¿Qué hará Barack Obama cuando deje la presidencia de Estados Unidos?
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¿Qué hará Barack Obama cuando deje la presidencia de Estados Unidos?

Dedicarse a escribir libros y dar conferencias, ser dueño de un equipo de la NBA, convertirse en un activista ambiental o aceptar la oferta de trabajo que le hizo Spotify.
BBC Mundo
Por BBC Mundo
20 de enero, 2017
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Dedicarse a escribir libros y dar conferencias, ser dueño de un equipo de la NBA, convertirse en un activista ambiental o aceptar la oferta de trabajo que le hizo Spotify.

El presidente saliente de Estados Unidos, Barack Obama, tiene varias opciones para ocuparse o entretenerse después de entregar las llaves de la Casa Blanca a Donald Trump.

El propio Obama dio algunas pistas, pero lo que se sabe con más certeza hasta ahora es que no se irá muy lejos.

Apenas 20 cuadras separan la residencia presidencial de su nueva casa en Washington D.C.

Para que la menor de las hijas de la familia, Sasha, no deba cambiar de escuela secundaria, los Obama se quedarán en la capital estadounidense.

Al menos hasta 2018, cuando la adolescente de 14 años se gradúe de Sidwell Friends School, la familia vivirá en el elegante, exclusivo y caro barrio de Kalorama.

Se cruzará con los embajadores de la Unión Europea, Francia y Omán, entre muchos otros.

Antes de él, en Kalorama vivieron los expresidentes Woodrow Wilson, William Howard Taft, Warren Harding, Franklin D. Roosevelt y Herbert Hoover.

Los nuevos vecinos

Si sale a caminar al parque podrá encontrarse con figuras demócratas que también viven allí, como el excongresista Bart Gordon, o jueces de la Suprema Corte.

Nueva casa de ObamaEsta será la nueva casa de los Obama, en un barrio lleno de embajadas y residencias de políticos y jueces.

Creo que es un golpe brillante que se muevan aquí. Estarán rodeados por un montón de gente que sigue siendo políticamente activa“, afirmó Susan Harreld, una residente de Kalorama que vive cerca.

“Es un barrio muy familiar, que es ideal para Sasha, pero también un barrio muy privado”, señaló la futura vecina de los Obama.

La nueva residencia de Barack y Michelle tiene nueve cuartos, ocho baños y está cotizada en US$7 millones.

La alquilarán a Joe Lockhart, ex secretario de prensa de Bill Clinton, quien no la necesita por ahora dado que vive en Nueva York.

Un último pero no tan pequeño detalle respecto al nuevo barrio: una de las vecinas de Obama será nada menos que la hija de su reemplazante.

Ivanka Trump, compró una casa en Kalorama en diciembre, ante el inminente desembarco de la familia a Washington D.C.

Allí vivirá junto a su esposo, Jared Kushner, el futuro asesor presidencial del presidente Trump.

¿Y qué más?

Claro que la dirección postal no será el único cambio en la vida del presidente saliente.

Obama en una caminata con un café en la mano.Obama dio algunas pistas de lo puede ser su futuro. No quiere ser juez y dice que no volverá a ocupar un cargo electo.

Además de contar con una considerable cantidad de responsabilidades menos, Obama podrá seguir el camino de sus predecesores y dedicarse a escribir (y vender) libros y dar conferencias.

También está entre sus opciones abrir una fundación para impulsar causas de su interés o administrar su futura biblioteca presidencial, que será instalada en Chicago.

Obama todavía no dio detalles sobre lo que hará con todo el tiempo libre que tendrá desde el 20 de enero, pero ya hizo algunos adelantos.

Voy a volver a hacer el tipo de trabajo que estaba haciendo antes“, le dijo a un grupo de estudiantes de secundaria en 2015, cuando se refirió a su inminente fin de su periodo presidencial.

“Ayudar a los jóvenes a educarse, ayudar a las personas a conseguir trabajo y tratar de llevar negocios a los vecindarios que no tienen suficientes oportunidades de hacer negocios. Ese es el tipo de trabajo que realmente me encanta hacer”, afirmó.

Antes y durante su mandato, Obama tomó partido a favor de las minorías residentes en Estados Unidos, abogó por un mayor control para la posesión de armas, e impulsó el acuerdo global sobre cambio climático, entre varias otras causas.

Ahora que dejará la Casa Blanca puede convertir cualquiera de esos temas en su bandera de lucha como activista.

