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Cuartoscuro
Lo mejor de Animal Político en 2016: Hospitales llenos y sin medicinas, el calvario de pacientes
En los hospitales públicos no hay jeringas ni gasas, los pacientes convalecen en sillas de metal en los pasillos y los doctores atienden a 70 pacientes al mismo tiempo. Este es solo un ejemplo de lo que pasa en esos sitios.
Cuartoscuro
Por Por Manu Ureste
28 de diciembre, 2016
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cintillo-2016

Nota del editor: Este texto fue publicado el 7 de julio de 2016. La fecha se actualizó para presentarlo como uno de los mejores materiales de Animal Político este año.

“Lo siento señora. No sé de qué paciente me habla”, dice la doctora en tono neutro y observa el rostro de otra mujer de unos 50 años que le pregunta irritada cuándo piensa atender a su hermana.

–Mire, de verdad que lo siento –la médico cambia el tono frío por una sonrisa al ver los ojos hinchados y enrojecidos de la mujer–. Pero ya no puedo hacer más de lo que hago. Estoy yo sola para atender a 70 pacientes.

La doctora observa el pasillo repleto de camillas que esperan acomodo en algún lugar. Esboza otra sonrisa y comienza a caminar rápido para mezclarse de nuevo entre las enfermeras y canastos de sábanas sucias.

La mujer la observa alejarse y su rostro, más que enfado, refleja un profundo cansancio.

–No te preocupes –le dice a su hermana, quien camina arrastrando el gotero de suero–. Seguro que la doctora pronto nos atiende.

Mucho dinero, pocos doctores

“No hay duda: México ha destinado más recursos para la atención de la salud en los últimos diez años”, dijo el secretario de Salud, José Narro, el pasado 24 de junio en una rueda de prensa.

Ese mismo día recordó que la inversión en Salud entre el año 2000 y el 2016 ha crecido de manera constante en el país. De acuerdo con Hacienda, el dato es certero: solo en los últimos seis años, el presupuesto destinado al Ramo 12 Salud aumentó 47%: pasó de 89 mil 892 millones en 2010 a 132 mil 216 este año. Una diferencia de 42 mil 324 millones de pesos al alza.

Incluso, desde que el presidente Enrique Peña Nieto llegó a Los Pinos, la inversión en Salud subió más de 10 mil millones de pesos: de 121 mil 856 millones en 2013 a 132 mil 216 este año.

Por el otro lado, miles de médicos marcharon apenas el pasado 22 de junio en 82 ciudades en protesta por la falta de medicamentos y seguridad para ejercer su profesión. Y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) recibió, de 2013 a mayo de 2016, 8 mil 498 quejas contra personal de instituciones públicas de salud, siendo precisamente el IMSS el que más acumula con el 72% de los casos.

Y ahora, en este hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en el Estado de México, una enfermera me dice que la siga para mostrarme cómo es que trabajan en realidad los hospitales en el país.

Nos falta todo”

Gladys no se llama Gladys. Pero hace unos minutos, después de identificarme como periodista aprovechando que ningún guardia de seguridad pasa por la zona, llegamos a un acuerdo: yo protejo su identidad para evitar represalias laborales, y ella me introduce con sigilo al dispensario de medicamentos.

Una vez dentro de la habitación, un cuarto con paredes amarillentas que rezuma olor a desinfectante, Gladys me muestra un panorama muy parecido al que otros doctores y enfermeros de estados como Chiapas, Jalisco, Nuevo León, Durango, Veracruz, o el mismo Estado de México, describieron en esta nota.

–Mire, aquí es donde deberíamos tener las jeringas –me muestra un enorme hueco vacío en una de las estanterías–. Y en esta otra estantería deberíamos tener las agujas y nada, está vacío. Tampoco tenemos antibióticos, que es lo más básico en un hospital. Ni vendas, ni sondas, ni guantes. Ni catéteres. Nada.

