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Foto: Cuartoscuro Archivo
Transporte público lento y sin carriles confinados, un mal del congestionamiento en la CDMX
Por ley, las unidades del transporte público deberían tener un carril exclusivo, pero esto se incumple y las consecuencias son tráfico y esmog.
Foto: Cuartoscuro Archivo
Por Rafael Montes // MásporMás
30 de junio, 2016
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En la Ciudad de México, de poco ha servido que el transporte público se renueve, cambie de tamaño y de color, o se organice en torno a empresas que sustituyan el modelo de concesiones individuales, porque la velocidad a la que circulan las unidades llega a ser tan baja, que apenas alcanza los ocho kilómetros por hora.

Esto ocurre debido a que los vehículos que brindan este servicio no cuentan con carriles confinados para circular entre los autos particulares, explican expertos. A diferencia de lo que sucede actualmente, un espacio así permitiría que viajaran a más de 25 kilómetros por hora y que fueran una opción más atractiva para el usuario, de acuerdo con estimaciones de la organización civil El Poder del Consumidor.

Esta misma agrupación realizó una encuesta entre 2010 y 2011, según la cual, tanto en la capital como en el Estado de México, casi 50% de las personas dijo que destina dos horas diarias o más en transportarse. Además, 41.4% consideró que los tiempos de traslado son excesivos en la zona metropolitana y 68.5% declaró que cada vez tarda más en llegar a su destino.

Otro documento sobre el tema es el Reporte Nacional de Movilidad Urbana en México 2014-2015, de ONU-Hábitat. De acuerdo con esta investigación, 60.6% de los viajes diarios en el país se realiza en transporte público concesionado y 29%, en autos particulares. Esto significa que una tercera parte de los usuarios de vía complica los traslados de los demás.

Una norma débil

La Ley de Movilidad de la capital —que en julio cumple dos años publicada— establece en su artículo 180 que los corredores de transporte público contarían con un carril exclusivo. Sin embargo, a la fecha esta disposición no se cumple.

Para el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP, por sus siglas en inglés), esto se debe a que la norma textualmente sólo dice que “se procurará la instalación de carriles para la circulación prioritaria o exclusiva de vehículos de transporte público”. “El problema es que, si se requieren carriles exclusivos o estaciones para una mejor operación, la ley debería ser más sólida requiriéndolo”, señala el documento del ITDP Para entender la nueva Ley de Movilidad, publicado en 2014.

En 2015, instituciones de investigación como el Centro Mario Molina y el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en alianza con organismos federales y el banco Banamex, publicaron un estudio sobre ciudades sustentables en el que se hace referencia a los carriles exclusivos. Según el documento, el parámetro ideal de vías confinadas para el transporte público en grandes ciudades es de 40 kilómetros por cada 100 mil habitantes. En el Valle de México, apenas se llega a 2.1 kilómetros.

En un círculo vicioso

La ausencia de un espacio exclusivo para la circulación del transporte público ha ocasionado que sus unidades sigan atorándose en el resto del flujo vehicular y, como en un círculo vicioso, que los ciudadanos no tengan un incentivo real para dejar de usar el automóvil particular y que esto contribuya a que la Ciudad de México sea una de las más congestionadas del mundo.

“Se han dado pasos importantes, como el reemplazo de las unidades, el establecimiento de paradas fijas y la conformación de empresas operadoras en lugar de concesiones individuales. Pero, en las condiciones actuales, existe el grave riesgo de que esas nuevas empresas vayan a la quiebra, al no poder ofrecer un servicio expedito, que es la mayor prioridad del usuario”, advierte Daniel Zamudio, coordinador de Transporte Público de El Poder del Consumidor.

El especialista estima que, durante los últimos 25 años, la velocidad de traslado en la capital ha ido disminuyendo 20% cada lustro. Por ejemplo, viajes que antes duraban un promedio de 30 o 40 minutos, en 2010 tomaban dos horas y, actualmente, se llevan hasta cinco, sobre todo si hay que moverse entre territorio capitalino y los municipios conurbados del Estado de México.

De acuerdo con el TomTom Traffic Index 2016, en 2015 la Ciudad de México se ubicó en el primer lugar en congestionamiento vial, de entre 174 megaciudades. El incremento fue de 4% en comparación con 2014.

Las vialidades donde más congestión hay —63% adicional a la carga normal— son las vías secundarias, a las que siguen las autopistas urbanas —con 50%—. Al día, esto se traduce en que un traslado aumente hasta 57 minutos, lo que al año representa 219 horas perdidas en el tráfico.

Gabriela Niño, coordinadora de Políticas Públicas del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda), explica que en los días pasados, cuando se aplicaron medidas emergentes para evitar contingencias ambientales, había una oportunidad para comenzar a dar prioridad al transporte público, pero ésta no se aprovechó.