Como lo hizo Jimmy Carter, promoviendo causas relacionadas con la democracia y la paz, o Bill Clinton, que desde su fundación impulsa planes para prevenir las enfermedades de transmisión sexual y envía ayuda humanitaria a lugares donde se registraron desastres naturales.

Obama con un bate de beisbólEl futuro expresidente tendrá asignada una renta vitalicia además de seguro de salud y protección.

Lo bueno de ser expresidente es que, mientras renuncias al poder formal, conservas el prestigio de la oficina“, explicó Mark Updegrove, autor del libro “Segundos actos: vidas presidenciales y legados después de la Casa Blanca” (2006) al portal de noticias USA Today.

“Y no tienes que reaccionar ante todos los eventos que llegan a tu escritorio. Puedes realmente perseguir una agenda propia”, señaló.

No a la abogacía, sí a la NBA

En las varias entrevistas en las que se refirió a su vida post 20 de enero de 2017, Obama confesó que no le gustaría ejercer la abogacía en los tribunales, pero que sí le encantaría tener su propio equipo en la NBA.

Suena a chiste, pero lo dijo en serio.

“No creo que tenga el temperamento de sentarme en una cámara y escribir opiniones, Creo que ser juez es un poco monástico para mí, especialmente después de haber pasado ocho años en esta burbuja. Creo que tengo que salir un poco más“, le dijo al semanario The New Yorker en 2014.

En cambio, la posibilidad de ser socio de un equipo de la NBA, así no sean sus amados Bulls de Chicago, le atrae.

He fantaseado acerca de poder formar un equipo y lo divertido que sería. Creo que sería genial“, señaló Obama en 2015, admitiendo que sería muy difícil que el dueño de los Bulls acepte venderle a su equipo.

Obama con Michelle y una de sus hijas en un partido de básquetbolTener un equipo en la NBA es una de las posibilidades que le agrada a Obama.

Eso sí, al futuro expresidente le agrada mucho la idea de enseñar leyes.

Me encanta enseñar. Echo de menos el aula e interactuar con estudiantes“, admitió.

Y si prefiere una opción más extravagante, la oferta de trabajo de Spotify en el cargo de “presidente de listas de reproducción” también está en pie.

¿Y qué si decide no hacer nada?

A Obama tampoco le iría nada mal si decide dedicarse a vivir de sus rentas y nada más.

En su condición de exmandatario de Estados Unidos, le toca una renta anual vitalicia de alrededor de US$200.000, más seguro de salud y protección del servicio secreto durante las 24 horas del día.

Por si eso fuera poco, Obama ya percibe unas muy lucrativas ganancias en concepto de regalías por las ventas de sus tres primeros libros.

De acuerdo a su declaración de impuestos, desde 2005 hasta la fecha, Obama ya ganó US$15 millones por sus obras.

Se estima que sus regalías se incrementen una vez se convierta en el flamante exinquilino de la Casa Blanca.

Además ya es público que tiene un contrato con la editorial Random House para escribir un nuevo libro de no ficción apenas desocupe la Sala Oval.

También le queda apelar a sus dotes de orador y dedicarse a dar conferencias por el mundo, algo que su colega Bill Clinton acostumbra a hacer cobrando muy bien por ello.

¿Obama 2021?

El 20 de enero concluye la era Obama para EE.UU.

Al menos la era de Barack, porque el presidente ya se encargó de cerrar la puerta a un eventual regreso a las ligas mayores de la política estadounidense.

Obama en el Air Force 1“Pienso que es correcto decir que ya realicé mi última campaña”, dijo Obama.

Pienso que es correcto decir que ya realicé mi última campaña“, le dijo a la cadena ABC hace un par de años.

Algo similar ha repetido en otras intervenciones públicas.

“No estaré en otro cargo electo. ¿Seguiré preocupándome profundamente por los problemas en los que hemos estado trabajando? Absolutamente”, dijo Obama.

Aunque, claro, si decide volver por la revancha demócrata, no sería para nada el primer arrepentimiento político en la historia.

En política nunca se sabe a ciencia cierta.

Y tampoco sabemos qué opina Michelle.

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Cómo la inflación del 70% en Argentina está generando un boom del consumo y un aumento de trabajadores pobres

Hoy conviven "dos Argentinas": la de los restaurantes repletos y la fiesta del consumo y la del 30% de ocupados pobres.
8 de septiembre, 2022
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El supermercado de mi barrio solía abrir a las 8 de la mañana todos los días, pero hace semanas empecé a notar que abría cada día más tarde.