–¿Esto ya lo han reportado? –pregunto.

–Claro, las autoridades ya saben lo que pasa aquí.

–¿Y qué le dicen al paciente cuando no tienen nada que ofrecerle?

La enfermera casi suelta una carcajada, pero se contiene.

–¿Qué qué le decimos? Pues que trabajamos con lo que hay.

De acuerdo con el IMSS, la situación es distinta. Al menos en el papel, todo son buenas noticias exceptuando retos como mejorar la atención de enfermedades crónicas, tales como la diabetes. Por ejemplo, según el informe que acaba de enviar al Congreso sobre su situación financiera, se consiguió sanear las cuentas; la simplificación de trámites; la modernización de la infraestructura; la construcción de hospitales; y reducir tiempos y costos en trámites.

Además, en 2016 se logró un “nivel histórico en el abasto de medicamentos” con la compra consolidada, en la que se adquirió mil 760 claves de medicamentos y material de curación, con una inversión de casi 48 mil millones de pesos, “convirtiéndose en la más grande del sector público”,

Y dato muy importante: según el IMSS, el número de quejas por “negativa de medicamentos” bajaron 40.2% en 2015 (9 mil 197 quejas en 2014 frente a 5 mil 502) y hasta 84.6% entre enero y junio de este año, lo que refleja que las acciones para mejorar el abasto “han impactado en la satisfacción de la derechohabiencia”.

Es más, el grado de satisfacción en este rubro es tal, que el IMSS asegura que “no se tiene conocimiento de quejas por parte del personal médico relacionado al tema de falta de medicamentos (aquí puedes leer en pdf la respuesta del IMSS ante los cuestionamientos de falta de medicinas).

“Lo normal es que el paciente la pague con el médico y lo agreda”

Gladys abre la puerta del dispensario y se cerciora de que no hay guardias, ni ningún supervisor que nos pueda delatar.

–Ya puede salir –me dice entre susurros.

La enfermera cierra con llave la habitación y antes de despedirse con una mueca cómplice, me comenta que no hay problema si quiero hablar con las otras compañeras de la planta, “porque todas estamos hartas de trabajar en estas condiciones”.

No obstante, su recomendación final es que platique con la doctora que hace unos minutos le dijo a una mujer que atendía a 70 pacientes.

Una hora más tarde, rozando las 12 del mediodía, la médico aparece de nuevo por la sala de espera.

La abordo con cautela. Le explico que no soy familiar de ningún paciente y que, en realidad, busco documentar las condiciones en las que trabajan.

La doctora me estudia en silencio durante unos segundos.

-Está bien, pero no hablemos aquí –me contesta mirando desconfiada hacia el pasillo-. Vayamos a otra planta que esté más tranquila.

Subimos las escaleras –sólo uno de los tres ascensores funciona y se le da prioridad a las camillas-, hasta que encontramos un sitio apartado y comenzamos a conversar.

-Doctora, antes la escuché decir que usted atiende a toda una planta. ¿Eso es cierto? –le pregunto a quemarropa.

La médico, a la que llamaremos Carmen también para evitar represalias laborales, mete ambas manos a los bolsillos de la bata blanca.

-Lo que pasa es que no tenemos médicos internos, que somos los héroes anónimos que sacamos el trabajo en los hospitales –explica-. Y por eso ahorita estoy yo sola para 70 pacientes.

De acuerdo con la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), la escasez de médicos no es algo exclusivo de un solo hospital. Según el Estudio sobre el Sistema Mexicano de Salud 2016, aunque el número de médicos per cápita se ha incrementado en México, pasando de 1.6 doctores por mil habitantes en el 2000 a 2.2 en 2013, la cifra sigue siendo inferior al promedio de la OCDE, de 3.2.

De hecho, de los 34 miembros que integran la organización, México está dentro del ‘top 10’ de naciones con menos médicos por mil habitantes, superado por países como Corea, Polonia, Eslovenia o Irlanda.

