El camino de Javier Duarte hacia la cárcel, de ser joven promesa en Córdoba hasta su caída
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Carlos Sebastián / nómada.gt

El camino de Javier Duarte hacia la cárcel, de ser joven promesa en Córdoba hasta su caída

Animal Político viajó a la ciudad veracruzana donde Javier Duarte vivió su juventud, Córdoba; ahí, antes de ser acusado de corrupción, alguna vez fue una promesa de la política.
Carlos Sebastián / nómada.gt
Por Manu Ureste
24 de abril, 2017
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Excompañeros de escuela y de partido, así como funcionarios que trabajaron en la administración del exgobernador Javier Duarte de Ochoa hablaron con Animal Político y  trazaron un perfil del expolítico priista, quien gracias al trabajo de su madre como panadera logró estudiar en los mejores colegios de la tierra donde creció, Córdoba, y llegar hasta la gubernatura de Veracruz, donde presuntamente orquestó  una trama multimillonaria de corrupción.

Un proceso de transformación incluso física, que llevó a Duarte de ser un hijo ilustre de Córdoba, a un político expulsado y rechazado por su propio partido, y por su propia gente.

“Atrapado”

La mujer viene caminando por los Portales centenarios de la ciudad de Córdoba y se sienta a la mesa de este viejo café tipo colonial, donde en 1821 se firmaron los primeros tratados de Independencia de México. Saluda, sonríe, y pide que se la identifique como María, puesto que aunque ya no es militante del PRI, en la campaña de 2010 colaboró con el partido para llevar a Javier Duarte a la gubernatura del estado.

María ordena un lechero y echa un vistazo de soslayo a la portada del 16 de agosto del diario El Mundo de Córdoba, en la que se exhibe a Duarte con un titular que exclama a ocho columnas: ‘Atrapado’.

Sonríe de nuevo y comienza a narrar con voz queda que aún recuerda a ese Javier Duarte exultante de apenas 36 años. Cuando llegaba a este mismo lugar con batallones de periodistas que le pedían una entrevista, y cientos de personas que vestían playeras rojas con su rostro sonriente, camisa arremangada hasta los codos, el dedo índice señalando el horizonte, y el compromiso de llevar  ‘adelante’ a Veracruz.

Era marzo de 2010. Y Duarte estaba en la cumbre de su carrera.

El PRI lo acababa de elegir por aclamación –y por recomendación- como candidato a la gubernatura para sustituir a su mentor personal y padrino político, Fidel Herrera. Y la propaganda del momento lo presumía como una figura emergente: joven, con licenciaturas, maestrías y doctorados en Europa, casado con una chica de “familia acomodada” de Coatzacoalcos, y con una carrera fulgurante tras su paso por la Secretaría de Finanzas, y una diputación federal que ganó tras arrasar al PAN en el verano de 2009.

Javier Duarte, se suponía, era el futuro del PRI veracruzano.

Uno de los exponentes de su partido que buscaría recuperar la Presidencia de la República en 2012. Y aunque, como dice María, “nunca tuvo el carisma que sí tenía Fidel Herrera”, la mayoría de la militancia “lo veía como un buen candidato”.

“Duarte no llegó con la idea de robar; se rodeó de gente tóxica”

En cambio ahora, un día después de que el sábado 15 de abril de 2017 Duarte fuera detenido en Guatemala acusado de desviar miles de millones del erario público a través de una red de empresas fantasma, aquellos desayunos-ruedas de prensa a los que asistían incluso ‘celebrities’ de la televisión nacional para mostrarle su apoyo, están enterrados en el olvido.

Como también se olvidaron muchas de las promesas electorales que hizo para esta región. Por ejemplo, la autopista Córdoba-Xalapa, de 71 kilómetros y una inversión de mil 600 millones de pesos que nunca se ejecutó. O el libramiento ferroviario que no se construyó. O la reconstrucción del Mercado Revolución que no se materializó, a pesar de la promesa de invertir 450 millones de pesos. Y así un largo etcétera.

“En algún bolsillo se quedaron los 3 mil 500 millones que Javier Duarte prometió invertir en la zona de Córdoba”, escribe el periódico local El Mundo.

María lee la nota y concede que “nunca” imaginó “la dimensión de todo lo que publican” los medios sobre el candidato que apoyó.

