Gobierno prometió recuperar zona boscosa en Chapultepec, pero impulsa proyecto arquitectónico
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Gobierno prometió recuperar zona boscosa en Chapultepec, pero impulsa proyecto arquitectónico

El proyecto en la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec abarca 19 mil 500 metros cuadrados, según la autoridad; una revisión hecha por Animal Político detectó que el área mide en realidad 27 mil 400 metros
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Por Paris Martínez
19 de diciembre, 2016
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El pasado 28 de octubre, el gobierno de la Ciudad de México (CDMX) anunció su intención de “reutilizar” el terreno que ocupa el ya clausurado parque acuático El Rollo, ubicado dentro de la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec, para ahí construir un proyecto “cultural, arquitectónico y sustentable”, de índole privado, que aún está por definirse.

Una semana después, el 7 de noviembre, este anuncio fue cuestionado por vecinos del Bosque de Chapultepec, a los que la secretaria de Medio Ambiente de la Ciudad de México, Tanya Müller, había anunciado varios meses antes que dicho predio sería recuperado “para el bosque”, lo que los vecinos interpretaron como un compromiso de que el terreno sería rehabilitado, para convertirlo de nuevo en zona boscosa.

La molestia de un sector de la ciudadanía ante este anuncio se tradujo, de hecho, en una petición dirigida al jefe de Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, transmitida a través de la plataforma pública Change.org, en la cual le solicitan cancelar la convocatoria para presentar proyectos arquitectónicos, y cumplir el compromiso de devolver este predio al bosque.

A esta petición se han adherido, hasta la fecha, 7 mil 500 ciudadanos.

Cuestionada en torno a esta polémica, la secretaria de Medio Ambiente, Tanya Müller, reconoció que en febrero pasado sostuvo una reunión con vecinos de Chapultepec, ante los cuales se comprometió a que este terreno sería recuperado “para el bosque”.

Sin embargo, aclaró la funcionaria en entrevista, “con esta convocatoria, en ningún momento se está desintegrando (el predio) del bosque de Chapultepec. Entonces, el compromiso, lo que dijimos, lo estamos manteniendo y cumpliendo”.

El predio que ocupa El Rollo fue concesionado en los años 80 por el entonces regente de la Ciudad de México, Carlos Hank González, a su hijo, Carlos Hank Rhon, para que ahí construyera un parque acuático privado, y desde entonces el terreno dejó de ser parte de la zona boscosa de Chapultepec.

En las décadas posteriores, esta concesión fue vendida en dos ocasiones a distintos empresarios, y en 2006 finalmente el parque cerró sus puertas, al concluir el permiso de operación del parque acuático. No obstante, el terreno seguía en manos privadas, en calidad de concesionado.

La secretaria de Medio Ambiente capitalina informó que “es en esta administración del doctor Miguel Ángel Mancera que llevamos a cabo todo el proceso jurídico necesario, un juicio, y fue posible recuperar El Rollo, que comprende menos de dos hectáreas (de terreno), son 19 mil 500 metros cuadrados, para que pasen otra vez al Gobierno de la Ciudad de México”.

Esos “19 mil 500 metros cuadrados”, aseguró la funcionaria en la entrevista realizada este 15 de diciembre, comprenden “un espacio que ya está impactado (ambientalmente) que ya está perturbado, que lleva más de una década en abandono total, y que representa un tema de inseguridad para la propia zona”.

Con el nuevo proyecto “recreativo-cultural” que ahí se instaure, subrayó, lo que se busca es “la recuperación de ese espacio ya impactado”.

Asimismo, aseguró que aún cuando la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec “en su mayoría  es (zona) de barrancas y (por lo tanto zona) de conservación”, aclaró que “la parte de barrancas no es esta zona (donde se ubica El Rollo)”.

Cuando se cuestionó a la funcionaria cómo sería posible reintegrar al bosque este predio, si en él se planea la construcción de un complejo arquitectónico, ella respondió que esos son puntos de vista: cuando tú recuperas un espacio, lo puedes recuperar de muchas formas”, y subrayó que el Plan de Manejo del Bosque de Chapultepec permite diversos usos de suelo.