Frustrada por este retraso, un día le reclamé a la cajera por la impuntualidad.

“Es que antes de abrir tenemos que actualizar los precios de los productos que aumentaron, y cada día son más largas las listas de lo que tenemos que remarcar”, me explicó, disculpándose.

Encontrarte con precios más caros cada vez que sales a hacer las compras es una de las consecuencias de vivir en un país con más del 70% de inflación por año, una de las más altas del mundo.

Este problema no es nada nuevo para los argentinos.

Mientras que en otras partes del mundo se horrorizan porque el costo de vida alcanzó el 10%, como consecuencia de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, en este país sueñan con tener esas cifras.

Aquí desde hace una década que la inflación anual no baja del 25%, y en los últimos años ese número se duplicó.

Sin embargo, nada se compara con lo que se está viviendo este año, en el que los problemas internos, ahondados por los problemas externos, han llevado a una aceleración de la inflación que no se veía desde la crisis de 2001-2002, que dejó a más de la mitad de la población en la pobreza.

Desde marzo que el país viene registrando alzas mensuales de precios por encima del 5%.

En julio llegó al 7,4%, la cifra más alta de las últimas dos décadas, y la mayoría de las consultoras estiman que en agosto rondó el 6,5%.

Este es el motivo por el cual en las últimas semanas las maquinitas para remarcar precios no dan abasto.

Dos empleados de supermercado en Argentina

Getty Images
Los supermercados remarcan los precios cada vez más seguido.

Pero lo peor es que pocos prevén que la situación desacelere. Por el contrario: el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central indicó que se espera un 90% de inflación para fin de año.

Y varios consultores privados creen que la cifra podría llegar a los tres dígitos.

Sin “anclas”

Incluso quienes tenemos mucha experiencia conviviendo con la inflación perdemos la brújula con este nivel de alzas.

Y es que una de las consecuencias más perjudiciales de tener una inflación tan alta es que ya no se tienen lo que los economistas llaman “anclas”, es decir, referencias de precios.

Los comerciantes van aumentando sus valores de acuerdo con el costo que ellos estiman tendrán que pagar a fin de mes para reponer ese producto. Algunos aumentan de acuerdo con la inflación del mes previo. Otros asumen que el alza será mayor.

Y no faltan los que aprovechan la confusión generalizada para lucrarse, ampliando sus márgenes de ganancias.

Una persona comprando en un supermercado en Argentina

Getty Images
Los precios en el supermercado aumentan cada semana.

Por otra parte, hay sectores que sufrieron fuertemente durante la pandemia, como el turismo, la gastronomía y los negocios de ropa, que aprovechan la reactivación y la necesidad de muchos de volver a la normalidad para imponer fuertes aumentos que les permiten recobrar un poco de lo perdido.

Lo que esto ha generado es una distorsión de precios que hace que los consumidores ya no sepamos lo que deberían valer las cosas.

“El otro día compré un par de zapatillas infantiles online y pagué $13.000 (unos US$90 al dólar “oficial” o US$45 al paralelo), lo que me pareció caro”, me comentó en el fin de semana Yanina, una amiga que es docente y que no sabía si había hecho una buena o una mala compra.

“Después fui al supermercado y gasté casi lo mismo solamente en la compra semanal”, me dijo.

Una persona colocando carteles de precios fuera de un restaurante

Getty Images
Por la inflación tan alta en Argentina ya no hay referencia de precios y estos varían de lugar en lugar.

La confusión es aún mayor si toca pagar por un servicio, desde contratar a un plomero o electricista para arreglar un desperfecto en la casa a ir a pintarse las uñas o llevar al auto al taller.

Uno no tiene la más mínima idea de lo que le puedan llegar a cobrar. ¿Me costará 3.000 pesos? ¿$5.000? ¿O $10.000?

Es imposible saber qué es caro y qué es un precio razonable, porque no hay contra qué comparar.

La locura de los dólares

Ante la falta de anclas, los argentinos están más pendientes que nunca del precio del dólar, la moneda que históricamente ha sido referente y reserva de valor en este país.

Pero lejos de ser una brújula, la moneda estadounidense se ha convertido en una parte fundamental de la crisis actual.

Primero, porque en Argentina no hay una sola cotización del dólar. Hoy tenemos al menos seis (esas son las más usadas) y la variación entre la menor y la mayor cotización es tan amplia que a veces supera el 100%.