En cuanto a las enfermeras, la situación es aún peor: hay 2.6 enfermeras por cada mil habitantes, dato muy alejado del promedio OCDE de 9.1. De hecho, México es el lugar siete dentro del grupo de 10 países con menos enfermeras.

-¿Cómo se le explica esta escasez de personal médico a un ciudadano que paga sus cuotas al seguro social? –le vuelvo a preguntar a Carmen.

-Bueno, lo normal es que el paciente se enoje y la pague con nosotros, agrediéndonos con insultos, amenazas o golpes. Porque no hay suficiente personal para tanta población, ni suficiente material, ni las condiciones del hospital son tampoco las idóneas.

-Dígame un ejemplo: ¿qué es lo que más falta en este hospital?

En este punto, la doctora ríe abiertamente.

-¡Uy! –exclama-. Esa es una pregunta difícil. Creo que sería más fácil decirte qué es lo que sí hay, porque nos faltan muchas cosas.

A continuación, a la lista recitada por la enfermera Gladys, Carmen añade que les faltan tubos para extraer sangre, situación que los obliga a retrasar la obtención de muestras, provocando a su vez que el paciente tenga que esperar más días hospitalizado.

Incluso, la doctora dice que es común que se reprogramen varias veces las intervenciones quirúrgicas porque no tienen lo mínimo para operar.

-Nos falta hasta el agua y el jabón. Es decir, algo tan básico para un cirujano como poder lavarse las manos previo a una cirugía, algo tan básico –remarca la médico-, no existe en este lugar.

1.6 camas de hospital por cada mil habitantes

Decir que bajar al área de Urgencias es como descender al averno, sería una exageración y además un tópico muy manoseado.

Sin embargo, no es exagerado describir que nada más enfilar la ruta que lleva hasta esta área, el ambiente contrasta con el del resto de plantas. Aquí -anoto en la libreta-, el aire es más pesado. Y los aromas a heces, alcohol cutáneo, yodo, y a los fluidos que brotan de las heridas, se intensifican hasta provocar una leve sensación de mareo.

-Se supone que deberíamos tener entre 20 y 25 pacientes, pero a veces hemos tenido hasta 80 en primer contacto –me confiesa Fernanda, otra doctora que aceptó darme “un tour” por Urgencias a cambio de no revelar su identidad.

-Por eso hay personas que se quedan hasta tres días sentadas en una silla, porque no hay camas suficientes –dice ahora, mientras ambos caminamos lentamente observando filas de personas que nos miran con los rostros apagados.

-¿Pero cómo? ¿Lo normal es que estén en sillas? –le insisto a la doctora, tras hacerle ver que entre esas personas hay ancianos.

-Sí, sí, es lo normal –encoge los hombros-. O si tienen suerte, en alguna camilla que ya esté rota y nadie la esté usando.

Sobre este punto, el informe de la OCDE también deja mal parado a México: en el país sólo hay 1.6 camas de hospital por cada mil habitantes. De hecho, México es el segundo lugar en el ranking de países de la OCDE con menos camas de hospital junto con Colombia, superando solo a India, con 0.5 camas.

No obstante, advierte Fernanda a continuación, lo peor no es tanto que haya pacientes sin camas. Sino los riesgos que corren, tanto el personal médico, como los propios pacientes, de contraer alguna bacteria en un área tan sobrepoblada de enfermos.

-Aquí abajo, el paciente tiene riesgo de venir con una enfermedad y salir con otra distinta –explica la médico-. Porque en esta área tenemos pacientes de todo tipo y de todas las enfermedades, y por eso algunos necesitan estar aislados del resto.

El problema, dice, es que solo cuentan con una o dos camas de aislados, que además tienen que usar para atender a otros pacientes de Urgencias.

