Socios de las empresas fantasma son choferes o vendedores
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Gráfico de portada: Omar Bobadilla (@obobadilla)

Socios de las empresas fantasma son choferes o vendedores

Quienes aparecen como socios de las 21 empresas viven en zonas populares y afirman que promotores del voto les ofrecieron apoyos a cambio de documentos personales.
Gráfico de portada: Omar Bobadilla (@obobadilla)
Por Arturo Angel
26 de mayo, 2016
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El gobierno de Veracruz, con Javier Duarte a la cabeza, le entregó a una red de empresas 645 millones de pesos para supuestamente comprar cobijas, útiles escolares y zapatos para damnificados por desastres naturales o personas en situación de pobreza. Sin embargo, es imposible saber si estos productos llegaron a su destino.

Los recursos, en realidad, fueron entregados por funcionarios del gobierno a empresas cuyos supuestos dueños son vecinos de colonias populares, quienes afirman que les hicieron firmar documentos a cambio de promesas de apoyo.

Estos funcionarios, que se aprovecharon de licitaciones a modo y adjudicaciones directas, son colaboradores cercanos de Javier Duarte desde hace años y han estado relacionados con otros casos de presunta corrupción.

Esta es la última de tres partes de la investigación de Animal Político que demuestra cómo estos funcionarios firmaron documentos y aprobaron la entrega de estos 645 millones de pesos. La primera puede consultarse aquí y la segunda en este link.

Firmas a ciegas

Concepción Escobar dice que cuando “los licenciados” le llevaron los papeles a firmar ella apenas podía ver sus propias manos: tenía entonces 65 años y cataratas en los ojos, y su mundo eran puras imágenes borrosas. Los licenciados –de quien ella no recuerda los nombres– de todas formas la hicieron firmar los documentos que le pusieron enfrente. Colocaron en el papel una tarjeta de colores para marcar el sitio exacto donde debía poner su firma.

La señora no sabe dónde ocurrió esto, no pudo verlo, pero su hijo Raúl Chirinos dice que la llevaron con un notario.

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–¿Qué fue lo que firmó, Concepción?

–Me dijeron que me iban a dar algo… que me iban a dar un apoyo, que necesitaban que yo firmara. Mire señor, ¿cómo iba yo a leer? No veía nada.

A partir del 2012 Concepción y Raúl se convirtieron, sin saberlo, en empresarios: son socios de dos comercializadoras, Abastecedora Romcru y Publicidad Akkira, con las que ganaron más de 180 millones de pesos en diez contratos que les entregó el gobierno de Javier Duarte en Veracruz.

Ellos nunca vieron ese dinero. Incluso, Concepción dice que no le entregaron ni siquiera “el apoyo” que le prometieron para que firmara los papeles que no pudo leer. Su esposo, un trabajador pensionado, tardó tres años para poder juntar el dinero y pagar una cirugía que habría de quitarle las cataratas.

–¡Que voy a ser yo empresaria! Si yo soy pobre… ¿Usted cree que si tuviera yo eso, estaría aquí viviendo?

Escucha aquí su testimonio:

Concepción vive en la colonia Infonavit Buenavista, una zona popular al poniente del puerto de Veracruz. Aquí las casas de interés social, de no más de 40 metros cuadrados, tienen paredes derruidas y agrietadas. Lo mismo que las calles, que son una colección de hoyos y baches. Raúl, quien también asegura que no es dueño de empresa alguna, vivió aquí hasta hace un año.

–Hasta pensé que me agarraron de mensa, porque no me llegó nada (…) inocentemente nos agarraron y no nos dieron ni un quinto –dice Concepción.

Raúl también dio su testimonio:

Concepción y su hijo Raúl no son las únicas personas que supuestamente son dueñas de empresas que ha recibido millones de pesos del gobierno que encabeza Javier Duarte.

Las empresas

Las dos empresas de las que son socios Raúl y Concepción forman parte de una red 21 compañías a las que funcionarios del gobierno de Veracruz, ligados al gobernador Javier Duarte, otorgaron entre 2012 y 2013 contratos por más de 645 millones de pesos.