¿Por qué tenemos seis precios del dólar?

Porque los constantes ciclos inflacionarios han hecho que el peso argentino pierda gran parte de su valor, llevando a la adopción del billete estadounidense como moneda de reserva y la que se usa para realizar grandes transacciones, en especial la compra de propiedades.

Pero como Argentina no produce los dólares necesarios para abastecer la fuerte demanda de su población y de su economía -dependiente de insumos importados para su producción-, los gobiernos imponen controles de capital -“cepos” les dicen aquí- y fijan el precio del dólar.

Un abanico de dólares

Getty Images

Esto crea un dólar “oficial” -el de la cotización más baja- y todo un abanico de otros dólares -el “ahorro”, el “tarjeta”, el “bolsa”-, y el más conocido y seguido por todos: el “blue”, nombre que recibe aquí el dólar paralelo, comúnmente conocido en otras partes como “dólar negro”.

Este dólar “blue”, que sube y baja según el ánimo del mercado, también es muy sensible a las crisis políticas: se disparó casi 10% en un solo día a comienzos de julio tras la renuncia del ministro de Economía Martín Guzmán.

Y este es el segundo factor que está provocando la escalada inflacionaria.

Porque al ser la principal referencia de precios de muchos -en especial los empresarios- cuando el “blue” sube, suben casi todos los precios.

Y cuando la cotización de este dólar se dispara -como en los últimos meses en los que duplicó el valor del dólar “oficial”- se genera una brecha que distorsiona la economía, poniendo más presión para que el peso se devalúe.

Todas estas complejidades de la economía argentina hacen que los locales tengan que convertirse en cuasi expertos económicos para hacer rendir su salario de la mejor manera.

Una de las maniobras financieras que más se popularizaron es el llamado “puré”.

Consiste en comprar US$200 a la cotización “oficial” -el máximo mensual permitido por el gobierno, que además le aplica impuestos del 65%- y venderlo en “cuevas” (financieras ilegales, que aquí son muy comunes) a precio “blue”, generando una jugosa diferencia que multiplica los ingresos.

Dólares y pesos argentinos

Getty Images
En Argentina el dólar cotiza casi al doble en el mercado paralelo que en el oficial.

Las dos Argentinas

Aunque la inflación afecta la vida de todos los argentinos, el impacto es muy dispar según en qué grupo se esté.

Quienes tienen salarios que aumentan a la par de la inflación viven una realidad, y la vasta mayoría, que pierde poder adquisitivo mes a mes, vive otra.

Los primeros son los grandes responsables del boom del consumo que vive Argentina, un fenómeno que sorprende a muchos locales, que se preguntan cómo es posible que los restaurantes estén que explotan y los shoppings estén colmados en medio de la crisis.

O que el grupo británico Coldplay haya logrado vender diez conciertos en el enorme estadio de River Plate, un récord absoluto para este país.

La explicación no es solo que sigue habiendo más de un 20% de la sociedad con ingresos altos o medio altos. También es que muchos de ellos, e incluso personas con ingresos más modestos, están optando por consumir en vez de ahorrar.

“La gente que tiene pesos intenta sacárselos de encima porque queman”, me explicó el economista Santiago Manoukian, de la consultora Ecolatina, en referencia a la alta inflación que se come el valor de la moneda local.

Con acceso limitado a su instrumento favorito de ahorro, el dólar -por el tope de los US$200 “oficiales” y el precio récord del “blue”-, muchos optan en vez por comprar bienes durables para mantener el valor de su dinero, o lo gastan en actividades que les dan placer, como salir a comer, ver un espectáculo o viajar.

Un restaurante en Puerto Madero, Buenos Aires

Getty Images
Muchos restaurantes en Buenos Aires tienen lista de espera.

Esto ha permitido a Argentina mantener un buen nivel de actividad económica, con un crecimiento de más del 6% en el primer semestre y un desempleo bajo, del 7%.

Pero en la cara opuesta de esta Argentina opulenta hay millones de personas que no llegan a fin de mes y cada vez tienen que ajustar más el cinturón, incluso cortando productos básicos.

Pobres con trabajo

Los principales perjudicados por la inflación son las personas más pobres, que hoy representan casi el 40% de la población.

Ellos suelen tener empleos informales que no están protegidos por las “paritarias”, como se conoce a las negociaciones sectoriales que acuerdan aumentos por inflación.