-Por eso, si la persona no viene muy grave, tratamos de darle algún medicamento y le aconsejamos que mejor se vaya a su casa. Porque, aunque suene paradójico, allí va a estar mucho más seguro que aquí.

Tras culminar el ‘tour’, la médico me pide que vayamos a otra planta para platicar alejados de la mirada de sus supervisores.

Una vez en el lugar que ella escoge, le pregunto por esos miles de millones de pesos que, cada año, el gobierno mexicano invierte en la salud y en la compra de miles de medicamentos e insumos para los hospitales públicos.

La doctora escucha la pregunta con el ceño fruncido. Se sienta sobre una mesa vacía en la que debería haber computadoras y una impresora para imprimir recetas y documentos, y a continuación dibuja una mueca de desaprobación en el rostro.

-Pues la verdad, yo no sé si a este hospital esté llegando ese dinero –dice aún con el ceño fruncido.

-Porque como has podido ver, no tenemos ni jeringas. De hecho, para las curaciones solo nos dan un paquete de gasas y con eso arréglatelas como puedas. En realidad –concluye Fernanda mientras observa a los enfermeros correr por los pasillos-, los médicos tenemos que hacer milagros con lo poco que tenemos.

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Las otras Curie: las apasionantes vidas de las hijas de Marie Curie
Si la historia de Marie y Pierre Curie es fascinante, las vidas de sus dos hijas, Irene y Eve, no se quedan cortas.
28 de abril, 2019
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“¿Por casualidad no me estará confundiendo con mi hermana? Verá, soy la única de la familia que no ha ganado un Premio Nobel”, le dijo Eve a un reportero que quería entrevistarla.

Pero aunque no hubiese obtenido semejante honor, sin ella, el mundo no sabría tanto sobre su madre, la primera persona y única mujer en conquistar dos premios Nobel y la única persona en conseguirlo en dos disciplinas científicas diferentes.

Eve se encargó de escribir la biografía de la gran Marie Curie, quien en el último periodo de su vida encontró en ella, su hija menor, a una confidente.

La relación de Curie con sus dos hijas fue tan fascinante como la vida de cada una de ellas.

Irene se convirtió en una destacada científica que obtuvo, junto a su esposo, el Nobel de Química de 1935.

Eve, quien llegó a ser considerada una de las mujeres más bellas de París en los años 20 y 30, fue una aclamada escritora y activista por los derechos humanos.

Con cada una, la física y química polaca construyó un vínculo diferente. Y es que si algo sobresalía de las dos hermanas era cuán distintas eran entre sí.

Marie Curie, la madre

Mucho se ha escrito sobre Marie Curie como la extraordinaria científica, pero quizás no tanto sobre Marie Curie, la madre.

“Es difícil imaginar la vida cotidiana de Marie Curie como madre. Pero aunque era implacable en sus actividades científicas, también era devota a sus hijas”, le dice a BBC Mundo Shelley Emling, autora de “Marie Curie and Her Daughters: The Private Lives of Science’s First Family” (“Marie Curie y sus hijas: la vida privada de la primera familia de la ciencia”).

Cuando Pierre Curie murió en 1906, Marie sufrió uno de los golpes más devastadores de su vida.

La “catástrofe” la plasmó en su diario personal: “Todo ha llegado a su fin, Pierre está durmiendo su último sueño bajo la tierra; es el fin de todo, todo, todo“.

Marie no sólo perdió a su esposo, a su “mejor amigo” y a su compañero de investigaciones científicas, sino al padre de sus hijas.

Vivían en Francia. Irene tenía ocho años y Eve, se acercaba a los dos años cuando el físico fue atropellado por un carruaje tirado por caballos.

“Marie amaba profundamente a su marido y se sentía abrumada por el dolor, tanto que se negó a hablar de Pierre“, señala Emling.

“Eso molestó a Irene, quien extrañaba a su padre. Creo que su muerte eventualmente hizo que el vínculo de Marie con sus hijas fuese más fuerte”.