-Que ganara Javier fue un orgullo para Córdoba, porque aunque nació en el Puerto, vivió gran parte de su vida aquí. Sin embargo ahora –agarra la portada haciendo una pinza con el pulgar y el dedo índice-, lo que sentimos es vergüenza por haberlo apoyado y haber confiado en él.

Pero ojo, advierte con el dedo índice alzado, a Javier Duarte todavía hay que llevarlo ante la Justicia, para que ésta determine si, en efecto, es culpable del desvío multimillonario de recursos. Y para que dictamine si, como todo apunta, otros funcionarios, hombres de confianza, y familiares, como su esposa Karime Macías, participaron en la trama de corrupción.

-No creo que Javier tuviera la idea de llegar al gobierno para robarse todo –asegura María tras dar un último sorbo al café-. Lo que sé es que, nada más llegar al poder, se rodeó de gente tóxica que se aprovechó de él.

“No te imaginabas a Javier como gobernador, pero tampoco como el gran ratero”

Caminando por el zócalo de Córdoba, entre el edificio colonial del Ayuntamiento, y la antigua Catedral de dos campanarios y fachada color azul aguado, se aprecia a simple vista los efectos secundarios de otra promesa incumplida de Duarte: la (in)seguridad.

En unos metros cuadrados de bancas de hierro, fuentes y globos de colores, un pelotón de la Policía Militar –vestidos de camuflaje, chalecos antibala, fusiles de asalto, y con cámaras atornilladas al casco- patrullan por el centro de esta ciudad que, en septiembre de 2016 –un mes antes de la fuga de Duarte-, fue incluida por el Gobierno Federal en el top 50 de municipios con más homicidios en México.

A varias cuadras del zócalo, sobre una avenida por la que se arrastran autobuses arcaicos de los años 70, hay otro café donde espera sentada en la terraza una excompañera de Duarte en una escuela privada de Córdoba, quien prefiere que se la nombre como Isabel.

Cuando se le comenta que la intención de la entrevista es conocer más sobre la vida de Duarte antes de ser uno de los prófugos más buscados por la justicia en México, Isabel apoya los codos en la mesa y con voz casi susurrante dice que ella y varios de sus excompañeros recuerdan a Javier Duarte por cuatro razones.

Una, porque su padre, Javier Duarte Franco, empresario ganadero, murió en el sismo del 85 mientras se encontraba en Hotel Regis de la Ciudad de México; dos, porque su madre, María Cecillia de Ochoa, “era una señora muy trabajadora” que tenía una panadería artesanal y vendía donas en la escuela; tres, por su “voz de pito”. Y cuatro, porque a Javier casi no le llamaban por su nombre, sino por su apodo: “El Caremo”. O “el cara-de-moco-“, dice con una sonrisa maliciosa Isabel, aunque otras versiones de excompañeros aseguran que el sobrenombre se debía a una caricatura.

-Javier no era alguien con un carisma que sobresaliera. Era más bien del montón, nadie destacado. Es decir, viéndolo en aquella época de adolescente, jamás hubieras imaginado que llegaría a ser diputado ni gobernador. Pero tampoco que fuera a ser el gran ratero que parece que es.

“Ansiaba el poder para competir con las familias de dinero”

Isabel estruja la botella de agua que casi vació de un trago por el calor y la fuerte humedad que empapa a Córdoba al mediodía, y tras un breve silencio añade que lo que sí destacaba del Duarte previo a la política es que era un joven “acomplejado”, que sufría bullyng por la voz, la obesidad, y sobre todo, por la falta de dinero en una escuela “muy elitista” donde él solo llegaba a clase media acomodada.

Ingredientes, opina, que fueron forjando la personalidad de un hombre que ansiaba conquistar el poder para “competir” con esas familias “de dinero y apellido”. Y para dominar a quienes lo criticaban, o se reían de él.

 “En Finanzas siempre nos decían: no hay dinero”

Alberto pide anonimato por dos motivos: primero, porque fue a la preparatoria con Duarte, donde “en las primeras pedas (parrandas)” se reía de él cuando éste le confesaba que “quería ser Presidente de México”. Y segundo, porque trabajó en la Secretaría de Finanzas de su administración.

En algún punto de un bulevar adornado con palmeras de balanceo hipnótico, Alberto comienza su narración dejando primero claro un matiz: entiende que la gente piense que quienes trabajaron para Duarte son también “una bola de rateros”. Pero asegura que, en realidad, “la gran mayoría de empleados no sabíamos nada”.