Asimismo, fue incisiva al asegurar que el anuncio hecho público por el gobierno capitalino “no dice ‘proyecto arquitectónico’. Lo que dice es ‘proyecto recreativo-cultural’, porque eso es lo que permite el Plan de Manejo”.

Inexactitudes

Aunque la secretaria de Medio Ambiente de la Ciudad de México negó que el gobierno capitalino hubiese convocado a presentar proyectos arquitectónicos para construir una obra inmobiliaria en el predio que ocupa El Rollo, dicha invitación pública, difundida en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México del 28 de octubre de 2016, se titula, textualmente, “Aviso por el que se da a conocer la convocatoria para participar en el proyecto ambiental, cultural, arquitectónico y sustentable para reutilizar un predio de la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec”.

De hecho, la convocatoria exige a los participantes contemplar en sus “planos arquitectónicos” el uso de “materiales de construcción que hagan del edificio un lugar con eficiencia energética”, así como aspectos específicos “para la utilización del agua interior y exteriormente”.

Es decir, sí se prevé la erección de un edificio con espacios interiores y exteriores.

Otra inexactitud en la información difundida por las autoridades tiene que ver con la presencia de barrancas en la zona de El Rollo.

Aún cuando la secretaria Tanya Müller aseguró en entrevista que El Rollo no se encuentra en la zona de barrancas (que por ley son áreas de conservación para la recarga de acuíferos), durante un recorrido por esta área del bosque se pudo constatar que la reja posterior del parque acuático está apenas a cuatro metros de distancia del punto donde inicia la pendiente de la barranca.

De hecho, imágenes satelitales permiten ver que al final de dicha pendiente, la parte más honda de la barranca se aleja únicamente 65 metros del terreno ocupado por El Rollo.

La imagen, captada en un recorrido por la zona, muestra la reja posterior de El Rollo, a menos de cuatro metros del inicio de la barranca.

La imagen, captada en un recorrido por la zona, muestra la reja posterior de El Rollo, a menos de cuatro metros del inicio de la barranca.

Por otra parte, la funcionaria capitalina también aseguró que el predio en cuestión abarca menos de dos hectáreas de la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec. Literalmente, afirmó, son “19 mil 500 metros cuadrados”.
No obstante, el predio que ocupa el clausurado parque El Rollo es mucho mayor: una medición a través de imágenes sateliteles permite ver que la reja metálica que perimetra el predio encierra en su interior un área total de 2.74 hectáreas, es decir, 27 mil 400 metros cuadrados.

Eso representa 7 mil 900 metros cuadrados más de suelo, de los que reconocen las autoridades capitalinas.

Foto 2

Imágenes satelitales dejan ver que el predio ocupado por El Rollo mide 2.74 hectáreas, no 1.9, como afirman las autoridades.

Para verificar este dato, Animal Político consultó al empresario José Antonio Inzunza, último concesionario de El Rollo, quien informó que, efectivamente, el predio identificado como “José María Velasco número 130”, en donde operaba el parque acuático, no mide 19 mil 500 metros cuadrados, sino mucho más.

“Alrededor del parque había un camino de terracería –explica el empresario–, y a veces ahí se escondía gente con intenciones de delinquir, era un área insegura. Entonces, las autoridades del bosque pidieron que metiéramos ese espacio dentro del balneario. Entonces, el terreno concesionado originalmente fue de dos hectáreas más o menos, pero el predio como tal, lo que está encerrado dentro de la cerca de alambre, son en realidad casi tres hectáreas… Yo supongo que eso lo tenían claro las autoridades cuando emitieron la convocatoria ofreciendo este espacio. Tendrían la obligación de saberlo, ya que las autoridades fueron quienes lo decidieron así”.

Aunque a la secretaria Tanya Müller se le cuestionó explícitamente sobre esta diferencia en el área que realmente ocupa el Rollo, no hizo ningún pronunciamiento concreto al respecto y sólo afirmó que la falta de detalles topográficos en la convocatoria, se subsanaron con un recorrido presencial de los interesados.

Otro aspecto que destacó el empresario José Antonio Inzunza es que esas tres hectáreas que ocupa El Rollo no son un terreno totalmente impactado ambientalmente, como afirmaron las autoridades, ya que “de construcción, en realidad, hay menos de 9 mil metros cuadrados, y el resto (18 mil 400 metros cuadrados) son áreas verdes, es bosque ahí. Esa zona no necesitan convocar a nadie para rehabilitarla, con que le quiten la cerca de alambre eso se reintegra a la zona boscosa”.