La educación

El duelo de Curie la hizo incluso sumergirse más profundamente en sus investigaciones y “también la obligó a confiar en otras personas para que la ayudaran en el cuidado de sus hijas”.

El padre de Pierre, por ejemplo, jugó un papel importante en la crianza de las niñas.

Y a menudo, cuando la científica necesitaba trabajar en el laboratorio, enviaba a las niñas a la casa de una tía.

Emling cuenta que aunque -debido a sus experimentos y estudios- Curie no podía pasar un tiempo excesivo con sus hijas, estaba absolutamente involucrada en su crianza.

“Por ejemplo, Marie no estaba satisfecha con el nivel de calidad de las escuelas parisienses de la época. Por eso, las niñas fueron educadas principalmente en el hogar. De hecho, Marie unió fuerzas con un grupo de distinguidos académicos que se turnaron para darles clases en sus áreas de especialización”, indica la escritora.

Curie, por su puesto, se encargó de enseñarles física y, en ese proceso, logró que Irene se enamorara de la ciencia. La niña se destacaba en matemáticas.

Su ejemplo también la cautivó. “Irene observó a su madre muy de cerca desde que era una niña y eso despertó su admiración por ella”, rememora la autora.

“Durante la Primera Guerra Mundial, con 17 años, Irene trabajó junto a su madre en la instalación de máquinas móviles de rayos X en los campos de batalla para que los soldados pudieran recibir un mejor tratamiento médico”.

Irene se desempeñó como enfermera radióloga en los hospitales de campaña.

Irene, la pupila

Tras el conflicto, Irene, quien cursaba sus estudios de doctorado, se dedicó a trabajar junto a su madre en el Instituto del Radio, posteriormente conocido como el Instituto Curie.

“Su relación con Irene fue quizás la más fuerte, al menos hasta sus últimos años de vida”, evoca Emling.

Irene realizó estudios pioneros sobre los rayos alfa de polonio, hizo sus propios descubrimientos y publicó sus propias investigaciones.

Aunque la influencia de su madre fue importante, nadie duda de que su exitosa carrera fuese el resultado de su propio mérito.

El fan que se convirtió en asistente

En el Instituto del Radio, Irene conocería a su futuro esposo.

En diciembre de 1924, el ingeniero químico Frédéric Joliot se había postulado al puesto de asistente en ese centro de investigaciones.

Tanta era la fascinación que el joven de 24 años sentía por Marie y Pierre Curie que había pegado una foto de la célebre pareja en la pared de su habitación, relata Emling en su libro.

Y es que gracias a sus estudios sobre la radiación, los esposos Curie ganaron en 1903 el Nobel de Física junto al científico francés Henri Becquerel.

En 1911, Marie nuevamente ganaría un Nobel, esta vez en Química.

Su sueño de trabajar hombro a hombro con su heroína se veía cada vez más cerca. Sin embargo, Curie tenía otros planes para el entusiasta aprendiz.

“El primer día de 1925, Marie puso a Frédéric bajo la supervisión de su distante hija Irene”, quien “sólo tenía una cosa en mente cuando estaba en el instituto: trabajar”, escribió la autora.

“Y, sin saberlo, le dio a Frédéric la peor tarea posible para alguien con su limitada experiencia: estudiar los aspectos químicos del polonio y otros elementos radioactivos, un área sobre la que no sabía casi nada”.

“Al principio, se debió haber sentido incluso más desmoralizado. Pero decidió que debía dominar la tarea si se quería quedar en el instituto y lo logró, incluso superando las expectativas de Irene“.

Joliot se dedicó con tal ahínco a la misión que le asignó la hija de su ídolo que incluso hizo descubrimientos que ayudaron a mejorar la forma cómo se realizaban los experimentos en el centro científico.

Consiguió ser asistente de Curie y, después, se convirtió en un renombrado científico y profesor universitario.

