Las 10 cárceles más saturadas de México; la sobrepoblación alcanza hasta 600%
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Las 10 cárceles más saturadas de México; la sobrepoblación alcanza hasta 600%

Casi la mitad de las cárceles estatales y municipales en el país están rebasadas en su capacidad; en cambio, ninguno de los 17 penales federales está ocupado en su totalidad.
Cuartoscuro Archivo
Por Arturo Angel
29 de julio, 2016
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En México existen 372 centros penitenciarios estatales y municipales, de los cuales casi la mitad, 178, tienen sobrecupo y de éstos hay diez cuya capacidad está rebasada entre un 300 y 600%. En ellos sobreviven de cuatro a seis internos en espacios destinados para un solo preso.

La mayoría de los penales  estatales con sobrepoblación, el 75%, alberga tanto a reos locales como federales. En cambio, existen 17 centros penitenciarios federales con capacidad para 33 mil 888 internos, pero ninguno está ocupado en su totalidad.

Todo esto lo revelan datos oficiales publicados por el gobierno federal en respuesta a una solicitud de transparencia. En total, hay 244 mil personas presas en todas las cárceles del país, las cuales tienen espacio para 209 mil 481 reos. Esto significa, que hay 34 mil 709 personas presas en condiciones de hacinamiento.

Pero el problema no es parejo, pues las cárceles estatales y municipales, que son las más sobrepobladas, dan albergue a casi 25 mil reos federales, mientas que los centros penitenciarios federales no albergan reos estatales y ni siquiera a todos los federales, pese a tener espacios de sobra para ello.

El 62% de las personas presas por un delito local ya recibió una sentencia condenatoria. En cambio, menos de la mitad de los reos del orden federal, 49%, recibió una condena, por lo que siguen presos con su proceso abierto.

Las 10 cárceles más sobrepobladas

De las diez cárceles con mayor nivel de sobrepoblación, dos están en Puebla, cuatro en Hidalgo, dos en el Estado de México, una en Guerrero y otra más en Chiapas. Todos son reclusorios locales, administrados por autoridades estatales o municipales.

La Cárcel Distrital de Tepeaca, en Puebla, tiene el mayor nivel de hacinamiento de todos. Es un pequeño reclusorio con capacidad máxima para 46 personas, pero  hasta abril de este año había 329 personas recluidas ahí. Es una sobrepoblación de más de 600%, según los datos del Órgano Administrativo Desconcentrado de prevención y Readaptación Social.

Hace un año, según datos consultados también por transparencia, en esta prisión había 303 internos y la sobrepoblación era de 558%, lo que indica que hacinamiento actual es aún mayor.

De las 329 personas recluidas en este penal, 239 están aún bajo proceso, es decir, no han recibido sentencia por lo que jurídicamente, no se ha comprobado que sean culpables del delito que se les imputa.

Aunque se trata de una cárcel municipal, doce de los internos de este penal son personas procesadas por un delito federal.

La sobrepoblación ya ha causado problemas en este penal. En febrero de 2015 se registró una riña e intento de fuga de internos que protestaban por las condiciones de hacinamiento. Para controlar la situación se requirió una intervención policiaca que paralizó a la ciudad, pues el penal se ubica en pleno centro, al lado de un jardín de niños.

No fue la primera vez que se registraba ahí un incidente de esa naturaleza. En 2013, un grupo de internos quiso escaparse cavando un hoyo de 80 centímetros. Las autoridades lo descubrieron y frustraron el intento.

Lee: 5 fallas que tiene el sistema de cárceles en México, según la CIDH.

La Cárcel Distrital de Tizayuca, en Hidalgo, es la segunda con el mayor nivel de sobrepoblación del país. Dicho penal está diseñado para albergar a  47 personas como máximo pero en realidad hay 199 personas encerradas, lo que representa que el penal está rebasado en más de 445%.