Según la convocatoria, sin embargo, todo ese espacio está disponible para la nueva construcción que ahí será alojada, aunque en realidad buena parte sean áreas naturales.

El empresario también aprovechó la ocasión para negar que el predio se lo hubieran quitado mediante un juicio: “Eso no es verdad, y las autoridades se la han pasado diciéndolo como si fuera un acto heroico. Pero la verdad es que yo entregué el terreno voluntariamente, nunca me ganaron un juicio. Y yo entregué el predio porque, supuestamente, el plan de las autoridades era recuperarlo para el bosque, pero ahora resulta que lo van a concursar, para que otro concesionario construya aquí algo.”

Intereses privados

En la reunión que la secretaria de Medio Ambiente capitalina sostuvo, en febrero, con vecinos de Chapultepec, la funcionaria afirmó que la recuperación de El Rollo se dio porque las autoridades locales “somos conscientes de los espacios y su valor ambiental y lo que no está funcionando a nivel privado porque está abandonado, porque no se cumplieron con esas bases, estamos haciendo nuestro trabajo legal, jurídico, para recuperarlos para el bosque”.

En entrevista con Animal Político, además, insistió en que la recuperación se dio “para que (los espacios ocupados por El Rollo) pasen otra vez al Gobierno de la Ciudad de México”.

Al respecto, en entrevista se le cuestionó si esto implica que el nuevo proyecto “ambiental, cultural, arquitectónico y sustentable” que se erija en este predio será operado por las mismas autoridades capitalinas, o si será concesionado nuevamente a un ente privado, ya que esto no es aclarado en la convocatoria del 28 de octubre.

–No sé si has ido recientemente a la Segunda Sección del Bosque de Chapultepec –fue la respuesta–, en donde hay una serie de restaurantes que están concesionados (…) Es importante ver qué es lo que pasa en estos grandes espacios públicos, a nivel internacional. Si vas a Nueva York, si vas a Londres, si vas a San Francisco, todos los espacios públicos, parques, bosques, tienen un cierto nivel de infraestructura que les permite ser centros de destino, como espacio público, y ofrecer un nivel de servicios, que busca el mismo visitante (…)

¿Cómo se operaría ese espacio (el predio de El Rollo)?

– Sin duda, primero tendríamos que ver qué tipo de proyecto es, y una vez definido eso, y si existe un proyecto ganador, se tendrá que evaluar cómo funcionan los espacios operados por terceros en el bosque de Chapultepec.

Quien opere ese proyecto, además, adquiere la obligación de dar mantenimiento ambiental a 90 hectáreas de bosque, aunque, aclaró la funcionaria capitalina, esas zonas reforestadas no quedarán bajo control del operador de lo que finalmente se construya en El Rollo.

Con base en lo establecido por la convocatoria del 28 de octubre, el proyecto para este predio será anunciado a mediados de enero.

Nota del editor: uno de los párrafos que hace referencia al excedente de 7 mil 900 metros cuadrados fue modificado pues de acuerdo con la secretaria Müller no se verán afectados.   

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Los momentos que pudieron haber terminado accidentalmente con la humanidad

En la historia reciente, algunas personas tuvieron el destino de todos en sus manos. Y puede repetirse.
20 de febrero, 2021
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A finales de la década de 1960, la NASA se enfrentó a una decisión que podría haber cambiado el destino de nuestra especie.

Después de la llegada del Apolo 11 de la Luna, los tres astronautas de la misión esperaban a ser recogidos dentro de su cápsula, flotando en el océano Pacífico, con mucho calor e incómodos.

Los trabajadores de la NASA decidieron asistir a sus tres héroes nacionales rápidamente. Sin embargo, existía una pequeña posibilidad de desencadenar una invasión de microbios alienígenas mortales en la Tierra.

Otro ejemplo sucedió un par de décadas antes, cuando un grupo de científicos y militares se encontraron ante un punto de inflexión similar.

Mientras esperaban para observar la primera prueba de arma atómica, se dieron cuenta de un resultado potencialmente catastrófico. Existía la posibilidad de que sus experimentos incendiaran accidentalmente la atmósfera y destruyeran toda la vida en el planeta.