Los esposos Joliot

Emling cuenta en su libro que quizás Joliot percibía a Irene como lo hacían muchas personas en el instituto: “fría y distante”. Para algunos incluso era poco amigable, pero posiblemente se debía más a su capacidad de abstraerse en sus pensamientos científicos que a otra cosa.

“Era demasiado lejana y algunos pensaban que era muy similar a su madre en lo que se refería a su temperamento fuerte. Pero no importaba lo que sintieran personalmente con respecto a ella, nadie podía descontar su increíble inteligencia y talento“, señala la autora.

Independientemente de las primeras percepciones mutuas, el amor les llegó a los dos, se casaron en 1926 y unieron sus apellidos.

La breve biografía de Irene Joliot-Curie publicada en la página web del Premio Nobel hace honor a esa unión así como también al talento de la hija mayor de los Curie:

“Ya fuese sola o en colaboración con su esposo, hizo un trabajo importante sobre la radioactividad natural y artificial, la transmutación de elementos y la física nuclear; compartió con él el Premio Nobel de Química de 1935, en reconocimiento a la síntesis que lograron los dos de nuevos elementos radiactivos”.

“En 1938, su investigación sobre la acción de los neutrones en los elementos pesados fue un paso importante en el descubrimiento de la fisión de uranio(…) Se convirtió en profesora en la Facultad de Ciencias de París en 1937, y luego en Directora del Instituto del Radio en 1946″.

Al otorgarle el honor a la pareja, el Comité del Premio Nobel reconoció:

“Los resultados de sus investigaciones son de capital importancia para la ciencia pura, pero además los fisiólogos, los médicos y toda la humanidad sufriente esperan beneficiarse de sus descubrimientos, (que son) remedios de valor inestimable “.

Irene también participó en la construcción de la primera pila atómica francesa en 1948.

Fue una pacifista y, como Marie, tenía fuertes convicciones.

“Cuando Hitler invadió Polonia, Irene y su esposo rompieron con su antigua regla de siempre compartir sus hallazgos y nunca patentarlos por su deseo de hacer de la ciencia un campo completamente abierto. Pero cuando Hitler llegó al poder, escondieron su investigación de fisión en una bóveda durante la duración de la guerra para evitar que cayera en manos de los alemanes”, señala Emling.

Eve, la aventurera

A Eve le encantaba tocar el piano. De hecho, ofreció conciertos en Europa.

Pero, aunque una de sus pasiones era la música, decidió dedicarse a escribir.

“Se convirtió en crítica de música y cine de varias revistas. Ya en 1932 había traducido y adaptado la obra estadounidense ‘Spread Eagle’, de George S. Brooks y Walter B. Lister, para una producción teatral en Francia”, señala Emling.

“Sin duda Irene fue notable como científica. Pero Eve también fue increíble, ya que encontró el éxito en un campo ajeno al que había sido educada. Y al final, su vida resultó ser quizás la más aventurera de todas (las Curie)”.

Tras la ocupación nazi de Francia, en 1940, Eve se unió activamente a la causa “Francia Libre”.

Se convirtió en corresponsal de guerra y cubrió varios frentes durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en Irán, Irak, India, China, Birmania y el norte de África.

De esas experiencias nació su libro: “Journey among Warriors“, obra que le dedicó a su madre.

A inicios de los 50, se convirtió en consejera especial de la secretaría general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La biógrafa

Pese a que Eve no compartió con su madre el interés por la ciencia, “se acercó bastante a ella durante su último año de vida”, evoca Emling.

Fue su cuidadora y confidente mientras Irene estaba ocupada con sus investigaciones (…) Al final de su vida, Marie llegó a tener más confianza con Eve que con Irene”, reflexiona la autora.

Tras la muerte de su madre en 1934 y con 29 años, Eve aceptó la propuesta de unos editores estadounidenses y se dedicó a escribir la biografía de la científica: “Madame Curie”, publicada en 1937.