Hay dos prisiones más con niveles de sobrepoblación que también rebasan el 400%: la Cárcel Distrital de Atotonilco, en Hidalgo, y la Cárcel de Huixtla, en Chiapas.

En 2012, la de Tizayuca fue considerada la cárcel más peligrosa de Hidalgo y en dos ocasiones en los últimos cinco años ocurrieron fugas de reos. En la de Huixtla estuvo preso el exgobernador de Chiapas Pablo Salazar Mendiguchía, quien en redes sociales contó los  abusos que ahí se padecían.

La lista de las diez cárceles con mayor hacinamiento la completan seis complejos rebasados en más de 300%. Se trata del Centro de Reinserción Social de Tlapa, en Guerrero; del Centro de Reinserción Social de Apan, en Hidalgo; de la Cárcel Distrital de Zacualtipán, en Hidalgo, y del Centro de Prevención y Readaptación Social de San Pedro Cholula, en Puebla.

Finalmente tenemos los Centros de Readaptación Social de Chalco y Ecatepec, en el Estado de México. Cabe señalar que el de Ecatepec es el penal con más reos de los diez que encabezan la lista de mayor hacinamiento, con 4 mil 657 internos, cuando en realidad está diseñado solo con 958 espacios.

Y en los federales, sobran los espacios

De acuerdo con datos oficiales, en el país hay 17 centros penitenciarios federales con capacidad lista para albergar hasta 33 mil reos. Sin embargo, ninguno de ellos está ocupado en su totalidad.

Aunque las personas encarceladas por uno o varios delitos federales suman actualmente 47 mil 159, solamente 22 mil 263, que son menos de la mitad, están recluidos precisamente en las cárceles federales. El resto están recluidos en los penales estatales.

Lo anterior significa que las cárceles federales podrían albergar por lo menos a diez mil reos más del nivel federal sin llegar sin caer en problemas de sobrepoblación, pues tiene espacios subutilizados.

Por ejemplo, el Centro Federal de Readaptación Social número 16 en Morelos tiene espacio listo para dos mil 528 internos pero, actualmente, solo alberga a mil 423 reos federales. Es decir, 43% de esta cárcel esta subutilizada.

Lee: 6 de cada 10 personas LGBTI que están en cárceles mexicanas han sido víctimas de abusos.

Otro caso es el del Centro Federal de Readaptación Social número 15 en Chiapas con espacio para dos mil 520 internos, pero que actualmente tiene dos mil 54 reos. Más de 18% del complejo está desocupado.

Incluso los penales federales más antiguos como el número 1, ubicado en el Altiplano, Estado de México, y el número 2, en Puente Grande, Jalisco, tienen una ocupación por debajo de su capacidad real.

Ante esta situación, hay algunas entidades que han optado incluso por rechazar a más internos federales en sus cárceles. Es el caso del Gobierno de la Ciudad de México que desde 2009 ha impedido que internos acusados de delitos federales graves sean recluidos en los penales capitalinos.

Aun así, en la capital del país aún hay actualmente más de tres mil 500 reos federales. La tercera parte de ellos están presos en el reclusorio Preventivo Oriente, que está sobrepoblado en más de 100%.

Combinación peligrosa

La sobrepoblación en las cárceles del país es uno de los principales factores de riesgo que contribuyen a deteriorar las condiciones de readaptación social, de acuerdo con un diagnóstico presentado en abril de este año por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

Los resultados del estudio denominado Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria 2015 presentado por la Comisión arrojan que un penal saturado tiende a generar además condiciones de falta de higiene, riesgo de autogobierno, hacinamiento, deficiente división de procesados y sentenciados, fallas en la supervisión, entre otros.

Prueba de ello es la fuga masiva de diez reos que ocurrió en el penal estatal de Quintana Roo, y que ocasionaron la destitución del director de ese complejo. Dicho penal, según los datos oficiales, padece una sobrepoblación de 154%. De sus dos mil internos, 200 son reos federales.