Según la experta, en vez de ofrecer gratuidad, habría sido mejor abrir carriles exclusivos en vialidades congestionadas, como Periférico o Circuito Interior, para motivar a la gente a dejar su auto a cambio de velocidad. “Si generamos que haya una prioridad en la vía, la gente sí se sube”, dice.

En cifras

  • 40 kilómetros de vías confinadas por cada 100 mil habitantes deben tener las grandes ciudades.
  • 2.1 kilómetros de este tipo de caminos existen en la Ciudad de México, según estudios.
  • 68.5% de los habitantes de la ZMVM cree que cada vez tarda más en llegar a su destino.

 

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BBC
"Aceptamos 3,500 dólares por casar a nuestra hija de 5 años y así pagar el tratamiento médico de nuestro hijo"
Una familia afgana desplazada por la sequía dice que vendió a su hija en matrimonio para pagar el tratamiento de su hijo enfermo. Pero el hijo no se ha recuperado y ahora se están planteando vender a sus otras dos hijas que todavía no tienen 10 años.
BBC
22 de abril, 2019
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Nazanin* se comprometió en matrimonio con 5 años de edad. Para cuando tenía 10 años, era esposa. La familia de su esposo, un niño de 12 años, la compró por 3,500 dólares hace seis años.

Sus padres la vendieron para recaudar dinero para el tratamiento de su hijo enfermo, el hermano de Nazanin.

“El dolor de mi hijo era insoportable. Cuando miraba su cara, pensaba que debíamos aceptar el dinero. El papá de Nazanin era reacio, pero le convencí para que aceptara el dinero a cambio de nuestra hija”, cuenta la madre de la pequeña, que vive en el campo de refugiados Shahrak e Sabz, cerca de Herat, en el oeste de Afganistán.

Los padres de Nazanin tienen siete hijos, tres niñas y cuatro niños. Nunca fueron a la escuela y no saben leer o escribir. No tienen dinero ni trabajo.

Inayatulhaq Yasini, del servicio mundial de la BBC, habló con ellos sobre la decisión de vender a su hija.

Arrepentimiento

“Nuestro hijo sufre de epilepsia desde que tenía 4 años y no teníamos dinero para pagar su tratamiento”, cuenta el padre de Nazanin.

En un esfuerzo desesperado por salvar al hijo, la familia decidió renunciar a su hija.

“Tomé el dinero y acepté dar a nuestra hija mayor Nazanin en matrimonio. Usé el dinero para pagar el tratamiento de mi hijo, pero no se recuperó y tampoco pude quedarme con mi hija”, dice la madre.

“Si alguien vende a su pequeña así, es obvio que habrá arrepentimiento. Yo también lo tengo, pero no sirve de nada”, interviene el padre.

Matrimonios infantiles

En Afganistán, la edad legal para el matrimonio es 16 años para las chicas y 18 años para los chicos. Pero muchos se casan a edades más tempranas.

Según un informe de Unicef de 2018, el 35% de las niñas afganas están casadas antes de los 18 años, y el 9% se casan antes de los 15.

En el resto del mundo, Níger es el país con peor desempeño en esta área, con un 76% de las niñas casadas antes de cumplir los 18.

En Bangladesh, donde se ha registrado un notable progreso económico en años recientes, la cifra es del 59%, según el informe.

“Precio de la novia”

Afganistán ha sufrido décadas de guerra y, más recientemente, una terrible sequía, que hace que muchas familias tengan pocas perspectivas de empleo y se enfrenten a la pobreza.

“En nuestras costumbres tribales no es un problema o tabú llegar a un acuerdo de matrimonio, incluso si los niños son muy pequeños. Pero muchos solo casan a sus hijas cuando tienen 18 años”, señala la madre de Nazanin.

Según la ley islámica, el novio debe darle un regalo a la novia, que suele ser una cantidad de dinero acordada al hacer el contrato de matrimonio. Esto se conoce como Mehr (dote) y pertenece a la chica.

Pero además del Mehr, el padre de la novia o el hermano mayor puede pedir y recibir dinero -el “precio de la novia”- de la familia del novio antes de la boda.

Pedir “el precio de la novia” es una tradición afgana que no tiene base en la ley islámica, según Faizal Muzhary, investigador de la organización Afghanistan Analysts Network.

El dinero que se cobra depende de varios factores, como el estatus de la familia, la belleza, la edad y la educación de la niña, y puede oscilar entre unos cientos de dólares a más de US$100.000.

En un país con un PIB per cápita de menos de US$600, el “precio de la novia” puede ser un punto de inflexión para algunas familias.

Fuerte sequía

La familia de Nazanin fue golpeada por la mortal sequía que asoló la mayor parte de Afganistán en 2018.

“Trabajábamos en campos agrícolas y teníamos algo de ganado. Pero tuvimos que dejarlo todo”, relata el padre.