Distintos elementos ligan a estas compañías, que van desde la ubicación –la mitad están en un radio de 250 metros– hasta que 12 de ellas están registradas con los mismos dos correos electrónicos.

En 13 empresas existen nexos entre los socios, ya sea porque el nombre de al menos uno de los accionistas se repite en otra compañía, o porque son integrantes de una misma familia. Estas personas en realidad son habitantes de zonas marginadas que, bajo promesas de apoyos –como dinero en efectivo o materiales para sus casas– aceptaron firmar documentos y entregar su credencial de elector.

Por ejemplo, Olaya Vásquez García es accionista de Marvercarr y madre de uno de los accionistas de Bienart, Juan Luis Domínguez Vásquez. El otro socio de Bienart es Victorino Benítez Márquez, quien también aparece como accionista de la empresa Publicidad Akkira. En esta última también es accionista Concepción Escobar de Paz, madre de Raúl Antonio Chirino Escobar, quien a su vez es dueño de Abastecedora Romcru.

Marvercarr, Bienart, Publicidad Akkira y Abastecedora Romcru obtuvieron 231 millones 503 mil pesos en contratos del gobierno de Veracruz.

Martha Hernández Rodríguez es accionista en Mogarver y su hijo, Román Ulises Alvarado Hernández, es dueño de Importadora Denylk. Adriana Montes Hernández, quien se identifica como media hermana de Martha y tía de Román, es socia de Merca Carrey. Esas tres compañías obtuvieron contratos por 40 millones 941 mil pesos.

Tanto Martha como Adriana Montes reconocen que han sido promotoras de voto para el Partido Revolucionario Institucional, y que entregaron sus credenciales de elector y firmaron documentos para personas que trabajan para ese partido.

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Virginia Quiroz Cárdenas y Yadira Becerra Arrieta, accionistas de Carrirey, aparecen en el padrón de militantes del partido que llevó a Javier Duarte al gobierno. Rosalía Gonzalez Rivera, de Grupo Balcano, y Virginia Cano Aguilera, de AD911, están en la misma situación.

Lucía Rodríguez Hernández es accionista en Comersil y Saervizios Oktagonales, empresas que obtuvieron 38 millones 773 mil pesos en contratos con el gobierno. Ella vive en la calle Lucio Cabañas de la colonia Lombardo Toledano, una zona donde las casas ni siquiera tienen número pues se creó hace años producto de un asentamiento irregular.

Yadira Becerra, dueña de Carrirey, en realidad vende cosméticos.

Los sectores empresariales, políticos y sociales del estado afirman que no conocen ni a estas empresas ni a los empresarios. En buscadores de Internet no existe tampoco registro de la actividad empresarial de uno solo. Los últimos dos expresidentes de la Cámara Nacional de Comercio (CANACO) Veracruz, Erick Suarez Márquez y Belgio Amaya, afirmaron en entrevistas por separado que desconocen tanto a los supuestos accionistas como a las empresas.

Estas son las casas y calles donde viven los accionistas de estas empresas:

Las amapolas

En Las Amapolas las calles no tienen pavimento. Los habitantes de esta colonia al norte del municipio de Boca del Río, Veracruz, viven respirando la tierra que inevitablemente levanta el viento. Si llueve deben pelear contra el agua que se cuela dentro de las casas, muchas de ellas con pisos de tierra y techos de lámina.

Martha Hernández Rodríguez, su hijo Román y su media hermana Adriana han vivido toda su vida en esta colonia. Sus ingresos dependen de lo que el esposo de Martha obtiene vendiendo carnitas en un puesto callejero los fines de semana, y del sueldo que Román gana trabajando todos los días como chofer de taxi.

Cuando se les muestran los documentos en donde aparecen como socios de una empresa que ganó millones de pesos en un solo año por contratos con el gobierno de Veracruz, Adriana abre los ojos y ríe nerviosa.

–¿Y a nosotros nos llegará algo de ese dinerito? –pregunta la señora de 60 años.

En el papel, Martha Hernández es accionista de la empresa Mogarver, Adriana Montes es socia de Merca Carrey y Román Alvarado es dueño de Importadora Denylk. Estas empresas firmaron seis contratos por 41 millones de pesos.