La Auditoría Superior de la Federación (ASF) reveló en febrero pasado, al publicar los resultados de la Cuenta Pública 2014, que las políticas de reinserción social no están funcionando, por lo menos a nivel federal.

Tan solo entre 2007 y 2014, el número de presos reincidentes acusados de algún delito federal se multiplicó en más de 600%, al pasar de mil 84 internos con antecedentes a 10 mil 900.

La Auditoría advirtió que el gobierno federal ha sido ineficiente en su política de distribución penitenciaria, lo que hoy provoca que actualmente, prácticamente 1 de cada 2 internos no esté en un penal federal sino en cárceles locales que carecen de la infraestructura y políticas adecuadas para su tratamiento.

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La mexicana que pasó décadas buscando al desconocido que le salvó la vida

Sonia Solórzano sobrevivió a las terribles explosiones de gas de Guadalajara en 1992 cuando un extraño la sacó de los restos de un autobús destruido. Pasaría décadas tratando de encontrarlo.
23 de abril, 2022
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Algo espantoso sucedió en Guadalajara, México, hace 30 años. Y, para Sonia Solórzano, todo empezó en la noche del martes 21 de abril de 1992.

Al cepillarse los dientes antes de acostarse, notó que un olor a gasolina emanaba del grifo.

Vivía en la colonia Atlas, a pocas cuadras de una de las principales zonas industriales de la ciudad. Pensó que quizás había una fuga de combustible de una fábrica.

“Esa noche no dormí porque el olor era muy, muy fuerte, y me daba miedo”, le cuenta Sonia al programa Outlook de la BBC.

Pero, al día siguiente, 22 de abril, el olor había disminuido.

Con una taza grande de café bien negro lavó la insomne noche, y se preparó para ir al trabajo.

“Tenía 19 años. Soy la mayor de nueve hermanos. En ese tiempo ya trabajaba en un bufete de abogados para ayudar en casa”.

Normalmente, Sonia tendría que haber estado en la oficina a las 9:00 de la mañana. Sin embargo, era Semana Santa. La oficina estaba vacía, pero a ella le tocó el turno de atender la recepción.

“Como eran vacaciones, no tenía un horario forzoso a cubrir, entonces mi idea era llegar a las 10:30”.

Llegar tarde al trabajo no fue la única decisión fatídica tomada esa mañana.

“Mi papá solía llevarme en su carro al trabajo, e insistió en hacerlo, pero le dije que me iba en camión”.

Era un día inusualmente caluroso y, como no tenía prisa, dejó pasar el primer bus, pues estaba demasiado lleno.

Era poco antes de las 10 de la mañana.

Tomó el siguiente autobús, “y me fui al último asiento”.

El chofer no arrancó inmediatamente pues una mujer insistía en pagar su pasaje con monedas viejas.

Eran las 10:05 am.

“Un pasajero dijo: ‘yo pago’, y lo último que recuerdo es ver que la señora estiró su mano y a la vez sentí un golpe en la parte de abajo del camión”.

“El fin del mundo”

Diarios reportando lo ocurrido

BBC

Cuando Sonia recuperó la consciencia, no tenía idea de la dimensión del desastre que acababa de ocurrir.

“Al abrir los ojos, fue como si le estuvieran subiendo poco a poco el volumen a la televisión. Empecé a oír gritos, auxilios, ‘¡córranle!’, e incluso ‘¡es el fin del mundo, arrepiéntanse!’… una confusión de sonidos”.

Una fuga de gasolina en el sistema de alcantarillado de Guadalajara produjo una serie de explosiones devastadoras, arrasando 8 kilómetros cuadrados de la ciudad.

Parques y calles se convirtieron en cráteres. Tiendas y casas fueron derribadas como castillos de arena golpeados por las olas.

Los coches y los camiones estaban esparcidos cual hojas sopladas por el viento.

Imagínate las secuelas de un bombardeo seguido de un terremoto.

“Volamos”

Dos de las explosiones ocurrieron justo debajo del autobús de Sonia, lanzando el vehículo repleto de pasajeros metros al aire.