En algunos momentos del siglo pasado, unos pocos grupos de personas tuvieron el destino del mundo en sus manos.

Fueron responsables de la posibilidad, pequeña pero real, de causar una catástrofe total. No solo el final de sus propias vidas, sino el final de todo.

¿Cómo se llegó a estas decisiones? ¿Y qué nos dice todo ello sobre nuestra actitud frente a los riesgos y crisis que enfrentamos hoy?

Contaminación

Cuando por primera vez la humanidad hizo planes para enviar sondas y personas al espacio a mediados del siglo XX, surgió el problema de la contaminación.

En primer lugar, existía el miedo a la contaminación “futura, es decir, la posibilidad de que la vida terrestre pudiera perjudicar el cosmos.

Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin Jr. en sus trajes espaciales en 1969.

Getty Images
Una de las teorías que se estudió es que los astronautas podrían haber traído microbios alienígenas a la Tierra.

La nave espacial necesitaba ser esterilizada y cuidadosamente sellada antes del lanzamiento. Si los microbios se infiltraban a bordo, confundiría cualquier intento de detectar vida extraterrestre.

Y si hubiera organismos extraterrestres por ahí, podríamos terminar matándolos inadvertidamente con bacterias o virus terrestres, como el destino de los extraterrestres al final de la novela “La guerra de los mundos” (War of the Worlds).

Estas preocupaciones son tan importantes hoy como en la era de la carrera espacial.

Una segunda preocupación fue la contaminación “posterior”, la idea de que los astronautas, los cohetes o las sondas que regresaban a la Tierra pudieran traer vida que podría resultar catastrófica, ya sea superando a los organismos terrestres o algo mucho peor, como consumir todo nuestro oxígeno.

La contaminación posterior era un temor que la NASA debió tomar en serio durante la planificación de las misiones Apolo a la Luna.

¿Y si los astronautas traían algo peligroso?

En ese momento, la probabilidad no se consideraba alta, pocos pensaban que era probable que la Luna albergara vida, pero aun así, el escenario tenía que estudiarse, porque las consecuencias podrían ser muy graves.

Rescate de lo astronautas en el océano Pacífico en 1969.

Getty Images
Se realizó una operación titánica para el rescate de los astronautas pero había riesgos.

“Tal vez haya un 99% de que el Apolo 11 no traiga organismos lunares”, dijo un científico influyente en ese momento, “pero incluso ese 1% de incertidumbre es demasiado grande para ser complacientes”.

La NASA implementó varias medidas de cuarentena, aunque en algunos casos las cumplió protestando.

Funcionarios del Servicio de Salud Pública de EE.UU. estaban preocupados y pidieron medidas más estrictas de las planeadas inicialmente argumentando que tenían el poder de negar la entrada a los astronautas contaminados en la frontera.

Después de las audiencias en el Congreso, la NASA acordó instalar una costosa instalación de cuarentena en el barco que recogería a los hombres de su amerizaje en el océano Pacífico.

También se acordó que los exploradores lunares pasarían tres semanas aislados antes de poder abrazar a sus familias o estrechar la mano del presidente.

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, es fotografiado caminando en la Luna.

NASA
En 1969 hubo temor de que la misión a la Luna trajera a la Tierra material alienígena peligroso.

Sin embargo, hubo una brecha importante en el procedimiento de cuarentena, según el académico de Derecho Jonathan Wiener de la Universidad de Duke, quien escribió sobre el episodio en un artículo sobre percepciones erróneas del riesgo catastrófico.

Cuando los astronautas llegaron al agua, el protocolo original señalaba que debían permanecer dentro de la nave espacial.

Pero la NASA lo pensó mejor después de que surgieran preocupaciones sobre el bienestar de los astronautas en ese momento, esperando de un espacio caluroso y sofocante, azotado por las olas.

Pese al protocolo, se decidió abrir la puerta y rescatar a los hombres en balsa y helicóptero (así lo muestra la primera imagen de este artículo).

Mientras se ponían los trajes de biocontaminación y entraban a las instalaciones de cuarentena en el barco, el aire interior de la cápsula se esparció en el exterior.

Afortunadamente, la misión Apolo 11 no trajo vida extraterrestre mortal a la Tierra. Pero podría haber pasado en ese corto período, como consecuencia de esa decisión de priorizar el bienestar a corto plazo de los hombres.