Pero de esos millones y de las empresas, ellos dicen no saber nada. Lo que reconocen es que han entregado e incluso han firmado documentos a coordinadores del PRI, pues Martha y Adriana han trabajado como promotoras de voto de ese partido político.

“Hay una coordinadora de campaña del PRI y esa invita a la gente a que sea promotora del voto y te dice que necesita 10 credenciales. ¿Y de dónde los agarramos? Pues de los más próximos, que son nuestros familiares”, relata Martha.

Una de las ocasiones en que fueron promotoras del voto, recuerda Martha, fue en 2012 durante la campaña del priísta Oliver Aguilar Yunes a una diputación local por Boca del Río. Justo a finales de ese año y los primeros meses de 2013 se constituyeron las tres empresas en donde aparecen como accionistas.

Adriana dice que aceptaron entregar sus documentos a cambio de un supuesto apoyo de dos mil pesos que los representantes del PRI les entregarían junto con materiales para reforzar sus viviendas. Estos materiales son justamente los que venden las empresas en donde aparecen como dueños.

“Yo le dije el otro día a mi hermana que si no nos dan nada nos regresen nuestras copias, porque no dan nada pero agarran las credenciales para otra cosa. Lo malo de ser promotora es que no te cumplen, y quedas mal con la otra persona”, finaliza Adriana.

Músicos y empresarios

Mateo aparece como socio de otra de las empresas, pero pide que no se mencione de cuál ni su nombre real, por temor a represalias. Dice que no quiere problemas “con esa gente; tengo familia y aquí pasan muchas cosas”.

En la compañía en la que aparece como dueño hay otro socio, a quien Mateo identifica como amigo suyo. Ambos son músicos y viven de lo que cobran por tocar los fines de semana. Firmaron los documentos a cambio de apoyos: les dijeron que les pagarían el recibo de electricidad, lo cual nunca pasó.

Dice que hay más personas que han aceptado dar papeles y firmas a cambio de distintos apoyos. A una amiga suya, agrega, unos “licenciados” la llevaron hasta Xalapa y la hicieron firmar papeles del Seguro Social: “Es para que te den ayudas y supuestamente firmas para que sea legal, por eso te llevan con un notario. Ellos tienen su cuadro bien hecho… pero nosotros no somos empresarios, si nos estamos muriendo de hambre”.

Mateo dice desconocer con quién estaban conectadas estas personas, solo les decían que eran apoyos que venían de empresas privadas.

Sin rastro

Victorino Benítez Márquez es socio de dos de estas empresas: Bienart y Publicidad Akkira. Ambas fueron creadas en 2013. Bienart obtuvo contratos por más de 20 millones de pesos del Gobierno veracruzano. En la dirección de Victorino que señalan los documentos, nadie sabe de él desde hace más de una década.

“Uy, él tiene como diez años que no vive aquí, más o menos. Era un inquilino y rentaba un cuarto, pero luego se fue y ya no supimos nada. Sabíamos que era un empleado de algo, creo, no un empresario”, dice Marisela, una vecina del condominio ubicado en la colonia Rigo, Boca del Río.

Su caso no es el único. Hay otros socios de empresas que no viven en los domicilios en los que aparecen registrados o cuyos supuestos domicilios no existen.

Moisés Jiménez García, por ejemplo, es socio de las compañías Rinoxa y Anzara. Esta última obtuvo contratos por más de 30 millones de pesos. Él no vive desde hace 14 años en el domicilio que aparece registrado en las actas de las empresas, aunque aún llega ahí parte de su correspondencia.

“Rentaba aquí un cuarto, vivió unos dos años, pero ya no ha regresado ni para recoger lo que aún le llega”, afirma Antonio, un vecino que vive en el condominio desde hace cuatro décadas.

Olaya Vásquez García y Juan Luis Domínguez Vásquez se supone que viven en la misma casa ubicada en la calle Cervantes y Padilla de la colonia Formando Hogar, en el puerto de Veracruz. En esa zona popular, llena de inmuebles con pintura casi invisible y con rejas a medio derruir, están las direcciones de 10 empresas de esta red.