“En la primera explosión, el camión voló y cayó de techo, y la otra explosión nos volvió a aventar, y el camión cayó de lado”, recuerda.

Volamos literalmente de esquina a esquina“.

Un bus volteado y casa destruida con dos hombres ayudando

Getty Images
Hasta los vehículos grandes volaron por los aires.

“Pensaba: ‘¿Estoy soñando? Si no, ¿qué está pasando aquí?’.

“Al tratar de enderezarme sentí que me están picando la espalda con algo. Nos picaban para forzarnos a reaccionar si estábamos vivos. Y empecé a oír voces que decían: ‘Sí, está viva, se está moviendo’, y me comentaban que arriba de mí había 4 personas muertas.

“Lo que vi fue desastre, tierra, sangre, polvo, pedazos de cuerpos… peor que una guerra”.

“Por amor de Dios, no abra los ojos”

“Empecé a gritar, a pedir auxilio, pero nadie vino en ese momento a ayudarnos”.

Había temor de que los escombros colapsaran aún más.

Sin embargo, alguien escuchó los gritos de Sonia: un rescatista de la Cruz Roja se metió al autobús, que estaba encajado en un enorme cráter.

“En cuanto se subió nos dio un miedo horrible porque el camión empezó a tambalearse”.

Finalmente, el rescatista se acercó a ella.

“Lo que se me grabó de él es que tenía una cara muy desencajada, estaba muy pálido, asustado, como que él tampoco creía lo que estaba viendo. Pero nos dijo que nos calmáramos”.

Pareja buscando entre los escombros

Getty Images

“Cuando trató de rescatarme, mis piernas no me respondieron y sentí un dolor muy fuerte”.

Estaban atrapadas en varillas de metal retorcido y, como no tenía herramientas, el socorrista comenzó a torcerlas y tirarlas con sus propias manos.

“Recuerdo que en todo momento me decía: ‘Por amor de Dios, no abra los ojos, téngame confianza, no tenga miedo’.

“Pero mi miedo era que si cerraba los ojos me iba a morir… que me iba a quedar ahí. Le decía: ‘no me deje aquí’.

“En ese momento, oí que a alguien le gritaban: ‘¡Quítese, va a pisar a la gente!, y vi a una persona delgada con una cámara”.

Esa persona delgada era un fotógrafo sensacionalista que capturó la escena en una foto que obsesionaría e inspiraría a Sonia en las siguientes décadas.

Carroza fúnebre

Después de casi una hora atrapada entre los escombros, Sonia finalmente fue liberada por el socorrista.

“Cuando me subieron a la ambulancia me aferré a él porque me daba mucha confianza pues me había ayudado, y me dijo: ‘Vas a estar bien. Yo me quedo aquí porque hay mucha gente que rescatar’.

“Le pregunté: ‘¿Qué pasó?’, y tranquilamente me dijo: ‘Explotó toda la colonia Atlas, pero estás viva’.

“Pensé en mi mamá y mis hermanos que quedaron en casa. Di por hecho que me había quedado sola. No hice más que llorar”.

Sonia fue llevada al hospital más cercano, que estaba desbordado. El personal médico no daba abasto para atender a los cientos de heridos y moribundos que se alineaban en los pasillos y desbordaban las camas del hospital.

Chico entre escombros

Getty Images

Dada la gravedad de las lesiones de Sonia, los médicos ordenaron su traslado a otro hospital, con más suministros y personal.

Pero todas las ambulancias estaban ocupadas transportando a las víctimas desde el lugar del desastre. Finalmente, un voluntario se ofreció a llevarla.

“El doctor en todo momento me sobaba la cabeza y me decía: ‘Tranquila, no te asustes, es por tu bien, te va a ayudar el Señor’, y yo no entendía porqué hasta que vi que me iban a trasladar en una carroza fúnebre.

“Yo le dije: ‘¡No, no me suba… no me quiero morir!'”.