Aniquilación nuclear

Veinticuatro años antes, los científicos y funcionarios del gobierno de EE.UU. llegaron a otro punto de inflexión que implicaba un riesgo pequeño pero potencialmente desastroso.

Antes de la primera prueba de armas atómicas en 1945, los científicos del Proyecto Manhattan realizaron cálculos que apuntaban a una posibilidad escalofriante.

Foto del físico estadounidense, "padre de la bomba higrógena", Edward Teller, señalando una fórmula en una pizarra. Teller trabajó en el Proyecto Manhattan en Los Alamos, Nuevo México entre 1943 y 1946 que desarrolló la bomba atómica y luego trabajó en el desarrollo de la bomba de hidrógeno.

Getty Images
En los cálculos de las primeras armas atómicas hubo errores.

En un escenario que plantearon, el calor de la explosión de fisión sería tan grande que hubiera podido desencadenar una fusión descontrolada.

En otras palabras, la prueba podría haber incendiadoaccidentalmente la atmósfera y quemar los océanos, destruyendo la mayor parte de la vida en la Tierra.

Estudios posteriores sugirieron que probablemente eso era imposible, pero hasta el día de la prueba los científicos verificaron una y otra vez su análisis.

Finalmente llegó el día de la prueba Trinity y los funcionarios decidieron seguir adelante.

Cuando el destello fue más largo y brillante de lo esperado, al menos un miembro del equipo pensó que había sucedido lo peor.

Uno de ellos fue el presidente de la Universidad de Harvard, cuyo asombro inicial se convirtió rápidamente en miedo.

“No sólo no tenía confianza en que la bomba funcionara, sino que cuando funcionó él creyó que la habían arruinado con consecuencias desastrosas y que estaba presenciando, como él mismo dijo, ‘el fin del mundo'”, dijo su nieta Jennet Conant al diario The Washington Post después de escribir un libro sobre los científicos del proyecto.

Foto en exhibición en el Museo de Ciencias de Bradbury muestra la primera prueba de bomba atómica el 16 de julio de 1945, a las 5:29:45, en Trinity en Nuevo México, EE.UU.

Getty Images
La primera prueba de armas atómicas marcó el comienzo de una nueva era.

Para el filósofo Toby Ord de la Universidad de Oxford, ese momento fue un punto significativo en la historia de la humanidad.

Él menciona la fecha y hora específicas de la prueba Trinity -05:29 del 16 de julio de 1945- como el comienzo de una nueva era para la humanidad, marcada por un cambio radical en nuestras habilidades para destruirnos a nosotros mismos.

“De repente, estábamos liberando tanta energía que estábamos creando temperaturas sin precedentes en toda la historia de la Tierra”, escribe Ord en su libro The Precipice (“El precipicio”).

A pesar del rigor de los científicos de Manhattan, los cálculos nunca fueron sometidos a la revisión de pares, de una parte desinteresada, señala, y tampoco hubo evidencia de que se informara a ningún representante electo sobre el riesgo y mucho menos a otros gobiernos.

Los científicos y los líderes militares siguieron adelante por su cuenta.

Ord también destaca que, en 1954, los científicos obtuvieron un cálculo asombrosamente incorrecto en otra prueba nuclear: en lugar de una explosión esperada de 6 megatoneladas, obtuvieron 15.

“De los dos cálculos termonucleares principales realizados ese verano… obtuvieron uno correcto y otro incorrecto. Sería un error concluir que el riesgo subjetivo de incendiar la atmósfera era tan alto como un 50%. Pero ciertamente no era un nivel de confiabilidad en el que arriesgar nuestro futuro“, dijo.

Un mundo vulnerable

Desde nuestra posición informada en el siglo XXI, sería fácil juzgar estas decisiones específicas de su época.

El conocimiento científico sobre la contaminación y la vida en el Sistema Solar es mucho más avanzado hoy y la guerra entre los aliados y los nazis ya pasó.

Réplica a tamaño real de la bomba atómica 'Fat Man' que fue lanzada sobre Nagasaki, Japón el 9 de agosto de 1945, y que se encuentra entre las exhibiciones en el Museo de Ciencias Bradbury en Los Alamos, Nuevo México.