Olaya y Juan Luis son accionistas de las empresas Marvercarr y Bienart –la misma en la que aparece Victorino Benítez Márquez–, que fueron creadas en 2012 y 2013, respectivamente. Los contratos que obtuvieron del gobierno de Veracruz superan los 40 millones de pesos.

Ellos tampoco viven donde señalan los documentos. Un matrimonio vecino, que vive en un departamento del condominio, afirma que Olaya y Juan Luis son madre e hijo y que alquilaban uno de los departamentos. Agrega que se fueron del sitio hace cuatro años y no cree que regresen pues, dice, deben dinero. El vecino muestra un documento bancario que señala que están buscando a Luis para que cubra un adeudo de tres mil pesos.

Fabiola Jacqueline Mundo González es accionista de la empresa Grupo Balcano, que obtuvo del gobierno de Veracruz 60 millones de pesos en 13 contratos. La dirección que tiene registrada la empresa, en la colonia Remes del puerto de Veracruz, es una casa en donde vive Zoyla García, quien dice que Fabiola rentaba un cuarto pero que se fue de ahí tres años atrás.

“Ella ya tiene mucho tiempo que no vive aquí. Incluso han venido a preguntar por ella de una tienda, creo que les debe dinero. Esta es mi casa y yo le rentaba un cuarto. Solo veía que se iba a trabajar y regresaba, pero (que sea) empresaria, la verdad no”, agrega.

Hay casos donde el rastro de los accionistas es aún más escaso. Por ejemplo Virginia Cano, propietaria de la empresa AD 911, involucrada en diez licitaciones y con contratos que superan los 35 millones de pesos, tiene registrada como dirección el número 1467 de la Avenida 2 de abril, en el Fraccionamiento Reforma del Puerto de Veracruz. Sin embargo, no hay ninguna vivienda con ese número.

Lucía Rodríguez y los hermanos Cesar y Jorge Álvarez Alegría son algunos de los empresarios cuya dirección está en la colonia Lombardo Toledano, una zona pobre del oriente del puerto de Veracruz, cuyas calles están sin pavimentar. Muchas de las casas están hechas de lámina o de tabla roca y ni siquiera tienen número.

Al preguntar a vecinos sobre Lucía y los hermanos Alegría, nadie dio razón de ellos. Lucía es, en el papel, dueña de dos empresas: Saervizios Oktagonales y Comersil, esta última con adjudicaciones directas por más de 40 millones de pesos.

–¿Aquí vive Lucía Rodríguez? Es dueña de una comercializadora que vende muchos productos. Ha ganado varios millones –se le pregunta a un joven que maniobra con su bicicleta por el camino de tierra.

–¿Millones? Si aquí la gente no tiene ni tres pesos para caerse muerta.

*Animal Político pone a disposición de sus lectores las actas constitutivas de estas empresas:


Descargas

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·Actas constitutivas (11.3 MB)

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Los momentos que pudieron haber terminado accidentalmente con la humanidad

En la historia reciente, algunas personas tuvieron el destino de todos en sus manos. Y puede repetirse.
20 de febrero, 2021
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A finales de la década de 1960, la NASA se enfrentó a una decisión que podría haber cambiado el destino de nuestra especie.

Después de la llegada del Apolo 11 de la Luna, los tres astronautas de la misión esperaban a ser recogidos dentro de su cápsula, flotando en el océano Pacífico, con mucho calor e incómodos.

Los trabajadores de la NASA decidieron asistir a sus tres héroes nacionales rápidamente. Sin embargo, existía una pequeña posibilidad de desencadenar una invasión de microbios alienígenas mortales en la Tierra.

Otro ejemplo sucedió un par de décadas antes, cuando un grupo de científicos y militares se encontraron ante un punto de inflexión similar.

Mientras esperaban para observar la primera prueba de arma atómica, se dieron cuenta de un resultado potencialmente catastrófico. Existía la posibilidad de que sus experimentos incendiaran accidentalmente la atmósfera y destruyeran toda la vida en el planeta.

En algunos momentos del siglo pasado, unos pocos grupos de personas tuvieron el destino del mundo en sus manos.

Fueron responsables de la posibilidad, pequeña pero real, de causar una catástrofe total. No solo el final de sus propias vidas, sino el final de todo.