Sonia estaba decidida a mantenerse consciente, con los ojos abiertos y su mente activa: para ella, la muerte simplemente no era una opción.

“Cuando entré al quirófano, el doctor me dijo: ‘Vamos a tratar de salvarte la pierna’, y yo le dije: ‘Sálveme la vida'”.

“¿Flaca, sí eres tú?”

Tras varias horas de cirugía, Sonia despertó viva y con su pierna.

El alivio fue rápidamente reemplazado por la tristeza por haber perdido a su familia… hasta que una silueta familiar apareció en la puerta.

“Mi padre siempre vestía de negro. Cuando vi a una persona de negro en la puerta me agarré a gritar: ‘¡Papi, papi!’.

“No sé cómo me veía yo, porque se acercó y me preguntó tres o cuatro veces: ‘¿Flaca, sí eres tú?’. (Más tarde me diría: ‘Es que tenías la muerte en tu rostro, estabas transparente… no eras tú’).

“Y yo le preguntaba: ‘¿Están todos bien?’ y me dijo que sí”.

Sonia con la pierna enyesada riendo

CORTESÍA DE SONIA SOLÓRZANO

Su padre había pasado el día buscándola en las morgues de la ciudad.

A altas horas de la noche la empezó a buscar en los hospitales, resignado a la idea de que las posibilidades de encontrarla con vida eran escasas o nulas.

“Me quiso agarrar la mano y le dije: ‘No la puedo mover’. Y vi que se quedó sacado de onda porque no podía mover nada”.

La hinchazón en la clavícula de Sonia, el área de la parte superior de la espalda, los hombros y la columna vertebral, había causado parálisis completa.

“Había el riesgo de que yo quedara con vida vegetal. Nada más movía mis ojos y podía hablar“.

Pero Sonia sabía que tenía una segunda oportunidad de vivir, y la aprovechó.

“En ese momento yo dije: ‘Bendito Dios que fui la única de mi familia que tuvo esa experiencia y que me salvaron, porque vi gente a la que no lograron salvar. Qué horror.

“Entonces me mentalicé: venga lo que venga, estoy viva“.

La foto

Soportaría más de 20 cirugías. Su rehabilitación fue lenta pero constante. Pasó de no poderse mover a usar una silla de ruedas.

A veces, el agotamiento y la frustración obstaculizaban su optimismo, hasta que un día, recibió la visita de una amiga que le preguntó: “¿Ya viste que saliste en una revista? Sales tú dentro del camión”.

Volví a entrar en shock: haz de cuenta que me hubieran vuelto a subir al camión”.

Era esa foto que tomó el fotógrafo sensacionalista.

En la imagen se puede ver a Sonia en el suelo, con la cabeza hacia abajo como si estuviera agonizando de dolor, y a la izquierda está el rescatista aferrado a tubos de metal y tratando de mantener el equilibrio entre los escombros inestables.

Como está de espaldas y su rostro solo sale de perfil, se dificulta su identificación.

“Le dije: ‘Algún día lo he de conocer, primero para decirle gracias, porque sé que Dios me permitió vivir, pero si no es por este señor, yo no estaría en el hospital. Y para decirle que sus palabras de aliento hicieron eco.

La foto en la que aparecía el hombre que le salvó la vida.

La foto le recordó amargamente a Sonia su vida antes de abordar el autobús en ese fatídico día.

Pero, también se convirtió en un motor de inspiración.

“Siempre he dicho que es cierto que la tragedia marcó mi vida, acabó con mis sueños, pero con los sueños de cuando era joven.

“Pero también me dio otra visión y me permitió conocer gente con un corazón enorme”.

Estaba resuelta a no ser definida por esa imagen que la mostraba tumbada, lisiada y angustiada.

Sabía que tenía que levantarse, reconstruir y redefinir su vida.

Discriminación

Pronto sucedió lo que había sido imposible concebir meses antes cuando solo podía mover los ojos y la boca: se levantó de la silla de ruedas.