“El libro se convirtió en un éxito masivo y Eve ganó varios prestigiosos premios literarios“, señala Emling.

En el obituario que realizó The New York Times sobre ella, se destacó el “admirable retrato” que hizo de su madre.

Cubrió “desde su nacimiento y su infancia en Polonia, siguió su educación en Francia y el descubrimiento, junto a su esposo, de los elementos radioactivos: radio y polonio”, señaló el periódico.

“El libro se convirtió rápidamente en un best seller y en 1943, en una película de Hollywood”.

Sin embargo, algunos críticos cuestionaron que no incluyera “el apasionado affair” que Marie Curie tuvo con un hombre casado en los años posteriores a la muerte de Pierre.

Pero, más allá de esa omisión, “la obra definitivamente catapultó a Eve en el centro de la atención y la transformó en una estrella por derecho propio“, dice Emling.

“No odio la ciencia”

Cuando Eve viajó a Estados Unidos para hacer una gira, “su rostro sonriente apareció en la portada de la revista Time de febrero de 1940 y fue acogida como una celebridad”.

Además de ofrecer conferencias y reunirse con algunas de las figuras públicas más importantes de la época, fue la atracción de la prensa.

Cuando los reporteros le preguntaron sobre el camino profesional que tomó, ella respondió: “No odio la ciencia, simplemente me aterroriza“.

Según Emling, en ese viaje Eve trató de convencer a los estadounidenses y a los políticos de ese país a involucrarse en la guerra que azotaba Europa.

“La primera dama de Unicef”

La hija menor de los Curie se casó con Henry Labouisse, un diplomático estadounidense que entre 1965 y 1979 fue el director ejecutivo de Unicef.

Fue él quien aceptó el Premio Nobel de la Paz que le fue concedido a la organización en 1965. Su esposa lo acompañó.

Eve se convirtió en una activista por los derechos humanos y visitó muchos de los más de 100 países en vías de desarrollo que estaban recibiendo asistencia de Unicef en esa época.

La agencia de las Naciones Unidas para la infancia recuerda que Eve fue conocida como “La primera dama de Unicef”.

Y la describe como “una talentosa mujer profesional que usó sus muchas habilidades para promover la paz y el desarrollo. Mientras su esposo dirigía UNICEF, ella jugó un papel muy activo en la organización, viajó con él para abogar por los niños y para brindar apoyo y aliento al personal de Unicef en lugares remotos y difíciles”, señala la organización.

Dos hermanas, dos mundos

Emling cuenta que Irene era muy parecida a su madre. Le gustaba llevar una vida simple, era muy estudiosa, callada, reservada y prefería quedarse en casa antes que salir a socializar.

Eve, al contrario, “disfrutó de un amplio círculo de amigos, así como del teatro y de las fiestas”.

Era alta, delgada, de piel clara y cabello oscuro. “Gracias a su figura glamorosa fue considerada por muchos como una de las mujeres más bellas de París en la década de 1920 y 1930″.

En el pensamiento político también eran diferentes, explica la autora.

“A medida que crecían, Irene se movía cada vez más hacia la izquierda políticamente, mientras que Eve siempre se consideraba una moderada con una verdadera afinidad por los Estados Unidos”.

“Eve a menudo se refería a sí misma como la oveja negra de la familia ya que el camino que había tomado era muy diferente al elegido por sus familiares más cercanos”, dice la escritora.

Irene murió en 1956 a los 58 años, tras sufrir de leucemia, que se cree fue causada por su exposición prolongada a material radioactivo.

Su madre había fallecido de la misma causa.

Eve murió a los 102 años en 2007.

Aunque no tuvo hijos, desarrolló una relación muy cercana con su hijastra, Anne L. Peretz, quien dijo, según The New York Times, que al final de su vida, Eve “sintió una enorme culpa por ser la única entre las mujeres de su familia que se había escapado de una vida de radiación y sus consecuencias”.


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