-Nunca nos esperábamos la magnitud del fraude. De hecho, muchos en Finanzas defendíamos a Javier porque es cierto que él recibió un estado al borde de la quiebra tras la administración de Fidel Herrera.

Por eso, agrega, no les parecía tan extraño que no se hicieran grandes inversiones en infraestructura. Porque el mensaje que les llegaba “desde arriba” siempre era el mismo: “no hay dinero”.

Y así lo creyeron, insiste. Hasta que los escándalos y los millones comenzaron a brotar.

“Ni Javier ni Karime midieron su avaricia”

Tras el caso de las empresas fantasma, denunciado por Animal Político en mayo de 2016, Alberto dice que se dieron cuenta de que “el mito de la licuadora” era cierto.

-Decían que era una cuenta donde se metían todos los recursos que llegaban a Veracruz desde diferentes aportaciones del gobierno federal, y ahí se mezclaba todo para perder el dinero. Y bueno –deja un espacio para la pausa-, a la vista está que no era solo un chisme.

Además, el desvío de millones cuadraba con los lujos de Javier y sobre todo de su esposa, Karime Macías; quien se presume tejió una red de vínculos que le permitió tener acceso a millones de pesos provenientes de recursos públicos, que le dio una vida de departamentos en Nueva York, mansiones, diamantes, y de viajes en avión del estado para ir a la peluquería.

-En política sabes que el gobernador va a dejar su cargo más rico que cuando entró –dice. Pero ni Javier, ni Karime midieron su avaricia.

De hecho, aunque tal y como publicó Animal Político, Duarte comenzó a fraguarse un patrimonio inmobiliario en México y Estados Unidos de casi mil millones de pesos desde el primer mes de su administración, Alberto recalca que fue en los últimos dos años de gobierno cuando su excompañero de prepa “perdió totalmente el piso”.

-Gente de su propia familia y de su círculo más cercano, ya comentaban que Javier se había encerrado en su mundo de fantasía. Él mismo se felicitaba porque Veracruz iba muy bien. Que la seguridad estaba de poca madre, y que no había corrupción,  pobreza, ni desempleo. Cuando todos veíamos desde adentro del gobierno que la realidad era muy distinta.

El exfuncionario respira hondo, encoge los hombros, y concluye.

-Javier llegó a creerse sus propias mentiras.

“No reconozco a Javier”

En el parque industrial de Córdoba, donde varias factorías que tuestan grano impregnan de olor a café buena parte de la ciudad, hay varios locales de comida corrida. En uno de ellos, espera otra mujer que no se llama Aurora, pero que también pide anonimato porque aún trabaja para el gobierno de Veracruz.

Aurora cuenta que conoce a Javier, como lo menciona con tono maternal durante la entrevista, desde que en 1988 comenzó su carrera política como asistente en el Senado de su “segundo padre”, Fidel Herrera. En ese entonces, Duarte era “un chico tranquilo y educado”, que mostraba interés “en ayudar a la gente”.

-Cuando fue primero subsecretario de finanzas (en el 2004), yo personalmente vi cómo atendía situaciones de personas enfermas necesitadas. Era una persona que sí estaba en contacto con el pueblo.

O al menos, matiza a colación, así era en aquel entonces.

-Luego, no sé qué le pasó. Tal vez la gente lo cambió. Y el poder lo mareó.

Y como ejemplo de esa transformación, Aurora agarra la contraportada de El Mundo y observa una línea del tiempo en la que se observa cómo las expresiones relajadas del rostro de Duarte fueron cambiando desde 2010, hasta el rostro tenebroso de mirada fija de su último año en el gobierno.

-Esta foto es terrible. Me espanto solo de verla.

Aurora señala la fotografía en la que se ve a Duarte sentado en carro entre dos policías de Interpol, y mirando con una sonrisa extraña hacia el mismo horizonte que siete años atrás apuntaba con su índice para prometer que Veracruz iría ‘Adelante’.

-Ya no reconozco a Javier –lamenta la señora absorta en la fotografía-. No tiene nada que ver con el buen muchacho que yo conocí años atrás. Sufrió una metamorfosis.

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Cómo el encierro por el COVID-19 está cambiando nuestros grupos de amigos

Una nueva investigación sugiere que las cuarentenas están remodelando nuestros grupos de amigos. ¿Qué significa eso para nuestras relaciones post COVID-19?
15 de octubre, 2020
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Antes de que el coronavirus provocara un segundo bloqueo severo en la ciudad australiana de Melbourne, Karen Lamb, una estadística de 35 años, iba al teatro, a las prácticas semanales de un coro, a clases de baile y pasaba mucho tiempo con sus amigos.