¿Cómo se llegó a estas decisiones? ¿Y qué nos dice todo ello sobre nuestra actitud frente a los riesgos y crisis que enfrentamos hoy?

Contaminación

Cuando por primera vez la humanidad hizo planes para enviar sondas y personas al espacio a mediados del siglo XX, surgió el problema de la contaminación.

En primer lugar, existía el miedo a la contaminación “futura, es decir, la posibilidad de que la vida terrestre pudiera perjudicar el cosmos.

Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin Jr. en sus trajes espaciales en 1969.

Getty Images
Una de las teorías que se estudió es que los astronautas podrían haber traído microbios alienígenas a la Tierra.

La nave espacial necesitaba ser esterilizada y cuidadosamente sellada antes del lanzamiento. Si los microbios se infiltraban a bordo, confundiría cualquier intento de detectar vida extraterrestre.

Y si hubiera organismos extraterrestres por ahí, podríamos terminar matándolos inadvertidamente con bacterias o virus terrestres, como el destino de los extraterrestres al final de la novela “La guerra de los mundos” (War of the Worlds).

Estas preocupaciones son tan importantes hoy como en la era de la carrera espacial.

Una segunda preocupación fue la contaminación “posterior”, la idea de que los astronautas, los cohetes o las sondas que regresaban a la Tierra pudieran traer vida que podría resultar catastrófica, ya sea superando a los organismos terrestres o algo mucho peor, como consumir todo nuestro oxígeno.

La contaminación posterior era un temor que la NASA debió tomar en serio durante la planificación de las misiones Apolo a la Luna.

¿Y si los astronautas traían algo peligroso?

En ese momento, la probabilidad no se consideraba alta, pocos pensaban que era probable que la Luna albergara vida, pero aun así, el escenario tenía que estudiarse, porque las consecuencias podrían ser muy graves.

Rescate de lo astronautas en el océano Pacífico en 1969.

Getty Images
Se realizó una operación titánica para el rescate de los astronautas pero había riesgos.

“Tal vez haya un 99% de que el Apolo 11 no traiga organismos lunares”, dijo un científico influyente en ese momento, “pero incluso ese 1% de incertidumbre es demasiado grande para ser complacientes”.

La NASA implementó varias medidas de cuarentena, aunque en algunos casos las cumplió protestando.

Funcionarios del Servicio de Salud Pública de EE.UU. estaban preocupados y pidieron medidas más estrictas de las planeadas inicialmente argumentando que tenían el poder de negar la entrada a los astronautas contaminados en la frontera.

Después de las audiencias en el Congreso, la NASA acordó instalar una costosa instalación de cuarentena en el barco que recogería a los hombres de su amerizaje en el océano Pacífico.

También se acordó que los exploradores lunares pasarían tres semanas aislados antes de poder abrazar a sus familias o estrechar la mano del presidente.

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, es fotografiado caminando en la Luna.

NASA
En 1969 hubo temor de que la misión a la Luna trajera a la Tierra material alienígena peligroso.

Sin embargo, hubo una brecha importante en el procedimiento de cuarentena, según el académico de Derecho Jonathan Wiener de la Universidad de Duke, quien escribió sobre el episodio en un artículo sobre percepciones erróneas del riesgo catastrófico.

Cuando los astronautas llegaron al agua, el protocolo original señalaba que debían permanecer dentro de la nave espacial.

Pero la NASA lo pensó mejor después de que surgieran preocupaciones sobre el bienestar de los astronautas en ese momento, esperando de un espacio caluroso y sofocante, azotado por las olas.

Pese al protocolo, se decidió abrir la puerta y rescatar a los hombres en balsa y helicóptero (así lo muestra la primera imagen de este artículo).

Mientras se ponían los trajes de biocontaminación y entraban a las instalaciones de cuarentena en el barco, el aire interior de la cápsula se esparció en el exterior.

Afortunadamente, la misión Apolo 11 no trajo vida extraterrestre mortal a la Tierra. Pero podría haber pasado en ese corto período, como consecuencia de esa decisión de priorizar el bienestar a corto plazo de los hombres.

Aniquilación nuclear

Veinticuatro años antes, los científicos y funcionarios del gobierno de EE.UU. llegaron a otro punto de inflexión que implicaba un riesgo pequeño pero potencialmente desastroso.