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A pesar del rigor de los científicos de Manhattan, los cálculos nunca fueron sometidos a la revisión de pares de ua parte desinteresada, señala el filósofo Toby Ord de la Universidad de Oxford.

En la actualidad, nadie volvería a correr riesgos así, ¿verdad?

Tristemente, no. Ya sea por accidente o por otro motivo, la posibilidad de una catástrofe es, en cualquier caso, mayor ahora que en ese entonces.

Es cierto que la aniquilación alienígena no es el mayor riesgo al que se enfrenta el mundo.

Si bien puede haber políticas de “protección planetaria” para cuidarnos contra la contaminación extraterrestre es una pregunta válida saber qué tan bien se aplicarán estas regulaciones y procedimientos a las empresas privadas que visitan otros planetas y lunas en el Sistema Solar.

Además de la amenaza de catástrofe extraterrestre, esparcir nuestra presencia por la galaxia puede arriesgarnos a un encuentro potencialmente funesto con extraterrestres, especialmente si son más avanzados. La historia sugiere que fenómenos adversos tienden a suceder a las poblaciones que se encuentran con culturas tecnológicamente más competentes (si no, mira el destino de los pueblos indígenas que se encuentran con los colonos europeos).

Más preocupante aún es la amenaza de las armas nucleares.

Una atmósfera ardiente puede ser imposible, pero un invierno nuclear similar al cambio climático que ayudó a hacer desaparecer a los dinosaurios no lo es.

En la Segunda Guerra Mundial, los arsenales atómicos no eran lo suficientemente abundantes o poderosos para desencadenar este desastre, pero ahora sí lo son.

Ord estima que el riesgo de extinción humana en el siglo XX fue de alrededor de 1 de 100. Pero él cree que ahora es mayor.

Además de los riesgos existenciales naturales que siempre estuvieron ahí, el potencial de una desaparición provocada por el hombre se ha incrementado significativamente en las últimas décadas, argumenta.

"Gadget", la primera bomba atómica explota en Alamogordo, Nuevo México, el 16 de julio de 1945.

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Los especialistas sostienen que el riesgo de extinción humana está cada vez más presente.

Aparte de la amenaza nuclear, ha surgido la perspectiva de una inteligencia artificial desalineada, las emisiones de carbono se han disparado y ahora podemos inmiscuirnos en la biología de los virus para hacerlos mucho más letales.

También nos volvemos más vulnerables debido a la conectividad global, la desinformación y la intransigencia política, como ha demostrado la pandemia de covid-19.

“Con todo lo que sé, pongo el riesgo de este siglo en alrededor de 1 de cada 6, una ruleta rusa“, escribió Toby Ord.

“Si no hacemos las cosas adecuadamente, si seguimos permitiendo que nuestro crecimiento en términos de poder supere al de la sabiduría, deberíamos esperar que el riesgo sea aún mayor el próximo siglo, y así sucesivamente”, añadió.

Otra forma en que los investigadores del riesgo existencial han caracterizado este peligro creciente es pidiendo que te imagines sacando bolas de una urna gigante.

Cada bola representa una nueva tecnología, descubrimiento o invención. La gran mayoría de ellas son blancas o grises.

Una bola blanca representa un buen avance para la humanidad, como el descubrimiento del jabón. Una bola gris representa un logro mixto, como las redes sociales.

Sin embargo, dentro de la urna hay un puñado de bolas negras. Son extremadamente raras, pero elige una y habrás destruido a la humanidad.

Esto se llama la “hipótesis del mundo vulnerable” y destaca el problema de prepararse para eventos muy raros y muy peligrosos en nuestro futuro.

Hasta ahora, no hemos elegido una bola negra, pero es muy probable que sea porque son muy poco comunes y nuestra mano ya ha rozado una o dos cuando la metimos en la urna.

En resumen: tuvimos suerte.

Astronautas del Apolo 11

Getty Images
Los astronautas del Apolo 11 fueron puestos en cuarentena después del aterrizaje, pero hubo una brecha cuando fueron recogidos en el mar.

Hay muchas tecnologías o descubrimientos que podrían acabar siendo bolas negras. Algunos ya los conocemos, pero no los hemos implementado, como las armas nucleares o los virus de bioingeniería.