Pero los confinamientos en su ciudad interrumpieron el comportamiento social de Lamb. Su mundo se ha trasladado a internet y, a veces, Lamb puede sentirse sola.

Grandes cantidades de personas reportaron sentirse solas en la primera ola de cuarentenas por coronavirus a principios de 2020.

Según una investigación de la experta en soledad Michelle Lim, de la Universidad Tecnológica de Swinburne (Australia), uno de cada dos australianos dijo sentirse solo durante el primer encierro.

En Reino Unido y Estados Unidos, la proporción fue de dos de cada tres.

Ahora, unos investigadores en Australia examinan cómo estos períodos de aislamiento forzados están cambiando nuestras interacciones sociales.

Aunque la pandemia se está desarrollando de manera diferente según el país, en general compartimos una misma inquietud: si los bloqueos están cambiando la forma en que socializamos, ¿cuánto tiempo durará nuestra soledad?

Consolidando las redes de amigos

Los resultados iniciales de una encuesta de seguimiento que enviaron a casi 2.000 australianos han mostrado que se están produciendo algunos cambios de comportamiento importantes relacionados con la pandemia.

La investigación es un proyecto conjunto entre dos académicos, la doctora Marlee Bower, investigadora de la soledad de la Universidad de Sídney, y el sociólogo Roger Patulny, de la Universidad de Wollongong, Australia.

Bower dice que en las respuestas abiertas a la encuesta, muchas personas indicaron que habían comenzado a reducir sus redes sociales.

Un hombre y una mujer cenando a través de una videollamada.

Getty Images
Gran parte de nuestras interacciones se han trasladado a las plataformas digitales.

“No socializan con tanta gente como antes, sino con un subgrupo muy particular”, dice. “Las personas que tienen conexiones previas y pueden aprovechar sus amistades existentes en línea, lo están haciendo bastante bien. En muchos casos, están más cerca de los amigos que tenían”.

Ese ha sido el caso de Lamb, que es escocesa, pero ha vivido en Melbourne durante ocho años.

Antes del encierro, hablaba con Amy, una de sus amigas más antiguas, unas cuatro o cinco veces al año.

Ahora conversan todos los jueves, a una hora determinada, y ambas se preguntan por qué no lo habían hecho antes.

Algunas de sus otras amistades, sin embargo, no han resistido tan bien.

“Me ha resultado más fácil mantenerme en contacto con mi amiga escocesa que con mis amigos australianos”, dice Lamb. “Simplemente no he tenido esa relación en línea con los australianos. Durante los últimos seis meses me he distanciado mucho más de mis amigos del día a día”.

“Cuando las interacciones sociales se trasladan a internet, sólo ciertos tipos de relaciones parecían sobrevivir”, explica Bower.

Una vez que se elimina el contexto local o comunitario, se mantienen o fortalecen las relaciones en las que las personas tenían algo en común además del trabajo o pasatiempos, y en las que todos se sienten cómodos con la tecnología digital.

Muchos querían compartir su estrés pandémico con aquellos con quienes se sentían más cercanos; viejos amigos de las ciudades de origen y amigos locales muy cercanos.

“Dado que la mayor parte de la interacción social se ha producido en línea, socializar con personas que viven localmente ha resultado tan fácil como socializar con personas que viven en el otro lado del mundo. Esto significaba que las personas han podido socializar y volver a conectarse con personas con las que eran más cercanas, independientemente de su ubicación”, dice.

Dos amigas conversando por videollamada.

Getty Images
Mucha gente ha retomado viejas amistades.

La sociedad contemporánea a menudo se define por el movimiento de personas fuera de su lugar de origen, agrega Patulny.

“Estás más cerca de las personas que viven en el otro lado del planeta, porque son con las que creciste. No estás necesariamente cerca de aquellos con quienes compartes un vecindario. El covid-19 realmente está mostrando esto”, dice

Conversaciones cotidianas

Sin embargo, también extrañamos las interacciones con aquellas personas con las que no tenemos una amistad suficiente como para construir una relación en línea durante la pandemia.

Según Patulny y Bower, muchas personas dijeron que habían perdido estas microinteracciones con las personas de sus comunidades, que son casi imposibles de facilitar a través de la comunicación digital.