Antes de la primera prueba de armas atómicas en 1945, los científicos del Proyecto Manhattan realizaron cálculos que apuntaban a una posibilidad escalofriante.

Foto del físico estadounidense, "padre de la bomba higrógena", Edward Teller, señalando una fórmula en una pizarra. Teller trabajó en el Proyecto Manhattan en Los Alamos, Nuevo México entre 1943 y 1946 que desarrolló la bomba atómica y luego trabajó en el desarrollo de la bomba de hidrógeno.

Getty Images
En los cálculos de las primeras armas atómicas hubo errores.

En un escenario que plantearon, el calor de la explosión de fisión sería tan grande que hubiera podido desencadenar una fusión descontrolada.

En otras palabras, la prueba podría haber incendiadoaccidentalmente la atmósfera y quemar los océanos, destruyendo la mayor parte de la vida en la Tierra.

Estudios posteriores sugirieron que probablemente eso era imposible, pero hasta el día de la prueba los científicos verificaron una y otra vez su análisis.

Finalmente llegó el día de la prueba Trinity y los funcionarios decidieron seguir adelante.

Cuando el destello fue más largo y brillante de lo esperado, al menos un miembro del equipo pensó que había sucedido lo peor.

Uno de ellos fue el presidente de la Universidad de Harvard, cuyo asombro inicial se convirtió rápidamente en miedo.

“No sólo no tenía confianza en que la bomba funcionara, sino que cuando funcionó él creyó que la habían arruinado con consecuencias desastrosas y que estaba presenciando, como él mismo dijo, ‘el fin del mundo'”, dijo su nieta Jennet Conant al diario The Washington Post después de escribir un libro sobre los científicos del proyecto.

Foto en exhibición en el Museo de Ciencias de Bradbury muestra la primera prueba de bomba atómica el 16 de julio de 1945, a las 5:29:45, en Trinity en Nuevo México, EE.UU.

Getty Images
La primera prueba de armas atómicas marcó el comienzo de una nueva era.

Para el filósofo Toby Ord de la Universidad de Oxford, ese momento fue un punto significativo en la historia de la humanidad.

Él menciona la fecha y hora específicas de la prueba Trinity -05:29 del 16 de julio de 1945- como el comienzo de una nueva era para la humanidad, marcada por un cambio radical en nuestras habilidades para destruirnos a nosotros mismos.

“De repente, estábamos liberando tanta energía que estábamos creando temperaturas sin precedentes en toda la historia de la Tierra”, escribe Ord en su libro The Precipice (“El precipicio”).

A pesar del rigor de los científicos de Manhattan, los cálculos nunca fueron sometidos a la revisión de pares, de una parte desinteresada, señala, y tampoco hubo evidencia de que se informara a ningún representante electo sobre el riesgo y mucho menos a otros gobiernos.

Los científicos y los líderes militares siguieron adelante por su cuenta.

Ord también destaca que, en 1954, los científicos obtuvieron un cálculo asombrosamente incorrecto en otra prueba nuclear: en lugar de una explosión esperada de 6 megatoneladas, obtuvieron 15.

“De los dos cálculos termonucleares principales realizados ese verano… obtuvieron uno correcto y otro incorrecto. Sería un error concluir que el riesgo subjetivo de incendiar la atmósfera era tan alto como un 50%. Pero ciertamente no era un nivel de confiabilidad en el que arriesgar nuestro futuro“, dijo.

Un mundo vulnerable

Desde nuestra posición informada en el siglo XXI, sería fácil juzgar estas decisiones específicas de su época.

El conocimiento científico sobre la contaminación y la vida en el Sistema Solar es mucho más avanzado hoy y la guerra entre los aliados y los nazis ya pasó.

Réplica a tamaño real de la bomba atómica 'Fat Man' que fue lanzada sobre Nagasaki, Japón el 9 de agosto de 1945, y que se encuentra entre las exhibiciones en el Museo de Ciencias Bradbury en Los Alamos, Nuevo México.

Getty Images
A pesar del rigor de los científicos de Manhattan, los cálculos nunca fueron sometidos a la revisión de pares de ua parte desinteresada, señala el filósofo Toby Ord de la Universidad de Oxford.