“Ahí sí fue cuando me metí el chip de que si había logrado superar esas etapas, podía avanzar más. Así que le dije a mi padre que iba a volver a trabajar”.

Pero el hecho de que solo pudiera caminar con la ayuda de un aparato ortopédico se convirtió en un obstáculo.

Sonia, con el aparato ortopédico en la pierna derecha.

“Yo llegaba a pedir trabajo con ese aparato grandote, tosco y, sí, horrible, y me decían: ‘¿Sabes qué? Sí tienes la capacidad de trabajar, tienes los conocimientos, pero tu imagen no es apta para el trabajo‘.

“Me discriminaban. En otro lugar me dijeron que el uniforme de las mujeres eran minifaldas y yo no podía usar el aparato. Por ese motivo no me daban trabajo”.

Después de todo lo que había superado, la discriminación no iba a disuadirla. Cuando le relató el incidente a sus fisioterapeutas, la empatía prevaleció y le ofrecieron un empleo.

Además de un trabajo, encontró el amor, y poco después tuvo dos hijos.

Los tiempos exactos

Había reconstruido su vida. Tenía una familia y un gran sentido de propósito, como defensora de personas con discapacidades.

Ahora, cuando miraba la foto del tabloide, no se enfocaba en la imagen de su yo herido. Podía fijar su mirada en el rescatista que la salvó.

Un sentido del deber y una obsesión la invadió. Tenía que encontrarlo y agradecerle, aunque lo único que tuviera era esa borrosa foto.

Cada 22 de abril, el aniversario de la explosión, comenzaba el día buscando al misterioso voluntario de la Cruz Roja.

Ambulancias de la Cruz Roja Mexicana

“Pensaba que era más fácil que me ubicara en esa fecha que en cualquier otra. Iba a la Cruz Roja, mostraba la foto, preguntaba por él, incluso dejaba cartitas o algo.

“Fue una constante eso de estarlo buscando de una u otra forma, y no daba con él. Pero dije: ‘La vida y Dios nos marcan los tiempos exactos'”.

La vida y Dios se asegurarían de que el proceso se repitiera durante dos décadas y media.

“Previo al 25º aniversario, hice lo que siempre hacía: buscarlo. Pero esa vez mandé un mensaje por redes sociales”.

“Ese güey soy yo”

“De repente un día, un compañero de la Cruz Roja me mandó una foto y me preguntó: ‘¿Conoces a este cuate?’“, cuenta Pablo Carrera, ingeniero, paramédico experimentado y rescatista voluntario de la Cruz Roja.

“Y le dije: ‘¡No te hagas menso! Ese güey soy yo. ¿Quién más? Soy inconfundible'”.

Pablo recuerda claramente aquella Semana Santa de 1992.

Pablo y Sonia, en su encuentro, un cuarto de siglo más tarde.

Cortesía de Sonia Solórzano
Pablo y Sonia, en su encuentro, un cuarto de siglo más tarde.

A las 10:05 de la mañana de la explosión, estaba disfrutando de sus vacaciones y yendo a desayunar.

“Tenía por costumbre los miércoles acudir con mi esposa al centro, y camino a donde íbamos escuché muchos sonidos de sirenas”.

Sin embargo, estaba distraído por los sonidos de su estómago vacío. Pero cuando llegó al restaurante y se enteró de lo ocurrido, ese estómago hambriento inmediatamente se le revolvió.

Salió corriendo a la Cruz Roja.

Supermán de carne y hueso

Apenas llegó al estacionamiento, uno de sus colegas le dijo: “Comandante, súbase a la ambulancia” y se fueron a la zona del desastre.

“Todavía había una nube de tierra densa. La calle estaba completamente destruida, como si hubiera habido un bombardeo. Había gente atrapada y empezamos a hacer nuestra labor”.

Los gritos de auxilio venían de todas las direcciones, pero por alguna razón fue la voz de una joven, Sonia, la que llamó su atención.

