adelante, todo se te puede derrumbar y te sientes más cansancio y angustia emocional”, dice la doctora Barello.

Un enfermero con lesiones en su nariz y pómulos causadas por equipo de protección

Paolo Miranda
“De repente nos convertimos en héroes, pero ya nos han olvidado”

Se preocupa que muchos médicos y enfermeras sufrirán síntomas de trastorno por estrés postraumático (TEPT) mucho después de la pandemia.

Esto es cuando el impacto de una experiencia traumática afecta la vida de una persona, meses y hasta años después.

Para los trabajadores de la salud, esto podría dificultar sus habilidades de continuar trabajando con la intensidad y concentración que sus trabajos requieren.

Héroes olvidados

Alrededor del mundo, los médicos y enfermeras en las primeras líneas están siendo elogiados como héroes por arriesgar sus vidas para tratar a los pacientes. Pero en Italia, ese aprecio se está desvaneciendo.

“Cuando estaban temiendo la muerte, de repente todos nos volvimos héroes, pero ya nos han olvidado”, dice Monica.

“Volveremos a ser vistas como personas que limpian culos, perezosas e inútiles”.

Una enfermera con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda

En Turín, unas enfermeras recientemente se encadenaron y se pusieron bolsas plásticas, en referencia a cómo tuvieron que improvisar en los hospitales por escasez de equipos de protección personal.

Realizaron la manifestación para exigir reconocimiento por su labor.

“En marzo fuimos héroes, ahora ya nos han olvidado“, gritó una enfermera a través de un megáfono.

Les habían prometido un bono por su trabajo pero todavía no se ha materializado.

Sin escape

Por lo menos 163 médicos y 40 enfermeras han muerto de covid-19 en Italia. Cuatro de estas muertes fueron suicidios.

No obstante, muchos trabajadores de la salud ahora sienten como si la pandemia nunca hubiera sucedido. “Me siento abrumada por la ira“, indica Elisa Nanino, una médico que atendió casos de covid-19 en hogares de cuidado

Desde que se levantó el confinamiento, constantemente ve a personas bebiendo y comiendo juntas sin máscaras protectoras y sin mantener el distanciamiento social.

Me gustaría acercarme a ellos y gritarles en la cara, decirles que están poniendo a todos en peligro”, dice. “Es una gran falta de respeto hacia mí y todos mis colegas”.

Pero una cosa en la que todos los trabajadores de la salud coinciden es el apoyo del público les ayudó a sobrellevar la crisis.

Una enfermera con equipo de protección personal

Paolo Miranda

“No soy ningún héroe, pero me hizo sentir importante”, señala Paolo.

El reconocimiento público es la manera más poderosa que tenemos para ayudar a los trabajadores de la salud que enfrentan TEPT, según el estudio de la doctora Barello.

“Todos nosotros tenemos un papel crucial que jugar en este momento”, señala. “Debemos asegurarnos de no olvidar lo que médicos y enfermeras hicieron por nosotros”.

Los soldados pueden abandonar el campo de batalla y lidiar con su trauma en casa. Pero para estos médicos y enfermeras, el próximo turno de 12 horas siempre está a la vuelta de la esquina.

Tienen que lidiar con todo esto en el mismo lugar donde han sufrido tanto.

“Me siento como un soldado que acaba de regresar de la guerra”, explica Paolo. “Obviamente no vi armas ni cadáveres en la calle, pero de muchas maneras, siento como si hubiera estado en las trincheras”.

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BBC

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