En la actualidad, nadie volvería a correr riesgos así, ¿verdad?

Tristemente, no. Ya sea por accidente o por otro motivo, la posibilidad de una catástrofe es, en cualquier caso, mayor ahora que en ese entonces.

Es cierto que la aniquilación alienígena no es el mayor riesgo al que se enfrenta el mundo.

Si bien puede haber políticas de “protección planetaria” para cuidarnos contra la contaminación extraterrestre es una pregunta válida saber qué tan bien se aplicarán estas regulaciones y procedimientos a las empresas privadas que visitan otros planetas y lunas en el Sistema Solar.

Además de la amenaza de catástrofe extraterrestre, esparcir nuestra presencia por la galaxia puede arriesgarnos a un encuentro potencialmente funesto con extraterrestres, especialmente si son más avanzados. La historia sugiere que fenómenos adversos tienden a suceder a las poblaciones que se encuentran con culturas tecnológicamente más competentes (si no, mira el destino de los pueblos indígenas que se encuentran con los colonos europeos).

Más preocupante aún es la amenaza de las armas nucleares.

Una atmósfera ardiente puede ser imposible, pero un invierno nuclear similar al cambio climático que ayudó a hacer desaparecer a los dinosaurios no lo es.

En la Segunda Guerra Mundial, los arsenales atómicos no eran lo suficientemente abundantes o poderosos para desencadenar este desastre, pero ahora sí lo son.

Ord estima que el riesgo de extinción humana en el siglo XX fue de alrededor de 1 de 100. Pero él cree que ahora es mayor.

Además de los riesgos existenciales naturales que siempre estuvieron ahí, el potencial de una desaparición provocada por el hombre se ha incrementado significativamente en las últimas décadas, argumenta.

"Gadget", la primera bomba atómica explota en Alamogordo, Nuevo México, el 16 de julio de 1945.

Getty Images
Los especialistas sostienen que el riesgo de extinción humana está cada vez más presente.

Aparte de la amenaza nuclear, ha surgido la perspectiva de una inteligencia artificial desalineada, las emisiones de carbono se han disparado y ahora podemos inmiscuirnos en la biología de los virus para hacerlos mucho más letales.

También nos volvemos más vulnerables debido a la conectividad global, la desinformación y la intransigencia política, como ha demostrado la pandemia de covid-19.

“Con todo lo que sé, pongo el riesgo de este siglo en alrededor de 1 de cada 6, una ruleta rusa“, escribió Toby Ord.

“Si no hacemos las cosas adecuadamente, si seguimos permitiendo que nuestro crecimiento en términos de poder supere al de la sabiduría, deberíamos esperar que el riesgo sea aún mayor el próximo siglo, y así sucesivamente”, añadió.

Otra forma en que los investigadores del riesgo existencial han caracterizado este peligro creciente es pidiendo que te imagines sacando bolas de una urna gigante.

Cada bola representa una nueva tecnología, descubrimiento o invención. La gran mayoría de ellas son blancas o grises.

Una bola blanca representa un buen avance para la humanidad, como el descubrimiento del jabón. Una bola gris representa un logro mixto, como las redes sociales.

Sin embargo, dentro de la urna hay un puñado de bolas negras. Son extremadamente raras, pero elige una y habrás destruido a la humanidad.

Esto se llama la “hipótesis del mundo vulnerable” y destaca el problema de prepararse para eventos muy raros y muy peligrosos en nuestro futuro.

Hasta ahora, no hemos elegido una bola negra, pero es muy probable que sea porque son muy poco comunes y nuestra mano ya ha rozado una o dos cuando la metimos en la urna.

En resumen: tuvimos suerte.

Astronautas del Apolo 11

Getty Images
Los astronautas del Apolo 11 fueron puestos en cuarentena después del aterrizaje, pero hubo una brecha cuando fueron recogidos en el mar.

Hay muchas tecnologías o descubrimientos que podrían acabar siendo bolas negras. Algunos ya los conocemos, pero no los hemos implementado, como las armas nucleares o los virus de bioingeniería.