“La capacidad de simplemente parar, chismear, reír, bromear y todas las cosas que haces fuera de las reuniones, eso no sucede cuando estás reunido en línea”, dice Patulny. “El contacto periférico adicional se ha perdido, y esa es una pérdida importante”.

Una mujer con mascarilla detrás de una ventana.

Getty Images
Mucha gente ya se sentía sola antes del covid-19.

Existe el riesgo de que los vínculos sociales se deterioren sin estas pequeñas interacciones, dice, ya que ayudan a las personas a conectarse.

En cuanto a si podemos retomar estas amistades después de la pandemia, Bower señala evidencia reciente de Reino Unido que sugiere que las personas que se sentían solas antes probablemente se sentirían un poco más solas después, mientras que otras no experimentaron cambios a largo plazo.

Sin embargo, expresa cierta preocupación por que un período prolongado de soledad para algunas personas pudiera hacer que las interacciones pequeñas se sientan más desafiantes a largo plazo.

“Las personas que experimentan soledad durante períodos prolongados comienzan a experimentar impactos negativos persistentes en la forma en que piensan y actúan en situaciones sociales —son más hipervigilantes en cuanto al rechazo, más ansiosos socialmente— y esto puede dificultar estas interacciones simples y que sea menos probable que salga bien”, dice Bower.

Revertir o cambiar

La investigación de Bower y Patulny seguirá analizando a su grupo de estudio mientras Australia continúa su marcha para salir de las restricciones del covid-19.

Dos mujeres conversando una con la otra, cada una su escritorio.

Getty Images
Mucha gente extraña las pequeñas interacciones que tenía en el día a día con ciertas personas, aunque fueran sus amigas cercanas.

Realizarán una encuesta a la misma muestra cada tres meses para determinar cómo está cambiando su comportamiento y por qué, y enviarán sus resultados a un grupo de expertos que está considerando los impactos de la pandemia en la salud mental.

Es demasiado pronto para cualquier estimación de los cambios sociales a largo plazo, si los hay, pero los investigadores sugieren que podría pasar un poco de tiempo antes de que las interacciones vuelvan a la normalidad.

“Me pregunto si el hecho de que no estés acostumbrado a socializar y que ahora exista un riesgo asociado con socializar, conducirá a impactos a largo plazo en la forma en que nos sentimos y en cómo podemos superar la soledad”, dice Bower.

Patuly dice que no le sorprendería un ligero aumento de la soledad durante algunos años.

Sin embargo, Michelle Lim, la experta en soledad, cree que para la mayoría de las personas, tanto la pérdida de microinteracciones como el estrechamiento de sus redes sociales son temporales, están directamente vinculados a la emergencia de salud pública y es poco probable que duren más que ella.

“Si será significativamente perjudicial para las relaciones dependerá de muchos factores: si el individuo es resistente, si tiene redes sociales sólidas, si se esfuerza por mantener sus amistades a pesar de estas barreras”, dice Lim.

Tampoco está claro, agrega, si los bloqueos más prolongados, ya sea por mandato del gobierno o debido a la necesidad de las personas de protegerse por condiciones de salud preexistentes, conducirán a resultados diferentes o más pronunciados.

Lim dice que es posible que, en el futuro inmediato, las interacciones cara a cara puedan cambiar si seguimos preocupados por la salud pública.

Dos personas con mascarilla guardando la distancia social.

Getty Images
¿Por cuánto tiempo se mantendrán los cambios en las interacciones cara a cara?

Pero también dice que es parte de la naturaleza humana volver a los grupos sociales. La mayoría de las personas que han infringido las normas de encierro lo han hecho para ver a amigos y familiares.

Después de que nos recuperemos del impacto de estos comportamientos alterados, cree que es probable que las cosas vuelvan a la normalidad anterior.

Los principales determinantes de la soledad son bastante estables, agrega.

Es poco probable que aquellos que no estaban solos antes del covid-19 se sientan muy solos a largo plazo una vez que todo haya terminado.

“Creo que durante un corto período de tiempo habrá cambios”, dice. “Pero somos criaturas de hábitos. A menos que estos comportamientos sean a muy, muy largo plazo, creo que volveremos a nuestros grupos sociales”.

* Esta nota es una traducción de un artículo original publicado en inglés en BBC Worklife y que puedes leer aquí.

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https://www.youtube.com/watch?v=mYv_EYYngC4&t=8s

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