Las confesiones de una mujer escort, en un capítulo del libro Al punto G
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Las confesiones de una mujer escort, en un capítulo del libro Al punto G

El día que Valeria Martell se convirtió en escort, entendió que la vida se trata de todo, menos de lo que te enseñan en la escuela.
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Por Redacción Animal Político
11 de junio, 2016
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¿Qué podemos aprender de la vida de una escort?

La respuesta corta es: muchísimo.

Después de cometer cientos de errores y vivir muchas vidas, Valeria Martell llegó a la conclusión de que el único compromiso que tenemos con nosotros mismos es ser independientes y felices. Apostar todo a un solo hombre y un solo proyecto es una mala decisión emocional y, sobre todo, financiera.

Su libro empezó en internet. Lo publicó en Novelistik y fue una revolución. Por eso, ahora está impreso y en todas las librerías Gandhi del país.

La autora —siempre audaz y perceptiva— nos dice que su libro no se trata de cómo alcanzar la felicidad de una vez y para siempre. Ella quiere resolver algo más simple y más importante: cómo hacer para estar mejor. Nadie puede lograr esta hazaña sin entenderla como un ambicioso proceso de transformación.

El día que se convirtió en escort entendió que la vida se trata de todo, menos de lo que te enseñan en la escuela.

Valeria Martell quiere compartirles un capítulo de su apasionante libro Al Punto G. Consejos de una escort para triunfar en el dinero y sobrevivir en el amor.

Si quieres leerlo completo, puedes encontrarlo en todas las librerías Gandhi del país.

Punto D. Lo que enseñas

La historia

Este punto también podría llamarse Teoría General de las Tetas. Así, con mayúsculas como asignatura de universidad. Vamos a hablar de ellas porque nos han obsesionado toda la vida. Pensé por primera vez en ello cuando leí que encontraron la Venus más antigua del mundo cerca de Alemania. Aprendí que la palabra Venus significa algo así como: escultura de mujer antigua y desconocida. La damita se veía más o menos así:

Foto

Unas tetas gigantes, una vulva expuesta y una cabeza diminuta. Eso es lo que hay. Y es importante cuando se piensa así: el primer impulso creador para representar a la mujer tuvo como resultado este carnaval de la vagina. Poco ha cambiado en los últimos cuarenta mil años.

Las chichis me crecieron entre los trece y los quince como a casi todas las jovencitas. No hay escondite para la gloria de unas tetas quinceañeras. En ese momento las puertas empiezan a abrirse: se te poncha una llanta y tienes ayuda inmediata, pides un trago en un bar y alguien paga por él, exiges que te prometan amor eterno y te ven la cara.

La vida es culera. Salvo contadas ocasiones, los jovencitos de dieciséis tienen muy poco que ofrecer: ingenuidad, rencor existencial y erecciones fugaces. Aunque el mundo les grita que llegará su tiempo de heredar el imperio —y la Cheyenne—, en la adolescencia no saben para qué sirve el poder masculino.

Alguna vez tuve un cliente economista. Me hablaba con enorme entusiasmo de la ley de la oferta y la demanda. Los hombres sienten que saben mucho porque le ponen nombres pederos a cosas evidentes. Mucho antes de que él me lo explicara yo ya sabía las siguientes tres cosas:

Aunque en el mundo hay muchas tetas —casi seis mil millones de ellas— no todas están disponibles para jugar, de eso se han encargado las religiones y las familias.

Todos los hombres quieren tocar tus bubis la mayor parte del tiempo.

Todo tiene un precio. Los hombres se lo pusieron a la comida; yo se lo puse a mis tetas.

La justicia no existe. Solo podemos aspirar al balance. Ejercer nuestro poder sexual es la única manera de contrarrestar los perversos efectos del machismo. Para lograrlo, hay que aprender las lecciones que han dado los hombrecitos más exitosos de nuestra especie.

Cuando el lobo de Wall Street le contaba a sus nuevos reclutas en qué consistía el negocio de las casas de bolsa, lo planteaba más o menos así: nosotros vivimos de colocar acciones sobrevaluadas a pendejos que tienen dinero extra.

Pedro me contactó por Twitter. Le conté por qué me dedicaba a ser escort y me confesó que él era banquero por las mismas razones. Nuestro trabajo, me dijo, es vender esperanzas y guardar en efectivo la comisión. Te quedas con el cash y les endosas las promesas.

Un día, después de varias citas, me dijo que quería salir conmigo. Como me gustaba, le dije que sí. Casualmente le platiqué de una deuda que me agobiaba y él —galante y generoso— se ofreció a pagarla.

Meses después me confesó que estaba enamorado. Me pidió que tuviéramos un hijo juntos para sellar nuestro pacto. Por supuesto, lo mandé a la chingada. Ese día entendí que los hombres son buenos para dar consejos pero malos para seguirlos.

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El mercado clandestino donde los bebés robados se venden por unos cientos de dólares

Una periodista de la BBC logró infiltrarse en la próspera red clandestina de bebés activa en Kenia, que vende niños robados al mejor postor.
19 de noviembre, 2020
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Si no puedes ver el video haz clic.

Cada vez que ve a un niño, a Susan Wanjiku se le caen las lágrimas.

El suyo se le robaron en 2016 en las calles de Nairobi, la capital de Kenia, cuando su hijo tenía tan solo 3 años y pocos meses.

Ahora, dice: “preferiría enterrarlo sabiendo que está muerto, antes de saber que se lo robaron”.

A Rebecca Wanjiru, una mujer sin hogar, le robaron su bebé mientras dormía con sus hijos por la calle.

Nunca más volvió a saber de él.

Se estima que solo en Nairobi viven en la calle unos 60,000 niños, que en los últimos años se han convertido en los principales objetivos de los traficantes de niños.

Después de un año de investigación, la periodista Njeri Mwangi y el equipo Africa Eye de la BBC descubrieron pruebas irrefutables de una próspera red clandestina de bebés activa en el país africano.

Los implicados en este tráfico arrebatan los bebés a sus madres y los venden incluso por pocos centenares de dólares.

A raíz de esta investigación, la policía de Kenia arrestó a tres médicos que presuntamente dirigían una parte de este tráfico.


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