“El camión estaba en el fondo de un barranco. Nadie se quería meter, hasta que yo llegué y me metí.

“Me acuerdo perfectamente que entré por la parte de atrás.

La verdad es que sí me dio miedo, porque los fierros se movían. No soy Supermán, porque Supermán es el hombre de acero y yo soy de carne y hueso.

“Vi a Sonia y yo le dije: ‘Tranquila, no llores, cierra los ojos, ahorita te sacamos’. Pero me acuerdo que me costó mucho trabajo”.

Sonia fue la última sobreviviente evacuada de los restos del autobús.

Después de enviarla al hospital, Pablo continuaría ayudando a decenas de otras víctimas, durante otros tres días seguidos.

Las explosiones en Guadalajara dejaron más de 200 muertos, aunque algunas estimaciones dan un número de al menos mil.

Innumerables casas y negocios fueron destruidos; el daño costó millones de dólares.

“¿Te gustaría conocerlo?”

Si bien Sonia pasó años absorta por esa foto de la escena del rescate, Pablo nunca la había visto, así que cuando su colega se la mostró, no entendió por qué.

“Durante los 25 años que ella estuvo buscándome, jamás me enteré”.

Poco después, Sonia recibió un mensaje de la Cruz Roja.

“Decía: ‘Sonia, ya encontramos al rescatista. ¿Te gustaría conocerlo?’… ¡Pues claro que sí!”.

Foto del interior del bus y foto del encuentro 25 años más tarde.

El 21 de abril de 2017, en la víspera del 25º aniversario de las explosiones de gas, fue un día soleado e inusualmente caluroso, como lo fue en ese fatídico día de 1992.

Sonia iba camino de reunirse finalmente con el hombre que le salvó la vida.

Le llevaba tres rosas blancas, por las personas vivas que rescató, y una roja, “a nombre de toda la sangre que se derramó y toda la gente que rescató pero ya estaba muerta”.

El encuentro

Pablo: “Vi acercarse a esta dama, con un ramo de flores, y en cuanto la vi… me acuerdo y me da sentimiento. Me abrazó y lo primero que le pregunté fue: ‘¿Te acuerdas de mí?’, y dijo: ‘Sí'”.

Sonia: “Volví a oír su voz dentro del camión diciendo ‘tranquilízate’, ‘yo te voy a ayudar’… todo. Nos dimos un abrazo, y yo la verdad no aguanté, lloré, lloré, lloré”.

Pablo: “Fue excepcional, fue algo inédito. Se me hizo rarísimo. Es que nunca me lo imaginé. Pos, todos mis compañeros hicieron lo mismo, no más que a mí me tocó ese reto, por alguna razón, Dios lo decidió así”.

Sonia: “Le reclamé: ‘¡Dónde estabas! Te he estado buscando’. Y me dijo: ‘Aquí, nunca me he ido'”.

“Fue algo tan emotivo, tan bonito. El hecho de que tú puedas decirle a esa gente: ‘Gracias. Veme, estoy viva, tengo hijos. Si no hubieras llegado tú, yo no estaría aquí'”.

Pablo: “A mí me da mucho gusto, porque yo veo a Sonia, una mujer completa, y pudimos darle una segunda oportunidad para que ella pudiera desarrollarse. Y me da gusto porque me impulsa a seguir con mi labor de ayudar a la gente, que es lo que me gusta.

“Mi padre decía, lo que siembres hoy, mañana lo vas a cosechar”.

Sonia: “La tragedia marcó un antes y un después en mi vida, y me sigue marcando porque las cicatrices en mi cuerpo y mi discapacidad ahí están.

“Pero aprendí a nunca reprochar lo que me toca vivir. Nunca te preguntes por qué a mí. Pregúntate para qué”.

* Este artículo es una adaptación del episodio“Who was the stranger who saved my life?” de la serie Outlook del Servicio Mundial de la BBC.


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