La mayoría subsiste con ayuda del Estado, pero esta asistencia tampoco ha logrado mantener el ritmo del alza de precios.

Un recuperador urbano -o "cartonero"- en Buenos Aires.

Getty Images
Un recuperador urbano -o “cartonero”- en Buenos Aires.

Sin embargo, incluso los trabajadores con empleos registrados han perdido mucho poder adquisitivo por culpa de la inflación.

Porque en los últimos años, mientras el costo de vida se disparaba, el salario real iba en dirección opuesta.

La caída empezó durante el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) y ya lleva cinco años consecutivos, haciendo que hoy la mayoría de los argentinos tengan ingresos más bajos que a finales de 2017.

Según la consultora LCG, la pérdida del poder adquisitivo en el último lustro fue del 23% en promedio.

Pero no solo la alta inflación explica la caída del salario. También cambió la forma en que se reparte la torta, es decir, la distribución de la riqueza.

En 2017, el sueldo de los trabajadores representó el 52% del ingreso nacional y las ganancias de los empresarios el 39%.

Pero a partir de entonces la relación de fuerzas empezó a invertirse, y para 2021, los trabajadores representaban solo el 43% de la riqueza, y el capital, el 47%, según un estudio de Cifra, el centro de estudios de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).

Un hombre muestra sus bolsillos vacíos frente a una bandera de Argentina

Getty Images
Los trabajadores argentinos perdieron un cuarto de su poder adquisitivo en el último lustro.

El resultado es el fenómeno que más preocupa a muchos aquí: el de los trabajadores pobres.

Históricamente en Argentina se consideraba que la diferencia entre ser pobre y no serlo era conseguir un trabajo formal.

Pero hoy el salario mínimo no llega a cubrir la mitad de una canasta básica, como se conoce a los alimentos y bienes esenciales que requiere una familia tipo de cuatro integrantes.

Es decir, que incluso una pareja con empleo registrado no tiene garantizado los ingresos mínimos para no caer en la pobreza.

Esto ha llevado a que casi uno de cada cinco asalariados sea pobre, y que un tercio de todos los ocupados argentinos vivan en la pobreza, según investigaciones realizadas en 2021 por el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas) de la Universidad Nacional de La Plata y el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina.

Es algo que nunca antes había visto en este país, y un problema que el nuevo ministro de Economía, Sergio Massa, pretende atenuar duplicando entre septiembre y noviembre la asignación que recibirán por cada hijo los 1,1 millones de trabajadores registrados de la escala salarial más baja.

Trabajadores en una fábrica en Buenos Aires

Getty Images
El gobierno reforzará las asignaciones familiares de más de un millón de trabajadores formales, para que no caigan bajo la línea de pobreza.

El futuro

Como argentina nacida hace casi medio siglo me ha tocado vivir muchas de las crisis económicas más dramáticas que atravesó este país, que hace apenas cien años era uno de los más prósperos del mundo.

Viví inflaciones incluso mucho peores que la actual (en 1989, cuando cursaba el secundario, el costo de vida alcanzó su récord máximo, por encima del 3000% anual).

Y en la primera década de este siglo, fui una de los cientos de miles de jóvenes que se mudaron al exterior en busca de mejores oportunidades, mientras mi país se sumía en la peor debacle de su historia.

Pero, aunque el presidente Alberto Fernández, quien formó parte del gobierno que sacó a Argentina de esa crisis, asegure que el país volverá a resurgir, como entonces, es difícil mantener el optimismo.

Es cierto que la situación internacional, en particular debido a la guerra ruso-ucraniana, ha hecho que los granos argentinos vuelvan a valer fortunas, lo que fue una de las claves que permitió la recuperación a partir de 2003.

Y también da esperanza que, incluso con una desaceleración económica prevista para el segundo semestre, organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional coincidan en que el país cerrará 2022 con un crecimiento cercano al 4%, por encima del promedio regional.

Un niño detrás de una bandera de Argentina

Reuters
El 51,4% de los argentinos menores de 14 años son pobres, según las estadísticas oficiales.

Pero no puedo dejar de preguntarme cómo podrá resurgir un país en el que el 45% de su población depende de la ayuda del Estado, según los datos del Observatorio de la Deuda Social.

Y sobre todo: qué futuro le aguarda a Argentina cuando más de la mitad de sus niños son pobres, y medio millón abandonó la escuela tras el prolongado cierre de la educación presencial durante la pandemia, como advirtió a comienzos del año lectivo la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).


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