Otras son incógnitas conocidas, como el aprendizaje automático (machine learning) o la tecnología genómica. Y otras son incógnitas desconocidas: ni siquiera sabemos que son peligrosas, porque aún no fueron concebidas.

La tragedia de lo poco común

¿Por qué no tratamos estos riesgos catastróficos con la gravedad que merecen?

Wiener tiene algunas sugerencias. Él describe la forma en que la gente percibe erróneamente los riesgos catastróficos extremos como “tragedias de lo poco común”.

Probablemente hayas oído hablar de la tragedia de los comunes: describe la forma en que las personas interesadas en sí mismos administran mal un recurso comunal.

Cada uno hace lo mejor para sí mismo, pero todos terminan sufriendo. Es la base del cambio climático, la deforestación o la sobrepesca.

Una tragedia de lo “poco común” es diferente, explica Wiener. En lugar de que las personas administren mal un recurso compartido, aquí la gente está percibiendo mal un riesgo catastrófico poco común.

Sitio d prueba Trinity.

Getty Images
El sitio de la prueba Trinity hoy, bajo una atmósfera que afortunadamente no se incendió.

Él propone tres razones por las que esto sucede:

La primera es la “falta de disponibilidad” de catástrofes raras.

Los acontecimientos recientes y destacados son más fáciles de recordar que los acontecimientos que nunca sucedieron.

El cerebro tiende a construir el futuro con un collage de recuerdos sobre el pasado. Si un riesgo encabeza las noticias (terrorismo, por ejemplo), aumenta la preocupación pública, los políticos actúan, se inventa la tecnología, etc.

Sin embargo, la dificultad especial de prever las tragedias de los infrecuentes es que es imposible aprender de la experiencia. Nunca aparecen en los titulares. Pero una vez que suceden, se acabó el juego.

La segunda razón por la que percibimos mal las catástrofes muy raras es el efecto “adormecedor” de un desastre masivo.

Los psicólogos observan que la preocupación de la gente no crece linealmente con la gravedad de una catástrofe.

O para decirlo más simple, si preguntas a las personas cuánto les importa que mueran todas las personas en la Tierra, no es 7.500 millones de veces más preocupante que si les dijeras que una persona moriría. Tampoco consideran las vidas de las generaciones futuras perdidas.

En grandes cantidades, hay cierta evidencia de que la preocupación de las personas incluso disminuye en relación con sus preocupaciones sobre la tragedia individual.

En un artículo reciente para BBC Future, la periodista Tiffanie Wen cita a la Madre Teresa, quien dijo: “Si miro a la masa, nunca actuaré. Si miro a uno, lo haré”.

Finalmente, Wiener describe un efecto de “subestimación” que fomenta una actitud de no actuar entre quienes toman los riesgos, porque no hay responsabilidad.

Si el mundo se acaba debido a tus decisiones, entonces no puedes ser demandado por negligencia. Las leyes y reglas no tienen poder para disuadir la imprudencia de acabar con las especies.

Foto de la Tierra tomada desde la Luna.

Getty Images

Quizás lo más preocupante es que una tragedia poco común podría suceder por accidente ya sea por arrogancia, estupidez o negligencia.

“En igualdad de condiciones, no mucha gente preferiría destruir el mundo. Incluso las corporaciones sin rostro, los gobiernos entrometidos, los científicos imprudentes y otros agentes de la catástrofe necesitan un mundo en el que lograr sus objetivos de lucro, orden, tenencia u otras canalladas”, escribió una vez el investigador de Inteligencia Artificial Eliezer Yudkowsky.

“Si nuestra extinción avanza lo suficientemente lenta como para permitir un momento de horrorizada comprensión, los autores de la acción probablemente se sorprenderán bastante… si la Tierra es destruida, probablemente será por error”, añadió.

Podemos estar agradecidos de que los trabajadores del proyecto Apolo 11 y los científicos de Manhattan no fueran esos horribles individuos.

Pero en el futuro, alguien llegará a otro punto de inflexión en el que el destino de la especie estará en sus manos. O quizás ya están en este camino, lanzándose hacia el desastre con los ojos cerrados.

Con suerte, por el bien de la humanidad, tomarán la decisión correcta cuando llegue su momento.

Puedes ver aquí el artículo original en inglés


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