Sus animales murieron deshidratados y la familia abandonó su pueblo natal en la provincia de Badghis, en el noroeste de Afganistán, para trasladarse al campamento cercano a Herat, la tercera ciudad más grande de Afganistán, situada cerca de la frontera con Irán.

Según Naciones Unidas, 275.000 personas tuvieron que desplazarse de Afganistán occidental debido a la sequía.

Muchas agencias locales e internacionales están dando ayuda, pero el padre de Nazanin cuenta que todavía está esperando la suya,

Atrapados en una espiral de deuda. el futuro de las otras dos hijas de la pareja, que todavía no tienen 10 años, parece incierto.

“Si mi miseria continúa, y encuentro alguien dispuesto a darme dinero por mis otras hijas, haré lo mismo. Mis prestamistas me están llamando dos o tres veces al día para que les pague lo que les debo”, señala el padre de Nazanin,

“Mis hijas son los únicos bienes que tengo”.

Matrimonio infeliz

Golpeados por la sequía y el desplazamiento forzado, la familia optó por una boda temprana para recortar los gastos de alimentación.

El año pasado, cuando Nazanin cumplió 10 años, la familia organizó su boda, a la que asistieron más de 100 personas.

“Le di todo lo que pude a mi hija. El dinero del matrimonio que recibimos tampoco fue tanto”, cuenta el padre.

Pero estuvo lejos de ser un evento feliz.

“Si no estuvieras en una situación tan desesperada, no aceptarías el matrimonio de una niña tan pequeña. Juro que no lo hubiera hecho, pero necesitaba el dinero. Fui obligado por mi necesidad”, insiste el padre.

“¿Qué podemos hacer? Esta era la única opción posible para mí. No estoy solo, muchos otros han hecho lo mismo debido a la sequía y problemas financieros”.

Un informe de 2015 del Consejo Noruego de Refugiados constató que las mujeres y niñas que viven en asentamientos informales en áreas urbanas corren más riesgo de ser casadas con hombres mayores que son más capaces de pagar el “precio de la novia”.

Pero Nazanin, ahora con 11 años, no está casada con un hombre mayor.

“Pasó dos meses en casa de sus suegros. La trataron como a su propia hija. Su esposo tiene unos 12 años. También es muy tímido y no habla mucho”, explica la madre.

Sin su consentimiento

A Nazanin nunca le consultaron sobre su boda. Sus padres nunca le contaron los roles y responsabilidades que implica la vida de casada y, sin sorpresa, Nazanin tuvo problemas para adaptarse.

“No dice nada. Pensamos que no era feliz porque nos extrañaba”, expone la madre.

“Les pedimos que dejaran que la niña se quedara con nosotros unos años más”, añade.

Nazanin está de vuelta con sus padres. Sus suegros han prometido acogerla de nuevo cuando crezca un poco, en dos o tres años.

“No sabe cómo comportarse con sus suegros y su esposo porque es muy joven”, dice su padre.

“Viven en la provincia de Nimruz. Hace diez días, nuestro yerno vino y se quedó con nosotros unos días”, cuenta.

Cambio de la ley

Unicef documentó 161 compromisos y matrimonios infantiles en Herat y Badghis entre julio y octubre del año pasado. De ellos, 155 involucraron a niñas y seis a niños.

“El matrimonio infantil es una norma social bien arraigada en algunas partes del país. La situación empeora por la guerra y la sequía”, dice la jefa de Comunicación de Unicef en Afganistán, Alison Parker.

“De julio a octubre hubo una subida en las bodas infantiles. Pero desde entonces, ha habido una fuerte intervención del gobierno, que ha resultado en una clara reducción de estas bodas”.

El gobierno afgano está desarrollando una ambiciosa campaña de cinco años para terminar con todas las bodas forzadas y de menores para 2021.

Una ley que aumentará la edad mínima para que las niñas puedan casarse a los 18 años está pendiente de aprobación en el Parlamento.

Niña inteligente

La familia de Nazanin todavía está a la espera de recibir ayuda del gobierno o de las agencias humanitarias. La única ventaja es que el lugar les está ofreciendo posibilidades de aprender.

Los padres están orgullosos del hecho de que su hija mayor sepa escribir su nombre y el de su padre.

“Nazanin es una niña inteligente. Se sabe el alfabeto”, dice la madre.

Dos de sus hijos también van a la escuela.

Pero la familia está lejos de sentirse feliz y dice que no hay nadie que los apoye. Esto le preocupa a la pequeña Nazanin.

“Nazanin me dice: ‘Mamá, me casaste a una edad joven, pero mi hermano no se recuperó’. Pero también dice: ‘Mi hermano se recuperará y yo también creceré’. Me arrepiento de haberla casado, pero todavía confío en tener un buen futuro”, afirma la madre.

*El nombre de Nazanin se ha cambiado para proteger su identidad. Ilustraciones de Jilla Dastmalchi.


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