Otras son incógnitas conocidas, como el aprendizaje automático (machine learning) o la tecnología genómica. Y otras son incógnitas desconocidas: ni siquiera sabemos que son peligrosas, porque aún no fueron concebidas.

La tragedia de lo poco común

¿Por qué no tratamos estos riesgos catastróficos con la gravedad que merecen?

Wiener tiene algunas sugerencias. Él describe la forma en que la gente percibe erróneamente los riesgos catastróficos extremos como “tragedias de lo poco común”.

Probablemente hayas oído hablar de la tragedia de los comunes: describe la forma en que las personas interesadas en sí mismos administran mal un recurso comunal.

Cada uno hace lo mejor para sí mismo, pero todos terminan sufriendo. Es la base del cambio climático, la deforestación o la sobrepesca.

Una tragedia de lo “poco común” es diferente, explica Wiener. En lugar de que las personas administren mal un recurso compartido, aquí la gente está percibiendo mal un riesgo catastrófico poco común.

Sitio d prueba Trinity.

Getty Images
El sitio de la prueba Trinity hoy, bajo una atmósfera que afortunadamente no se incendió.

Él propone tres razones por las que esto sucede:

La primera es la “falta de disponibilidad” de catástrofes raras.

Los acontecimientos recientes y destacados son más fáciles de recordar que los acontecimientos que nunca sucedieron.

El cerebro tiende a construir el futuro con un collage de recuerdos sobre el pasado. Si un riesgo encabeza las noticias (terrorismo, por ejemplo), aumenta la preocupación pública, los políticos actúan, se inventa la tecnología, etc.

Sin embargo, la dificultad especial de prever las tragedias de los infrecuentes es que es imposible aprender de la experiencia. Nunca aparecen en los titulares. Pero una vez que suceden, se acabó el juego.

La segunda razón por la que percibimos mal las catástrofes muy raras es el efecto “adormecedor” de un desastre masivo.

Los psicólogos observan que la preocupación de la gente no crece linealmente con la gravedad de una catástrofe.

O para decirlo más simple, si preguntas a las personas cuánto les importa que mueran todas las personas en la Tierra, no es 7.500 millones de veces más preocupante que si les dijeras que una persona moriría. Tampoco consideran las vidas de las generaciones futuras perdidas.

En grandes cantidades, hay cierta evidencia de que la preocupación de las personas incluso disminuye en relación con sus preocupaciones sobre la tragedia individual.

En un artículo reciente para BBC Future, la periodista Tiffanie Wen cita a la Madre Teresa, quien dijo: “Si miro a la masa, nunca actuaré. Si miro a uno, lo haré”.

Finalmente, Wiener describe un efecto de “subestimación” que fomenta una actitud de no actuar entre quienes toman los riesgos, porque no hay responsabilidad.

Si el mundo se acaba debido a tus decisiones, entonces no puedes ser demandado por negligencia. Las leyes y reglas no tienen poder para disuadir la imprudencia de acabar con las especies.

Foto de la Tierra tomada desde la Luna.

Getty Images

Quizás lo más preocupante es que una tragedia poco común podría suceder por accidente ya sea por arrogancia, estupidez o negligencia.

“En igualdad de condiciones, no mucha gente preferiría destruir el mundo. Incluso las corporaciones sin rostro, los gobiernos entrometidos, los científicos imprudentes y otros agentes de la catástrofe necesitan un mundo en el que lograr sus objetivos de lucro, orden, tenencia u otras canalladas”, escribió una vez el investigador de Inteligencia Artificial Eliezer Yudkowsky.

“Si nuestra extinción avanza lo suficientemente lenta como para permitir un momento de horrorizada comprensión, los autores de la acción probablemente se sorprenderán bastante… si la Tierra es destruida, probablemente será por error”, añadió.

Podemos estar agradecidos de que los trabajadores del proyecto Apolo 11 y los científicos de Manhattan no fueran esos horribles individuos.

Pero en el futuro, alguien llegará a otro punto de inflexión en el que el destino de la especie estará en sus manos. O quizás ya están en este camino, lanzándose hacia el desastre con los ojos cerrados.

Con suerte, por el bien de la humanidad, tomarán la decisión correcta cuando llegue su momento.

Puedes ver aquí el artículo original en inglés


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